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sábado, 8 de marzo de 2014

For the Good Times



Tarde de marzo, casi de primavera. La voz profunda de Johnny Cash llena la habitación. Ecos oscuros y emocionados que nos hablan de pérdida, de tristeza y separación definitiva. Y, al mismo tiempo, de agradecimiento por el tiempo vivido en común. Una canción de Kris Kristofferson grabada por el hombre de negro poco después de morir June Carter, otra de las voces inconfundibles de la Country Music. Pero no es momento de pararse a contemplar los puentes que se derrumban, sino de disfrutar del camino y de dejarnos llevar por esta hermosa voz oscura y cavernosa. El recuerdo del amor como terapia contra el olvido.
Don't look so sad, I know it's over,
But life goes on and this old world will keep on turning.
Let's just be glad we had some time to spend together,
There's no need to watch the bridges that we're burning.

Lay your head upon my pillow,
Hold your warm and tender body close to mine,
Hear the whisper of the raindrops blowing soft against the window
And make believe you love me one more time for the good times.

I'll get along, you'll find another
And I'll be here if you should find you ever need me.
Don't say a word about tomorrow or forever.
There'll be time enough for sadness when you leave me.

Lay your head upon my pillow,
Hold your warm and tender body close to mine,
Hear the whisper of the raindrops blowing soft against the window
And make believe you love me one more time for the good times.




Lo que viene a decir, más o menos, así:
No estés tan triste, ya sé que todo ha acabado,
pero la vida sigue y el mundo continuará dando vueltas.
Alegrémonos por el tiempo que disfrutamos juntos,
no hay necesidad de mirar los puentes que estamos quemando.

Reposa tu cabeza en mi almohada,
aprieta tu cuerpo cálido y dulce junto al mío,
oye el susurro suave de la lluvia que sopla contra la ventana
y hazme creer que me quieres una vez más, por los buenos tiempos.

Yo me apañaré, tú encontrarás a otro
y estaré aquí si alguna vez crees que me necesitas.
No digas nada sobre el mañana o el para siempre.
Ya habrá tiempo de sobra para la tristeza cuando me dejes.

Reposa tu cabeza en mi almohada,
aprieta tu cuerpo cálido y dulce junto al mío,
oye el susurro suave de la lluvia que sopla contra la ventana
y hazme creer que me quieres una vez más, por los buenos tiempos. 






domingo, 19 de enero de 2014

Viaje a los sueños polares


Ahora que han llegado los fríos, una canción para huir de la rutina y buscar refugio en un mundo de ilusiones infinitas y sentimientos eternos. Dulzura a ritmo de ukelele. Frío polar que calienta el alma. Canta Cristina Quesada.

Cuando pesen demasiado la rutina,
el trabajo y la vida en la ciudad,
nos iremos en un viaje infinito,
con esa tonta sensación de libertad,
hacia el fondo de ese mundo
del que me has hablado tanto,
paraíso de glaciares y de bosques polares,
donde miedos y temores se convierten en paisajes
de infinitos abedules, de hermosura incomparable.
Dibujamos sobre un mapa imaginario
autopistas de gran velocidad.
Nos invade una ilusión desconocida
y nuestra única intención es avanzar
hacia el fondo de ese mundo,
del que me has hablado tanto,
paraíso de glaciares y de bosques polares,
donde miedos y temores se convierten en paisajes
de infinitos abedules, de hermosura incomparable,
donde siempre te querré.








jueves, 6 de junio de 2013

Sobre el poder de la música


El poder del arte de la música llegó a ser tan evidente a través de los estudios de los antiguos filósofos, que los pitagóricos acostumbraban a liberarse de los problemas de cada día con ciertas melodías que les producían una gran paz y, del mismo modo, al levantarse, disipaban la pereza producida por el sueño con otras melodías diferentes, porque sabían que toda la estructura del alma y del cuerpo están unidas por la armonía musical.

Boecio | De institutione musica, siglo VI

Repasando un viejo libro de música, me topé el otro día con esta cita de Boecio y al instante pensé en compartirla aquí contigo. No conozco arte más inmediato para transmitir (y conservar) emociones que la música. Quizá sólo la poesía se le puede acercar, aunque de un modo muy diferente. Una canción que nos gusta conforma un mundo propio que hemos ido llenado con cada escucha, siempre diferente, según el momento y la compañía. ¿No te ocurre a ti también que asocias una canción, como una lectura, con un lugar concreto o una ciudad? Escuchar música es emprender un viaje hacia nuestro pasado: visitar viejos amigos y comprobar que su casa sigue tan acogedora, que nada ha cambiado, aunque los días nos hayan convertido en otros y los hayamos tenido un poco abandonados, perdidos en las preocupaciones del día a día. Las canciones nos llevan a tiempos recordados y a tiempos imaginados.

