Mostrando entradas con la etiqueta Cine. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cine. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de febrero de 2015

Nosferatu



Vaya por delante que Nosferatu (F. W. Murnau, 1922) es una película que me gusta mucho. Así que, cuando encontré por azar este libro entre los estantes de la Biblioteca Pública (sí, siguen existiendo), no pude resistir la tentación de cogerlo y admirar la enorme cantidad de material adicional que incluye. Esta monografía de Luciano Berriatúa, auténtico especialista en la materia y autor de la mejor restauración del film hasta la fecha, forma parte de una de las últimas ediciones de la película, la de 2006, que también acompaña al libro en forma de dos DVD, uno con la copia restaurada y otro con extras.

Berriatúa documenta exhaustivamente el proceso de producción, filmación y restauración de Nosferatu. Es sorprendente la cantidad de fotografías y documentos originales que reproduce el libro, desde fotos fijas publicitarias a recortes de prensa, fragmentos del guion anotado, carteles o minuciosas localizaciones de los escenarios reales tal y como se conservan en la actualidad. Un trabajo ingente. Todo ello está enmarcado en la idea que da título al libro, tomada de la misma presentación de la película en 1922: la de Nosferatu como una película producida por una logia oculista para divulgar sus ideas. Para ello se creó una productora específica, Prana Film, que acabó quebrando. También en este sentido la documentación aportada es muy amplia, aunque a mí me interesa menos.

Hay que tener en cuenta que la historia de la película es azarosa, pues se trata de una versión de Drácula (1897) de Bram Stoker, novela cuyos derechos no tenía la productora, por lo que se vieron obligados a hacer algunos cambios en los nombres de los personajes para disimular la evidente ilegalidad. Eso hizo que Florence Stoker, su viuda, una vez enterada por una carta anónima, persiguiera judicialmente (con bastante éxito) cualquier copia existente. Pocas sobrevivieron en condiciones. Por suerte para los cinéfilos, alguna, que ya estaba en el extranjero, escapó al tiempo y a la quema.

Lo mejor que me ha deparado la lectura del libro ha sido sin duda el interesantísimo material gráfico aportado. He echado en falta, en cambio, una mayor atención a la propia película en sí. Quiero decir: que se queda en lo exterior y (casi) nunca se recrea en el análisis de las hermosas imágenes de Murnau. Y a mí eso me hubiera gustado, aunque, por supuesto, soy consciente de que no era esa la intención del autor.

Un libro muy recomendable para los amantes del cine mudo (en especial de la obra de Murnau y del Expresionismo alemán) y para cualquier lector interesado en estudiar los orígenes del tema vampírico en el cine. Todavía hoy sigue produciendo escalofríos la estilizada sombra de Nosferatu (Drácula) subiendo la escalera para visitar a Ellen (Mina) o su primera aparición entre las penumbras del doble arco del castillo. El origen de toda una mitología del terror.







Nosferatu: Un film erótico-ocultista-espiritista-metafísico
Luciano Berriatúa
Divisa Ediciones, Madrid, 2009, 1ª edición, 318 pp.

domingo, 24 de marzo de 2013

Burning Lights


Contraté a un asesino a sueldo (Aki Kaurismäki, 1990) se desarrolla en Londres. Henri Boulanger (Jean-Pierre Léaud) es un oscuro empleado que acaba de perder su trabajo en la oficina de una depuradora de aguas. No tiene nada más. Vive solo, en un piso cochambroso con vistas a una pared de ladrillos. Apenas habla. Sus habilidades sociales no son muchas. Deprimido, falto de expectativas, sin nada más que hacer en la vida, decide suicidarse, pero su valor no es mayor que sus ilusiones, así que, tras varios intentos fallidos, toma la decisión de contratar a unos matones para que hagan el trabajo sucio. Decide convertirse en asesino de sí mismo. En algún momento próximo alguien vendrá y acabará con su vida. Mientras espera, conoce a Margaret (Margi Clarke), una florista por la que se siente atraído al instante. El problema ahora será localizar a los matones que contrató y hacerles ver que ha cambiado de opinión, pues el Honolulu Bar, donde contactó con ellos, ya no existe. En su lugar sólo hay escombros.

