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viernes, 31 de agosto de 2012

Leer en el jardín


Leer en el jardín regado, muy de mañana o al atardecer. Debajo de un árbol. Verano. Pasar las páginas del libro mientras la mirada juega con los colores y la memoria regresa al olor de la tierra mojada. Humedad de jardines lejanos. Y, luego, cuando pasen los días y las hojas y llegue el frío, recordar en los libros del invierno ese aroma fresco del jardín, que, seguro, no tardará en volver.


Ilja Yefimovitsch Repin: Tolstoy Resting in the Forest, 1891

Joseph Farquharson: Summertime

Peder Severin Krøyer:  Marie in the Garden, 1895

Theodore Robinson: The Lane

Berthe Morisot: Reading

Johannes Evert Akkeringa: Three Generations of Reading in the Garden

Robert James Gordon: Woman Reading

Sergei Arsenevich Vinogradov: Summer Dreams

Carl Spitzweg: In the Garden, 1938

Honoré Daumier: A Man Reading in the Garden, c 1866

Mamontov Mihail Anatolevich: In the Garden, 1910

Henri Lebasque: Reading in the Garden, 1886

Berthe Morisot: The Lesson in the Garden

Berthe Morisot:  Hollyhocks, 1884

Alphonse D'Heye

Robert Archibalt Graafland:  A Girl Reading in a Hammock

Emanuel Phillips Fox: A Love Story, 1903

Adrien Moreau: In the Park

Karl Raupp: An Elegant Lady Reading under a Tree

Ivan Kramskoy: Reading, 1863

Charles Edward Perugini: Girl Reading

Norbert Goeneutte: Portrait of Anna Goeneutte Wearing a Beret

Ulisse Caputo

Gari Melchers: Woman Reading by a Window

James Tissot: Reading a Story

Anthonore Christensen: Flowers in a Forest Floor


El jardín que abre la entrada fue pintado por Sir John Lavery en 1883 y se titula A Grey Summer's Day.

La mayoría de estas sugerentes imágenes de lectura las he encontrado en diversos Tumblr, especialmente en A Man with a Past. Si te interesa el tema de la lectura y su reflejo en el arte y la fotografía, puedes encontrar imágenes variadas en mi Tumblr: La cueva de la sirena. Están agrupadas bajo las etiquetas leer, mujeres que leen y libros.

"Si tienes una biblioteca con jardín, lo tienes todo", dice la conocida sentencia de Séneca. Habrá que aprovechar lo que queda de verano.

lunes, 14 de mayo de 2012

Hasta que lo perdió de vista

Edmund Blair Leighton - God Speed!, 1900

E assí passaron toda aquella noche. Y otro día de mañana la dueña se levantó muy triste e llorando fuelo a dezir a su hermana cómo Canamor se quería ir. E la dueña señora del castillo, desque lo oyó, pesóle mucho y fue luego a estar con Canamor. Y pidióle por merçed que no quisiesse irse y que quisiesse aver aquella posada por suya, y que quantos servicios ella pudiesse hazerle en toda su vida no le pudiesse abastar el bien que por él les avía venido. E por muchos ruegos que le fizieron no le pudieron detener allí más. E fuesse a despedir del cavallero señor del castillo y pidió a su escudero sus armas  y armóse y subió en su cavallo. Y la dueña con quien folgava estávale mirando e llorava de sus ojos. E desque se despidió de todos, salió por la puerta del castillo. Y subióse luego la dueña su enamorada en una torre por mirar por dó iva y nunca hizo sino llorar fasta que le perdió de vista.