En estos días de vértigo, las noticias aparecen y se esfuman movidas por la mano oculta que llaman actualidad. Siguiendo la vieja costumbre de nuestros padres, ahora que ya vamos teniendo su edad, encendemos la radio nada más abrir los ojos y la actualidad nos ahoga con sus cifras y sus pactos imposibles y sus intereses mezquinos. Apenas podemos tenernos aún en pie y ya nos saludan con un buen puñetazo en la boca del estómago, tan atinado que ni siquiera el aroma del café que nos espera en la cocina es capaz de colocarlo de nuevo en su lugar. Quizá el transistor no sea tan buen invento.  

Por eso, no estaría mal seguir el viejo consejo de Boecio y los pitagóricos. Saludar el día con algo de música no puede ser malo. Ya habrá tiempo de que la actualidad se apodere de nosotros. Es implacable. Pero, mientras tanto, podemos, durante unos minutos, ser dueños de nuestro tiempo, aunque sepamos que el intento es sólo una quimera que acabará con la canción. Disipar la pereza del sueño al levantarse, dice Boecio. Suena bien.       

Ahora, en este largo atardecer de junio, con cielo azul y castillo de fondo, terminado ya el trabajo, me apetece volver a escuchar tranquilamente esta vieja canción de Gram Parsons y Emmylou Harris, que nos habla de asuntos tan intemporales como esos amores imposibles que sabemos deben acabar. Deseos que arderán por última vez. Dejemos por esta noche que el fuego nos consuma y ya recogeremos mañana las cenizas.




We know it's wrong to let this fire burn between us
We've got to stop this wild desire in you and in me
So, we'll let the flame burn once again until the thrill is gone
Then we'll sweep out the ashes in the morning.

We're two people caught up in the flame that has to die out soon
I didn't mean to start this fire and neither did you
So, tonight when you hold me tight we'll let the fire burn on
And we'll sweep out the ashes in the morning.

Each time when we meet we both agree that it's for the last time
But out of your arms, I'm out of my mind
So, we'll taste the thrill of stolen love tonight until the dawning
And we'll sweep out the ashes in the morning.

We're two people caught up in the flame that has to die out soon
I didn't mean to start this fire and neither did you
So, tonight when you hold me tight we'll let the fire burn on
And we'll sweep out the ashes in the morning.

Yes, we'll taste the thrill of stolen love tonight until the dawning
And we'll sweep out the ashes
We'll sweep out the ashes
We'll sweep out the ashes in the morning.

Ya veremos qué nos cuenta mañana el transistor. Si es que lo dejamos, claro.

domingo, 24 de marzo de 2013

Burning Lights


Contraté a un asesino a sueldo (Aki Kaurismäki, 1990) se desarrolla en Londres. Henri Boulanger (Jean-Pierre Léaud) es un oscuro empleado que acaba de perder su trabajo en la oficina de una depuradora de aguas. No tiene nada más. Vive solo, en un piso cochambroso con vistas a una pared de ladrillos. Apenas habla. Sus habilidades sociales no son muchas. Deprimido, falto de expectativas, sin nada más que hacer en la vida, decide suicidarse, pero su valor no es mayor que sus ilusiones, así que, tras varios intentos fallidos, toma la decisión de contratar a unos matones para que hagan el trabajo sucio. Decide convertirse en asesino de sí mismo. En algún momento próximo alguien vendrá y acabará con su vida. Mientras espera, conoce a Margaret (Margi Clarke), una florista por la que se siente atraído al instante. El problema ahora será localizar a los matones que contrató y hacerles ver que ha cambiado de opinión, pues el Honolulu Bar, donde contactó con ellos, ya no existe. En su lugar sólo hay escombros.

El Londres que encontramos en la película no es nada turístico. Eso, por supuesto, lo hace más atractivo. Interiores cochambrosos, hoteles venidos a menos, paisaje de chimeneas, solares derruidos de extrarradio, calles solitarias en que resuenan los pasos, bares de medio pelo con clientela escasa, patios interiores que dan a cementerios, oficinas en las que se acumulan los papeles y el polvo, establecimientos que guardan en su deterioro la memoria de tiempos mejores.











