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lunes, 18 de marzo de 2024

El espacio de los libros

Johannes Jelgerhuis: La librería de Pieter Meijer Warnars, 1820

Llevo días intentando poner algo de «orden» en mis montones de libros. Obsérvese que no digo «biblioteca», pues eso implicaría cierta racionalidad horizontal o vertical. No. Yo lo que ordeno son montones inestables, pilas en equilibrio como la vida misma. Y como toda tentativa de orden es siempre desasosegante, me encuentro a la deriva.

Los libros ocupan espacio. Los cómics ocupan espacio. Los vinilos, CD y Blu-ray ocupan espacio. Uno va cumpliendo años y no vive solo. A uno le gustan los libros, los cómics, la música, el cine y otras cosillas, así que en casa tenemos un problema, un problema de espacio. Y de tiempo, pero esa es otra historia.

Llegados a este punto, siempre recuerdo la certera viñeta de Máximo.

Máximo

Hace algunos años escribí en este blog una entrada titulada «Paraísos», que, releída hoy, me parece ingenuamente optimista. En realidad, suscribo todo lo que decía entonces, pero «el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos» y nada es como ayer, que decía Milanés. Casi por azar —desengáñate, me digo: nada es azaroso— me han llegado en las últimas semanas ecos similares, advertencias sobre la necesidad de «recuperar el espacio perdido», como si los astros se hubieran confabulado para recordarme algo que no quiero admitir. 

Leyendo Parte de mí, diario de pandemia de Marta Sanz, me encuentro esta reflexión de la autora al contemplar cómo los libros se amontonan sobre el piano:
«Cuando observo el piano de mi casa, no entiendo muy bien qué ha sucedido. Puede que los libros y otros objetos menos invasores lo hayan colonizado como un moho, porque los libros, como explica con ligereza y sabiduría Jesús Marchamalo en su Tocar los libros tienen la propiedad de apropiarse lentamente del espacio hasta que no te das cuenta y te echan de tu casa. Pese a lo que digan las leyendas populares, no puedes meterte dentro de ellos para quedarte a vivir.»

Tom Gauld

Por otra parte, asisto atónito y bastante ojiplático a conversaciones en que algunos conocidos, muy lectores, me dicen que se están «pasando a lo digital». Han abandonado el «tendré que ponerle un piso a mis libros» para adoptar un ideal que los hace más libres (quiero decir que les deja más libertad de movimientos en cada habitación). Pero, ¿cómo que te has pasado a lo digital? ¿Qué quieres decir? ¿No compras libros nuevos? ¿Solo lees en el móvil? ¿Qué has hecho con tus lecturas de toda la vida? Si estoy en su casa, compruebo que no mienten: todo ha quedado bien ordenadito. Quizá tenga su encanto ese minimalismo casi japonés.

Y luego está, claro, el problema de la vivienda. Y el de la convivencia. Tu piso no da para más. Y las nuevas viviendas, de precios impagables, están diseñadas, como no podía ser de otro modo, respondiendo a la pauta de los tiempos: dormitorio principal inmenso dotado de inútil vestidor tipo «emperatriz Sissí» y cocina-salón de «concepto abierto» (entre ambos son medio piso). El resto: habitaciones diminutas y sin paredes libres. ¿Aquí dónde va la biblioteca? Creo que los arquitectos también se han pasado a lo digital y ya no hacen las casas que soñábamos.


Quizá el origen sea el apego a lo material, del que ya nos advertían los estoicos. Lo bueno sería comprar un libro, leerlo y deshacerse de él antes de comprar otro. Alguna vez he oído a algún escritor —creo que a Eduardo Mendoza— decir que ese era su ideal, que ya apenas tenía biblioteca. Pero él es un «gamberro» y no sé si habría que tener en cuenta su opinión. Recuerdo también el caso de Alberto Manguel, quien por los traslados tenía la mayor parte de su inmensa biblioteca en cajas. Y así durante años. Lo provisional se hace definitivo. Los montones de libros, una vez constituidos, son muy persistentes.

Disfruté mucho los libros que Jesús Marchamalo dedicó a bibliotecas de escritores conocidos. Siempre imaginé a Luis Alberto de Cuenca, uno de mis poetas favoritos, encontrando en la triple fila de sus estantes un ejemplar perdido que llevaba años sin tener en sus manos. Él lo confirmó hace poco en una tercera de ABC

Se impone la sensatez, el escrutinio «tranquilo» de la biblioteca. A alguien le oí contar que por cada libro que entraba en su casa tenía que salir otro, máxima que aplicaba también a los amigos. Al final va a resultar que «destruir» es una de las formas posibles de «ordenar».


Me pregunto por el espacio que ocupan los libros y la respuesta solo puede ser una: todo el espacio es suyo, en los estantes y en la vida, si bien es verdad que ahora pueden estar sin existir. Qué paradoja más digital. 

Cómo echo de menos el tiempo en que todos mis libros cabían en un solo estante. Eran pocos y bien avenidos, y traían con ellos el tiempo para leerlos. Bendita juventud de tardes inmensas e inacabable placer lector.

Liniers


martes, 10 de junio de 2014

domingo, 8 de diciembre de 2013

Café literario


Como en La melancolía de los ríos somos amantes del buen café y los buenos libros, el otro día, cuando encontré por azar esta ilustración, cuyo autor desconozco, me puse a observarla con detenimiento y curiosidad. Me pareció ingeniosa la idea de sintetizar con humor todo un universo literario en una simple taza de café: una isla, sangre, un reloj, la cucaracha, el infierno. La verdad es que el café y los libros mezclan muy bien.  

Esta tarde de diciembre yo tomo café Baroja. Estoy en París, en el París antiguo anterior a la expansión de los bulevares. El Segundo Imperio tiene los días contados. Las tabernas están llenas de conspiradores: anarquistas, revolucionarios, legitimistas, españoles exiliados, bohemios sin futuro y sin obra. El café Baroja es negro, cargado, intenso. Se sirve en taza pequeña y con poca azúcar. Su sabor es algo antiguo, pero muy personal. Cada sorbo evoca multitud de vidas y ambientes que se entrecruzan en la vieja ciudad, ahora en pleno proceso de renovación. Secretos escondidos en un cajón, porteras de edificios oscuros y poco recomendables, callejuelas con nombres llenos de historia. Y tejados, muchos tejados. El café Baroja no es un café sofisticado, pero nunca defrauda. Es tan adictivo que siempre acabas repitiendo. Te lo pide el cuerpo.