El Londres que encontramos en la película no es nada turístico. Eso, por supuesto, lo hace más atractivo. Interiores cochambrosos, hoteles venidos a menos, paisaje de chimeneas, solares derruidos de extrarradio, calles solitarias en que resuenan los pasos, bares de medio pelo con clientela escasa, patios interiores que dan a cementerios, oficinas en las que se acumulan los papeles y el polvo, establecimientos que guardan en su deterioro la memoria de tiempos mejores.











Rojos y verdes intensos en paredes desconchadas, reflejo de las vidas de sus personajes. Hieráticos, solitarios, callados, enfermos, desfavorecidos, miradas perdidas. Intuimos sentimientos fuertes, pero no los manifiestan. Están detrás. Miran y callan. Desconocemos su pasado. Historias contadas sin apenas diálogos, que se reducen a unas cuantas palabras sueltas dichas en el momento adecuado. Cine casi mudo que vuelve a sus orígenes: contar sólo con imágenes nuestras vidas.

La presencia de Jean-Pierre Léaud (no en su mejor papel), de mirada desorbitada, nos remite inevitablemente al Antoine Doinel que siempre fue y nos hace pensar en esta película como una secuela final de la serie que François Truffaut dedicó al personaje. La estética es muy diferente, pero el personaje tiene algunos puntos comunes. Entre ellos, su escaso sentido de la realidad y su origen francés (en la película deja bien claro que no quiere volver a su país). Es como si pudiéramos ver qué ocurrió con él algunos años después. Me ha sorprendido muy gratamente la actriz que lo acompaña, Margi Clarke, cuyo aspecto recuerda intencionadamente al personaje de Kim Novak en Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958), lo que le da un aire misterioso que sobrevuela toda la película. Desconocemos su historia. Sólo es una presencia y un sentimiento intuido.









Y, al igual que en El Havre (2011) o en Leningrad Cowboys Go America (1989), y, supongo, en toda su cinematografía, la música tiene mucha importancia. Kaurismäki incorpora a sus películas una banda sonora muy cuidada. En todos los interiores, casas o bares, siempre suenan canciones. En esta ocasión, Billie Holliday, Little Willie John, Carlos Gardel y Joe Strummer, entre otros. Canciones como "Body and Soul" o "Cuesta abajo" son en sí mismas una declaración de intenciones. O como este "Burning Lights", que quiero ahora compartir contigo.


Tras comprar unas gafas de sol (se las vende el propio Kaurismäki), el protagonista entra en un pub y suena esta hermosa canción de Joe Strummer, que nos habla de sueños de infancia que han ido creciendo con nosotros, de largos caminos recorridos y de señales que sólo tú puedes descifrar. Una guitarra eléctrica, algo de percusión y un escenario elemental. Música en estado puro para un cine en estado puro. Como un rayo de sol que entra por la ventana en un día gris.




Some dreams are made for children
But most grow old with us
And when the air can hope to hold on
And to the ground from dust to rust.

Burning lights in the desert
Such a sign only you would know
Your running tyres, they're out of pressure
Such a sign only you would know

And I've been a long haul driver
Moving things but the cops don't know
Now I can see the writing
You are the last of the buffalo

Burning lights in the desert
Such a sign only you would know
Your running tyres, they're out of pressure
Such a sign only you would know.

Now I've been to California
And I've been to New South Wales
Sometimes I, I pull over
When I realise I've left no trace

Burning lights in the desert
Such a sign only you would know
Your running tyres, they're out of pressure
Such a sign only you would know.