Libro del rey Canamor, 1509

Edmund Blair Leighton - Stitching the Standard, 1911


lunes, 2 de abril de 2012

Cabe la fuente a gran sabor

John William Godward - Dolce Far Niente, 1904

Y por ventura aquella ora avia salido la infanta Floreta a la huerta con sus donzellas y avíase echado a dormir cabe una fuente toda cubierta de rosas y otros hermosos árboles, y todas sus donzellas con ella, y aunque la siesta era grande, no les fazía embargo. Y el infante Turián, desque allá llegó, por no ser visto de los de la villa, arrimóse al muro que estava entre la mar y la huerta y puso aí su escala que llevava en el batel, y subió suso muy sotilmente y con él el conde y otros cinco cavalleros, e los diez cavalleros quedaron a guardar el batel. Y el infante entró muy passo por la huerta catando a todas partes dó vería a Floreta. Y andando assí y el conde con él, vídola estar dormiendo con sus donzellas cabe la fuente a gran sabor. E llegó a ella y dixo en su coraçón:

-De la buena ventura soy, que esta es Floreta, aunque yo nunca la vi.

John William Godward - Head of a Girl, 1896

Y estuvo pasmado, qué faría o cómo la tomaría. Y el conde se llegó a él muy passo y díxole a la oreja qué fazía, que aquel fecho no era de tardar, que tal donzella como aquella no era de dexar allí, pues era perteneciente para él. Abaxóse entonces Turián y tomó la donzella muy passo en los braços, y ella iva dormiendo. E yendo assí, a la decendida de l'escala recordó muy espantada y començó a dar grandes gritos, y recordaron todas las donzellas y quando fallaron menos a su señora, començaron a dar fieros gritos. E desque esto oyeron los de la villa, vinieron todos armados a la ribera de la mar e començáronles a tirar con las ballestas; y otros lançávanse en las naves; y començaron a ir empós dellos, e no osavan llegar quando veían tantos cavalleros bien armados, y tiravan con ballestas, que no osavan llegar. Y assí se fueron Turián y sus cavalleros y llevaron su donzella, y quanto ellos ivan de alegres, tanto iva ella de triste y llorosa. Y fízoles muy buen tiempo y la mar muy pagada. E Turián entró en la cámara de la nave, e tomó a Floreta por la mano e metióla en la cámara. Y desarmáronle, e desque todos los cavalleros fueron desarmados, saliéronse a fuera de la cámara y quedaron Turián e Floreta, ambos dos arrimados a una cama.

John William Godward - Girl in Yellow, 1901

E díxole:

-Señora, cessen ya vuestros lloros, que non vos aprovechan ninguna cosa, que Dios me hizo mucha merçed en me adereçar que yo fuesse a aquel lugar do vos estávades, que yo os oviesse e vos traxesse a este lugar do vos agora tengo. Ca yo vos juro que, según la fermosura que de vos me dixeron, no quisiera no vos aver visto por quanto ay en el mundo, e buena ventura dé Dios a quien me habló de vos, ca por mucho bien que me dixeron, no me podieron tanto dezir como en vos veo. Por ende, señora mía, no vos pese por esta fuerça que vos he fecho, siempre os verná por mí mucha honra e podrá ser que valga yo por vos mucho más.

John William Godward - Reverie (Study), 1908

E Turián le dixo que él avía por nombre Turián, hijo del rey Canamor e de la reina Leonela. E quando ella le oyó dezir que era hijo de rey y de reina, ovo mucho plazer y fuele a dar paz con puro amor. E luego la tomó Turián en los braços e dio con ella en la cama, e allí hizo Turián todo lo que quiso con ella, e fallóla muy acabada donzella y virgen. E allí fueron el uno del otro muy pagados, e dixo Floreta:

-Señor, agora he olvidado el llorar y amor de padre e madre, y en vos es todo mi bien y esperança e amor.

Libro del rey Canamor, 1509

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Mirarnos el alma


Los días pasan rápido. Entre tareas que nos ocupan, vamos arrancando hojas del calendario casi sin darnos cuenta. Un compañero del trabajo, ya jubilado, me hablaba hace poco de su vida actual. Me levanto temprano, me decía, y, cuando me ato los cordones de los zapatos, me acuerdo de que hace nada, hace un momento, ayer, estaba haciendo lo mismo, repitiendo ese gesto cotidiano. Lo contaba sin dramatismo, pues vive una vida tranquila y ha sabido rodearse de aficiones que lo llenan. Simplemente constataba una realidad que lo acompañó siempre y no lo ha abandonado. La vida adulta comienza con el descubrimiento del tiempo. No hay que darle más vueltas.  