Y tú... ¿qué café tomas hoy?

viernes, 1 de marzo de 2013

Divinas palabras


El 24 de marzo de 1933 lee Valle-Inclán el texto completo de Divinas palabras a la compañía de Margarita Xirgu en el Teatro Español. Según explica Luis Iglesias Feijoo en la introducción a su edición crítica de la obra, los testimonios periodísticos del acto destacan "la viveza y ductibilidad con que Valle entonaba los diferentes papeles" y cita a Rivas Cherif, amigo personal del autor: "Quien no haya oído leer a Valle-Inclán sus propias obras no es fácil que entienda toda la significación que don Ramón atribuye a las palabras, consideradas como elementos sonoros". Algunos años después el mismo Rivas Cherif escribe: "La voz de don Ramón transmitía una emoción tan característica, que solamente la luz escénica podía reflejar con un misterio parejo el de su acento personal". De aquella lectura de Divinas palabras nos ha quedado la impresionante fotografía de abajo. Su voz cavernosa y modulada ya tuvimos ocasión de oírla por aquí leyendo un fragmento de su Sonata de otoño.


Aunque se estrenó finalmente en 1933 (el 16 de noviembre a las 10:30 de la noche), la obra se había escrito muchos años antes y había aparecido publicada por entregas en el diario madrileño El Sol durante los meses de junio y julio de 1919. Es bien conocida la relación de amor-odio hacia el teatro que mantuvo Valle-Inclán a lo largo de su vida. Amor hacia el teatro como género, odio (o rechazo) hacia la mayor parte del teatro realista de la España de su tiempo. Conocía muy bien los entresijos de las tablas desde todas las vertientes. Estuvo casado con la actriz Josefina Blanco y él mismo fue actor y director ocasional. Pero hacia 1933 se había ido desengañando del teatro comercial y había asumido que su teatro era diferente y necesitaba un público y unos actores diferentes. De ahí sus reticencias al estreno, pese al nuevo clima cultural propiciado por la República. Se cuidaron todos los detalles (la escenografía corrió a cargo de Alfonso Rodríguez-Castelao) y la obra tuvo buena acogida por parte de la crítica, pero poca respuesta del público. Según podemos leer en la web Margarita Xirgu, "el segundo día de su representación el poeta Luis Cernuda asistió a la función con tan solo seis espectadores más".




Divinas palabras, subtitulada Tragicomedia de aldea, se desarrolla en diversos escenarios de esa Galicia ancestral y mítica que tanto gustó a Valle: viejas iglesias de aldea, pórticos románicos, quintanas con cipreses y sepulturas, robledos y caminos, caseríos con hórreos y alminares, la feria de Viana del Prior, garitas de carabineros, interiores rurales, tabernas, cielos rasos llenos de luceros y más caminos. En estos ambientes se desarrolla el leve hilo narrativo, cargado de fuerza dramática. Todo gira en torno a los Gailos y a un enano deforme. Pedro Gailo, sacristán de San Clemente, anejo de Viana del Prior, está casado con Mari-Gaila. Ambos tienen una hija, Simoniña. Juana la Reina, hermana del sacristán, vive de pasear por los caminos a su hijo deforme, un enano hidrocéfalo llamado Laureaniño (todos lo llaman el Idiota), al que arrastra en un carretón para conseguir limosnas. El problema sobreviene cuando muere Juana, la madre, y la familia se disputa el uso del Idiota, visto como una bendición por la fuente de ingresos que supone. Por una parte está Mari-Gaila, la cuñada; por otra, Marica del Reino, hermana de la difunta. Mari-Gaila, mujer impetuosa, de un fuerte erotismo primigenio, escapa con su amante, Séptimo Miau, expresidiario, y se lleva con ella hasta la feria de Viana al enano. La tragedia comienza cuando un grupo emborracha al Idiota y muere. 

En este mundo de personajes elementales, movidos, como le gusta a Valle, por la avaricia, la lujuria, la superstición, la honra, la muerte y la religión, destaca la presencia de Mari-Gaila. La escena de sexo con Séptimo Miau en la garita de los guardias ("El farandul muerde la boca de la mujer, que se recoge suspirando, fallecida y feliz. El claro de luna los destaca sobre la puerta de la garita abandonada"); la conjura nocturna del Trasgo cabrío entre risas y viento en los maizales ("¡Esta noche bien me retorciste los cuernos!", le dice mientras danzan las brujas); o su frenesí, tapándose el sexo, mientras baila desnuda entre viejos y mozos ("Mari-Gaila se arranca el justillo, y con la carne temblorosa, sale de entre las sueltas enaguas. De un hombro le corre un hilo de sangre. Rítmica y antigua, adusta y resuelta, levanta su blanca desnudez ante el río cubierto de oros"), son de una modernidad absoluta.


Hay dos aspectos de Divinas palabras que llaman especialmente la atención: el lenguaje y la variedad de escenarios. Tras ese mundo tan negro y descarnado que presenta, hay un esteta. Valle-Inclán, como es sabido, es un auténtico orfebre del lenguaje. Cada palabra está cargada de resonancias antiguas y no dice sólo lo que significa, sino mucho más. Trae ecos lejanos. Resonancias cultas, populares, arcaicas, galaicas. Las acotaciones, entendidas como un elemento literario más, están cuidadísimas y llenas de logros expresivos. Pocas veces la prosa castellana ha sido tan sintética y tan poética al mismo tiempo:
El farandul empuja suavemente a la coima, que se resiste blanda y amorosa, recostándose en el pecho del hombre. Los cohetes abren sus luces de colores y cabrillean sobre el mar. Clamoreo de campanas que toca a vísperas. En la súbita claridad de los cohetes aparecen las torres de la Colegiata. Mari-Gaila, en la puerta de la garita, se agacha y levanta un naipe caído en la arena.
Mari-Gaila deja caer el cántaro, desanuda el pañuelo que lleva a la cabeza, y frente a la hija que suspira apocada, abre los brazos en ritmos trágicos y antiguos. La fila de cabezas, con un murmullo casi religioso, está vuelta para la plañidera que bajo las sombras de la fuente aldeana resucita una antigua belleza histriónica. Detenida en lo alto del camino, abre la curva cadenciosa de los brazos, con las curvas sensuales de la voz.