No he visto muchas películas de Kaurismäki (ésta no es la mejor), pero he de reconocer que este director finlandés me tiene atrapado. Un cine personal, visualmente poderoso y que llega al corazón. 

sábado, 31 de marzo de 2012

Otros mundos


Hace unos días la NASA dio a conocer unas impresionantes imágenes de Mercurio, el planeta rocoso más pequeño y cercano al Sol. Fueron tomadas por la sonda espacial Messenger, situada en órbita desde hace ahora un año. Según leo en la prensa, se trata de una nave pequeña, de poco menos de un metro de alto, lanzada en el verano de 2004. Antes sólo la Mariner 10 había visitado ese mundo tan desolado. De eso hace ya bastantes años, tantos que, por entonces, 1975, comenzaba yo el BUP y soñaba, como tantos otros, con la serie de televisión Espacio 1999. Da vértigo pensar cómo este artefacto terrícola ha atravesado el espacio mediante complejos cálculos gravitacionales y ha llegado hasta Mercurio cargado de instrumentos que permitirán su estudio detallado. Para algunos será el momento de la ciencia, del análisis de los datos: temperaturas, orografía, magnetosfera, estructura interna. Otros, en cambio, abriremos nuevas puertas en esos mundos que tanto nos han gustado desde pequeños. La ciencia no limita nuestra imaginación, simplemente le abre nuevos caminos. La edad tampoco la limita, sólo la concentra. Da vértigo también pensar en el tiempo que ha pasado y en cómo ha cambiado todo. Hasta el mítico año 1999, el que daba nombre a la serie, quedó atrás. El mundo es ahora distinto, pero no mejor. Basta salir a la calle para comprobarlo. Quizá ni sea necesario salir.




Siempre me han gustado esos otros mundos. De niño, uno de los libros que más disfruté se titulaba El Universo. Aún lo conservo. Era uno de esos libros que regalaban a los padres en alguna caja de ahorros provincial. Creo que allí se despertó mi interés por estos temas, que me han acompañado siempre. La información era básica, pero sugerente. A falta de fotografías, estaban sus estupendas ilustraciones, que te hacían imaginar el suelo de Venus o la vida estable en la Luna o el color de los atardeceres en Marte. O la oscuridad de los confines del Sistema Solar. El color siempre ha gustado más que los datos.




Cada uno podría hacer su propio viaje personal por esos otros mundos. El mío parte de ese libro y está lleno de paradas. Sería imposible reseñarlas todas. Me limitaré a las iniciales, a las que me hicieron amar la ciencia ficción. Los tebeos han estado siempre. El primero de todos Flash Gordon, dibujado con tanta elegancia por Alex Raymond (y más tarde por el gran Dan Barry), tan mal editado siempre en España. En su compañía llegamos a planetas extraños, habitados por seres diversos que tenían nuestros mismos bajos instintos y también nuestras lealtades. Meteoritos, mundos pantanosos, los reinos de Mongo, Arboria, Zarkov, el malvado Ming y, sobre todo, la hermosa Dale Arden, cuyo beso final esperábamos. Ni el cine ni la televisión han comprendido Flash Gordon. Es un mundo de tebeo y sólo ahí tiene sentido. Está bien que sea así. Pocas veces ha habido un dibujo tan sensual como el de Alex Raymond. En aquella época leía la edición de Buru Lan que me pasaba regularmente mi mejor amigo. Lecturas repetidas como un ritual veraniego, creciendo con nosotros cada año, comentadas hasta saber de memoria cada viñeta, cada pliegue del ligero vestido de Dale Arden.







Con Tintín pisamos la Luna a página completa. Un buen día nos montamos en su cohete, convertido hoy en icono, y nos reímos con las barbas crecientes de Hernández y Fernández, tropezamos con el profesor Tornasol y escondimos la botella de whisky de Haddock en un tratado de Astronomía. Allí había grutas resbaladizas con hielo y espías internacionales que parecían rusos. La Guerra Fría. Y lo mejor era que Milú llevaba su propio traje espacial. Todavía guarda nuestra retina los cuadros rojos y blancos del cohete. Más tarde llegarían los superhéroes Marvel y el recientemente fallecido Moebius, un planeta en sí mismo. Y mil puertas más que se abrieron de golpe cuando al tebeo se le llamó cómic.