Finales de noviembre. El otoño, que en el Sur apenas ha existido, toca a su fin. Se acerca la Navidad con todos sus rituales, tan gratos la mayoría, dispuestos siempre a devolvernos, bien filtrados por el tiempo, nuestros recuerdos más lejanos. Los atardeceres invitan al recogimiento del cuarto. La ventana se llena de un rojo tan suave que nos obliga a cerrar el libro. La música, violín y piano, acompaña. El tiempo se detiene.     

Hace unas semanas releí con tranquilidad gustosa Platero y yo. Y descubrí un libro distinto al que yo recordaba. Al margen de la anécdota, más o menos tierna, del burrito "pequeño, peludo y suave", que nos lleva tan atrás en el tiempo, me encontré con un libro lleno de sensaciones, ordenado cronológicamente según el paso de los días: de primavera a primavera. Y entre ellas, claro está,  el otoño, al que Juan Ramón Jiménez dedica momentos memorables de gran calidad lírica. En el libro se suceden galerías de tipos humanos en una línea de regeneracionismo krausista que recuerda un poco a Solana, a veces muy descarnadas: niños medio desnudos y hambrientos, brutales costumbres arcaicas, crueldad hacia los animales. Por allí desfilan tipos como Lipiani, Darbón, el tío de las vistas, Pinito, Granadilla, las Colillas, los húngaros, el niño tonto, la tísica, los gitanos, Sarito, Frasco Vélez y tantos otros que pueblan y humanizan el libro. Imágenes de un Moguer recordado que desaparece.




Y junto a ellas encontramos finas reflexiones sobre el paso de los días. Descripciones llenas de una tristeza indefinida, de una melancolía que acaba saliendo por todas partes, sobre todo en los momentos de mayor exaltación de la belleza. La conciencia de algo que cambia, que se acaba o ya se fue. Aparece el Juan Ramón modernista, de profunda raíz simbolista, alma solitaria que busca atrapar la belleza en los detalles: un paisaje, el vuelo de una mariposa, el reflejo del amanecer en unas gotas de rocío, el diálogo con un gorrión en una mañana de domingo o las hojas de un árbol del corral contempladas a través de la vidriera de colores de su casa de infancia. La naturaleza ocupa el primer plano. El tono del conjunto es otoñal, elegíaco.

En el capítulo XCII, titulado Viñeta, me encontré este pasaje que inmediatamente me recordó un poema de Fray Luis que ya trajimos aquí en la entrada El otoño y los estudios nobles, y que hoy quiero compartir contigo:

La estación convida a mirarnos el alma, Platero. Ahora tendremos otro amigo: el libro nuevo, escogido y noble. Y el campo todo se nos mostrará abierto, ante el libro abierto, propicio en su desnudez al infinito y sostenido pensamiento solitario.

Mira, Platero, ese árbol que, verde y susurrante, cobijó, no hace un mes aún, nuestra siesta. Solo, pequeño y seco, se recorta, con un pájaro negro entre las hojas que le quedan, sobre la triste vehemencia amarilla del rápido poniente.

Otoño. Tiempo de libros abiertos. Tiempo de recuperar pequeños placeres que detengan el instante. Tiempo de mirarnos el alma. Al fin y al cabo, como decía C. S. Lewis:

You don´t have a soul. You are a soul. You have a body.



