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domingo, 5 de febrero de 2012

El Gento coge la Vespa


Literatura y fútbol no parecen haberse llevado muy bien. Podemos encontrar honrosas excepciones, quizá más habituales en los últimos años, pero la literatura española ha tenido desde siempre cierta tendencia elitista hacia una aparente profundidad mal entendida. Esta tendencia la ha llevado a despreciar por ligero todo lo que pudiera parecer divertido: la aventura, la ciencia ficción, la comedia, lo fantástico, lo detectivesco, el puro humor. En el mejor de los casos lo ha convertido en subliteratura. La gravedad en sí ha sido un valor. Y, claro, ahí el fútbol no ha tenido mucha cabida. Además, se lo ha asociado con ciertos ecos de Nodo franquista. Ya se sabe, eso de Zarra, Marcelino, la pérfida Albión y el pan y circo. El intelectual no podía mancharse la manos con el césped de los estadios. En cierto modo, ha pasado también con el cine. No se han puesto en cuestión las películas de Bergman, pero sí las de John Ford. Tanto unas como otras son magníficas y han resistido sin problemas el paso de los años, pero, mientras que las primeras están construidas a partir de silencios, miradas, primeros planos de rostros perdidos y densos diálogos (muy de cineclub universitario), en las segundas encontramos canciones irlandesas, arenas rojizas de Monument Valley, cintas amarillas del Séptimo de Caballería y la figura derrotada de John Wayne que se recorta en el contraluz de una puerta. Tanto unas como otras apelan a lo más profundo del corazón humano. Y, ambas por igual, consiguen emocionarnos.


Hablábamos de excepciones. Me vienen a la memoria algunos poemas vanguardistas de Alberti (como la famosa oda que dedica a Platko, portero húngaro del Barcelona de los años 20) o las crónicas de Manuel Vázquez Montalbán. Por suerte, parece que en los últimos años está tendencia está cambiando. Ahora es habitual oír en la radio o leer en la prensa a poetas como Luis García Montero o a escritores como Juan Cruz, Javier Marías, Enrique Vila Matas o Juan Marsé, que defienden con entusiasmo los colores de su equipo. Me da a mí que ese recelo por el fútbol es algo muy español y no tanto sudamericano, donde el tema siempre se ha visto con más pasión. Ahí están algunos cuentos de Mario Benedetti. Otro uruguayo es autor del mejor libro que he leído sobre fútbol. Me refiero a Eduardo Galeano y a El fútbol a sol y sombra. Magnífico es también el libro de Alfredo Relaño 366 historias del fútbol mundial que deberías saber, publicado recientemente. Historias que nos hablan de la vida, llena de esfuerzos baldíos, de hazañas imposibles, de errores y tragedias, de pasión. La prensa deportiva española siempre ha estado llena de grandes firmas: Julio César Iglesias, el propio Relaño, Juanma Trueba, Santi Segurola, John Carling o Enrique Ortego, por citar sólo a algunos. Con sus palabras afiladas nos han hecho revivir cada lunes lo que habíamos disfrutado (o sufrido) el domingo.


Así explica Galeano el origen de su pasión:

Como todos los uruguayos, quise ser jugador de fútbol. Yo jugaba muy bien, era una maravilla, pero sólo de noche, mientras dormía: durante el día era el peor pata de palo que se ha visto en los campitos de mi país. Como hincha también dejaba mucho que desear. Juan Alberto Scchiaffino y Julio César Abbadie jugaban en Peñarol, el cuadro enemigo. Como buen hincha de Nacional, yo hacía todo lo posible por odiarlos. Pero el Pepe Schiaffino, con sus pases magistrales, armaba el juego de su equipo como si estuviera viendo la cancha desde lo más alto de la torre del estadio y el Pardo Abbadie deslizaba la pelota sobre la línea blanca de la orilla y corría con botas de siete leguas, hamacándose sin rozar la pelota ni tocar a los rivales: yo no tenía más remedio que admirarlos, y hasta me daban ganas de aplaudirlos.

