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martes, 1 de julio de 2014
G de gato
El verano es este gato que se tumba a la sombra, bajo la parra, adormecido por el zumbido de las cigarras y los gritos lejanos de los niños, que se deja llevar por el sol mortecino y fluye con la tarde hacia ese lugar en que todo es cálido y está bien hecho. No falta nada. El tiempo se detiene en los dorados de la tapia, agitada de dompedros. Olores estivales. En un arriate corre el agua hasta desaparecer en lo verde. Le pesan los ojos y, recogido en sí mismo, se hunde en sus recuerdos. Una mosca revolotea pesada. Sobre la mesa, un libro y un vaso aún mojado. Al lado, dos sillas vacías. Más allá, un triciclo volcado. Aquí está todo, piensa. Este es el momento preciso, para qué ir más allá. Quietud. Un niño baja los escalones de dos en dos. Se acerca y le repasa el lomo, que responde eléctrico con un gesto ancestral. El gato se despereza, se acicala, se pasea entre sus piernas y le cabecea meloso los tobillos. El niño ríe. Y el verano, al caer la tarde, se hace en ese instante tan eterno que parece que nunca fuera a acabar.
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Alfabeto de verano,
El paso de los días,
Gatos
lunes, 23 de diciembre de 2013
Los tejados de París
Un sinfin de chimeneas se divisaba desde la ventana. Paulina las contemplaba distraídamente, y su fantasía encontraba formas extrañas en aquella inmensidad de tubos negros que se destacaban en el horizonte gris.
Había unas con una caperuza como el sombrero cómico de un chino; otra terminaban en forma de casco adornado por una flecha de hierro que fingía una cimera; algunas, torcidas en dos ángulos rectos, parecían jorobadas; otras concluían en una especie de linterna; la mayor parte, embutidas en grandes paredones espesos, en fila, de distinta altura, recordaban los tubos de un órgano.
El confuso amontonamiento de tejados que se divisaba desde allí tomaba el aspecto de una ciudad con sus calles y sus plazas, sus iglesias y sus monumentos.
En las horas de sol se distinguían azoteas llenas de musgo, paredes negras con escalas de hierro, veletas enmohecidas sobre sus vástagos, alambres de los pararrayos que corrían entre aisladores, torrecillas musgosas y flechas indicadoras de una dirección.
Al anochecer, cuando la oscuridad comenzaba a borrar los contornos de las cosas y el humo blanco de las chimeneas salía lentamente a perderse en el ambiente gris, estos paredones negros, estos tejadillos puntiagudos, estas filas de chimeneas tomaban un ambiente fantástico: eran murallas de un castillo defendidas por caballeros, eran centinelas solitarios que avanzaban valientemente hasta los bordes de un tejado, eran figuras monstruosas y absurdas como las quimeras de una catedral.
Pío Baroja | Las tragedias grotescas, 1907
La fotografía del globo de Mr. Henri Giffard sobre los tejados de París fue tomada por René Dragon en 1878, solo algunos años antes de que Baroja visitara por primera vez, en 1899, la vieja ciudad, y muy poco después de los acontecimientos narrados en la novela, cuya acción se sitúa hacia 1870. Paulina Acuña, frágil, delicada, pálida, de labios descoloridos, deja su bordado un instante para mirar los tejados desde la terraza de su cuarto piso de la Cour de Rohan. Allí se dispara su imaginación. Su vida solitaria, monótona y gris, se llena de geranios, arboledas y estanques misteriosos. Las callejuelas lóbregas son senderos que conducen hacia una jardín lejano. A su lado, un gato blanco, iluminado por la luz de un quinqué, es durante horas su única compañía.
jueves, 20 de septiembre de 2012
Escritores y gatos
Si te gustan las fotos antiguas, la literatura y los gatos, te puede interesar este reportaje que acabo de descubrir: 30 Renowned Authors Inspired by Cats. Treinta escritores acompañados de sus queridos mininos. Magníficas fotografías, muchas de ellas poco conocidas. Las de Raymond Chandler y las de Hemingway son impresionantes. Y la de Hermann Hesse, a cuatro patas tras su gato, es muy graciosa. El gato de Philip K. Dick da tanto miedo como él y parece igual de atormentado. Auden, Capote, Plath, Colette, Cocteau, Sartre, Kerouac, Highsmith o Borges, entre otros, completan el catálogo. Ya sabes que por aquí somos bastante gatunos, así que, poco a poco, iré añadiendo algunas de ellas (las que aún no estaban) a La escritura desatada, mi recorrido visual y sentimental por los libros y sus autores. Me ha costado escoger una para encabezar esta entrada. Al final me decidí por Cortázar, que creo se lo pasaba bomba en ese momento. La felicidad del instante. ¿Cuál hubieras elegido tú?
sábado, 1 de septiembre de 2012
jueves, 3 de mayo de 2012
La lectura desatada
El placer de empezar y acabar un libro. Leer como en la adolescencia, todo el día, de un tirón, con todo desaparecido alrededor. Pasar las páginas sabiendo que hay un trozo de vida a la que no vas a volver, que en cada línea has perdido algo. Mentiras que te llevan a verdades. Soledad acompañada. Ventanas, caminos, penumbras. Cerrar la puerta, al fin, con resolución, como el último beso de una pasión que sabíamos que no duraría para siempre. Lecturas desatadas. Olvidamos los detalles y nos queda la añoranza, como dijo Emma.