Los paisajes que acompañan esta entrada son, por este orden, del pintor expresionista alemán Emil Nolde, del francés Camille Pissarro y del inglés John Everett Millais.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Las sombras del amor


Leo en Romeo y Julieta:
¡Qué dulce debe ser el amor poseído, cuando sólo las sombras del amor son tan ricas en gozo!
Y más adelante:
El amor es un humo que sale del vaho de los suspiros; al disiparse, un fuego que chispea en los ojos de los amantes; al ser sofocado, un mar nutrido por sus lágrimas.
Y allí mismo dice Fray Lorenzo:
Dentro de la tierna corteza de esta débil flor tienen residencia un veneno y una potencia médica; pues, al olerla, anima con cada parte a cada parte; y, al ser probada, mata todos los sentidos en el corazón. Dos reyes así enfrentados acampan en el hombre, como en las hierbas, la gracia y la ruda voluntad; y, cuando predomina lo peor, muy pronto el gusano de la muerte devora esa planta.

Y me he acordado de las palabras con que Fernando de Rojas justifica las virtudes literarias del Auto I de La Celestina, de autor desconocido, supuestamente encontrado por él. Virtudes tales que lo llevaron a aprovechar intensamente quince días de vacaciones para completarlo:
Y, como mirase su primor, su sotil artificio, su fuerte y claro metal, su modo y manera de labor, su estilo elegante, jamás en nuestra castellana lengua visto ni oído, leílo tres o cuatro veces; y tantas cuantas más lo leía, tanta más necesidad me ponía de releerlo y tanto más me agradaba, y en su proceso nuevas sentencias sentía. Vi no sólo ser dulce en su principal historia o ficción toda junta, pero de algunas sus particularidades salían deleitables fontecicas de filosofía, de otros agradables donaires...



Eso mismo se podría decir de Shakespeare. En los últimos meses he leído algunas de sus obras que no conocía: Los dos hidalgos de Verona, Tito Andrónico, El rey Juan, La comedia de las equivocaciones, El rey Ricardo II, Trabajos de amor perdidos, La doma de la furia y Romeo y Julieta. Me han parecido desiguales, algunas muy flojas, quizá por primerizas, siempre intraducibles debido a esa obsesión suya por el lenguaje y los juegos de palabras, lo que te deja cierta sensación de desconsuelo. El lenguaje es el gran protagonista del teatro de Shakespeare, pero en qué obra literaria de calidad no lo es. En ninguna de ellas he encontrado la grandeza de Macbeth, Hamlet o El rey Lear, excepto en Romeo y Julieta, que, paradoja, sólo tiene en su contra el ser tan conocida, lo que a veces provoca la falsa idea de que no merece la pena leerla. En todas ellas he encontrado poesía y esas "deleitables fontecicas de filosofía" de las que hablaba Rojas. Sentencias que nos hablan de lo más profundo de las personas, de nuestras grandezas y de nuestros pesares. 

El final de Romeo y Julieta, de todos conocido, es intenso. La tumba de Julieta, hermosa en su juventud intacta, cuyas mejillas van recuperando poco a poco el color para encontrar sólo frío y desolación a su alrededor. El olor del panteón de los Capuleto. Las antorchas a medio apagar. Las sombras. Las reflexiones macabras sobre el amor y la muerte, que tanto le gustan a Shakespeare. La poción, el veneno y el puñal. Los esposos que no han podido disfrutar su amor y el pretendiente que lanza flores sobre el cuerpo de la joven. El beso de Julieta en los labios aún calientes de Romeo, buscando encontrar lo que queda de su amor y algo de veneno que le quite una vida que ya no tiene. Una obra redonda.

Y me he acordado también de la impresionante Ophelia de John Everett Millais, otro canto a la belleza en la muerte, que comparto ahora contigo.
Y créeme, amor, tú también a mis ojos: la seca tristeza bebe nuestra sangre.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Las suelas perfumadas

William Davis | Hale, Lancashire

Escribo esta entrada movido por dos sentimientos contrarios. Por una parte, el placer de pasear estos días por mi ciudad y comprobar que los árboles están más hermosos que nunca. Por otra, la indignación al leer un artículo aparecido en un diario nacional con motivo de la muerte de José Antonio Labordeta. Allí, alguien cuyo nombre no voy a recordar ahora (para mí era un desconocido y así seguirá) dice, entre otras cosas, lo siguiente:

Todo este gusto por lo rural y por el contacto con la naturaleza no lleva a nada bueno. Reblandece los espíritus y nos vuelve coñazos y cursis. Además de profundamente insinceros. Hay demasiados bosques, demasiados caminos, demasiadas rutas. En la mayor parte del territorio español falta asfalto, casinos, cines, bares que cierren tarde con pianistas imposibles. Faltan coctelerías, grandes restaurantes, carreteras como Dios manda, túneles para no tener que dar tantas vueltas. Todos esos inquietantes paisajes por los que Labordeta caminaba remiten al atraso, a lo ancestral, al tercermundismo de donde venimos. Hay que llevar la civilización a todos los rincones de la geografía de los países avanzados. Es barata y de cobardes la retórica de los pajarillos que cantan por la mañana. Hay que ponerse a trabajar, abolir el campo y crear más y más ciudades. Como una higiene. Como el gran pacto de usar desodorante.

Estupefacto por sus palabras, intento buscar algún atisbo de ironía que me permita leer lo que no leo, alguna clave oculta que me descubra que no lo estoy entendiendo bien, pero no la encuentro. Y no soy el único, si nos fijamos en el revuelo de comentarios que ha levantado. Se ve que somos muchos los cursis que tenemos el espíritu reblandecido. Pienso que su autor, además de buscar la polémica para hacerse un nombre, cree lo que dice (al menos una parte). Y eso me parece terrible, pues es un reflejo de lo que ha sido para los españoles el sentimiento de la naturaleza. No enlazo el texto original completo, porque me niego a promocionar desde aquí a semejante tipo, que parece que acaba de leer el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento y ha trasladado su ideario a la España del siglo XXI.


Tunnel and Gates | Fotografía de Kerik Kouklis

Pues bien, a algunos, cursis, insinceros y reblandecidos, nos gusta la naturaleza. Nos gusta mucho pasear junto a los ríos, meter las manos en sus aguas frías, pisar la tierra de las veredas, fotografiar la flora de los caminos, tocar los troncos de los árboles, recordar las caminatas que hemos hecho e ilusionarnos con las que haremos. Y no pensamos que la oposición entre ciudad y campo se pueda establecer en términos de civilización o barbarie. Nos gustan los cines y los pueblos perdidos, las librerías y los guijarros. No hay demasiados bosques, ni demasiados caminos, ni demasiadas rutas. Hay que reivindicar otra manera de ver el campo, no abolirlo. Falta cultura de la naturaleza y sobra cultura del botellón. Ahí están los libros de Miguel Delibes, nada sospechoso de maniqueísmo.


William Davis | A Field of Green Corn


Leandro Fernández de Moratín (un autor al que debo una entrada desde que leí Apuntaciones sueltas de Inglaterra), y de quien dijo Galdós que "su vida era tan interesante como sus obras", fue un tipo refinado, culto y esencialmente urbano. En el libro citado, como buen ilustrado que es, se fija en las ciudades, en la arquitectura de sus construcciones, en la modernidad de sus espacios, pero nunca le faltan palabras para describir la flora de los caminos, los árboles. Durante uno de sus viajes por Europa, en los últimos años del siglo XVIII, visita la fuente de la Valclusa, un paisaje animado por la presencia literaria de Petrarca y su amada Laura, y nos deja el siguiente texto:

He ido a ver la fuente de la Valclusa, que ha hecho tan famosa en el mundo el amante de Laura. Un valle delicioso, rodeado en semicírculo por una cadena de montes; un risco muy alto, desnudo, hórrido, con una caverna en la parte inferior, de donde nace el Sorga, torrente de aguas que se precipita entre peñascos enormes, que las lluvias y los vientos han desprendido de aquellas cumbres. Ya navegable a corta distancia de su nacimiento, tuerce su curso por unas pequeñas vegas, en donde la verdura eterna que las cubre, la fragancia y frescura de plantas y flores, el canto de las aves, el viento que espira suavemente entre las hojas de los árboles, la tremenda soledad del bosque, y el rumor incesante de las aguas, que asorda el valle y retumba en la concavidad del monte, todo inspira una melancolía deliciosa, que se siente y no se puede explicar.