El otro aspecto que comentábamos, la variedad de escenarios, nos acerca a una de las cuestiones más debatidas del teatro de Valle: su representabilidad. De alguna manera, la naturaleza aparece en la obra como un personaje más: maizales, cucos, caminos al atardecer, sotos de castaños, cielos estrellados, el viento, un sapo que canta. Es tal la variedad de escenarios que su representación realista según los usos teatrales de la época sería impensable. Valle no dejó escrita ninguna teoría teatral completa, pero sí dejó apuntes interesantísimos dispersos por aquí y allá. Algunos de ellos aparecen recogidos por Luis Iglesias Feijoo en la edición que he manejado. Don Ramón es partidario, frente a las limitaciones del momento (el "teatro de camilla casera"), de un teatro de muchos escenarios, pues es el escenario el que crea la situación y no al revés:
La técnica francesa ha echado a perder nuestro teatro. Este absurdo decadente de querer encerrar la acción dramática en tres lugares (gabinete elegantemente amueblado, patio andaluz o salón de fiestas) ha hecho de nuestro teatro, antes frágil y expresivo, un teatro cansino y desvaído. [Debe ser] como ha sido siempre: un teatro de escenarios, de numerosos escenarios. Porque se parte de un error fundamental, y es éste: el creer que la situación crea el escenario. Eso es una falacia, porque, al contrario, es el escenario el que crea la situación. Por eso, el mejor autor teatral será siempre el mejor arquitecto. Ahí está nuestro teatro clásico, teatro nacional, donde los autores no hacen más que eso: llevar la acción sin relatos a través de muchos escenarios.
Eso lo lleva a entroncar directamente con Shakespeare (al que admiraba) y con el teatro de nuestro Siglo de Oro, ambos de escenarios cambiantes, ajenos a la rigidez de la unidad de lugar aristotélica. Y también con el cine. Por ahí cree que debe ir el teatro moderno:
Nuestro teatro necesita el grito y la decoración. Por eso me indigna ver adaptados a nuestros clásicos y románticos a la estética francesa: la reducción, la simplificación de escenarios. ¿Por qué le quitan a El alcalde de Zalamea los fondos magníficos en que lo imaginó Calderón? ¿Por qué le meten poco menos que en una "sala decentemente amueblada"? [...] No se puede, ni se debe eludir la diversidad de escenarios. Los clásicos y los románticos no escamotean ningún fondo. Ése es el camino del futuro teatro.
El teatro ha de conmover a los hombres o divertirles; es igual. Pero si se trata de crear un teatro dramático español, hay que esperar a que esos intérpretes, viciados por un teatro de camilla casera, se acaben. Y entonces habrá que hacer un teatro sin relatos, ni únicos decorados; que siga el ejemplo del cine actual, que, sin palabras y sin tono, únicamente valiéndose del dinamismo y la variedad de imágenes, de escenarios, ha sabido triunfar en todo el mundo.


El teatro de Valle-Inclán se sitúa muy por encima del que se hacía en su época. Sólo Lorca, algo más tarde, conseguirá acercarse. Dentro de la producción teatral de Valle, esta tragicomedia de aldea está a la altura de sus Comedias bárbaras o de Luces de bohemia. Una lectura muy recomendable. Imprescindible para cualquier amante del teatro.


Divinas palabras
Ramón del Valle-Inclán, 1919
Clásicos Castellanos, Espasa-Calpe, Madrid, 1991, 1ª edición, 402 pp.
Edición crítica de Luis Iglesias Feijoo

lunes, 18 de febrero de 2013

La ley es como el agua caliente


A poco que nos acerquemos a ellos con algo de tiempo y ciertas dosis de cariño, los clásicos nunca dejarán de sorprendernos. En primer lugar, porque suelen ser mucho más cercanos de lo que pudieran indicar los siglos que han pasado desde su escritura. Y, en segundo lugar, porque son más divertidos de lo que imaginamos.

Gorgojo (Curculio) no está ni mucho menos entre las mejores comedias de Plauto. Se trata de una obra menor, tanto en extensión como en pretensiones, pero es muy divertida, está llena de vida y se lee de un tirón. El punto de partida de su argumento es muy sencillo: Fédromo está enamorado de la joven Planesia, esclava en casa del lenón Capadocio. Ella también lo quiere a él. Como no tiene dinero para rescatarla, Fédromo envía a Gorgojo, su parásito, hasta Caria con el fin de que consiga un préstamo. Mientras esperan su regreso, los encuentros de los enamorados se reducen a algunos escarceos y besos nocturnos, aprovechando la ausencia por enfermedad de Capadocio (pasa la noche encamado en el santuario de Esculapio) y la complicidad de Leena, la vieja guardiana borracha. Hasta aquí puedo contar.

En las páginas de Curculio encontramos el día a día de su tiempo: los banquetes y el hambre, los achaques de las enfermedades cuya curación se confía a los dioses y los amores que consumen cada minuto del pensamiento. El vino y las puertas cerradas que necesitamos imperiosamente abrir. Los anillos perdidos y las familias reencontradas. Esclavos y parásitos. Usureros y alcahuetes. Vidas representadas sobre un escenario que provocan, primero, la risa y, después, la reflexión. Los diálogos son vivos e ingeniosos, llenos de chistes y bromas destinadas a provocar la carcajada del espectador. Los personajes responden a los tipos propios de las comedias latinas:  jóvenes enamorados, esclavos, gorrones, lenones, viejas borrachas, cocineros, usureros y soldados fanfarrones. Especial mención merece, además de Gorgojo (el parásito, el centro de toda la trama), el personaje de Palinuro (esclavo de Fédromo). Palinuro, que se toma muchas confianzas, funciona como contrapunto cómico a los temores y elevadas reflexiones amorosas de su amo Fédromo: 
En realidad no puedo por menos de reprobar la conducta de mi amo. Pues bien está amar un poquito, con sensatez; amar a lo loco no está bien; pero entregarse en cuerpo y alma al amor es una verdadera locura, y esto es lo que hace mi amo.
Incluso quiere saber hasta dónde ha llegado con su amada Planesia:
FÉDROMO.- Por mi parte es tan pura como si fuera mi hermana, a no ser que unos besos hayan mermado algo su pureza.
PALINURO.- No olvides que junto al humo siempre está el fuego. Y es cierto que el humo no quema, pero el fuego sí. El que quiere comerse una nuez, primero rompe la cáscara. El que quiere acostarse con su amiga, despeja el camino con besos.
Palabras que recuerdan las que dice Calisto a Melibea en pleno combate amoroso en el huerto. Ella se queja de que es excesivo con sus manos, de que le quiere quitar la camisa y daña sus vestiduras. Y él, momentos antes tan refinado por el amor cortés, le suelta ahora aquello de:
Señora, el que quiere comer el ave, quita primero las plumas.
Los ecos de estas comedias llegan lejos. De un modo u otro, están en los pasos de Lope de Rueda y en los de Cervantes. Y en La Celestina, uno de cuyos precedentes es precisamente Leena, la vieja borracha que guarda la puerta de Planesia, a la que consiguen hacer salir regando su puerta con vino. Buen olfato. Recuérdese también el personaje de Centurio, el soldado fanfarrón al que mandan Elicia y Areúsa para que dé un buen "susto" a Calisto como venganza por las muertes de sus amados Pármeno y Sempronio, personaje que tiene ecos claros del Miles gloriosus de Plauto. Y, por supuesto, estos ecos llegan hasta los criados de muchas de las comedias de Shakespeare. Los personajes de La comedia de los errores están sacados directamente de Los Menecmos (Menaechmi), comedia en la que se basó el dramaturgo inglés. 