Hace unos meses leí La camisa, un drama social escrito por Lauro Olmo en 1960. La obra refleja con extrema dureza la situación social de marginación de una familia que vive en una chabola y lucha inútilmente por salir. No hay trabajo. La emigración a Alemania de Lola se impone como única solución posible. Allí encontré el siguiente pasaje:

LOLO.- ¿Fuiste al Bernabéu el domingo? Chico, ¡hicieron un gol el "Di" y el Gento...! Se estaba acabando el partido y el marcador a cero. De pronto el Gento echa un vistazo a la presidencia y ve que don Santi le hace una seña con un pañuelo blanco. Así, oye. (Saca un pañuelo no muy blanco e imita la seña.)
LUIS.- ¿No dices que con un pañuelo blanco?
LOLO.- ¡Escucha o pito el final del encuentro! Como te decía: señita de don Santi. El Gento la guipa, agarra el balón, coge la Vespa y se embala por el verde. Sortea a cinco o seis desgraciaos del equipo víctima y, ya cerca de los palos, se saca la bandeja de plata y le sirve el esférico al "Di". Lo demás te lo imaginas, ¿no?
LUIS.- ¡De maravilla, macho!
LOLO.- Mientras tanto, el portero, como las vacas suizas: llenándose las ubres de verde.
LUIS.- ¡Es mucho "Di" el "Di"! Yo lo haría concejal.


El fútbol y su retórica, también en tiempos de miseria. Y sus hazañas y remontadas imposibles. Es de los pocos deportes en que nunca tienes la seguridad de ganar. No siempre gana el mejor, ni el que más lo merece, ni el que más ocasiones crea, ni el que más tiene la pelota, ni el de mayor presupuesto. El equipo pequeño le puede ganar al grande. David contra Goliat. Todo depende de la magia del gol. Dice Galeano:

Por suerte, todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, un descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.

El fútbol, decía Valdano, es un estado de ánimo. Al igual que la literatura o el cine, mueve pasiones, toca el corazón, te aleja de la realidad para mostrártela de otro modo. No puede ser malo algo que te hace disfrutar y sufrir intensamente durante noventa minutos y, una vez acabado, permite horas interminables de charla con los amigos. La fábrica de los sueños de la que habló Di Stéfano.


Para mí el fútbol siempre irá asociado a aquellas tardes de domingo en que mi hermano y yo acompañábamos a mi padre al viejo estadio de La Victoria, y a aquel niño, ya lejano, que pegaba con mucho cuidado, cada mes de septiembre, los cromos blancos de su equipo.

domingo, 14 de febrero de 2010

Fábula del tiempo


Las ruinas ejercen sobre nosotros una atracción singular. Bien lo supieron ver los románticos, que levantaron en torno a ellas una compleja simbología moral que todavía hoy perdura. Lo ruinoso, lo decadente, lo que fue y ya no es, conforman toda una estética de culto por lo viejo que se suele asociar a lo misterioso. Existieron civilizaciones esplendorosas que sólo conocemos por sus ruinas. Y nuestros ojos se han acostumbrado a que sea así. ¿Cómo sería la Venus de Milo completa? ¿Y la Dama de Elche en colores? ¿Podemos imaginar unas pirámides lisas y geométricamente perfectas? ¿Cómo le quedaría la nariz a la Esfinge? ¿Nos gustarían más el Coliseo y el Foro si estuvieran recién construidos?



El poeta, anticuario y arqueólogo sevillano del siglo XVII Rodrigo Caro vio así los estragos del tiempo en su Canción a las ruinas de Itálica:

Este despedazado anfiteatro,
impio honor de los dioses, cuya afrenta
renueva el amarillo jaramago,
ya reducido a trágico teatro,
¡oh fábula del tiempo!, representa
cuánta fue su grandeza y es su estrago.

Y bastantes años antes, en el siglo XV, Jorge Manrique se preguntaba, en unos versos cargados de nostalgia y vida, por la corte de Juan II, con sus bailes, sus lujos palaciegos, sus músicas y sus amores que imaginaban eternos:

¿Qué se hizieron las damas,
sus tocados e vestidos,
sus olores?
¿Qué se hizieron las llamas
de los fuegos encendidos
d'amadores?
¿Qué se hizo aquel trovar,
las músicas acordadas
que tañían?
¿Qué se hizo aquel dançar,
aquellas ropas chapadas
que traían?


