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viernes, 24 de noviembre de 2023
La vida
Contemplar la vida a través de un cristal, desde la ventana alta de una plaza con farola centenaria de hierro forjado. Gentes que pasan. Hojas secas. Una pequeña fuente que te recuerda que no eres más que agua que fluye en un tiempo inmenso, inconcebible. Un árbol con tantos años como tú, con su verde nuevo en primavera que le da sentido a todo, y la dulzura acogedora del amarillo, como en esta mañana de noviembre. Palabras que resuenan en un libro o en una de esas vidas que nunca fueron, o que ya casi ni recuerdas y tienes que inventar. Niños cogidos de la mano. Amigos que charlan. Un motor cansado. Algún tipo solitario que camina sin rumbo. Quizá la vida no sea más que eso.
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lunes, 23 de diciembre de 2013
Los tejados de París
Un sinfin de chimeneas se divisaba desde la ventana. Paulina las contemplaba distraídamente, y su fantasía encontraba formas extrañas en aquella inmensidad de tubos negros que se destacaban en el horizonte gris.
Había unas con una caperuza como el sombrero cómico de un chino; otra terminaban en forma de casco adornado por una flecha de hierro que fingía una cimera; algunas, torcidas en dos ángulos rectos, parecían jorobadas; otras concluían en una especie de linterna; la mayor parte, embutidas en grandes paredones espesos, en fila, de distinta altura, recordaban los tubos de un órgano.
El confuso amontonamiento de tejados que se divisaba desde allí tomaba el aspecto de una ciudad con sus calles y sus plazas, sus iglesias y sus monumentos.
En las horas de sol se distinguían azoteas llenas de musgo, paredes negras con escalas de hierro, veletas enmohecidas sobre sus vástagos, alambres de los pararrayos que corrían entre aisladores, torrecillas musgosas y flechas indicadoras de una dirección.
Al anochecer, cuando la oscuridad comenzaba a borrar los contornos de las cosas y el humo blanco de las chimeneas salía lentamente a perderse en el ambiente gris, estos paredones negros, estos tejadillos puntiagudos, estas filas de chimeneas tomaban un ambiente fantástico: eran murallas de un castillo defendidas por caballeros, eran centinelas solitarios que avanzaban valientemente hasta los bordes de un tejado, eran figuras monstruosas y absurdas como las quimeras de una catedral.
Pío Baroja | Las tragedias grotescas, 1907
La fotografía del globo de Mr. Henri Giffard sobre los tejados de París fue tomada por René Dragon en 1878, solo algunos años antes de que Baroja visitara por primera vez, en 1899, la vieja ciudad, y muy poco después de los acontecimientos narrados en la novela, cuya acción se sitúa hacia 1870. Paulina Acuña, frágil, delicada, pálida, de labios descoloridos, deja su bordado un instante para mirar los tejados desde la terraza de su cuarto piso de la Cour de Rohan. Allí se dispara su imaginación. Su vida solitaria, monótona y gris, se llena de geranios, arboledas y estanques misteriosos. Las callejuelas lóbregas son senderos que conducen hacia una jardín lejano. A su lado, un gato blanco, iluminado por la luz de un quinqué, es durante horas su única compañía.
miércoles, 12 de junio de 2013
Desde una sola ventana
Porque, después de todo, a la vida se la observa mejor desde una sola ventana.
F. Scott Fitzgerald | El gran Gatsby, 1925
martes, 6 de marzo de 2012
Fronteras
Los espectros temen la soledad de los desvanes en invierno, sombras y escarcha tras un cristal. La ventana es el límite de su mundo puro. Aquí, lo que ya no son. Allí, lo que ya no pueden ser. Frontera, frío y deseo.
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lunes, 31 de agosto de 2009
Paseos, Washington Irving, El Puerto
Me gusta mirar los edificios antiguos e imaginar qué gentes han vivido (o viven aún) en ellos. Un edificio tiene mucho de cápsula del tiempo. Sí, ya sé que algunos están muy reformados y que sólo queda su estructura, pero, a pesar de todo, hay cierto encanto en que allí, en ese solar, entre esas paredes (si es que se conservan) viviera su día a día alguien a quien hoy valoramos. Además, están las ventanas, que son como una llamada a nuestra imaginación, como una invitación a que miremos dentro. No es de extrañar que hayan dado tanto juego literario a lo largo de la historia.
Estas fotografías las hice una mañana en El Puerto de Santa María. Paseaba por una calle céntrica y me encontré con una placa conmemorativa que recordaba a los viandantes que allí vivió durante un tiempo el escritor norteamericano Washington Irving, el autor de Cuentos de la Alhambra, La leyenda de Sleepy Hollow (el jinete sin cabeza) o Rip Van Winkle. Pasear tranquilamente por un ciudad, sin prisas, puede ser una terapia tan provechosa para nuestro espíritu como la contemplación de un río.
Irving, de ascendencia angloescocesa, estuvo algunos años en España, atraído quizá por el exotismo casi legendario que para los románticos destilaba el Sur, e incluso llegó a ser Embajador de Estados Unidos en Madrid. Fue un enamorado de nuestra Historia y nuestra cultura. Al parecer, según leo en Habitantes y gente de El Puerto de Santa María, una documentadísimo sitio, con preciosas fotografías de época, dedicado a rescatar del olvido a personajes ilustres de la ciudad, estuvo en esta casa invitado por la familia Böhl de Faber, la de la escritora Fernán Caballero, a quien conoció poco después en Sevilla. Se acercaba el final del verano de 1828 y tuvo que permanecer allí más tiempo del previsto, hasta el otoño, obligado por una epidemia que cortó las comunicaciones entre Cádiz y Sevilla. ¿Cómo sería un mes de agosto de 1828 en El Puerto? ¿Qué escribiría tras estas ventanas? ¿Queda mucho del edificio original? Son preguntas que nos hacemos también un mes de agosto, muchos años después.
Hoy se lee poco a Irving, que llegó a ser muy conocido en su tiempo. Su influencia llega a Hawthorne o Allan Poe. La película de Tim Burton nos ha traído la reedición de alguno de sus relatos y poco más. Hace unos años, Cuentos de la Alhambra era un libro relativamente leído y conocido. Me parece que ahora ha quedado como un recuerdo más para turistas, de esos que venden en Granada con portadas plastificadas y muy llamativas, traducido a las lenguas más extrañas que podamos imaginar. Es como si el destino lo hubiera llevado a formar parte de ese Sur un poco exótico y mitificado que tanto le atraía. Es la distancia que separa a los viajeros románticos de los turistas actuales.
El Puerto de Santa María es una ciudad que se presta al callejeo. No muy lejos de aquí podemos encontrar un pequeño homenaje al dramaturgo Pedro Muñoz Seca, portuense de nacimiento.
O, ya sin referencias literarias conocidas (al menos por mí), casas tan sugestivas como ésta, que seguro que tiene más de una historia que contar.
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