Y, como toda comedia que se precie, Curculio también tiene su punto de sátira. El viejo Plauto, entre enredo y reencuentro, le da un buen repaso a los banqueros. Se ve que en su época eran tan poco de fiar como en la nuestra:
Es una solemne tontería decir que el dinero confiado en depósito a los banqueros está poco seguro. Yo digo que ni poco ni mucho. Y esto es algo que he podido comprobar bien hoy. No está poco seguro lo que jamás te devuelven. Está completamente perdido.
Y, mientras, ellos, los pobres banqueros, se quejan de lo poco que tienen:
Todos me toman por rico. Acabo de echar unas cuentecillas para saber cuánto dinero tengo y cuánto debo. Soy rico, si no pago a mis acreedores; si les pago, el saldo es negativo. Pero, por Hércules, pensándolo bien, si me acosan demasiado, recurriré al pretor. ¿No es esto lo que hace la mayoría de los banqueros, reclamar el dinero a los demás, no devolvérselo a nadie y resolver el asunto a puñetazos, si alguien viene a reclamar en tono demasiado alto?
Esto me recuerda algo. Ya se sabe: la "pobreza" de los ricos. Habría que aclarar que "recurrir al pretor" suponía declararse en quiebra, en suspensión de pagos, y no satisfacer la deuda contraída. Ahora hablaríamos de ayudas del Estado y de nacionalizaciones. Para lo de "resolver el asunto a puñetazos" se han encontrado métodos menos violentos pero más contundentes. 

Ante tales abusos, Gorgojo exclama indignado:
Vosotros arruináis a los hombres con la usura, ellos con sus provocaciones y sus burdeles. El pueblo ha aprobado infinidad de leyes contra vosotros; pero ley que se aprueba, ley que vosotros os saltáis a la torera; siempre encontráis alguna escapatoria. Para vosotros la ley es como el agua caliente: enseguida se enfría.
¿Podemos decir que los clásicos no son actuales?


Gorgojo (Curculio)
Plauto, hacia 193 a.C.
Letras Universales, Cátedra, Madrid, 2007, 8ª edición
Edición y traducción de José Román Bravo

jueves, 7 de febrero de 2013

Veracruz


Recuerdo cuando intentaba imitar la sonrisa de Burt Lancaster después de haberle visto con Gary Cooper en Veracruz. Durante muchos días estuve practicando en el patio de atrás. Serpenteando por entre las tomateras. Riendo con todos los dientes al desnudo. Riéndome de esa risa. Alzando el labio superior para descubrir los dientes. Después de practicar esa sonrisa durante unos cuantos días intenté utilizarla ante las chicas de la escuela. Ellas no parecían ni enterarse. Forcé mi interpretación hasta que empezaron a producirse extrañas reacciones entre mis compañeros. Miraban fijamente mis dientes, y asomaba a sus ojos una expresión asustada. Ya no me acordaba de lo feos que eran mis dientes. De que uno de ellos lo tenía podrido, de color pardo y montado encima del diente roto que estaba a su lado. De hecho, había llegado a estar convencido de que era poseedor de una hilera de perfectos y perlados dientes como los de Burt Lancaster. Como no quería asustar a nadie, dejé de reír en cuanto me di cuenta de lo que pasaba. Sólo lo hacía cuando estaba solo. Poco después dejé de hacerlo incluso a solas. Volví a mi cara vacía.

25/4/81
Homestead Valley, Ca.

Sam Shepard | Crónicas de motel, 1982

¡Cuanto tiempo hace que no me acercaba a este libro! Esta tarde, no sé muy bien por qué, me he acordado de él. Inmediatamente he dejado lo que hacía y no me he resistido al impulso de buscarlo entre los estantes. Revisar algunos de sus textos me ha llevado muy lejos. A Granada en 1985. Fue un libro que leí (leímos) y releí (releímos) mucho. Para mí, acostumbrado a los clásicos y a los contemporáneos españoles, era algo totalmente nuevo. Vidas rotas, viejos automóviles, carreteras nocturnas a ningún sitio. Hank Williams y Tammy Wynette. El desierto. Un estilo seco y contundente. Era la época de París, Texas (Wim Wenders,1984). Casi de la mano llegarían los relatos de Raymond Carver y los libros de Richard Ford y Tobias Wolff. Todo el mundo hablaba del realismo sucio. Ahora mismo tengo el libro en mis manos. Mezcla de poemas, descarnados relatos breves y fotografías en un tosco, pero sugerente, blanco y negro. Papel amarillento y de baja calidad. El tacto de otro tiempo. Y la mejor portada de Anagrama que haya visto nunca. ¿Qué lector de libros electrónicos puede ofrecerte esto?



¿Cómo resistirse a relatos que comienzan así?
Perdieron la emisora navajo a unos noventa kilómetros al este de Gallup en la Highway 40. Simplemente, desapareció...
Mi papá tiene una colección de discos metida en cajas de cartón que guarda alineadas junto a la pared de su dormitorio, coleccionando polvo de Nuevo México...
Se lavó la camisa roja en el lavabo. Extendió una toalla del motel en el suelo. Extendió la camisa sobre la toalla. Mientras alisaba las mangas y las cruzaba sobre los faldones de la camisa, pensó en su propia muerte...
Cada vez que oía pasar un avión por encima de nuestras tierras, mi papá tenía la costumbre de pasarse los dedos por la cicatriz de metralla de su nuca...
O este otro, tan contundente, que reproduzco íntegro:
Hay una mariposa monarca muerta en la acera de Ozona. La brisa se la lleva de acá para allá. Durante todo el día ha estado estrellándose contra mi parabrisas, dejando salpicaduras rosadas y doradas en el cristal. He visto a una de ellas que caía a plomo desde el cielo y chocaba contra el asfalto de la Highway 10 East. Debe de ser la época del año en la que tienen que morir.
Volveré a leerlo alguna vez más.  

domingo, 3 de febrero de 2013

Acertijos en las tinieblas


Todos los libros que leemos dejan huella en nuestra memoria. En algún lugar del recuerdo permanecen escondidos esos personajes con los que hemos sufrido tanto o esas palabras que nos conmovieron. Quizá sólo recordamos un nombre o algún rasgo peculiar o una mirada que nos tocó en su momento. Quizá hasta eso lo hemos olvidado. Pero ocurre a menudo que, como el niño que sigue unas pisadas en la arena que acaban conduciéndolo hasta la huella de sus propios pies, los libros nos abren caminos de la memoria que teníamos casi olvidados. Y así, leyendo un libro, nos acordamos de otro leído hace demasiado tiempo, en un lugar distante, en una vida que ya nos es casi ajena. Y entre ellos se crea un eco. La literatura se hace y crece a base de resonancias. Todo este viaje comenzó en los mares procelosos de la Odisea.