La ciudad que habitaron nuestros padres no es ya nuestra ciudad, aunque está en ella. Si alzamos la vista mientras paseamos, podemos encontrar restos de lo que fue. Las ciudades están siempre en transición, se transforman con el ritmo de las generaciones y guardan, quizá como advertencia para sus futuros habitantes, símbolos de lo que fueron. Los hay en cada esquina: edificios que fueron singulares, antiguos carteles publicitarios de productos que ya no existen, rejas que cierran algún misterioso balcón, una tienda antigua de eso que entonces se llamaba ultramarinos, puertas astilladas, bisagras y remaches. Me gusta que las ciudades tengan memoria y los conserven, aunque me temo que el mejor de sus destinos sean los hermosos libros de fotografías en blanco y negro.


Hace unos meses tomé la fotografía de abajo en el viejo Estadio de la Victoria, ya demolido. Fue el escenario de algunas de las ilusiones (y desilusiones) dominicales de mi padre, que disfrutó con su equipo en Primera División. La foto de arriba siempre la conservó como un tesoro. También fue el escenario de muchos domingos de mi infancia. Fueron tiempos menos míticos, pero todavía resuenan de vez en cuando en mis oídos nombres de jugadores de la época, asociados a su imagen en las caricaturas de Vica: Monterde, Machado, Zubitur, los hermanos Huertas, Morera, Lacalle. Tiempos de irse pronto al estadio para no quedarte sin la Hoja Deportiva. En la foto aún se ven los restos del marcador simultáneo y de una de las porterías. ¡Cuántas gargantas gritaron al unísono en aquellas tardes!


Las ciudades cambian como nosotros cambiamos. Creemos que lo más sólido, las calles y las plazas, siempre ha estado ahí y ahí seguirá, pero no es así. Nuestros abuelos, de niños, jugaron en plazas que ya no existen y los hijos de nuestros nietos se besarán en otras que ahora no podemos ni imaginar. Me he acordado muchas veces de un anuncio que veía de niño a la entrada del pueblo. Anunciaba algo que para mí era todo un misterio: Nitrato de Chile. Nunca lo entendí, pero era el símbolo más claro de que estaba de vuelta en casa tras un largo viaje. Luego he sabido que eran muchos los pueblos que tenían anuncios como ése.


¿Cuántos años separan los números de teléfono de este cartel gaditano de los de nuestros móviles actuales? Quizá no tantos como creemos, aunque sus tiempos sean tan distintos.


El tiempo que todo lo arrasa, según dicen. Quizá también muchos sentimientos. En el siglo XV Manrique se preguntaba por el destino de los fuegos encendidos de amadores. En 1960 Carole King y Gerry Goffin compusieron Will You Still Love Me Tomorrow?, una de esas canciones que te hacen sentir nostalgia de un tiempo que no has vivido.


El amante se pregunta, temeroso, por la duración del amor: ¿será un tesoro duradero o el placer de un instante? ¿Me amarás todavía mañana? Abajo te dejo la letra y la versión en directo de The Shirelles, uno de los mejores grupos de chicas de la época.

Tonight you're mine completely
You give your love so sweetly
Tonight the light of love is in your eyes
But will you love me tomorrow?

Is this a lasting treasure
Or just a moment's pleasure?
Can I believe the magic of your sighs?
Will you still love me tomorrow?

Tonight with words unspoken
You say that I'm the only one,
But will my heart be broken
When the night meets the morning sun?

I'd like to know that your love
Is love I can be sure of
So tell me now and I won't ask again.
Will you still love me tomorrow?




En español podría quedar, más o menos, así:

Esta noche eres totalmente mía.
Das tu amor tan dulcemente...
Esta noche el amor ilumina tus ojos,
pero, ¿me querrás igual mañana?

¿Es esto un tesoro duradero
o sólo el placer de un instante?
¿Puedo fiarme de la magia de tus suspiros?
¿Me querrás todavía mañana?

Esta noche, con palabras calladas,
me dices que soy el único,
pero ¿me destrozarás el corazón
cuando la noche encuentre la luz del amanecer?

Me gustaría creer que tu amor
es un amor en el que confiar.
Así que dímelo ahora y no preguntaré más:
¿me querrás todavía mañana?


Vídeo | Will You Still Love Me Tomorrow? (The Shirelles)
Pintura | The Chapel, de John William Inchbold