El paisaje despierta sentimientos: de tremenda soledad, de melancolía deliciosa, de belleza. La naturaleza nos habla de nosotros, leemos en ella nuestros sentimientos. Se convierte en paisaje interior que podemos compartir. Somos el  paisaje, decían los del 98.


Caspar David Friedrich | Der Watzmann | 1825

Muchos años antes, en el siglo XVI, un fraile agustino escribe con resonancias de Horacio y Garcilaso:

Del monte en la ladera
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa
de ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego, sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo,
y con diversas flores va esparciendo.

El aire el huerto orea,
y ofrece mil olores al sentido,
los árboles menea
con un manso ruido,
que del oro y del cetro pone olvido.

Quien nos transmite con tanta sencillez y sensualidad la paz que siente en el campo no es otro que Fray Luis de León. En esta famosa Oda a la vida retirada, nos describe La Flecha, una finca real que tenían los agustinos en las afueras de Salamanca. Muchas veces lavaría el poeta sus manos en esa fontana y se olvidaría por un instante de sus problemas mientras disfrutaba con esos mil olores del huerto o con el manso ruido de sus árboles.


William Mulready | Blackheath Park

Antonio Muñoz Molina, escritor al que tanto admiro por sus novelas y  sus artículos, escribe en "Luto por los árboles" (recopilado en el libro La huerta del Edén, 1996):

Crecido en el secano, en una tierra donde los olivos, en vez de agruparse en bosques, dibujan más bien una cuadrícula de horizontalidad y aridez, yo siento una devoción a la vez práctica y sentimental hacia los árboles, y por algunos de ellos tengo una nostalgia tan tocada de melancolía como la que mantiene vivo el recuerdo de las personas queridas que perdí. Añoro un álamo viejo que había en la huerta de mi padre, y que fue partido por un rayo hace veinticinco años. Echo de menos los álamos que daban sombra a la plaza de mi infancia, cortados sin piedad para dar paso a los coches, y los olmos que se alineaban en la perspectiva de la última calle de Úbeda y confundían sus copas con los de la carretera de Baeza, olmos ya tan fantasmas en ese paisaje como el fantasma caminador y solitario de Antonio Machado. Hay como una saña española y pueblerina contra el árbol, una vocación ciega por el hacha y la sierra mecánica: en muchas calles de mi ciudad había antes grandes moreras a las que se subían los niños más ágiles y más audaces en busca del alimento sabroso de sus hojas para los gusanos de seda. No queda nada de aquellas moreras, ni de los álamos de las plazas ni de los paseos.

Queman los árboles, los talan, los sacrifican por nada, para ensanchar una carretera, para dejar bien despejada la anchura de un aparcamiento. En un país arboricida, asolado por el instinto del desierto, por el alquitrán y la antipatía pedante de las plazas duras, el bosque de La Alhambra, como el Retiro o el Jardín Botánico, ofrecen una forma atenuada de asilo político, de refugio, contra la solanera violenta del dogmatismo nacional. Uno quiere vivir a la sombra ancha y hospitalaria de los árboles igual que a la de las figuras humanas que más admira.


Pío Baroja pasea por El Retiro | 1950


 Jardín Botánico | Madrid


Suscribo completamente sus palabras y creo que son el mejor antídoto para las que abrieron esta entrada. Todos tenemos árboles que forman parte de nuestra educación emocional. Basta con pararse un poco y recordarlos. Los que vemos (casi sin verlos) todos los días camino del trabajo, aquellas moreras de la vieja fábrica, los de la casa de mi infancia, los de Tolkien, Machado y Juan Ramón, los de las riberas del Guadalquivir, los que elegían nuestros padres en las excursiones de los domingos para echar su siesta, los tejos de Quesada, los árboles de la colina Palatina y del Gianicolo en Roma, los ficus centenarios de Cádiz, los pinos de Cazorla y El Puerto. Los olivos.


