Las cartas de amor son una relación con fantasmas. Los besos escritos no llegan a destino. Son bebidos por fantasmas durante el trayecto.
De una carta (de amor) de Franz Kafka a Milena
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lunes, 4 de mayo de 2015
Cartas de amor
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miércoles, 23 de mayo de 2012
sábado, 19 de mayo de 2012
De un sueño
Tenía la nuca más hermosa que yo haya visto. Quizá te lo haya contado antes, pero hay dos lugares en las mujeres, aparte de los obvios, que me pierden. Uno de ellos es la nuca, el otro lo dejo a tu imaginación. Siempre me ha gustado la belleza frágil que parece pedir una caricia. Cuando llegué, ella estaba sola. Leía. Es posible que sus ojos estuvieran en la gran estepa rusa o en alguna vieja mansión rural inglesa o que miraran a través de los cristales del Nautilus la oscuridad del fondo marino. Debía de ser esto último, pues cuando me miró, tuve la impresión de que venía de un lugar lejano. Sus pupilas habían guardado el último atisbo de luz del océano y ahora lo reflejaban junto al blanco de la taza de café. De pronto me dijo: ¿Crees en la felicidad? Era hermosa, como una sirena salida del sueño eterno de un adolescente. ¡Qué fácil tenía la respuesta! ¿Creía en la felicidad? Era verano y ella llevaba un vestido ligero que dejaba intuir sus pechos. Sus rodillas desnudas se rozaban con las mías. Sobre la mesa había un libro y dos tazas de café. Creo en ella al noventa y nueve por ciento, contesté, creyéndome ingenioso. Entonces es que no crees, me insistió. Bueno, le dije, eso es como la existencia de Dios, nadie puede demostrar que existe, pero tampoco que no existe. Ya, la felicidad es una cuestión de fe, respondíó ella. Sus dedos hacían tintinear la cucharilla dentro de la taza ya vacía. Nos miramos. Seguro que algún espejo reflejaba nuestra imagen y quizá desde la calle, enmarcados por el gran ventanal, pensaran en nosotros como en dos enamorados. Sus labios tenían el sabor del café y un deje de misterio marino que nunca supe concretar. Quizá la felicidad estaba en ese uno por ciento que nos faltó. O quizá ese uno por ciento sea este recuerdo que, como un sueño, me ha venido de repente. Como el aroma del café o el olor a estrella de mar de su pelo.
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Sobre la felicidad
martes, 15 de mayo de 2012
Vaciar el alma de ternura
Inventario de lugares propicios al amor
Son pocos.
La primavera está muy prestigiada, pero
es mejor el verano.
Y también esas grietas que el otoño
forma al interceder con los domingos
en algunas ciudades
ya de por sí amarillas como plátanos.
El invierno elimina muchos sitios:
quicios de puertas orientadas al norte,
orillas de los ríos,
bancos públicos.
Los contrafuertes exteriores
de las viejas iglesias
dejan a veces huecos
utilizables aunque caiga nieve.
Pero desengañémonos: las bajas
temperaturas y los vientos húmedos
lo dificultan todo.
Las ordenanzas, además, proscriben
la caricia (con exenciones
para determinadas zonas epidérmicas
-sin interés alguno-
en niños, perros y otros animales)
y el «no tocar, peligro de ignominia»
puede leerse en miles de miradas.
¿A dónde huir, entonces?
Por todas partes ojos bizcos,
córneas torturadas,
implacables pupilas,
retinas reticentes,
vigilan, desconfían, amenazan.
Queda quizá el recurso de andar solo,
de vaciar el alma de ternura
y llenarla de hastío e indiferencia,
en este tiempo hostil, propicio al odio.
Ángel González | Tratado de urbanismo, 1967
La fotografía que ilustra el poema se titula Les amoureux du Quai du Louvre, y fue tomada por Frank Horvat en París, ciudad bastante propicia al amor, en 1955.
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lunes, 23 de abril de 2012
viernes, 6 de mayo de 2011
Desayuno
Me gustas cuando dices tonterías,
cuando metes la pata, cuando mientes,
cuando te vas de compras con tu madre
y llego tarde al cine por tu culpa.
Me gustas más cuando es mi cumpleaños
y me cubres de besos y de tartas,
o cuando eres feliz y se te nota,
o cuando eres genial con una frase
que lo resume todo, o cuando ríes
(tu risa es una ducha en el infierno),
o cuando me perdonas un olvido.