Ilustración de Liniers.
jueves, 26 de abril de 2012
Vidas gatunas
Les gustan la aventura y los caminos. Una última mirada a la casa, pues quizá la vida los distraiga y no puedan regresar. Tejados, senderos, armarios, jardines. Les fascinan los secretos. Descubrir qué hay bajo una falda, al calor de hermosos tobillos.
Algunas tardes lluviosas sufren ataques de melancolía y se preguntan quiénes son. Los espejos, terribles enemigos, los llaman. Se hacen preguntas sin respuesta. Saben que están solos.
Y entonces recuerdan otros tiempos, otras casas. La memoria siempre fue buen refugio contra la melancolía. Desperezan sus recuerdos en el mejor sillón y dejan que todo fluya. El sonido de la cafetera. Unos pasos en otra habitación. El mundo está bien hecho incluso en la tristeza.
Inspiran vidas. Manos de niños, manos de escritores. Mundos inventados desde la agudeza de su pupila y la ternura de su lomo. Ítacas soñadas a las que siempre se busca regresar.
Desean imposibles. La Luna nunca estará demasiado lejos. Tampoco la jaula del canario. El deseo es un juego. Si quieres participar, sigue las reglas, pero atento a la primera, que es la que no debes olvidar: no hay reglas que seguir. Oye el silencio. Inventa el instante. Déjate llevar por el vaivén de los visillos, por el fulgor del sol en el agua, por la electricidad que acumulen tus instintos.
Son grandes lectores. Sabemos que al menos una de sus vidas la dedican íntegra a leer. Pasar páginas, subir a los más alto del estante buscando algo de Verne o de Poe o algún buen poema de amor. Rodeados de libros, vidas apiladas, vidas ajenas soñadas como propias. Magia de lo verosímil y de lo imposible. Descubrimiento y olvido del mundo.
Viven en pequeños placeres. Acarician y desean caricias. Les gusta hacerse querer. Su lomo encrespado busca la piel. Un cuello, un muslo, unos labios. Cada movimiento es una manera antigua de elegancia. Gestos perdidos de un mundo anterior al recuerdo. Refugios contra el tiempo.
Sueñan con algún amor lejano, imaginado, nunca imposible.
Y siempre quieren salir bien en la foto.
Vidas de gato. Muy parecidas a las nuestras, ¿no?
lunes, 26 de abril de 2010
El gato lector
Hay días, especialmente los lunes, en que me gustaría ser gato desde muy temprano. No un gato sofisticado, siamés o persa, sino un simple gato romano, común y familiar. Eso sí, un gato lector, amante de los libros e ilustrado tanto en el saber humano como en el gatuno. Me quedaría en casa y contemplaría la calle desde la ventana más alta, con ojos entrecerrados por el solecito tan grato de la mañana primaveral. Sería un gato bien comido y feliz. Acariciaría meloso los tobillos de las vecinas, que cederían al tacto de mis irresistibles bigotes y me ofrecerían sus caricias y lo mejor de sus despensas. Luego, buscaría el rincón más fresco del cuarto (quizá entre montones de libros y revistas) o algún lugar discreto del tejado y me dejaría llevar por el tiempo. Invocados por mi poderoso ronroneo, los recuerdos perdidos volverían de la nada, como sacados de un pozo, y entendería por fin todo lo que no supe comprender. La vida puede ser fácil iluminada por el brillo nocturno de mis ojos. Y así hasta que saliera la luna.
Debe haber algo ancestral en la fascinación de los humanos por los gatos. Reconozco que podría quedarme horas observándolos. También me pasa con las llamas o con las corrientes de agua. Hace algunos años tuve un gato y hay gestos suyos que recordaré siempre. Creo que mi madre también recordará toda su vida sus escaladas en el pasillo, moqueta arriba, hasta llegar al techo. Y mi hermano no habrá olvidado las esquinas mordisqueadas de sus valiosos LP. El mío era un gato musical y alpinista. ¡Qué le voy a hacer!