Hace algunos días, en el tranquilidad de la noche, releía yo El rey Lear, que es la mejor obra, junto a Misericordia de Galdós, escrita sobre el tema de la ingratitud y el abandono, la lealtad y la traición. Las palabras de Shakespeare son tan poderosas que sus ecos nos llegan a pesar de las dificultades que impone su traducción. Aunque sólo fuera por los parlamentos de Lear, ya merece la pena su lectura. Al comienzo del acto III encontramos al rey, que ha sido cruelmente abandonado por Regan y Goneril, sus hijas. Con síntomas de locura, grita y vaga sin rumbo bajo la tormenta. No tiene dónde pasar la noche. Sólo lo acompaña su bufón. Entonces, aparece Kent, que, compadecido, los lleva hasta una choza. Allí encuentran a Edgar, hijo natural de Gloucester, que, traicionado por su hermano bastardo, ha tenido que huir. Finge que está loco y se hace llamar Pobre Tom. La locura como refugio. Dos locos y un bufón que claman en medio de la tormenta contra las verdades más dolorosas de la vida: la ingratitud, la lujuria, la vejez, el desvalimiento, la decrepitud, el desánimo. Locuras lúcidas como la de Alonso Quijano o la de María Josefa, la madre de Bernarda Alba. Nuevos ecos.

Edgar, que habla de sí mismo en tercera persona, dice:
Pobre Tom, que se come a la rana que nada, el sapo, el escarabajo, la salamandra y el agua: que, en la furia de su corazón, cuando se enfurece el sucio demonio, come estiércol de vaca como ensalada, se traga a la rata vieja y al perro de la zanja y se bebe la capa verde del agua estancada. Le han azotado de parroquia en parroquia, le han metido en los cepos, le han castigado y aprisionado. Tenía tres trajes para su espalda y seis camisas para su cuerpo: caballo en que montar, y espada que llevar. Pero ratones, ratas y demás caza menor han sido el alimento de Tom en siete largos años. Cuidado con el que me sigue. Calla, Smulkin, ¡calla, demonio!
El eco me lleva inevitablemente a Gollum. ¿A ti no? Del Pobre Tom al viejo Sméagol. De Shakespeare a Tolkien. Gollum aparece por primera vez en "Acertijos en la oscuridad", el mejor capítulo para mí de El hobbit. Tolkien nos presenta a un ser solitario que habita una caverna. Sus ojos brillan en la oscuridad y se alimenta de los peces que le proporciona el lago subterráneo, aunque no desprecia otras carnes. No sospechamos aún, ni por asomo, lo importante que será su papel en el historia del Anillo. En otros tiempos fue un hobbit llamado Sméagol que acabó matando a Déagol, su primo, para arrebatarle el Anillo que éste había encontrado. Lo que prometía ser una tranquila jornada de pesca en el Anduin acabó en tragedia. Ahora, otro encuentro, otro azar, le cambiará de nuevo la vida. A la soledad de la caverna llega Bilbo. En sus manos lleva una espada, una hoja nacida en Gondolin. Y en su bolsillo, el Anillo que Gollum ha perdido, aunque él aún no lo sabe. Gollum, solitario, alejado de los suyos, transformado en otro, conserva una curiosidad insaciable y comienza así entre ambos un brillante juego de adivinanzas en lo más profundo de la oscuridad de la tierra. Él, como el Pobre Tom, también habla de sí mismo en tercera persona. La choza y la caverna. Locura, aislamiento, soledad. Y rabia, mucha rabia, cuando intuye que lo que Bilbo tiene en el bolsillo, la respuesta a la última adivinanza, es el Anillo. Le han arrebatado su tesoro, lo que ha hecho de él lo que ahora es:
¡Mi regalo de cumpleaños! ¡Maldito! ¿Cómo lo perdimos, preciosso mío? Sí, eso es. ¡Maldito sea! Cuando vinimos por aquí la última vez, cuando estrujamos a aquel asqueroso jovencito chillón. Eso es. ¡Maldito sea! Se nos cayó, ¡después de tantos siglos y siglos! No está, ¡gollum!
Frente a la amenaza de las sombras y otras oscuridades (ya sabéis a cuáles me refiero, que basta mirar la lista de los libros más vendidos), hay que reivindicar las lecturas de largo recorrido. Las que no son como pañuelos que usamos y tiramos. Las que nos llevan sin miedo de un tiempo a otro y hacen que nos dé un vuelco el corazón. Quizá sea verdad que nunca se ha leído tanto como ahora, pero ¿qué quedará? La buena literatura requiere tiempo, pausa, primor. Es un eco que viene de lejos, pero siempre es un eco único. En mitad de un libro, un lejano canto de sirenas nos llama sin remedio y nos hace recordar y abrir otro libro. Se despliegan nuevos acertijos en la oscuridad del cuarto.

Volviendo a Shakespeare, hago mías las palabras de Kent, pues, como él, ya vamos teniendo cierta edad: 
LEAR: ¿Cuántos años tienes?
KENT: No tan joven, señor, como para amar a una mujer porque canta, ni tan viejo como para enloquecer por ella por nada: llevo a la espalda cuarenta y ocho años.
No está mal esto como criterio literario.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Escritores y gatos


Si te gustan las fotos antiguas, la literatura y los gatos, te puede interesar este reportaje que acabo de descubrir: 30 Renowned Authors Inspired by Cats. Treinta escritores acompañados de sus queridos mininos. Magníficas fotografías, muchas de ellas poco conocidas. Las de Raymond Chandler y las de Hemingway son impresionantes. Y la de Hermann Hesse, a cuatro patas tras su gato, es muy graciosa. El gato de Philip K. Dick da tanto miedo como él y parece igual de atormentado. Auden, Capote, Plath, Colette, Cocteau, Sartre, Kerouac, Highsmith o Borges, entre otros, completan el catálogo. Ya sabes que por aquí somos bastante gatunos, así  que, poco a poco, iré añadiendo algunas de ellas (las que aún no estaban) a La escritura desatada, mi recorrido visual y sentimental por los libros y sus autores. Me ha costado escoger una para encabezar esta entrada. Al final me decidí por Cortázar, que creo se lo pasaba bomba en ese momento. La felicidad del instante. ¿Cuál hubieras elegido tú?  

