jueves, 11 de octubre de 2018

Sueño primero


Recorres en cada sueño los patios traseros de la vida. Avanzas por una calle, quizá la de tu infancia. Caminas solo, creo. Todo parece estar donde estaba, pero la perspectiva es insólita. Alguien ha trazado un camino nuevo que divide tus recuerdos. Buscas un detalle donde reconocerte: el perfil de algún tejado, la cal de una esquina, el olor intenso del estanco. Los árboles se difuminan en un otoño saturado. Apenas se oye nada. Incluso la torre, tan familiar, parece ajena desde aquí. No hay nadie, pero no te sientes solo. La calle asciende y se pierde a lo lejos. El paisaje cambia. No hay exterior ni interior. Un cementerio al aire libre, hermoso y medieval. O el escenario de una antigua batalla. Ha llovido. Ningún sueño puede contener tanta paz. Piedras, cuestas, atardecer grisáceo. Una figura camina cerca. Silencio. Rocas encharcadas. Luz eterna. Ni alba ni crepúsculo. Tras la verja, un interior de arenisca. Bóveda baja. Luz dorada. Saeteras protegidas por extraños rostros de capitel románico, siempre de perfil. Quietud mineral. Piedra y contraluz son uno. Transparencia. Una cripta, tal vez. El interior de una tumba olvidada en mitad de un sueño. Aquí duerme la vida. Y agua. Lejana, apenas intuida. Bajamar infinita de arena sucia y rocas.

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