Pero también estaba su manera ritual de quedarse quieto oyendo el silencio, de lavarse las orejas siempre en el mismo orden, de hacerse acariciar por los quicios de las puertas levantando con elegancia el rabo, de iniciar su ronroneo (hacer la moto lo llamábamos en casa) cuando iba a dormir, de darte insistentes cabezadas cariñosas en los tobillos cuando tenía hambre, de encrespar el lomo y desperezarse hasta el límite de lo posible, de hacerse una rosca sobre tus piernas arropadas con la falda de la mesa camilla. Así estudiaba yo en invierno: con el gato enroscado sobre mí. El mayor de los placeres gatunos. Sólo superado por sus galopadas vertiginosas hacia mi cuello cuando mi madre le abría la puerta del cuarto. Era su manera de despertarme y buscar el calor de mi garganta. Yo, arropado hasta arriba. Él, buscando un hueco por el que colarse. Enrollado en mi cuello como una bufanda viva. Un juego de complicidades para empezar la jornada. Y estaba, además, el placer de dejarse llevar otros cinco minutos sabiendo el día que te esperaba.
¡Y lo bien que duermen! Casi todo el día durmiendo a pata suelta (y nunca mejor dicho).
Es curiosa la atracción que los gatos sienten por los libros, los cuadernos y todo tipo de objetos de escritura. Les gusta observarlos, subirse en ellos, hacerlos suyos. No sé si habrás intentado alguna vez leer o escribir al lado de un gato. Es imposible. Acaban subiéndose encima de tu libro o intentan pasar las páginas o rozan, con una delicadeza minimalista, el bolígrafo con el que escribes. Menos mal que al final se cansan y se acaban durmiendo, como los niños. Mi gato tenía una obsesión muy graciosa con mi vieja máquina de escribir Olivetti. Reconozco que alguna vez la saqué de su estuche nada más que para reírme de Minurri, que así se llamaba mi gato. El muy iluso quería atrapar las teclas cada vez que yo las golpeaba. Se ponía histérico: bajaba la cabeza al ras de la mesa, agachaba las orejas, dilataba las pupilas y se quedaba petrificado y, cuando yo rozaba lo más mínimo la tecla, él se lanzaba como un depredador a capturar a ese raro animal que dejaba rastros de tinta en el papel. Claro, en mi casa no había ratones y la máquina, con su lluvia rítmica de golpeteos, era un sustituto ideal para calmar sus instintos. Cuánto me reí con él.
Si los gatos y los libros se llevan tan bien, no es de extrañar que entre los escritores haya habido muchísimos amantes de los gatos. Ahora mismo me viene a la cabeza el caso de Mark Twain, a cuyos gatos podía, según se dijo en un artículo de la época, ordenar que se subieran en la silla y se durmieran y que estuvieran así hasta que él les mandase despertar. Esta foto, de 1887, es de sus gatos. El gato de la segunda fotografía se llamaba Bambino y Mark Twain lo había heredado de su hija. Como se puede ver, es un gato culto, bien rodeado de libros.
Mark Twain es famoso por su frases ocurrentes, algunas de ellas con los gatos como protagonistas:
Una de las diferencias más llamativas entre el gato y la mentira es que un gato tiene sólo nueve vidas.
Si se pudiera cruzar el hombre con el gato, resultaría una mejora para el hombre, pero un deterioro para el gato.
Se dice que Hemingway escribió Adiós a la armas rodeado de treinta y cuatro gatos. Así los vio Jorge Luis Borges en un soneto que recuerda algo a Baudelaire:
A un gato
No son más silenciosos los espejos
ni más furtiva el alba aventurera;
eres, bajo la luna, esa pantera
que nos es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable de un decreto
divino, te buscamos vanamente;
tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
caricia de mi mano. Has admitido,
desde esa eternidad que ya es olvido,
el amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño.
La soledad y el secreto de los gatos. Creo que el mejor intento de plasmar las sensaciones que imaginamos vive un gato lo he leído recientemente en un delicioso libro de Ian McEwan titulado En las nubes (The Daydreamer, 1994). En uno de los siete episodios conectados que forman la historia, encontramos al niño protagonista, Peter, que, mediante un mecanismo que no desvelaré, consigue meterse en la piel de un viejo y cansado gato hogareño, al tiempo que el gato se introduce en el niño. El juego de perspectivas es muy sugerente:
Nada le gustaba tanto a Peter como quitarse los zapatos y tumbarse junto al gato William frente a la chimenea de la sala en una tarde de invierno después de volver de la escuela. Le gustaba agacharse y ponerse al mismo nivel que William, colocar su cara junto a la del gato y ver qué extraordinario era, qué hermosamente no humano, con las púas de pelo negro que surgían formando un globo de la pequeña cara bajo el pelaje y los bigotes blancos con esa curva ligeramente descendente, los pelos de las cejas alzándose como antenas de radio y los pálidos ojos verdes con las hendiduras verticales, como puertas entreabiertas a un mundo en el que Peter jamás podría entrar. En cuanto se acercaba al gato, empezaba un ronroneo sordo y profundo, tan grave y fuerte que el suelo vibraba. Peter sabía que era bien recibido.
