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sábado, 10 de diciembre de 2016

Lo que buscamos al leer


Lo que buscamos al leer es la revelación de ese hondo misterio que se oculta en nosotros mismos. 
Juan Luis Panero | Leyendas y lecturas, 2006

sábado, 23 de abril de 2016

Libros


Si bien los viejos libros no los tenemos a mano, en nuestros corazones están escritos.

Friedrich von Schiller | Guillermo Tell, 1804

lunes, 2 de noviembre de 2015

Libros pacientes


Los libros son muy pacientes: siempre nos esperan.
—Alberto Manguel

sábado, 4 de octubre de 2014

Simbad y Don Quijote



Hace una semanas, con motivo de la publicación de El balcón en invierno, entrevistaron en el programa El ojo crítico a su autor, Luis Landero. Allí, preguntado sobre la ya clásica dicotomía vida-literatura (¿Dónde cree que está la vida, en las palabras o en las cosas?), respondió:

Pues no lo sé. ¡Vaya usted a saber! Creo que en los dos sitios. Tenemos dos personajes que son contrarios y complementarios: Simbad y Don Quijote. Simbad primero vive y luego lo cuenta. Es mercader, le ocurren esos siete viajes maravillosos, esas siete aventuras, y luego lo cuenta al final. Primero lo vive y dice: «Ya está bien de vivir, lo vamos a contar». Y Don Quijote es al revés: se educa en una biblioteca y primero lee y dice: «Ya está bien de leer, ahora vamos a vivir, vamos a lanzarnos al camino». Nosotros somos todos un poco Simbad y un poco Don Quijote. Vivimos y luego necesitamos contarlo. El recuerdo y el sueño son formas de narración. Y, a veces, leemos y necesitamos llevar a la vida lo leído.

Simbad y Don Quijote, el Capitán Nemo y Emma Bovary, Baroja y sus hombres de acción. Libros alimentados por la vida alimentada por los libros. Bioy Casares ya lo había dicho de la manera más sencilla y contundente: «Creo que parte de mi amor a la vida se lo debo a mi amor a los libros».

Si te interesa escuchar completa la entrevista con Landero, que no tiene desperdicio, la puedes encontrar en los podcast de RNE. Este enlace te lleva allí directamente. Por cierto, su nueva novela, El balcón en invierno, tiene una pinta excelente. Me falta tiempo para acabar lo que estoy leyendo y ponerme con ella. ¡Cuántos caminos a los que lanzarse!

martes, 10 de junio de 2014

domingo, 8 de diciembre de 2013

Café literario


Como en La melancolía de los ríos somos amantes del buen café y los buenos libros, el otro día, cuando encontré por azar esta ilustración, cuyo autor desconozco, me puse a observarla con detenimiento y curiosidad. Me pareció ingeniosa la idea de sintetizar con humor todo un universo literario en una simple taza de café: una isla, sangre, un reloj, la cucaracha, el infierno. La verdad es que el café y los libros mezclan muy bien.  

Esta tarde de diciembre yo tomo café Baroja. Estoy en París, en el París antiguo anterior a la expansión de los bulevares. El Segundo Imperio tiene los días contados. Las tabernas están llenas de conspiradores: anarquistas, revolucionarios, legitimistas, españoles exiliados, bohemios sin futuro y sin obra. El café Baroja es negro, cargado, intenso. Se sirve en taza pequeña y con poca azúcar. Su sabor es algo antiguo, pero muy personal. Cada sorbo evoca multitud de vidas y ambientes que se entrecruzan en la vieja ciudad, ahora en pleno proceso de renovación. Secretos escondidos en un cajón, porteras de edificios oscuros y poco recomendables, callejuelas con nombres llenos de historia. Y tejados, muchos tejados. El café Baroja no es un café sofisticado, pero nunca defrauda. Es tan adictivo que siempre acabas repitiendo. Te lo pide el cuerpo.