La televisión y el cine dieron movimiento a esos otros mundos. Alucinábamos con los trajes espaciales de la serie Espacio 1999, que, vistos ahora, no dejaban de ser pijamas acampanados al más puro estilo años 70. Cada capítulo, tras nuestra salida apresurada de clase, era un mundo que comentábamos con deleite al día siguiente. Naves espaciales, encuentros con extraterrestres y gadgets variados. Las pistolas y los comunicadores eran impresionantes. Parecía que el año 1999 no llegaría nunca. Del cine me obligo a elegir sólo tres paradas. Creo que lo tengo claro. La primera es Ultimátum a la Tierra (Robert Wise, 1951), una de las primeras películas que vi en televisión. El extraterrestre Klaatu trae un mensaje de paz para la humanidad, muy dividida, incapaz de ponerse de acuerdo. La clave 'Klaatu barada nikto' es ya todo un clásico y el rayo óptico de Gort, el robot metálico, helaba al más pintado. No hace mucho volví a verla y me encantó. La segunda es otro clásico: Planeta prohibido (Fred M. Wilcox, 1956), inspirada en La tempestad de William Shakespeare. En ella encontramos la presencia del que seguramente sea el robot por excelencia de la ciencia ficción: Robby, inspirador en su diseño de otros muchos. Tripulaciones, monstruos invisibles, campos de fuerza, científicos malvados (Morbius) y una hermosa joven criada al margen del mundo. Utopías dañinas. La tercera parada son todas esas películas de serie B, tan entrañables siempre, devoradas los sábados por la tarde, llenas de alienígenas, planetas perdidos y falsas tecnologías más o menos verosímiles. Más tarde llegarían Alien (1979) y Blade Runner (1982), ambas de Ridley Scott, que marcaron un antes y un después.







Y la literatura. Todo un mundo descubierto después. Imposible hacerle justicia ahora. Serían demasiadas paradas. Y muchas más puertas aún por abrir. Al margen de Verne, pionero como siempre en casi todo, y su bala-cohete del Gun-Club, siempre estarán ahí los cuentos y las novelas de Philip K. Dick, un genio generador de mundos de ciencia ficción. El cine le debe mucho. O la narrativa de Ray Bradbury. Sin duda, Fahrenheit 451 (1953) y Crónicas marcianas (1950), están entre lo mejor que he leído. Nunca la ciencia ficción ha sido tan poética, ni ha hablado con tanta claridad de nosotros mismos, de nuestros impulsos destructivos y nuestro desprecio a los diferentes. Conquista, colonización, atardeceres, gasolineras abandonadas, fantasmas, melancolía. Futuros controvertidos. Algún día le dedicaré la entrada que se merece.






Hay quienes piensan que la ciencia ficción es sólo un modo más de huir de la realidad. No lo creo. La buena ciencia ficción nos habla de lo que somos, de nuestros miedos y nuestros deseos. Nos vamos fuera para conocernos mejor. Nos vemos desde lejos para comprender nuestros defectos y nuestras grandezas. Somos pequeños, muy pequeños. Y tiene delito que, después de tanto, no hayamos sido capaces de ponernos de acuerdo ni en lo más elemental: todos somos iguales, la Tierra es de todos, todos tenemos derecho a una vida digna.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Una caricia nos guía


Seguramente Alphaville (Jean-Luc Godard, 1965) no es una película perfecta. Algunos pensarán que ni siquiera es una buena película, pero no cabe duda de que contiene escenas fascinantes, de esas que, una vez vistas, recuerdas para siempre. Imágenes llenas de extraña poesía en un mundo frío y deshumanizado. Habitaciones de hotel, calles vacías, pasillos interminables, escaleras angustiosas, primeros planos de un interrogatorio casi existencial. La presencia de Anna Karina, actriz a la que estoy completamente rendido, y el rostro duro, pero muy humano, de Eddie Constantine hacen que la película cobre otra dimensión. Todo gira en torno a ellos dos, a sus palabras, a sus silencios, a sus miradas interrogantes. Es ahí donde está su riqueza y no en el desarrollo argumental. La película se mueve entre el cine negro clásico de detective y el de ciencia ficción. En algunos aspectos anticipa planteamientos de 2001: Una odisea del espacio (la comparación entre Alpha 60 y Hal 9000 es inevitable) o Blade Runner o Matrix. En otros, parece cercana a Fahrenheit 451 o al mundo de 1984 de George Orwell. 