Rojos y verdes intensos en paredes desconchadas, reflejo de las vidas de sus personajes. Hieráticos, solitarios, callados, enfermos, desfavorecidos, miradas perdidas. Intuimos sentimientos fuertes, pero no los manifiestan. Están detrás. Miran y callan. Desconocemos su pasado. Historias contadas sin apenas diálogos, que se reducen a unas cuantas palabras sueltas dichas en el momento adecuado. Cine casi mudo que vuelve a sus orígenes: contar sólo con imágenes nuestras vidas.

La presencia de Jean-Pierre Léaud (no en su mejor papel), de mirada desorbitada, nos remite inevitablemente al Antoine Doinel que siempre fue y nos hace pensar en esta película como una secuela final de la serie que François Truffaut dedicó al personaje. La estética es muy diferente, pero el personaje tiene algunos puntos comunes. Entre ellos, su escaso sentido de la realidad y su origen francés (en la película deja bien claro que no quiere volver a su país). Es como si pudiéramos ver qué ocurrió con él algunos años después. Me ha sorprendido muy gratamente la actriz que lo acompaña, Margi Clarke, cuyo aspecto recuerda intencionadamente al personaje de Kim Novak en Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958), lo que le da un aire misterioso que sobrevuela toda la película. Desconocemos su historia. Sólo es una presencia y un sentimiento intuido.









Y, al igual que en El Havre (2011) o en Leningrad Cowboys Go America (1989), y, supongo, en toda su cinematografía, la música tiene mucha importancia. Kaurismäki incorpora a sus películas una banda sonora muy cuidada. En todos los interiores, casas o bares, siempre suenan canciones. En esta ocasión, Billie Holliday, Little Willie John, Carlos Gardel y Joe Strummer, entre otros. Canciones como "Body and Soul" o "Cuesta abajo" son en sí mismas una declaración de intenciones. O como este "Burning Lights", que quiero ahora compartir contigo.


Tras comprar unas gafas de sol (se las vende el propio Kaurismäki), el protagonista entra en un pub y suena esta hermosa canción de Joe Strummer, que nos habla de sueños de infancia que han ido creciendo con nosotros, de largos caminos recorridos y de señales que sólo tú puedes descifrar. Una guitarra eléctrica, algo de percusión y un escenario elemental. Música en estado puro para un cine en estado puro. Como un rayo de sol que entra por la ventana en un día gris.




Some dreams are made for children
But most grow old with us
And when the air can hope to hold on
And to the ground from dust to rust.

Burning lights in the desert
Such a sign only you would know
Your running tyres, they're out of pressure
Such a sign only you would know

And I've been a long haul driver
Moving things but the cops don't know
Now I can see the writing
You are the last of the buffalo

Burning lights in the desert
Such a sign only you would know
Your running tyres, they're out of pressure
Such a sign only you would know.

Now I've been to California
And I've been to New South Wales
Sometimes I, I pull over
When I realise I've left no trace

Burning lights in the desert
Such a sign only you would know
Your running tyres, they're out of pressure
Such a sign only you would know.

No he visto muchas películas de Kaurismäki (ésta no es la mejor), pero he de reconocer que este director finlandés me tiene atrapado. Un cine personal, visualmente poderoso y que llega al corazón. 

jueves, 16 de febrero de 2012

Ensueños de tiempos pasados


La voz de Billie Holiday, cargada de tiempo, llena la habitación en esta fría tarde de febrero. Se mezclan los recuerdos. Los suyos, los míos, los de Duke Ellington, los de nadie. Los de aquella otra tarde de febrero, los que no tienen tiempo, los que hemos inventado para comprender mejor la vida. Y en algún lugar del cuarto, mientras escuchas, la tristeza se vuelve paz interior. Y los recuerdos, como las piezas de un puzzle, se colocan en su sitio y te reconfortan.

In my solitude
You haunt me
With reveries
Of days gone by.

In my solitude
You taunt me
With memories
That never die.

I sit in my chair
And filled with despair.
There's no one could be so sad,
With gloom everywhere.
I sit and I stare.
I know that I'll soon go mad.

In my solitude
I'm prayin.
Dear Lord above,
Send back my love.