jueves, 7 de junio de 2012

El verano del cohete


Avanzaron por una avenida embaldosada. Ahora todos hablaban en voz baja, pues era como entrar en una vasta biblioteca al aire libre o en un mausoleo habitado por el viento y sobre el que brillaban las estrellas. El capitán habló sin levantar la voz. Se preguntó a dónde habían ido los marcianos, qué habían sido y quiénes eran sus reyes, y cómo habían muerto. Se preguntó en voz alta cómo habían construido esta ciudad para que soportara el peso de los siglos, y si alguna vez habrían visitado la Tierra. ¿Serían ellos los antepasados de los hombres que habían aparecido en la Tierra diez mil años atrás? ¿Y habrían amado y odiado con amores y odios similares a los terrestres, y habrían cometido las mismas tonterías cuando hicieron tonterías?
     Nadie se movía. La luz de las lunas retenía y paralizaba a los hombres. Las olas del viento golpeaban lentamente alrededor.
     –Lord Byron –dijo Jeff Spender.
     El capitán se volvió y lo miró.
     –¿Lord qué?
     –Lord Byron, un poeta del siglo diecinueve. Hace mucho tiempo escribió un poema que parece inspirado por esta ciudad y por cómo los marcianos tienen que sentirse si aún son capaces de sentir. Pudo haberlo escrito el último poeta marciano.
     Los expedicionarios continuaban inmóviles, de pie sobre sus sombras.
     –¿Qué dice el poema, Spender? –preguntó el capitán.
     Spender cambió de posición, extendió la mano como recordando, entornó los ojos un momento, y en seguida se puso a recitar con voz lenta y apagada, y los hombres escucharon todo lo que decía:

So we'll go no more a-roving
So late into the night,
Though the heart be still as loving,
And the moon be still as bright.

     La ciudad inmóvil era alta y gris. Los rostros de los hombres estaban vueltos hacia la luz.

For the sword outweards its sheath,
And the soul wears out the breast,
And the heart must pause to breathe,
And love itself must rest.

Though the night was made for loving,
And the day return too soon,
Yet well go no more a-roving
By the light of the moon.

     Los terrestres estaban de pie, en silencio, en el centro de la ciudad. Era una noche clara. No se oía ningún sonido, excepto el viento. Debajo de ellos se extendía una plaza enlosada que imitaba las formas de animales y seres antiguos. Los hombres contemplaron los dibujos.

Ray Bradbury | Crónicas marcianas, 1950


El poema de Byron dice: "Así que nunca más pasearemos / tan tarde de noche, / aunque el corazón siga enamorado, / y aunque siga brillando la luna. / Pues la espada gasta la vaina, / y el alma gasta el pecho, / y el corazón tiene que pararse a tomar aliento, / y el amor mismo ha de descansar. / Aunque la noche fue hecha para amar, / y el día vuelve demasiado pronto, / nunca más pasearemos / a la luz de la luna."




Mi pequeño homenaje a Ray Bradbury, autor de dos de los libros más hermosos que he leído: Fahrenheit 451 y Crónicas marcianas. Literatura con mayúsculas, sin etiquetas. Gracias. Por haber alimentado mi gusto antiguo por esos otros mundos. Por habernos recordado para siempre la temperatura a la que arden los libros (y nuestro corazón cuando los defiende). Por habernos hablado, desde tan lejos, con ese tono lírico y desolado que nos gusta, de nuestra pequeñas vidas terrestres, llenas de miserias y grandezas. Porque espero que, si algún día colonizamos Marte, alguien se acuerde de ti. Te sigo leyendo. Y me aprendo de memoria el comienzo de tu libro, por si acaso...

lunes, 14 de mayo de 2012

Hasta que lo perdió de vista

Edmund Blair Leighton - God Speed!, 1900

E assí passaron toda aquella noche. Y otro día de mañana la dueña se levantó muy triste e llorando fuelo a dezir a su hermana cómo Canamor se quería ir. E la dueña señora del castillo, desque lo oyó, pesóle mucho y fue luego a estar con Canamor. Y pidióle por merçed que no quisiesse irse y que quisiesse aver aquella posada por suya, y que quantos servicios ella pudiesse hazerle en toda su vida no le pudiesse abastar el bien que por él les avía venido. E por muchos ruegos que le fizieron no le pudieron detener allí más. E fuesse a despedir del cavallero señor del castillo y pidió a su escudero sus armas  y armóse y subió en su cavallo. Y la dueña con quien folgava estávale mirando e llorava de sus ojos. E desque se despidió de todos, salió por la puerta del castillo. Y subióse luego la dueña su enamorada en una torre por mirar por dó iva y nunca hizo sino llorar fasta que le perdió de vista.

Libro del rey Canamor, 1509

Edmund Blair Leighton - Stitching the Standard, 1911


miércoles, 9 de mayo de 2012

Los jardines de un pobre


Los libros están llenos de personajes que leen. Me gusta seguir sus rastros.

En La niña de plata, deliciosa comedia de Lope, quizá algo irregular en su tramo final, encontré hace poco uno de esos rastros. La acción se desarrolla en Sevilla, donde vive Dorotea, una joven doncella "discreta y virtuosa, que lo menos que tiene es ser hermosa", enamorada de don Juan. La llegada a la ciudad del infante don Enrique, que se prenda al instante de ella e intenta conseguirla por cualquier medio, va a provocar el enredo. Se suceden celos, equívocos, confusión de identidades y casas, desconfianzas, cortejos nocturnos entre sombras y enamorados fantoches que cambian de amor como de espada. No falta ni el moro astrólogo, de nombre Zulema, que predice el futuro del Infante. Pero por encima de todos destaca Dorotea, inteligente, ingeniosa, dueña de sus sentimientos y de su capacidad de decisión, frustrada en algunas ocasiones. Personajes femeninos fuertes como los de La dama boba o La viuda valenciana, obras con las que guarda cierta similitud en algunos aspectos.

No faltan tampoco los delicados versos de amor de Lope:

Que no hay remedio en mis daños,
fuera de unos bellos ojos,
fuera de unos blancos brazos.

O este hermoso soneto que envía Dorotea en una carta a don Juan, reprochándole la inconsistencia de su amor y afirmando el suyo propio, libre de cualquier titubeo:

Ingrato dueño mío, aunque pretendas
matarme con rigores y desdenes,
y sin oír las partes me condenes,
quiero que mi verdad y amor entiendas.

Mas no es razón que sin razón me ofendas;
y pues en otros gustos te entretienes,
y de mi honor mayores prendas tienes,
triunfa también desas humildes prendas.

Cesen, por vida mía, los enojos,
que príncipes conmigo son quimera,
sueño del gusto, engaño de los ojos.

Y cuando como piensas los rindiera,
¿qué pierdes en tenellos por despojos,
pues a tus pies con ellos me pusiera?

