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sábado, 6 de junio de 2026

Estantes vacíos

 

Este atardecer de junio

me lleva a casas

que habíamos olvidado.

Es inútil embalar

recuerdos. Tristeza infinita

de estantes vacíos.


lunes, 29 de febrero de 2016

Elvira, triste amante abandonada

John Everett Millais | Portrait of a Girl, 1857


Leído hoy, El estudiante de Salamanca (1840), de José de Espronceda, quizá resulte algo desigual y acuse, por momentos, los excesos verbales propios de la época. Su estructura es difusa y, sin duda, le sobran palabras y estrofas, pero tiene momentos brillantes. Muchos. Momentos en que los versos fluyen naturales y construyen una imaginería gótica cuya musicalidad pide la lectura en voz alta. Pasos nocturnos, cuchilladas a la luz de un capilla, locura de amor, realidad y ensueño, melancolía, donjuanismo satánico, boda macabra, danza fúnebre, ronda de espectros, visión del propio entierro, damas misteriosas cuyos pasos debemos (y queremos) seguir.

En la segunda parte, para mi gusto la mejor, Espronceda nos presenta la tristeza y el desengaño de Elvira, burlada por don Félix de Montemar. La joven recuerda el amor y la felicidad que se fue, y, como defensa frente a la realidad, acaba perdiendo la cordura e imagina que es feliz junto a don Félix y que su amor no acabó en engaño.

¡Una mujer! ¿Es acaso
blanca silfa solitaria
que entre el rayo de la luna
tal vez misteriosa vaga?

Blanco es su vestido, ondea
suelto el cabello a la espalda.
Hoja tras hoja las flores
que lleva en su mano, arranca.

Es su paso incierto y tardo,
inquietas son sus miradas,
mágico ensueño parece
que halaga engañoso el alma.

Ora, vedla, mira al cielo,
ora suspira, y se para:
Una lágrima sus ojos
brotan acaso y abrasa

su mejilla; es una ola
del mar que en fiera borrasca
el viento de las pasiones
ha alborotado en su alma.

Tal vez se sienta, tal vez
azorada se levanta;
el jardín recorre ansiosa,
tal vez a escuchar se para.

Es el susurro del viento,
es el murmullo del agua,
no es su voz, no es el sonido
melancólico del arpa.

Son ilusiones que fueron:
Recuerdos ¡ay! que te engañan,
sombras del bien que pasó...
Ya te olvidó el que tú amas.

Esa noche y esa luna
las mismas son que miraran
indiferentes tu dicha,
cual ora ven tu desgracia.

¡Ah! llora sí, ¡pobre Elvira!
¡Triste amante abandonada!
Esas hojas de esas flores
que distraída tú arrancas,

¿sabes adónde, infeliz,
el viento las arrebata?
Donde fueron tus amores,
tu ilusión y tu esperanza;

deshojadas y marchitas,
¡pobres flores de tu alma!

Blanca nube de la aurora,
teñida de ópalo y grana,
naciente luz te colora,
refulgente precursora
de la cándida mañana.

Mas ¡ay! que se disipó
tu pureza virginal,
tu encanto el aire llevó
cual la aventura ideal
que el amor te prometió.

Hojas del árbol caídas
juguetes del viento son:
Las ilusiones perdidas
¡ay! son hojas desprendidas
del árbol del corazón.

John Everett Millais | A Beauty


Y vedla cuidadosa escoger flores,
y las lleva mezcladas en la falda,
y, corona nupcial de sus amores,
se entretiene en tejer una guirnalda.

Y en medio de su dulce desvarío
triste recuerdo el alma le importuna
y al margen va del argentado río,
y allí las flores echa de una en una;

y las sigue su vista en la corriente,
una tras otras rápidas pasar,
y confusos sus ojos y su mente
se siente con sus lágrimas ahogar:

Y de amor canta, y en su tierna queja
entona melancólica canción,
canción que el alma desgarrada deja,
lamento ¡ay! que llaga el corazón.