Que en castellano podría ser algo parecido a esto:

En mi soledad,
me persigues
con ensueños
de tiempos pasados.

En mi soledad,
te burlas de mí
con recuerdos
que nunca mueren.

Sentado en la silla,
desesperado,
nadie podría estar más triste.
La oscuridad lo inunda todo.
Me siento y miro.
Sé que pronto perderé la razón.

En mi soledad,
estoy rezando.
Oh, Dios de los cielos,
devuélveme mi amor.



miércoles, 8 de junio de 2011

Por qué se acaban los besos


En este suave atardecer de junio, sin encender aún las luces del cuarto, a media luz, como en el tango, haces un alto en la camino. Te sientes como el que, tras una larga caminata, llega a la ribera del río y mete con deleite en el agua sus manos cansadas y ese pequeño gesto le da la vida. Pocas cosas hay tan agradables como dejar pasar el tiempo cuando te has quedado vacío tras un largo esfuerzo. Y qué mejor terapia que un río o una canción. Los días se componen de pequeños regalos que nos hacemos, premios que nos concedemos, indulgentes y culposos, por no haber sido demasiado considerados con nosotros mismos, por habernos mirado con malos ojos. Un poco más de egoísmo ya no puede ser dañino. Y hay discos que pueden cambiar el color de una tarde. Esos discos sobre los que vuelves cada cierto tiempo y siempre te reconfortan como un abrazo. Te apetece un abrazo. Y escribes estas palabras mientras escuchas, una vez más, la sugerente voz de Natalia:

Preguntaste por qué se acaban los besos
y te dije que insistieses,
siempre quedará algún resto.

Fue mi hermano (como siempre) quien me dio a conocer Popemas (Elephant Records, 2002) y, desde entonces, estas canciones siempre me han acompañado. Hay discos que nos gustan sólo por alguna canción y otros que nos llevamos puestos enteros. Popemas es uno de estos. Uno de esos milagros en que todo es tan natural, tan sugerente, tan sencillo y tan siempre nuevo, que puedes escucharlo muchas veces sin llegar a agotarlo. Discos con los que mantienes cierta intimidad que perdura con el tiempo, en los que encuentras sentimientos que te llegan. No son muchos y cada cual tiene sus querencias. Quizá no estarían (o sí) en una de esas listas de los mejores de la historia, pero han formado parte de tu educación sentimental y les sigues siendo fiel. Cuántos de Serrat, Radio Futura, Maria del Mar Bonet, Hank Williams, Sisa, Jacques Brel, Johnny Cash, Van Morrison, Esclarecidos, The Beatles, Vainica Doble, Bob Dylan, Merle Haggard o Nosoträsh han llenado tardes como ésta. La de veces que habrás escuchado La ley del desierto, la ley del mar o Esclarecidos 2 (con esa canción inagotable que es Arponera).  




Nada

Todas mis cosas se han vuelto del revés,
guardo en las cajas momentos y un querer.
Limpio el polvo a mi vida y no encuentro,
saco brillo al silencio y no entiendo,
afeitando el olvido sin tiempo,
manoseo el recuerdo sin prisa
y se pasa la tarde y no tengo...
nada, todo.

Nosoträsh es para mí uno de esos grupos especiales y Popemas, su disco más conseguido, me parece una maravilla. Veinte canciones (más un extra) muy breves, casi fragmentarias (y, por eso, más sugerentes). que componen todo un clima de sentimientos domésticos. Canciones de olvido, de lo que se fue, de los besos recordados. Estaciones iguales, llenas de lluvia, frío de invierno, noches que cogen mal color, ceniza y medallas en el corazón. Ingenuidad y mucho amor por las palabras. Sencillez y lirismo sin pretensiones. Frescura. Lo melancólico y el humor. Y la suave voz de Natalia Quintanal. Un lugar donde se encuentran de modo mágico la canción y la poesía. No la poesía convertida en canción. Como si alguien te soplara en la nuca en un día caluroso. Un auténtico consuelo para tardes en que sientes "esa vieja angustia que hace el corazón pesado" de la que nos hablaba Antonio Machado. Un abrazo cálido bajo mantas invernales.






Tan solo por los besos

Es muy tarde, llueve tanto que,
no ves el final de la calle.
Ha nacido un río bajo mis pies.
Por él bajan barcos de colillas
que se encallan en la esquina
de una vieja alcantarilla.
Pero yo te espero,
el jersey empapado y los dedos morados.
Pero yo te espero
sólo por un beso de esos fríos mojados.
Es muy tarde, llueve tanto que...