Ficus centenario | Cádiz


Colina del Palatino | Roma

Pero si hay un pueblo que ha sabido captar la esencia de la naturaleza, llena de matices, es el japonés.  Cuando pienso en Japón, casi nunca se me vienen a la cabeza Tokyo y sus multitudes que cruzan como almas en pena los pasos de cebra, sino ese mundo de bosques, neblinas, tradiciones, senderos y espiritualidad que conforman una manera de ver el mundo que me resulta muy atractiva.


Pilgrim on a Forest Road | Fotografía de Okinawa Soba


Este delicado haiku de Masaoka Shiki parece invitarnos al paseo:

Las suelas perfumadas
Por la hierba del camino
Ah, qué bien huelen.

Fotografía de Annette Pehrsson

sábado, 15 de mayo de 2010

Qué exigente viene la primavera


Al principio es sólo la intuición de que algo ha cambiado. Quizá no sea más que un deseo provocado por la costumbre de los días y los años. Pero un ligero matiz en la luz del atardecer, el eco distinto de los sonidos de la calle, el piar de los pájaros cuando abres bien temprano la ventana o la impresión de que ya te va sobrando el brasero, te confirman tu impresión inicial: algo no es como ayer. Al poco, las señales se hacen inequívocas. Las camas se desnudan de edredones y las sábanas de franela, tan cálidas, dejan paso a otras más frías, aunque igual de placenteras. Las chicas lucen sus escotes más generosos, perseguidos por mil miradas agradecidas. Llegó el tiempo de abrir y cerrar ventanas. De lluvias fugaces y arcoíris inesperados, siempre mágicos.

Juan Ramón Jiménez, en un capítulo de Platero y yo titulado Primavera, lo explica así:

Parece que estuviéramos dentro de un gran panal de luz, que fuese el interior de una inmensa y cálida rosa encendida.


A los espíritus melancólicos enamorados del otoño nos parece que la primavera no tiene la fuerza callada y silenciosa de octubre, pero hay que reconocerle su encanto. Al menos, como puerta de entrada a ese largo paraíso estival que es promesa de seguras delicias. El año bien podría reducirse a eso: otoño y verano.






Para mí el inicio de la primavera va asociado a dos recuerdos de infancia. El primero está relacionado con la botánica. Mi padre me contaba que las primeras flores que salían en nuestros campos eran los nazarenos (muscari neglectum), que anunciaban la Semana Santa. A mí me encantó la idea. Maravillosa metáfora popular. Verlos con su delicado color morado, penitentes desordenados que inician la procesión, me transporta inmediatamente al Domingo de Ramos. Todavía hoy los busco afanoso cada año entre los olivos. Igual me podría haber hablado de los jaramagos, cuya primera aparición también busco en las cunetas, pero me hablaba de los nazarenos y son ellos, por eso, mis preferidos.

 




El otro recuerdo tiene que ver con los gusanos de seda, con muchos gusanos de seda metidos en una caja redonda de ensaimada. Los gusanos aparecieron una mañana, como por sorpresa, a pesar de que los esperaba con impaciencia. La caja era lo que quedaba de un viaje solitario de mi abuela a Mallorca para ver a su hermana. Qué valor el de aquellas mujeres que habían vivido una guerra. Ella misma me había advertido que los gusanos salían el día de San José y que debía tener hojas de morera preparadas. Y yo venga a mirar la placa de cartón en que estaban meticulosamente pegados formando una filigrana de vida latente. Hasta que se produjo el milagro. Uno tras otro, llenaron de diminutos guioncitos negros la caja que todavía olía a ensaimada reciente. Y entonces empezó el rito de cambiarles las hojas y la fascinación de observar los ruidosos movimientos casi industriales de sus mandíbulas, que devoraban cada hoja por el canto hasta dejarla hecha una escobilla. Menos mal que había varias moreras cerca de mi casa.


