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jueves, 21 de mayo de 2020

Las condiciones del pájaro solitario


He de reconocer que siempre he sentido atracción por eso que ahora se llama metapoesía. Me gusta que un poeta explique cómo entiende su trabajo, su «poética». Las hay magníficas. Recuerdo ahora mismo algunas de Jaime Gil de Biedma, Vicente Aleixandre, José Ángel Valente, Ángel González, Luis Cernuda, Luis Alberto de Cuenca, Roberto Juarroz o Alejandra Pizarnik. La lista sería interminable.

De todas ellas, hay una por la que siento especial predilección. Es de San Juan de la Cruz, uno de mis poetas favoritos de todos los tiempos. Un poeta inagotable. Y no me llegó directamente, sino a través de otro poeta al que también admiro: José Ángel Valente. En un magnífico artículo titulado «Las condiciones del pájaro solitario» (La piedra y el centro, 1982), Valente, tras reflexionar sobre la auténtica naturaleza de la palabra poética, señala:
Soledad o libertad esencial de la obra, cuya definición mejor acaso fuese predicar de ella las cinco condiciones del pájaro solitario, según las declaró Juan de la Cruz, que deberían los niños aprender de memoria —cantando— en las escuelas: «La primera, que se va a lo más alto; la segunda, que no sufre compañía, aunque sea de su naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado color; la quinta, que canta suavemente».
De su Cántico espiritual son estos versos memorables:
En soledad vivía,
y en soledad ha puesto ya su nido,
y en soledad la guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido.
Mejor no se puede decir.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

De mentiras que nos descubren verdades

Man Ray | Silhouette de Lee Miller, hacia 1930

La belleza artística no consiste en representar una cosa bella, sino en la bella representación de una cosa.

Inmanuel Kant

viernes, 25 de septiembre de 2015

El hecho de estar vivo exige algo


Arte poética

                                     A Vicente Aleixandre

La nostalgia del sol en los terrados,
en el muro color paloma de cemento
—sin embargo tan vívido— y el frío
repentino que casi sobrecoge.

La dulzura, el calor de los labios a solas
en medio de la calle familiar
igual que un gran salón, donde acudieran
multitudes lejanas como seres queridos.

Y sobre todo el vértigo del tiempo,
el gran boquete abriéndose hacia dentro del alma
mientras arriba sobrenadan promesas
que desmayan, lo mismo que si espumas.

Es sin duda el momento de pensar
que el hecho de estar vivo exige algo,
acaso heroicidades —o basta, simplemente,
alguna humilde cosa común

cuya corteza de materia terrestre
tratar entre los dedos, con un poco de fe?
Palabras, por ejemplo.
Palabras de familia gastadas tibiamente.

Jaime Gil de Biedma | Compañeros de viaje, 1959

jueves, 30 de enero de 2014

Corredores de sombra



La memoria nos abre luminosos
corredores de sombra.

Bajamos lentos por su lenta luz
hasta la entrada de la noche.

El rayo de tiniebla.

Descendí hasta su centro,
puse mi planta en un lugar en donde
penetrar no se puede
si se quiere el retorno.

Se oye tan solo una infinita escucha.

Bajé desde mí mismo
hasta tu centro, dios, hasta tu rostro
que nadie puede ver y sólo
en esta cegadora, en esta oscura
explosión de luz se manifiesta.

José Ángel Valente | Fragmentos de un libro futuro, 2000

domingo, 7 de agosto de 2011

El poder de las palabras

 
Nuestras palabras son poderososas. Mucho más de lo que pensamos. Una palabra puede abrirnos un agujero en el corazón o una puerta hacia la felicidad. Somos palabras. Dichas en su momento o a destiempo. Nuestro pensamiento, nuestros sentimientos, están hechos de esa materia volátil y generosa, que se deja moldear con facilidad en cualquier momento. Mientras tomamos un café, cuando leemos en la playa, en una comida familiar o antes de besar a esa chica que  nos vuelve locos. Se unen y producen chispas, igual que los labios. Alguien, creo que Lorca, dijo que la poesía no es otra cosa que unir palabras que antes no se habían unido, palabras que no hubiéramos imaginado escribir juntas. Y entonces surge una emoción, una sugerencia, un mundo que llevábamos dentro sin saberlo. La inspiración, si es que existe, debe ser eso. Las palabras duelen o besan. Debemos aprender el difícil arte de dominarlas para no herir a aquellos que amamos o para apartar sutilmente a aquellos que buscan dañarlos. Forman una corriente que arrastra limos de siglos, aunque son siempre nuevas. Nacen en el momento de decirlas y al morir dejan una onda que se expande lenta hasta llegar al centro más profundo. Y entonces estallan. O nos salvan.