Recuerdos que olvidé

Te recuerdo junto al mar, nubes grises y un café
y no entiendo tanto tiempo sin volver.
No se olvida sin querer y yo no quiero olvidar,
que, aunque el tiempo pase lento, ahí estás.
Algún día no sé bien, no sé cómo ni por qué,
estaré junto a las nubes, otra vez.





Doméstico

No voy a mentirte,
me sigue costando estar aquí,
me duelen los días.
Tras varios traspiés,
yo insisto en volver a riesgo de
que me trague esta vida...
Pero es esta luz de tarde muerta,
es tu mirada tras la siesta,
la lluvia en el monte, tus ojos azules o verte bailar.
La brisa del mar, el sol en mi espalda,
o pelearnos por las mantas,
no tener un duro y estar tan a gusto, dejarnos llevar.
Hacer las maletas de vez en cuando
sólo para cambiar de cuarto,
dormir en el coche si llega la noche y oírte roncar,
después, volver a arrancar.




La canción de aquel momento

Esta es la canción de aquel momento
en que soñabas con un tiempo
que nunca quiso volver.
Tantas veces fuiste un sentimiento,
un trocito de un recuerdo
y ya no sabes lo que ser.
Y si estás bien o si estás mal
lo que serás no importa ya
y si esta tarde me despierto y ya no estás.
Y si estás bien o si estás mal
lo que serás no importa ya
y si esta tarde no me quiero despertar.


Nosoträsh | Web no oficial | Rockdelux | Elephant Records

sábado, 9 de octubre de 2010

Hasta que llegaste tú

 Granada

Cada ciudad tiene su música, como tiene su luz o su aroma. Hay ciudades que huelen a tiempo antiguo, a humedad mantenida con los años, a secretos olvidados. Otras huelen a leña y a interior cálido, a historia de amor aún sin terminar. No conozco ciudad más luminosa que Almería, ni con un nublado más sugerente que Santiago. Las tardes de Salamanca dan un inmejorable tono dorado a las fotos. En las plazas de Cádiz se conserva la luz primera que vino del mar. La de Madrid es fría; la de Lisboa, muy cálida.

Con la música ocurre igual. No sé si te has parado a pensarlo, pero cada ciudad tiene sus sonidos, su música que nos permite recordarla en la distancia. Es una música azarosa, nacida de un instante, de una feliz casualidad que queda grabada en nuestra memoria y en la de nadie más: una canción oída en un café, en el momento del amor, de la amistad o de la lectura. Oída paseando por sus calles o nacida del interior de alguna casa, cuyo inquilino ha compartido contigo, sin saberlo, un momento único. Es verdad que hay ciudades silenciosas, que quizá aún no te han ofrecido su canción, pero son tantos los viajeros que tendrás que esperar un poco más. A mí me ocurrió nada más entrar en Canterbury.


Canterbury

Fue como un regalo de bienvenida. Acabábamos de llegar a la ciudad y estábamos nerviosos porque, de algún modo, la ciudad ya formaba parte de nuestros mitos antes de haber pisado sus calles: Chaucer, lo medieval, el Príncipe Negro, la catedral. Pensando en esas cosas estábamos, delante del arco de entrada, cuando nos llegaron unos acordes que identificamos al instante. Nos acercamos y un par de músicos callejeros tocaban delicadamente Till There Was You. La escuchamos en silencio. ¿Te acuerdas? Nunca esa canción me sonó tan bien como entonces. Juraría que aquel músico cantaba mejor que el propio Paul. Desde entonces para mí la ciudad medieval de Canterbury no suena a música medieval, sino a balada de los Beatles. Y ahora, en esta tarde de sábado otoñal, con el castillo casi oculto tras la niebla, escucho esa canción y pienso que queda aquí, en mi cuarto a oscuras, algo de aquel día lejano en Canterbury.

There was love all around
But I never heard it singing
No I never heard it at all
Till there was you
Till there was you.


Había amor alrededor,
pero nunca lo oí cantar.
No, nunca lo oí
hasta que llegaste tú,
hasta que llegaste tú.