¿Qué me valen tu calma y tu terneza,
tranquila noche, solitaria luna,
si no calmáis del hado la crudeza,
ni me dais esperanza de fortuna?

¿Qué me valen la gracia y la belleza,
y amar como jamás amó ninguna,
si la pasión que el alma me devora,
la desconoce aquel que me enamora.

Lágrimas interrumpen su lamento,
inclinan sobre el pecho su semblante,
y de ella en derredor susurra el viento
sus últimas palabras, sollozante.

Belleza triste, ecos prebecquerianos. Ese rayo de luna que Manrique anhela, pero se le escapa cada noche. Solitario, loco. Esos besos que, cuando el amor se desvanece, el amante se pregunta dónde fueron. Elvira, en su locura de amor, lanzando flores al río y entonando su canción despechada (en endecasílabos que suenan a Garcilaso) es una nueva Ophelia. Y toda esta belleza melancólica nos lleva sin remedio a modernistas y simbolistas, herederos naturales del universo romántico: «Hay un oro dulce y triste / en la malva de la tarde / que da realeza a la bella / suntuosidad de los parques», nos dice Juan Ramón.

Y no queda muy lejos tampoco ese gusto por la belleza imposible, cargada de tristeza, que frecuentaron los pintores prerrafaelitas. Imagino a Elvira como a una de estas mujeres de mirada perdida y pensamiento lejano. El sueño de los ideales fracasados. La distancia insalvable que separa la realidad y la ensoñación. «La belleza es la verdad, la verdad es belleza», dijo otro romántico.


Thomas Francis Dicksee | Juliet


John William Waterhouse | Gone but Not Forgotten, 1873


Edward Burne-Jones | Flamma Vestalis, 1896


Frank Bernard Dicksee | Portrait of Dora


Simeon Solomon | Head of a Girl


Thomas Francis Dicksee | Distant Thoughts, 1886


John William Waterhouse | Ophelia, 1905


John William Waterhouse | The Soul of the Rose, 1908


John William Waterhouse | Psyque Entering Cupid's Garden, 1905


miércoles, 16 de octubre de 2013

La vejez de la nostalgia


Aquellas horas dedicadas a disfrutar del brillo de un futuro imaginado, dejándose llevar en corrientes de promesa por un amor o una pasión tan fuertes que uno se sentía transformado para siempre y convencido de que incluso la partícula más pequeña del mundo circundante estaba cargada con un propósito de grandeza imposible; ah, sí, y uno levantaba la vista para ver los árboles y estremecerse con el río del follaje pálido y dorado desatado por el viento cayendo en cascadas, y con el cantar alto y melódico de innumerables aves; esos momentos, tantos y tan lejanos, todavía regresan, aunque brevemente, como luciérnagas en el calor perfumado de una noche de verano.

Mark Strand | Casi invisible, 2012

El texto pertenece al último (y magnífico) libro de poemas de Mark Strand: Almost Invisible, que ha sido publicado recientemente en España por Visor. La traducción es de Julio Trujillo. Muy recomendable. La fotografía que encabeza la entrada se titula Hat belonging to painter Andrew Wyeth on top of bed at home, Maine y fue realizada por Alfred Eisenstaedt en 1965.

martes, 20 de agosto de 2013

Retorno


Tu imagen melancólica
en el cristal tan tenue
borrada por la lluvia
es la imagen de un niño
que aún se asoma a su adentro
buscando a tientas la quebrada imagen
de lo que quiso ser.

José Ángel Valente | Fragmentos de un libro futuro, 2000

viernes, 31 de agosto de 2012

Leer en el jardín


Leer en el jardín regado, muy de mañana o al atardecer. Debajo de un árbol. Verano. Pasar las páginas del libro mientras la mirada juega con los colores y la memoria regresa al olor de la tierra mojada. Humedad de jardines lejanos. Y, luego, cuando pasen los días y las hojas y llegue el frío, recordar en los libros del invierno ese aroma fresco del jardín, que, seguro, no tardará en volver.