Pero el rastro al que me refería antes es otro. Estamos al final del acto I. El infante don Enrique intenta acercarse a Dorotea y para ello se acerca con intención a su hermano Félix, que, sorprendido ante ciertas alabanzas, que cree nacidas de la confusión, contesta con humildad: 

Pienso que hay otro Félix en Sevilla;
que yo, señor, ni sé ni tengo gusto
de caballos ni potros; que muriendo
mis padres, y harto pobres por fianzas,
dejaron una hija casi en pelo
en el pesebre humilde de mi casa,
que con necesidad y honor se cría
debajo del amparo de su tía.
Otro debe de ser del nombre mío
el que tiene ese potro y que conoce
de caballos, señor; que yo sólo tengo
esto que os digo y veinte o treinta libros,
a que soy en extremo aficionado;
que un pobre en ellos halla sus jardines,
sus casas, sus caballos y sus galas.

Libros. Jardines, casas, caballos y galas del pobre. Jardines que cultivó Lope con esmero, como el huerto que todavía hoy en pleno centro de Madrid es el alma de su casa, convertida en museo. Seguro que fueron más de veinte o treinta los libros a los que fue "en extremo aficionado". Lecturas y escrituras desatadas. Pasear bajo los naranjos, entre hiedras, junto al pozo, es recuperar por un instante el latido de una mañana de 1600 y algo. "Mi casilla, mi quietud, mi güertecillo y mi estudio". Fueron las palabras con que describió Lope el lugar donde vivió los veinticinco últimos años de su vida.   

jueves, 3 de mayo de 2012

La lectura desatada


El placer de empezar y acabar un libro. Leer como en la adolescencia, todo el día, de un tirón, con todo desaparecido alrededor. Pasar las páginas sabiendo que hay un trozo de vida a la que no vas a volver, que en cada línea has perdido algo. Mentiras que te llevan a verdades. Soledad acompañada. Ventanas, caminos, penumbras. Cerrar la puerta, al fin, con resolución, como el último beso de una pasión que sabíamos que no duraría para siempre. Lecturas desatadas. Olvidamos los detalles y nos queda la añoranza, como dijo Emma.

Ilustración de Liniers.

lunes, 9 de abril de 2012

La escritura desatada



Un recorrido visual por los libros y su historia.

La escritura desatada de estos libros da lugar a que el autor pueda mostrarse épico, lírico, trágico, cómico, con todas aquellas partes que encierran en sí las dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y de la oratoria.

Don Quijote, I - 47


La escritura desatada. Para lectores desatados.

lunes, 2 de abril de 2012

Cabe la fuente a gran sabor

John William Godward - Dolce Far Niente, 1904

Y por ventura aquella ora avia salido la infanta Floreta a la huerta con sus donzellas y avíase echado a dormir cabe una fuente toda cubierta de rosas y otros hermosos árboles, y todas sus donzellas con ella, y aunque la siesta era grande, no les fazía embargo. Y el infante Turián, desque allá llegó, por no ser visto de los de la villa, arrimóse al muro que estava entre la mar y la huerta y puso aí su escala que llevava en el batel, y subió suso muy sotilmente y con él el conde y otros cinco cavalleros, e los diez cavalleros quedaron a guardar el batel. Y el infante entró muy passo por la huerta catando a todas partes dó vería a Floreta. Y andando assí y el conde con él, vídola estar dormiendo con sus donzellas cabe la fuente a gran sabor. E llegó a ella y dixo en su coraçón:

-De la buena ventura soy, que esta es Floreta, aunque yo nunca la vi.

John William Godward - Head of a Girl, 1896

Y estuvo pasmado, qué faría o cómo la tomaría. Y el conde se llegó a él muy passo y díxole a la oreja qué fazía, que aquel fecho no era de tardar, que tal donzella como aquella no era de dexar allí, pues era perteneciente para él. Abaxóse entonces Turián y tomó la donzella muy passo en los braços, y ella iva dormiendo. E yendo assí, a la decendida de l'escala recordó muy espantada y començó a dar grandes gritos, y recordaron todas las donzellas y quando fallaron menos a su señora, començaron a dar fieros gritos. E desque esto oyeron los de la villa, vinieron todos armados a la ribera de la mar e començáronles a tirar con las ballestas; y otros lançávanse en las naves; y començaron a ir empós dellos, e no osavan llegar quando veían tantos cavalleros bien armados, y tiravan con ballestas, que no osavan llegar. Y assí se fueron Turián y sus cavalleros y llevaron su donzella, y quanto ellos ivan de alegres, tanto iva ella de triste y llorosa. Y fízoles muy buen tiempo y la mar muy pagada. E Turián entró en la cámara de la nave, e tomó a Floreta por la mano e metióla en la cámara. Y desarmáronle, e desque todos los cavalleros fueron desarmados, saliéronse a fuera de la cámara y quedaron Turián e Floreta, ambos dos arrimados a una cama.

John William Godward - Girl in Yellow, 1901

E díxole:

-Señora, cessen ya vuestros lloros, que non vos aprovechan ninguna cosa, que Dios me hizo mucha merçed en me adereçar que yo fuesse a aquel lugar do vos estávades, que yo os oviesse e vos traxesse a este lugar do vos agora tengo. Ca yo vos juro que, según la fermosura que de vos me dixeron, no quisiera no vos aver visto por quanto ay en el mundo, e buena ventura dé Dios a quien me habló de vos, ca por mucho bien que me dixeron, no me podieron tanto dezir como en vos veo. Por ende, señora mía, no vos pese por esta fuerça que vos he fecho, siempre os verná por mí mucha honra e podrá ser que valga yo por vos mucho más.

John William Godward - Reverie (Study), 1908

E Turián le dixo que él avía por nombre Turián, hijo del rey Canamor e de la reina Leonela. E quando ella le oyó dezir que era hijo de rey y de reina, ovo mucho plazer y fuele a dar paz con puro amor. E luego la tomó Turián en los braços e dio con ella en la cama, e allí hizo Turián todo lo que quiso con ella, e fallóla muy acabada donzella y virgen. E allí fueron el uno del otro muy pagados, e dixo Floreta:

-Señor, agora he olvidado el llorar y amor de padre e madre, y en vos es todo mi bien y esperança e amor.