Y, pensando en la música y las ciudades, los sentimientos y el tiempo, me ha venido a la memoria este poema de Luis García Montero:

Yo sé
que el tierno amor escoge sus ciudades
y cada pasión toma un domicilio,
un modo diferente de andar por los pasillos
o de apagar las luces.

Y sé
que hay un portal dormido en cada labio,
un ascensor sin números,
una escalera llena de pequeños paréntesis.

Sé que cada ilusión
tiene formas distintas
de inventar corazones o pronunciar los nombres
al coger el teléfono.
Sé que cada esperanza
busca siempre un camino
para tapar su sombra desnuda con las sábanas
cuando va a despertarse.

Y sé
que hay una fecha, un día, detrás de cada calle,
un rencor deseable,
un arrepentimiento, a medias, en el cuerpo.

Yo sé
que el amor tiene letras diferentes
para escribir: me voy, para decir:
regreso de improviso. Cada tiempo de dudas
necesita un paisaje.

Luis García Montero | Diario cómplice | 1987


Madrid


¿A qué suena tu ciudad? ¿Te ha regalado ya alguna canción?

sábado, 26 de junio de 2010

Sensual inmensidad, tiempo en jardín


Canción de verbena
Por Jaume Sisa

Es el instante al fin,
y la hora más afín
al dulce hechizo de la música:
el baile empieza ya.
Y el ritmo ondulará
diciéndonos que todo es siempre así.

Al aire del compás
la noche es vuelo ya,
sensual inmensidad, tiempo en jardín.
Y en la celeste oscuridad
cada cohete al estallar
y morir
deja un destello de amistad.

La luna luce tan gentil,
como si fuera de ilusión
y verdad.
La primavera ya no está.
Pero el verano viene aquí.

Jaime Gil de Biedma | Poemas póstumos







Jaume Sisa | Nit de Sant Joan
Dagoll Dagom | L'instant precís | Nit de Sant Joan
Fotografía | Lady on The Moon | Miss Gabrielle Ray
Ilustración | Marina Anaya

sábado, 15 de mayo de 2010

Qué exigente viene la primavera


Al principio es sólo la intuición de que algo ha cambiado. Quizá no sea más que un deseo provocado por la costumbre de los días y los años. Pero un ligero matiz en la luz del atardecer, el eco distinto de los sonidos de la calle, el piar de los pájaros cuando abres bien temprano la ventana o la impresión de que ya te va sobrando el brasero, te confirman tu impresión inicial: algo no es como ayer. Al poco, las señales se hacen inequívocas. Las camas se desnudan de edredones y las sábanas de franela, tan cálidas, dejan paso a otras más frías, aunque igual de placenteras. Las chicas lucen sus escotes más generosos, perseguidos por mil miradas agradecidas. Llegó el tiempo de abrir y cerrar ventanas. De lluvias fugaces y arcoíris inesperados, siempre mágicos.

Juan Ramón Jiménez, en un capítulo de Platero y yo titulado Primavera, lo explica así:

Parece que estuviéramos dentro de un gran panal de luz, que fuese el interior de una inmensa y cálida rosa encendida.


A los espíritus melancólicos enamorados del otoño nos parece que la primavera no tiene la fuerza callada y silenciosa de octubre, pero hay que reconocerle su encanto. Al menos, como puerta de entrada a ese largo paraíso estival que es promesa de seguras delicias. El año bien podría reducirse a eso: otoño y verano.






Para mí el inicio de la primavera va asociado a dos recuerdos de infancia. El primero está relacionado con la botánica. Mi padre me contaba que las primeras flores que salían en nuestros campos eran los nazarenos (muscari neglectum), que anunciaban la Semana Santa. A mí me encantó la idea. Maravillosa metáfora popular. Verlos con su delicado color morado, penitentes desordenados que inician la procesión, me transporta inmediatamente al Domingo de Ramos. Todavía hoy los busco afanoso cada año entre los olivos. Igual me podría haber hablado de los jaramagos, cuya primera aparición también busco en las cunetas, pero me hablaba de los nazarenos y son ellos, por eso, mis preferidos.