Qué delicia era caminar sobre cuatro almohadilladas patas blancas. Veía los bigotes que surgían a ambos lados de la cara y sentía la cola que se curvaba tras él. Su andar era ligero, y el pelo era igual que el más cómodo de sus viejos jerséis de lana. A medida que aumentaba el placer de ser un gato, su corazón se henchía y una hormigueante sensación procedente de lo hondo de su garganta crecía tanto que hasta podía oírla. Peter estaba ronroneando.
El día transcurrió como había deseado. Durmiendo, bebiendo a lengüetazos un cuenco de leche, volviendo a dormir, comiendo un poco de comida para gatos que en realidad no era tan mala como cabía sospechar por su olor (se parecía bastante al pastel de carne sin puré). Luego, otra pequeña siesta. Antes de que se hubiera dado cuenta, fuera, el cielo se oscurecía y los niños salían de la escuela. El niño William parecía agotado después de un día de escuela y peleas de patio. El gato niño y el niño gato se tumbaron juntos frente a la chimenea del salón.
Pero el gato que a mí me hubiera gustado ser en realidad es Fellini, el amigo de Enriqueta y de Madariaga. Se trata del trío protagonista de algunas de las viñetas de Macanudo, obra del dibujante argentino Liniers. que aparece en forma de tiras en el diario La Nación desde 2002. En España están siendo publicadas en tomos recopilatorios por Reservoir Books. Allí conviven con otros muchos personajes. Se trata de una obra llena de un humor poético, medio surrealista, medio absurdo, imaginativo y sorprendente, muy variado por la cantidad de personajes, tonos y temas. El dibujo es delicioso. Sólo por ver los dibujos ya merece la pena. Le sabe sacar provecho como nadie al limitado espacio de una tira diaria. Es un descubrimiento permanente. Muy recomendable.
Aquí te dejo una buena selección de tiras protagonizadas por Fellini y Enriqueta. No olvides que puedes pinchar en ellas para ampliarlas.
En el mundo del cómic los gatos nos salen al paso en cualquier callejón o cruce de viñetas. De los muchos caminos que podemos seguir, me quedo de momento con dos recientes, que recogen a la perfección esos tics o gestos propios de los gatos de los que hablábamos.
El primero es el dibujante estadounidense Jeff Brown, autor, entre otras obras que merecen la pena, de Gato saliendo de una bolsa y otras observaciones (Cat Getting Out of a Bag, 2007), publicado en España por La Cúpula. De él ya hemos visto arriba algunas imágenes, en concreto las del gato que intenta pasar las páginas del libro, juega con una libreta hasta quedarse dormido y se acerca a la cama de su amo. Esta última me sorprendió mucho porque es justamente lo que hacía mi gato. Aquí te dejo otras:
El segundo caso es el de Chi, la protagonista de El dulce hogar de Chi, obra de la autora nipona Konami Kanata. A diferencia de Macanudo y de la obra de Jeff Brown, orientadas a un público adulto, ésta es una obra dirigida a un público amplio, incluido el infantil. En capítulos muy breves, llenos de humor, ternura e ingenuidad, cuenta la historia de una gatita que se pierde de su madre y es encontrada por un niño, en cuya casa (un edificio en el que no permiten tener gatos) es acogida. El gato descubre el mundo de los humanos a través de una familia que descubre las costumbres de los gatos. Asombra, sobre todo, la capacidad de la autora para reflejar, con un dibujo muy sencillo y colorido, todo un mundo variadísimo de gestos que cualquier amante de estos animales sabe reconocer. En España está siendo publicado por la editorial Glénat. De momento, van seis tomos.
Hay muchos gatos que dejo en el tintero: Krazy Kat (de Herriman), el siempre malintencionado gato del ático de 13 Rue del Percebe (de Francisco Ibáñez), Mooch, el gato de Mutts (de Patrick McDonnell), El gato del rabino (de Sfarr), los gatos nazis y los ratones judíos de Maus (de Art Spiegelman), etc. Sin duda, nos visitarán más adelante.
En fin, me voy, que tengo que ronronear y dormir un rato. Aunque antes me daré un paseo tranquilo por los tejados. ¿Te apuntas?
Algunas de las fotografías de gatos leyendo (1-2-5) tienen licencia Creative Commons y pertenecen respectivamente a Bookwomanj, Zubiëh y Ohmaga. Las he encontrado en Flickr, donde las imágenes y grupos relacionados con los gatos son abundantísimos. La ilustración Books. Cats. Life is Sweet es de Edward Gorey.
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