Ilja Yefimovitsch Repin: Tolstoy Resting in the Forest, 1891

Joseph Farquharson: Summertime

Peder Severin Krøyer:  Marie in the Garden, 1895

Theodore Robinson: The Lane

Berthe Morisot: Reading

Johannes Evert Akkeringa: Three Generations of Reading in the Garden

Robert James Gordon: Woman Reading

Sergei Arsenevich Vinogradov: Summer Dreams

Carl Spitzweg: In the Garden, 1938

Honoré Daumier: A Man Reading in the Garden, c 1866

Mamontov Mihail Anatolevich: In the Garden, 1910

Henri Lebasque: Reading in the Garden, 1886

Berthe Morisot: The Lesson in the Garden

Berthe Morisot:  Hollyhocks, 1884

Alphonse D'Heye

Robert Archibalt Graafland:  A Girl Reading in a Hammock

Emanuel Phillips Fox: A Love Story, 1903

Adrien Moreau: In the Park

Karl Raupp: An Elegant Lady Reading under a Tree

Ivan Kramskoy: Reading, 1863

Charles Edward Perugini: Girl Reading

Norbert Goeneutte: Portrait of Anna Goeneutte Wearing a Beret

Ulisse Caputo

Gari Melchers: Woman Reading by a Window

James Tissot: Reading a Story

Anthonore Christensen: Flowers in a Forest Floor


El jardín que abre la entrada fue pintado por Sir John Lavery en 1883 y se titula A Grey Summer's Day.

La mayoría de estas sugerentes imágenes de lectura las he encontrado en diversos Tumblr, especialmente en A Man with a Past. Si te interesa el tema de la lectura y su reflejo en el arte y la fotografía, puedes encontrar imágenes variadas en mi Tumblr: La cueva de la sirena. Están agrupadas bajo las etiquetas leer, mujeres que leen y libros.

"Si tienes una biblioteca con jardín, lo tienes todo", dice la conocida sentencia de Séneca. Habrá que aprovechar lo que queda de verano.

lunes, 14 de mayo de 2012

Hasta que lo perdió de vista

Edmund Blair Leighton - God Speed!, 1900

E assí passaron toda aquella noche. Y otro día de mañana la dueña se levantó muy triste e llorando fuelo a dezir a su hermana cómo Canamor se quería ir. E la dueña señora del castillo, desque lo oyó, pesóle mucho y fue luego a estar con Canamor. Y pidióle por merçed que no quisiesse irse y que quisiesse aver aquella posada por suya, y que quantos servicios ella pudiesse hazerle en toda su vida no le pudiesse abastar el bien que por él les avía venido. E por muchos ruegos que le fizieron no le pudieron detener allí más. E fuesse a despedir del cavallero señor del castillo y pidió a su escudero sus armas  y armóse y subió en su cavallo. Y la dueña con quien folgava estávale mirando e llorava de sus ojos. E desque se despidió de todos, salió por la puerta del castillo. Y subióse luego la dueña su enamorada en una torre por mirar por dó iva y nunca hizo sino llorar fasta que le perdió de vista.

Libro del rey Canamor, 1509

Edmund Blair Leighton - Stitching the Standard, 1911


lunes, 2 de abril de 2012

Cabe la fuente a gran sabor

John William Godward - Dolce Far Niente, 1904

Y por ventura aquella ora avia salido la infanta Floreta a la huerta con sus donzellas y avíase echado a dormir cabe una fuente toda cubierta de rosas y otros hermosos árboles, y todas sus donzellas con ella, y aunque la siesta era grande, no les fazía embargo. Y el infante Turián, desque allá llegó, por no ser visto de los de la villa, arrimóse al muro que estava entre la mar y la huerta y puso aí su escala que llevava en el batel, y subió suso muy sotilmente y con él el conde y otros cinco cavalleros, e los diez cavalleros quedaron a guardar el batel. Y el infante entró muy passo por la huerta catando a todas partes dó vería a Floreta. Y andando assí y el conde con él, vídola estar dormiendo con sus donzellas cabe la fuente a gran sabor. E llegó a ella y dixo en su coraçón:

-De la buena ventura soy, que esta es Floreta, aunque yo nunca la vi.