La flora y la fauna de mi infancia.

Pero lo que yo quería, en realidad, era compartir contigo una canción, la mejor canción que conozco sobre la primavera y sus exigencias sentimentales.

El texto está basado en una música que escuché en casa del músico Gregorio Paniagua: me mostró un disco que acababa de hacer con Lucía Bosé. En él se incluía este tema instrumental interpretado por su grupo de música antigua. Creo recordar que lo llamaba La canción de la pimienta o algo así y lo sacó de un manuscrito hebreo. Yo le puse texto y título y lo hice a mi manera.

Su autora es también mallorquina. Se trata de Maria del Mar Bonet. La canción, Dansa de la Primavera, pertenece a Anells d'aigua (LP, 1985), un disco sin desperdicio. Te dejo la traducción, aunque te adelanto que pierde mucho. También dejo un vídeo en el que puedes oír una versión en directo.


Supongo que ya la conoces y que la has escuchado muchas veces tan fascinado como yo, pero, si tengo la suerte de que es nueva para ti, sigue mi consejo, querido lector de La melancolía de los ríos: sube el volumen de tus altavoces y déjate hechizar por la dulzura de su voz mediterránea y la belleza sugerente de sus palabras. Es una cantautora de la que estoy enamorado desde hace ya muchos años. Y siempre le soy fiel.

Dansa de la Primavera

Febrer m'ha duit la carta tan precisa:
vol que els lilàs s'obrin pels dits
i en el cor m'hi creixi una palmera.
Què exigent que ve la primavera!

Què exigent que ve la primavera,
i el meu cor tan malaltís,
tenc por que es cremi dins de la foguera
(no puc desfer-me del seu encís).

No puc desfer-me del seu encís,
obrir les branques i ballar amb ella,
pentinar-me al seu vent la cabellera,
cantar les llunes de les seves nits.

Cantar les llunes de les seves nits,
cantar vermells de la tardor,
cantar el silenci de la nova neu,
cantar, si torna, el dolorós amor.

Cantar, si torna, el dolorós amor
i néixer un poc més en l'intent,
i créixer un poc més cada entretemps
i volar amb el vent i les noves llavors.

Volar amb el vent i les noves llavors;
qui sap on el vent em portarà,
a dins el cor d'una terra antiga
o creixeré al fons de la mar.

Febrer m'ha duït la carta tan precisa:
vol que els lilàs s'obrin pels dits
i, en el cor, m'hi creixi una palmera.
Què exigent que ve la primavera!


Febrero me ha traído una carta muy precisa:
quiere que las lilas broten entre mis dedos
y que en el corazón me crezca una palmera.
Qué exigente viene la primavera.

Qué exigente viene la primavera.
Y mi corazón tan enfermo
temo que se queme en la hoguera.
No puedo deshacerme de su hechizo.

No puedo deshacerme de su hechizo,
abrir las ramas y bailar con ella,
peinarme en su viento la cabellera
y cantar las lunas de sus noches.

Cantar las lunas de sus noche,
cantar los rojos del otoño,
cantar el silencio de la nieve nueva
y cantar, si regresa, el doloroso amor.

Y cantar, si regresa, el doloroso amor
y nacer un poco más en el intento
y crecer un poco más cada entretiempo
y volar con el viento y las semillas nuevas.

Volar con el viento y las semillas nuevas.
Quién sabe dónde el viento me llevará:
tal vez a las entrañas de una tierra antigua
o creceré en el fondo de la mar.

Febrero me ha traído una carta muy precisa:
quiere que las lilas broten entre mis dedos
y que en el corazón me crezca una palmera.
Qué exigente viene la primavera.


¿Y tú? ¿Prefieres el otoño o la primavera? ¿A qué asocias su llegada?



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