Pero aún me gustas más, tanto que casi
no puedo resistir lo que me gustas,
cuando, llena de vida, te despiertas
y lo primero que haces es decirme:
«Tengo un hambre feroz esta mañana.
Voy a empezar contigo el desayuno».
Luis Alberto de Cuenca | El hacha y la rosa | 1993
Cybill Shepherd en The Last Picture Show | Peter Bogdanovich | 1971
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miércoles, 8 de septiembre de 2010
Polos de limón
Quizá sea un 8 de septiembre. Probablemente, domingo. Tu padre no ha vuelto aún de la jornada de pesca y tus hermanas, impacientes, nerviosas, corretean por la casa y contribuyen, sin saberlo, a esa sana algarabía infantil que tienen todas las mañanas de domingo. Es un domingo cualquiera de finales de verano, aún con calor, pero con un anuncio de cambio en el atardecer de los árboles. Sentada en el sofá, tranquila, haces planes con tu madre. El cole se acerca y quieres tenerlo todo bien preparado, especialmente la nueva cartera. Ella parece oírte atenta, pero piensa en el retraso de su marido, en la moto, en las niñas. Entonces, te asomas al balcón y lo ves llegar a lo lejos. Trae, como siempre, un aire de felicidad. Un instante de silencio. Tus hermanas acuden también al balcón y él os saluda con la mano. Todas corréis escaleras abajo.
Ahora estáis en la calle. El parque está luminoso de globos y bicicletas alquiladas. Al pasar junto a las palomas, te gusta oír el sonido de los cañamones que crujen bajo tus zapatos blancos, los mismos de la comunión, pero que ahora te parecen otros, como de persona mayor. Mientras tus hermanas juegan en los toboganes, tú saboreas ese delicioso polo de limón que acaban de comprarte. Es el que más te gusta, el que siempre te pides. Es casi todo hielo, pero está tan rico y tan frío y su sabor dura tanto y deja la lengua tan amarillita que... Mientras te acercas a la cámara, lo sujetas con cuidado. Debes procurar no mancharte el vestido que llevarás mañana al cole. Has logrado convencer a tu madre. Tus coletas huelen a limón y en tu mirada hay un reflejo como de ficha de parchís.
Han pasado algunos años. Esta tarde llevas una falda blanca y una blusa amarilla. Tus zapatos ya no son de niña, pero lo parecen. Es también verano, aunque no domingo. Detrás de nosotros, los críos juegan en los toboganes. Me sonríes. Nos besamos. Estamos en el mismo parque y algo nos lleva a repetir aquella foto antigua, a jugar con el tiempo. Compramos dos polos de limón y, felices como niños, componemos la escena. Buscamos los detalles y las diferencias. Ahora, sujetas dos polos mientras yo hago la foto. Tus labios saben a limón y en tu mirada hay un intenso reflejo de vida por delante.
Mientras escribo, con las dos fotos sobre la mesa, beso ese beso, como en el poema de Salinas. Beso dos recuerdos. Te beso en mi recuerdo.
Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más.
El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada
ya, para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.
Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no
-¿adónde se me ha escapado?-.
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.
Pedro Salinas | La voz a ti debida | 1933
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miércoles, 18 de agosto de 2010
Sobre la felicidad (y 3)
In illo tempore
Tus padres se habían ido a no sé dónde
y la casa quedó para nosotros,
lo mismo que el convento abandonado
del poema de Jaime Gil de Biedma.
Con la música a tope, preparaste
una mezcla explosiva en una jarra
mientras yo te quitaba, dulcemente,
la ropa de cintura para arriba.
Llenaste las dos copas hasta el borde.
Bebimos. Nos entró la risa tonta,
y se nos puso un brillo en la mirada
que subrayaba nuestra juventud,
y nos besamos como en las películas,
y nos quisimos como en las canciones.
Cuando la realidad era el deseo
y nuestro reino no era de este mundo.
Luis Alberto de Cuenca | Por fuertes y fronteras, 1996
Beso 1 | Encadenados, de Alfred Hitchcock (1946)
Beso 2 | Río Grande, de John Ford (1950)
Besos 3 y 4 | Besos robados, de François Truffaut (1968)
Beso 5 | De aquí a la eternidad, de Fred Zinnemann (1953)
¡Qué bien se besaba en blanco y negro! ¿Cuál crees que falta?
A mí se me ocurre uno: ¡Impetuoso! ¡Homérico!
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