John William Godward - Head of a Girl, 1896

Y estuvo pasmado, qué faría o cómo la tomaría. Y el conde se llegó a él muy passo y díxole a la oreja qué fazía, que aquel fecho no era de tardar, que tal donzella como aquella no era de dexar allí, pues era perteneciente para él. Abaxóse entonces Turián y tomó la donzella muy passo en los braços, y ella iva dormiendo. E yendo assí, a la decendida de l'escala recordó muy espantada y començó a dar grandes gritos, y recordaron todas las donzellas y quando fallaron menos a su señora, començaron a dar fieros gritos. E desque esto oyeron los de la villa, vinieron todos armados a la ribera de la mar e començáronles a tirar con las ballestas; y otros lançávanse en las naves; y començaron a ir empós dellos, e no osavan llegar quando veían tantos cavalleros bien armados, y tiravan con ballestas, que no osavan llegar. Y assí se fueron Turián y sus cavalleros y llevaron su donzella, y quanto ellos ivan de alegres, tanto iva ella de triste y llorosa. Y fízoles muy buen tiempo y la mar muy pagada. E Turián entró en la cámara de la nave, e tomó a Floreta por la mano e metióla en la cámara. Y desarmáronle, e desque todos los cavalleros fueron desarmados, saliéronse a fuera de la cámara y quedaron Turián e Floreta, ambos dos arrimados a una cama.

John William Godward - Girl in Yellow, 1901

E díxole:

-Señora, cessen ya vuestros lloros, que non vos aprovechan ninguna cosa, que Dios me hizo mucha merçed en me adereçar que yo fuesse a aquel lugar do vos estávades, que yo os oviesse e vos traxesse a este lugar do vos agora tengo. Ca yo vos juro que, según la fermosura que de vos me dixeron, no quisiera no vos aver visto por quanto ay en el mundo, e buena ventura dé Dios a quien me habló de vos, ca por mucho bien que me dixeron, no me podieron tanto dezir como en vos veo. Por ende, señora mía, no vos pese por esta fuerça que vos he fecho, siempre os verná por mí mucha honra e podrá ser que valga yo por vos mucho más.

John William Godward - Reverie (Study), 1908

E Turián le dixo que él avía por nombre Turián, hijo del rey Canamor e de la reina Leonela. E quando ella le oyó dezir que era hijo de rey y de reina, ovo mucho plazer y fuele a dar paz con puro amor. E luego la tomó Turián en los braços e dio con ella en la cama, e allí hizo Turián todo lo que quiso con ella, e fallóla muy acabada donzella y virgen. E allí fueron el uno del otro muy pagados, e dixo Floreta:

-Señor, agora he olvidado el llorar y amor de padre e madre, y en vos es todo mi bien y esperança e amor.

Libro del rey Canamor, 1509

martes, 27 de diciembre de 2011

La casa donde nací


La casa donde nací ya no existe. La derribaron hace años. De sus paredes de temple y sus ventanas de cristales antiguos no quedan más que algunos recuerdos que la memoria, siempre caprichosa, ha conservado para devolverme, de tarde en tarde, a ese tiempo ya perdido. Hoy me he acordado de ella y he repasado cada una de sus habitaciones. Allí fui feliz. Con mis padres, con mi abuela, con mi hermano. 