Y nunca son inocentes. Celaya, quizá utópico, hablaba de ellas como de un arma cargada de futuro. No sé si de futuro, pero, desde luego, están cargadas de pasado, de Historia, de ideología, de sentidos ocultos, de uso familiar. Gil de Biedma usaba "palabras de familia gastadas tibiamente". Y recuerdo cómo Ángel González reflexionaba en una conferencia, a la que asistí hace ya mucho, sobre el poder de la poesía para transformar la realidad. Quizá no de modo inmediato, como una ley o una guerra, pero sí en tanto que nos hace pensar la vida. Somos otros después de leer un buen poema. Mejores o peores. El Arcipreste de Hita equiparaba su libro a un instrumento musical: sonaría bien o mal según cómo se tocara. Y José Ángel Valente, en un ensayo profundo titulado Las palabras de la tribu, explicaba que tras la voz de cada poeta están ocultas las de todos los anteriores a él. La tradición. Ése también es el poder de las palabras.

A veces nos arrastran y nos hacen decir cosas que no sabíamos que pensábamos. O las arrastramos nosotros y las utilizamos para manejar a nuestro antojo. Las palabras de nuestros padres, que no entendimos en su momento y ahora ya es tarde. O las de nuestros hijos, tan poderosas como la  sangre joven que llevan en su interior, deseando dejar sus miedos y comerse el mundo. Escribimos para que nos entiendan. Leemos para conocer la vida. Amamos con palabras heredadas. Buscamos consuelo en las palabras hondas de un poema o en la felicidad inmediata de una canción o en la caricia de unos sonidos susurrados en el oído en una siesta de amor veraniega.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Palabras que se encuentran



Estos poemas

Estos poemas los desencadenaste tú,
como se desencadena el viento,
sin saber hacia dónde ni por qué.
Son dones del azar o del destino,
que a veces
la soledad arremolina o barre;
nada más que palabras que se encuentran,
que se atraen y se juntan
irremediablemente,
y hacen un ruido melodioso o triste,
lo mismo que dos cuerpos que se aman.

Ángel González | Otoños y otras luces | 2001

miércoles, 10 de febrero de 2010

Explicar la vida


Leo en Revista de Libros un interesante artículo titulado ¿Para qué sirve la literatura? y, ante esta pregunta sin respuesta o con demasiadas respuestas posibles, me viene a la memoria de inmediato El juego de hacer versos, un poema de Jaime Gil de Biedma que me apetece compartir hoy contigo.

Dice así:
El juego de hacer versos
-que no es un juego- es algo
parecido en principio
al placer solitario.

Con la primera muda,
en los años nostálgicos
de nuestra adolescencia,
a escribir empezamos.

Y son nuestros poemas
del todo imaginarios
-demasiado inexpertos
ni siquiera plagiamos-

porque la Poesía
es un ángel abstracto
y, como todos ellos,
predispuesto a halagarnos.

El arte es otra cosa
distinta. El resultado
de mucha vocación
y un poco de trabajo.

Aprender a pensar
en renglones contados
-y no en los sentimientos
con que nos exaltábamos-,

tratar con el idioma
como si fuera mágico
es un buen ejercicio
que llega a emborracharnos.

Luego está el instrumento
en su punto afinado:
la mejor poesía
es el Verbo hecho tango.

Y los poemas son
un modo que adoptamos
para que nos entiendan
y que nos entendamos.

Lo que importa explicar
es la vida, los rasgos
de su filantropía,
las noches de sus sábados.

La manera que tiene
sobre todo en verano
de ser un paraíso.
Aunque, de cuando en cuando,

si alguna de esas noches
que las carga el diablo
uno piensa en la historia
de estos últimos años,

si piensa en esta vida
que nos hace pedazos
de madera podrida,
perdida en un naufragio,

la conciencia le pesa
-por estar intentando
persuadirse en secreto
de que aún es honrado.

El juego de hacer versos,
que no es un juego, es algo
que acaba pareciéndose
al vicio solitario.

La poesía (la novela, el cómic, la música, el cine) como manera de explicar la vida, de entendernos y de que nos entiendan. No conozco definición más sencilla y más ambiciosa de lo literario, de la lectura y la escritura. Para eso sirve la literatura. Por eso, entre otros muchas cosas, a algunos nos gusta tanto leer. ¿No te parece?



Ilustraciones | Adrian Tomine