Libro del rey Canamor, 1509

sábado, 31 de marzo de 2012

Otros mundos


Hace unos días la NASA dio a conocer unas impresionantes imágenes de Mercurio, el planeta rocoso más pequeño y cercano al Sol. Fueron tomadas por la sonda espacial Messenger, situada en órbita desde hace ahora un año. Según leo en la prensa, se trata de una nave pequeña, de poco menos de un metro de alto, lanzada en el verano de 2004. Antes sólo la Mariner 10 había visitado ese mundo tan desolado. De eso hace ya bastantes años, tantos que, por entonces, 1975, comenzaba yo el BUP y soñaba, como tantos otros, con la serie de televisión Espacio 1999. Da vértigo pensar cómo este artefacto terrícola ha atravesado el espacio mediante complejos cálculos gravitacionales y ha llegado hasta Mercurio cargado de instrumentos que permitirán su estudio detallado. Para algunos será el momento de la ciencia, del análisis de los datos: temperaturas, orografía, magnetosfera, estructura interna. Otros, en cambio, abriremos nuevas puertas en esos mundos que tanto nos han gustado desde pequeños. La ciencia no limita nuestra imaginación, simplemente le abre nuevos caminos. La edad tampoco la limita, sólo la concentra. Da vértigo también pensar en el tiempo que ha pasado y en cómo ha cambiado todo. Hasta el mítico año 1999, el que daba nombre a la serie, quedó atrás. El mundo es ahora distinto, pero no mejor. Basta salir a la calle para comprobarlo. Quizá ni sea necesario salir.




Siempre me han gustado esos otros mundos. De niño, uno de los libros que más disfruté se titulaba El Universo. Aún lo conservo. Era uno de esos libros que regalaban a los padres en alguna caja de ahorros provincial. Creo que allí se despertó mi interés por estos temas, que me han acompañado siempre. La información era básica, pero sugerente. A falta de fotografías, estaban sus estupendas ilustraciones, que te hacían imaginar el suelo de Venus o la vida estable en la Luna o el color de los atardeceres en Marte. O la oscuridad de los confines del Sistema Solar. El color siempre ha gustado más que los datos.




Cada uno podría hacer su propio viaje personal por esos otros mundos. El mío parte de ese libro y está lleno de paradas. Sería imposible reseñarlas todas. Me limitaré a las iniciales, a las que me hicieron amar la ciencia ficción. Los tebeos han estado siempre. El primero de todos Flash Gordon, dibujado con tanta elegancia por Alex Raymond (y más tarde por el gran Dan Barry), tan mal editado siempre en España. En su compañía llegamos a planetas extraños, habitados por seres diversos que tenían nuestros mismos bajos instintos y también nuestras lealtades. Meteoritos, mundos pantanosos, los reinos de Mongo, Arboria, Zarkov, el malvado Ming y, sobre todo, la hermosa Dale Arden, cuyo beso final esperábamos. Ni el cine ni la televisión han comprendido Flash Gordon. Es un mundo de tebeo y sólo ahí tiene sentido. Está bien que sea así. Pocas veces ha habido un dibujo tan sensual como el de Alex Raymond. En aquella época leía la edición de Buru Lan que me pasaba regularmente mi mejor amigo. Lecturas repetidas como un ritual veraniego, creciendo con nosotros cada año, comentadas hasta saber de memoria cada viñeta, cada pliegue del ligero vestido de Dale Arden.







Con Tintín pisamos la Luna a página completa. Un buen día nos montamos en su cohete, convertido hoy en icono, y nos reímos con las barbas crecientes de Hernández y Fernández, tropezamos con el profesor Tornasol y escondimos la botella de whisky de Haddock en un tratado de Astronomía. Allí había grutas resbaladizas con hielo y espías internacionales que parecían rusos. La Guerra Fría. Y lo mejor era que Milú llevaba su propio traje espacial. Todavía guarda nuestra retina los cuadros rojos y blancos del cohete. Más tarde llegarían los superhéroes Marvel y el recientemente fallecido Moebius, un planeta en sí mismo. Y mil puertas más que se abrieron de golpe cuando al tebeo se le llamó cómic.






La televisión y el cine dieron movimiento a esos otros mundos. Alucinábamos con los trajes espaciales de la serie Espacio 1999, que, vistos ahora, no dejaban de ser pijamas acampanados al más puro estilo años 70. Cada capítulo, tras nuestra salida apresurada de clase, era un mundo que comentábamos con deleite al día siguiente. Naves espaciales, encuentros con extraterrestres y gadgets variados. Las pistolas y los comunicadores eran impresionantes. Parecía que el año 1999 no llegaría nunca. Del cine me obligo a elegir sólo tres paradas. Creo que lo tengo claro. La primera es Ultimátum a la Tierra (Robert Wise, 1951), una de las primeras películas que vi en televisión. El extraterrestre Klaatu trae un mensaje de paz para la humanidad, muy dividida, incapaz de ponerse de acuerdo. La clave 'Klaatu barada nikto' es ya todo un clásico y el rayo óptico de Gort, el robot metálico, helaba al más pintado. No hace mucho volví a verla y me encantó. La segunda es otro clásico: Planeta prohibido (Fred M. Wilcox, 1956), inspirada en La tempestad de William Shakespeare. En ella encontramos la presencia del que seguramente sea el robot por excelencia de la ciencia ficción: Robby, inspirador en su diseño de otros muchos. Tripulaciones, monstruos invisibles, campos de fuerza, científicos malvados (Morbius) y una hermosa joven criada al margen del mundo. Utopías dañinas. La tercera parada son todas esas películas de serie B, tan entrañables siempre, devoradas los sábados por la tarde, llenas de alienígenas, planetas perdidos y falsas tecnologías más o menos verosímiles. Más tarde llegarían Alien (1979) y Blade Runner (1982), ambas de Ridley Scott, que marcaron un antes y un después.







Y la literatura. Todo un mundo descubierto después. Imposible hacerle justicia ahora. Serían demasiadas paradas. Y muchas más puertas aún por abrir. Al margen de Verne, pionero como siempre en casi todo, y su bala-cohete del Gun-Club, siempre estarán ahí los cuentos y las novelas de Philip K. Dick, un genio generador de mundos de ciencia ficción. El cine le debe mucho. O la narrativa de Ray Bradbury. Sin duda, Fahrenheit 451 (1953) y Crónicas marcianas (1950), están entre lo mejor que he leído. Nunca la ciencia ficción ha sido tan poética, ni ha hablado con tanta claridad de nosotros mismos, de nuestros impulsos destructivos y nuestro desprecio a los diferentes. Conquista, colonización, atardeceres, gasolineras abandonadas, fantasmas, melancolía. Futuros controvertidos. Algún día le dedicaré la entrada que se merece.






Hay quienes piensan que la ciencia ficción es sólo un modo más de huir de la realidad. No lo creo. La buena ciencia ficción nos habla de lo que somos, de nuestros miedos y nuestros deseos. Nos vamos fuera para conocernos mejor. Nos vemos desde lejos para comprender nuestros defectos y nuestras grandezas. Somos pequeños, muy pequeños. Y tiene delito que, después de tanto, no hayamos sido capaces de ponernos de acuerdo ni en lo más elemental: todos somos iguales, la Tierra es de todos, todos tenemos derecho a una vida digna.