 




El otro recuerdo tiene que ver con los gusanos de seda, con muchos gusanos de seda metidos en una caja redonda de ensaimada. Los gusanos aparecieron una mañana, como por sorpresa, a pesar de que los esperaba con impaciencia. La caja era lo que quedaba de un viaje solitario de mi abuela a Mallorca para ver a su hermana. Qué valor el de aquellas mujeres que habían vivido una guerra. Ella misma me había advertido que los gusanos salían el día de San José y que debía tener hojas de morera preparadas. Y yo venga a mirar la placa de cartón en que estaban meticulosamente pegados formando una filigrana de vida latente. Hasta que se produjo el milagro. Uno tras otro, llenaron de diminutos guioncitos negros la caja que todavía olía a ensaimada reciente. Y entonces empezó el rito de cambiarles las hojas y la fascinación de observar los ruidosos movimientos casi industriales de sus mandíbulas, que devoraban cada hoja por el canto hasta dejarla hecha una escobilla. Menos mal que había varias moreras cerca de mi casa.


La flora y la fauna de mi infancia.

Pero lo que yo quería, en realidad, era compartir contigo una canción, la mejor canción que conozco sobre la primavera y sus exigencias sentimentales.

El texto está basado en una música que escuché en casa del músico Gregorio Paniagua: me mostró un disco que acababa de hacer con Lucía Bosé. En él se incluía este tema instrumental interpretado por su grupo de música antigua. Creo recordar que lo llamaba La canción de la pimienta o algo así y lo sacó de un manuscrito hebreo. Yo le puse texto y título y lo hice a mi manera.

Su autora es también mallorquina. Se trata de Maria del Mar Bonet. La canción, Dansa de la Primavera, pertenece a Anells d'aigua (LP, 1985), un disco sin desperdicio. Te dejo la traducción, aunque te adelanto que pierde mucho. También dejo un vídeo en el que puedes oír una versión en directo.


Supongo que ya la conoces y que la has escuchado muchas veces tan fascinado como yo, pero, si tengo la suerte de que es nueva para ti, sigue mi consejo, querido lector de La melancolía de los ríos: sube el volumen de tus altavoces y déjate hechizar por la dulzura de su voz mediterránea y la belleza sugerente de sus palabras. Es una cantautora de la que estoy enamorado desde hace ya muchos años. Y siempre le soy fiel.

Dansa de la Primavera

Febrer m'ha duit la carta tan precisa:
vol que els lilàs s'obrin pels dits
i en el cor m'hi creixi una palmera.
Què exigent que ve la primavera!

Què exigent que ve la primavera,
i el meu cor tan malaltís,
tenc por que es cremi dins de la foguera
(no puc desfer-me del seu encís).

No puc desfer-me del seu encís,
obrir les branques i ballar amb ella,
pentinar-me al seu vent la cabellera,
cantar les llunes de les seves nits.

Cantar les llunes de les seves nits,
cantar vermells de la tardor,
cantar el silenci de la nova neu,
cantar, si torna, el dolorós amor.

Cantar, si torna, el dolorós amor
i néixer un poc més en l'intent,
i créixer un poc més cada entretemps
i volar amb el vent i les noves llavors.

Volar amb el vent i les noves llavors;
qui sap on el vent em portarà,
a dins el cor d'una terra antiga
o creixeré al fons de la mar.

Febrer m'ha duït la carta tan precisa:
vol que els lilàs s'obrin pels dits
i, en el cor, m'hi creixi una palmera.
Què exigent que ve la primavera!


Febrero me ha traído una carta muy precisa:
quiere que las lilas broten entre mis dedos
y que en el corazón me crezca una palmera.
Qué exigente viene la primavera.

Qué exigente viene la primavera.
Y mi corazón tan enfermo
temo que se queme en la hoguera.
No puedo deshacerme de su hechizo.

No puedo deshacerme de su hechizo,
abrir las ramas y bailar con ella,
peinarme en su viento la cabellera
y cantar las lunas de sus noches.

Cantar las lunas de sus noche,
cantar los rojos del otoño,
cantar el silencio de la nieve nueva
y cantar, si regresa, el doloroso amor.

Y cantar, si regresa, el doloroso amor
y nacer un poco más en el intento
y crecer un poco más cada entretiempo
y volar con el viento y las semillas nuevas.

Volar con el viento y las semillas nuevas.
Quién sabe dónde el viento me llevará:
tal vez a las entrañas de una tierra antigua
o creceré en el fondo de la mar.

Febrero me ha traído una carta muy precisa:
quiere que las lilas broten entre mis dedos
y que en el corazón me crezca una palmera.
Qué exigente viene la primavera.


¿Y tú? ¿Prefieres el otoño o la primavera? ¿A qué asocias su llegada?



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