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martes, 16 de marzo de 2010

La Poza del Inglés


Quizá, donde los tres amigos encontraban un entretenimiento más intenso y completo era en el río, del otro lado de la tasca de Quino, el Manco. Se abría, allí, un prado extenso, con una gran encina en el centro y, al fondo, una escarpada muralla de roca viva que les independizaba del resto del valle. Enfrente de la muralla se hallaba la Poza del Inglés y, unos metros más abajo, el río se deslizaba entre rocas y guijos de poco tamaño, a escasa profundidad. En esta zona pescaban cangrejos a mano, levantando con cuidado las piedras y apresando fuertemente a los animalitos por la parte más ancha del caparazón, mientras éstos retorcían y abrían y cerraban patosamente sus pinzas en un postrer intento de evasión tesonero e inútil.


En las tardes calurosas de verano, los tres amigos se bañaban en la Poza del Inglés. Constituía un placer inigualable sentir la piel en contacto directo con las aguas, refrescándose. Los tres nadaban a estilo perruno, salpicando y removiendo las aguas de tal manera que, mientras duraba la inmersión, no se barruntaba, en cien metros río abajo y otros tanto río arriba, la más insignificante señal de vida. 



Señalaba a la derecha de la Poza, tres metros más allá de donde desaguaba El Chorro. En el pueblo llamaban tontos a la culebras de agua. Ignoraban el motivo, pero ellos no husmeaban jamás en las razones que inspiraban el vocabulario del valle. Lo aceptaban, simplemente, y sabían por ello que aquella culebra que ganaba la orilla a coletazos espasmódicos era un tonto de agua. El tonto llevaba un pececito atravesado en la boca. Los tres se pusieron en pie y apilaron unas piedras.






Textos | Miguel Delibes, El camino (1950)
Sobre Miguel Delibes | CVC. Miguel Delibes

domingo, 6 de septiembre de 2009

El Tormes de Lázaro


Pues sepa Vuestra Merced ante todas cosas que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre, y fue desta manera. Mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una aceña que está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años; y estando mi madre una noche en la aceña preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí. De manera que con verdad me puedo decir nacido en el río.

Uno de los comienzos más famosos de la literatura. Nuestro héroe, como antes Amadís de Gaula, ha nacido en el río, pero sus padres no tiene noble linaje. Su madre no se llama Elisenda, sino Antona Pérez, y nadie lo ha lanzado al agua dentro de un arca con un pergamino que dice: "Éste es Amadís sin Tiempo, hijo del Rey". A Lázaro lo van a encomendar a un ciego, que le enseñará muy rápido en qué consiste la vida. A su padre, que no es rey, lo encarcelan cuando él tiene ocho años, acusado de "ciertas sangrías malhechas en los costales de los que allí a moler venían". Aún le queda mucho que pasar, muchas fortunas y adversidades, antes de llegar a buen puerto. Comienza la literatura del pobre.

Esta preciosa fotografía, que encontré en la web La druida de la Historia, fue tomada casi cuatro siglos más tarde. Nos presenta una escena cotidiana de hacia 1940: una mujer hace la colada en el río Tormes, con la Catedral de Salamanca y el Puente Romano de fondo, muy cerca de donde nació nuestro pícaro. Azorín diría que se trata de la propia Antona Pérez y que ese día ya estaba preñada de Lázaro. Yo no me atrevo a tanto, pero la verdad es que la fotografía tiene algo de  eterno retorno. No en vano estamos ante las aguas del mismo río.


Foto | La druida de la Historia

domingo, 26 de julio de 2009

Cambridgeshire Lodes




Así vio en 1901 Henry Rider Haggard la recogida de juncia (sedge) en Cambridgeshire Lodes, conjunto de canales artificiales navegables que, según parece, tienen origen romano. Cuenta Haggard que la juncia era recogida en grandes barcazas y que con ella construían las mejores techumbres del mundo para sus cottages.




Por entonces, Haggard ya había estado bastante tiempo en África y, de haber vivido en su época, quizá habríamos podido encontrarlo con este curioso aspecto, más propio de alguno de sus personajes:




Haggard es autor de un libro inolvidable, de obligada lectura para todos los amantes de la novela clásica de aventuras: Las minas del rey Salomón (King Solomon's Mines, 1885), que no tiene nada que envidiar a muchos de los libros que hoy se leen con tanta prisa y tan fácilmente se olvidan. En ese libro puso toda su experiencia africana y con ella dio vida a un personaje mítico, el aventurero inglés Allan Quatermain.

Me gusta la primera fotografía por su blanco y negro contundente, que le da cierto aspecto desolado y algo triste a un río que debía de ser todo verdor. Es una imagen que nos hace pensar en un mundo perdido, género que, precisamente, inauguró Haggard con su novela.

Foto | Cambridgeshire County Council

viernes, 24 de julio de 2009

La melancolía de los ríos


Claude Monet, Nenúfares


Cuenta Álvaro Cunqueiro en Tertulia de boticas y escuela de curanderos que, desde Plinio, "la contemplación de un curso de agua es medicina contra la melancolía, contra los melancholicae vertigines, contra los vértigos de la melancolía que perturban los sentidos".

Dejas de leer y te vienen a la memoria imágenes de ríos en los que te has bañado de niño o has vuelto a visitar con la ilusión de reencontrar algo ya perdido. El fluir del agua, el misterio de su vida interior, el hermoso paisaje vegetal que los acompaña, te invitan a suspender por un momento el tiempo y a convertirte, como hechizado, en un elemento más del paraje, como el insecto que flota entre los juncos o la hoja que se mueve enloquecida en un torbellino de la corriente.


Benjamin Williams Leader, An English River in Autumn


Nada reconforta más tras una caminata que introducir las manos en un río de aguas frías. Nos habla Cunqueiro de un médico que recetaba a sus pacientes tramos concretos de ríos de Inglaterra, Gales o Escocia para combatir su bilis melancólica. E, incluso, de cómo "a ciertos melancólicos no les hacía falta el agua, que lo que los curaba era solamente el rumor del río". Quien ha estado alguna vez solo en mitad de sus aguas sabe de qué rumor se trata.

Quizás esa cura para sus males es también la que busca Fernando, el protagonista de Los ojos verdes, la hermosa leyenda becqueriana, quien se acerca al abismo de las aguas llamado por una ninfa de brazos delgados y ojos brillantes que le promete "un lecho de esmeraldas y corales."


John William Waterhouse, Hylas and the Nymphs