Los recuerdos de las casas que habitamos son poderosos. Son las huellas de nuestra vida allí. Actos cotidianos, íntimos, intrascendentes. De vez en cuando nos sorprendemos pulsando un interruptor de la luz que no existe, y, tras tantear inútilmente en la pared, nos damos cuenta de que hemos pulsado el de aquella otra casa que ya casi habíamos olvidado. Y entonces se abre todo un portal de recuerdos. ¿No te ha ocurrido esto alguna vez? Las casas guardan nuestros secretos, nuestros deseos, nuestras risas, nuestras lecturas, nuestros besos. ¿Podríamos llevar la cuenta de las casas en que hemos vivido? Sí, sin duda.  Es un placer recordarlas. Allí están nuestros cafés de media tarde, los sonidos siempre incómodos del despertador, las películas disfrutadas en común, nuestros sillones favoritos de lectura. Han sido un lugar fijo desde el que entender el mundo. Los tiempos se confunden como en un laberinto o una espiral. Podemos hacer listas interminables de recuerdos. Aquellas baldosas que tanto se movían (y tenían su encanto), la única chimenea de leña que hemos disfrutado, el largo pasillo hacia ningún sitio, la cochera imposible, los techos altos y las bombillas que alumbraban como velas, el tabique a medio hacer, el olor a viento antiguo del patio de luces, la jarapa y el rincón de los juguetes (con sus interminables coches para aparcar), la terracilla de la cocina, la pila de tebeos Marvel al lado de la cama, el barreño de las tortugas, la alacena de mi abuela, aquellas almohadas con las que jugábamos como si fueran personajes (aún recuerdo sus nombres), la calidez de la sábanas aquel invierno, la caricia de tus besos al despertar los domingos. ¿Recuerdas? Siempre ha habido un refugio, una covancha, un reino propio. 
   
Pero, de todas las casas, la más poderosa es la de nuestra primera infancia, esa de la que apenas tenemos fotografías. Casas llenas de sombras, niebla y felicidad. Yo nací literalmente en aquella casa, no en el hospital, como ya era frecuente entonces. Ahora me parece algo muy antiguo, pero a mi madre le debió de parecer de lo más normal. Siempre cuenta que me pusieron a llorar, tras los azotes pertinentes, en el poyo de la cocina. Muchas veces he reconstruido mentalmente la estructura de aquella casa y he intentado recordar qué había en cada pared. Allí están (ya ruinas) mis recuerdos más antiguos. Una modesta casa de alquiler para trabajadores de una fábrica de cemento. Un paraíso con jardín y huerto para un niño. Las fotografías son muy escasas y apenas dejan entrever un escalón, el marco de una ventana, el sillón de mimbre de la entrada o la sombra de aquel árbol tan inmenso. Está bien que sea así. Recuerdos con cuentagotas. Hace poco mi hermano consiguió viejas fotografías que guardaba mi tía y que no recordábamos haber visto nunca. ¡Qué sorpresa más agradable! ¡Qué raro ver imágenes tuyas de niño! Creemos que siempre fuimos como aparentan las poquitas fotos nuestras que se conservan y, de pronto, aparecen nuevas y nos vemos muy distintos a como nos imaginábamos. ¿Te ha pasado alguna vez? El caso es que, tras el impacto inicial al fijarme en las personas, observé los fondos. Allí estaba la casa, que me ofrecía nuevas pistas para avivar recuerdos. El patio. La mecedora de mi abuela, los arriates en que sembraba mi padre, los geranios de mi madre, los botes de colonia Nenuco de mi hermano recién nacido. Aún somos niños (aunque vayamos cumpliendo ya demasiados años).           

La casa donde viví de niño ya no existe. ¿Qué habrá sido de sus fantasmas? ¿Se perdieron entre sus ruinas o son los mismos que ahora me acompañan?





La fotografía que abre la entrada la hizo Jan Lauschmann en 1929. Las otras dos están hechas por mi tío en el patio de la casa donde nací. Ese bebé serio, pero feliz, dueño todavía del mundo, dicen que era yo. El patio ya no existe.