domingo, 14 de junio de 2026

V de verano


El verano es una puerta, un túnel del tiempo, un stargate vertiginoso que conecta con cada uno de los veranos anteriores. Sus galerías secretas, llenas de pasadizos efímeros —esquivos o encontradizos— conducen a la infancia, ese espacio único donde todo se origina y donde todo se acaba encontrando. 

Junio recupera viajes familiares en automóviles inconcebibles, playas revisitadas cada temporada, manos diminutas que juegan en la arena como la primera vez, anzuelos y sombrillas, cuerpos semidesnudos que despiertan el deseo adolescente, velas que se alejan, faros que iluminan el horizonte, patios con olor a dompedro y jazmín, café con hielo en abundancia, caminatas calurosas bajo los pinos, gruesos clásicos inolvidables y montones de tebeos que prometen aventuras sin fin y, quizá, algún amor. Tintín y la novela del XIX son muy propicios para iniciarse en el culto estival.  


El verano traza una línea de límites difusos, pero apreciables. Se define a sí mismo. Su manual de instrucciones, si queremos disfrutarlo como merece, está escrito en los atardeceres, en el sonido de las chicharras de agosto, en las persianas bajadas  durante la siesta, en las pozas frías de los ríos de interior, en el repeluz del primer baño en el mar, que encoge el cuerpo y ensancha el ánimo.


Un trueno cierra la puerta. El olor a lluvia abre un nuevo ciclo y nos recuerda que todo regresa y que, guardados en el cofre del tesoro de nuestra memoria, están todos los veranos intactos, tal y como los vivimos o los hemos inventado.

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