En un mundo futuro, un detective llamado Lemmy Caution (Eddie Constantine), que se hace pasar por periodista, llega desde los países exteriores a Alphaville (París) en busca del profesor Von Braun, apodado Nosferatu, un científico exiliado que ha desarrollado un potente ordenador, Alpha 60, que controla completamente las vidas y las mentes de sus habitantes. De ellas se han eliminado los sentimientos, lo irracional e incluso algunas palabras, que van desapareciendo poco a poco de los diccionarios, a los que confunden con Biblias. Palabras como por qué o amor. Viven una vida robotizada, vacía. Son el número que llevan tatuado en la nuca. Poesía, filosofía, distopía. Reflexión sobre el poder de la palabra asociada a los sentimientos que evoca. Hay escenas, como decía, dignas de recordar, visualmente asombrosas, como las ejecuciones en la piscina, los interrogatorios a Lemmy y sus brillantes respuestas o  las largas conversaciones por los pasillos del hotel con las atractivas señoritas que buscan satisfacer los deseos del cliente. Es en este contexto donde se produce el encuentro entre Lemmy y Natasha (Anna Karina), la hija del profesor Von Braun, que no nació en Alphaville, pero se ha asimilado a su forma despersonalizada de vida. Algo cambia en ella. Natasha empieza a recordar palabras, a descubrir sentimientos.

           


Hay una escena fascinante. Lemmy y Natasha están en la habitación del hotel. Ella le manifiesta su deseo de irse con él a los países exteriores y su miedo. Hablan sobre el amor. Y Natasha, que tiene en sus manos un libro de Paul Éluard, Capital de la douleur, recita estos hermosos versos como si fueran un monólogo interior:
Tu voz, tus ojos,
tus manos, tus labios.
Nuestro silencio, nuestras palabras.
La luz que se va,
la luz que retorna.
Una sola sonrisa para nosotros dos.
Por necesidad de aprender,
vi la noche crear el día
sin que nosotros cambiemos de apariencia.
O muy queridos de todos,
o muy queridos de uno solo,
el silencio de tu boca prometía ser feliz.
Fuera, fuera, decía el odio.
Más cerca, más cerca, decía el amor.
Una caricia nos guía desde nuestra infancia.
Cada vez veo más la forma humana
como un diálogo de amantes.
El corazón no tiene más que una boca.
Todo por casualidad.
Todas las palabras sin pensamiento.
El sentimiento a la deriva.
Hombres vagan por la ciudad.
Una mirada, una palabra.
El hecho de que te amo.
Todas las cosas se mueven.
Debemos avanzar para vivir.
Dirígete directamente hacia los que amas.
Yo fui hacia ti,
continuamente hacia la luz.
Si tú sonríes, es para invadirme mejor.
Los rayos de tus brazos perforan la niebla.




miércoles, 29 de junio de 2011

Cuando el niño era niño


Cuando el niño era niño
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera río,
que el río fuera torrente,
y este charco el mar.

Cuando el niño era niño,
no sabía que era niño,
todo le parecía animado
y todas las almas eran una.

Cuando el niño era niño,
no tenía opinión sobre nada,
no tenía ningún hábito.
A menudo se sentaba en cuclillas,
de pronto echaba a correr,
tenía un remolino en el pelo
y nunca posaba para tomarle una foto.


Cuando el niño era niño,
era el tiempo de estas preguntas:
¿Por qué yo soy yo y no soy tú?
¿Por qué estoy aquí y por qué no allí?
¿Cuándo empezó el tiempo y dónde acaba el espacio?
¿Es la vida bajo el sol tan sólo un sueño?
¿Es lo que veo y oigo y huelo,
sólo una ilusión de un mundo antes del mundo?
Vistas las acciones del Mal y de la gente,
¿existe realmente la maldad?
¿Cómo es posible que yo, que soy quien soy,
no haya sido antes de existir
y que algún día yo, que soy quien soy,
deje ya de ser quien soy?


Cuando el niño era niño,
le costaba tragar espinacas, guisantes, arroz con leche
y coliflor cocida,
y ahora come de todo, y no sólo por necesidad.

Cuando el niño era niño,
alguna vez despertó en una cama extraña,
y ahora lo hace una y otra vez.
Muchas personas, entonces, le parecían hermosas
y ahora solo unas pocas, y con suerte.

Había visualizado una imagen nítida del Paraíso
y ahora, como mucho, la intuye.
No podía pensar la Nada
y hoy se estremece ante ella.


Cuando el niño era niño,
jugaba con entusiasmo,
y ahora tiene la misma excitación que entonces,
pero sólo cuando afecta a su trabajo.

Cuando el niño era niño,
le bastaba con comerse una manzana.... y pan,
y aún hoy es así.

Cuando el niño era niño,
las moras le llenaban la mano como sólo las moras lo hacen,
y aún hoy es así.
Las nueces verdes le ponían áspera la lengua,
y aún hoy es así.
Tenía, en cada cumbre,
el anhelo de un monte aún mas alto,
y en cada ciudad,
el anhelo de una ciudad mayor,
y aún hoy es así.
Alcanzaba las cerezas de las ramas altas,
con un ímpetu que todavía hoy tiene.
Era tímido ante los extraños,
y aún hoy lo sigue siendo.
Esperaba la primera nevada,
y aún hoy la sigue esperando.

Cuando el niño era niño,
tiró un bastón, cual lanza, contra un árbol
y aún sigue allí vibrando.

Peter Handke





Con este poema de Peter Handke se abre la película Cielo sobre Berlín (Wim Wenders, 1987). Me gusta tanto que no he necesitado muchos motivos para traerlo aquí, pero se me ocurren dos. En primer lugar, que es uno de los poemas que mejor reflejan una determinada manera de entender la infancia y su pervivencia (o no) en los adultos. Y lo hace desde dentro. Lástima que la traducción pierda tanto. Las imágenes iniciales de la película, con esa mano que escribe el texto al tiempo que la voz nos lleva del recitado a la canción casi sin que nos demos cuenta, me parecen todo un logro. El poema, por cierto, se titula Lied Vom Kiedsein (Song of Childhood, Canción de la infancia).  

Y en segundo lugar, porque toda la película es una maravilla, una de esas extrañas obras maestras que ha dado el cine y que justifican su existencia. Una de esas películas que nos hablan de nosotros mismos, de nuestras miserias y nuestras grandezas, del dolor y de la guerra, pero también del deseo. Y del consuelo y la capacidad de sentir. Y lo hace con imágenes vanguardistas, impactantes, desoladas, llenas de poesía, que se recuerdan para siempre. Escenas como las de la biblioteca, el metro o el circo son difíciles de olvidar. Los actores (Bruno Ganz, Otto Sander, Solveig Dommartin, Curt Bois) están espléndidos. Mención especial merece Bruno Ganz (Damiel), a quien descubrí con esta película, y cuya sonrisa, en un momento dado, llena la pantalla. Y la aparición estelar, muy entrañable, en un papel creado para él, del recientemente fallecido Peter Falk. Me muerdo la lengua para no desvelar nada de la leve trama argumental.  

La música de Jürgen Knieper (cuánto la escuché hace años en una cinta de casete gastada) no tiene desperdicio, incluida la aparición de grupos como Nick Cave and The Bad Seeds (The Carny, From Her to Eternity) o Crime and the City Solution. Lo dejo con la esperanza de dedicarle algún día la entrada que se merece y con las ganas renovadas de volver a verla.