Y tú... ¿qué café tomas hoy?

viernes, 19 de abril de 2013

Aire del océano


De mi infancia recuerdo libros y ningún juguete. Los había sin duda, pero se han perdido. Soldaditos, trenes, animales, casas: los juegos son miniaturas del mundo, útiles para que un niño pueda sentirse un gigante. Ayudan a crecer soportando la inferioridad.
    Jugaba poco, prefería leer. Dentro de los libros no era posible imaginarse mayor. Las historias eran inmensas; y mi lectura, pequeña en comparación. Muchas cosas ni siquiera las entendía. Los libros me corroboraban mi talla minúscula. Pero algo dentro de mí se agrandaba. El médico decía que era el hígado, que entonces se curaba con aceite de hígado de bacalao.
     A mí, por el contrario, me parecía que lo que aumentaba era la capacidad de llenarse de mis pulmones. La lectura de Stevenson me ha henchido de aire del océano. La poesía napolitana me soltaba la lengua. London me enseñó la nieve. Las historias de las matanzas  de la guerra hacían que la vena de mi frente retumbara.

Erri De Luca | El crimen del soldado, 2012


En la fotografía que abre la entrada, Robert Louis Stevenson mira el mar desde la proa de la goleta Equator. Abajo, la goleta Casco, en la que el autor de La isla del tesoro viajó hacia los mares del Sur. 1888-1889. Samoa. Suave oleaje. El aire del océano llena los pulmones. La prosa de Erri De Luca me ha llevado hasta allí y me ha provocado unas ganas tremendas de volver a Stevenson. Libros que llevan a libros. Mundos que se comunican en el fulgor de unas líneas.   

domingo, 3 de febrero de 2013

Acertijos en las tinieblas


Todos los libros que leemos dejan huella en nuestra memoria. En algún lugar del recuerdo permanecen escondidos esos personajes con los que hemos sufrido tanto o esas palabras que nos conmovieron. Quizá sólo recordamos un nombre o algún rasgo peculiar o una mirada que nos tocó en su momento. Quizá hasta eso lo hemos olvidado. Pero ocurre a menudo que, como el niño que sigue unas pisadas en la arena que acaban conduciéndolo hasta la huella de sus propios pies, los libros nos abren caminos de la memoria que teníamos casi olvidados. Y así, leyendo un libro, nos acordamos de otro leído hace demasiado tiempo, en un lugar distante, en una vida que ya nos es casi ajena. Y entre ellos se crea un eco. La literatura se hace y crece a base de resonancias. Todo este viaje comenzó en los mares procelosos de la Odisea.

Hace algunos días, en el tranquilidad de la noche, releía yo El rey Lear, que es la mejor obra, junto a Misericordia de Galdós, escrita sobre el tema de la ingratitud y el abandono, la lealtad y la traición. Las palabras de Shakespeare son tan poderosas que sus ecos nos llegan a pesar de las dificultades que impone su traducción. Aunque sólo fuera por los parlamentos de Lear, ya merece la pena su lectura. Al comienzo del acto III encontramos al rey, que ha sido cruelmente abandonado por Regan y Goneril, sus hijas. Con síntomas de locura, grita y vaga sin rumbo bajo la tormenta. No tiene dónde pasar la noche. Sólo lo acompaña su bufón. Entonces, aparece Kent, que, compadecido, los lleva hasta una choza. Allí encuentran a Edgar, hijo natural de Gloucester, que, traicionado por su hermano bastardo, ha tenido que huir. Finge que está loco y se hace llamar Pobre Tom. La locura como refugio. Dos locos y un bufón que claman en medio de la tormenta contra las verdades más dolorosas de la vida: la ingratitud, la lujuria, la vejez, el desvalimiento, la decrepitud, el desánimo. Locuras lúcidas como la de Alonso Quijano o la de María Josefa, la madre de Bernarda Alba. Nuevos ecos.

Edgar, que habla de sí mismo en tercera persona, dice:
Pobre Tom, que se come a la rana que nada, el sapo, el escarabajo, la salamandra y el agua: que, en la furia de su corazón, cuando se enfurece el sucio demonio, come estiércol de vaca como ensalada, se traga a la rata vieja y al perro de la zanja y se bebe la capa verde del agua estancada. Le han azotado de parroquia en parroquia, le han metido en los cepos, le han castigado y aprisionado. Tenía tres trajes para su espalda y seis camisas para su cuerpo: caballo en que montar, y espada que llevar. Pero ratones, ratas y demás caza menor han sido el alimento de Tom en siete largos años. Cuidado con el que me sigue. Calla, Smulkin, ¡calla, demonio!
El eco me lleva inevitablemente a Gollum. ¿A ti no? Del Pobre Tom al viejo Sméagol. De Shakespeare a Tolkien. Gollum aparece por primera vez en "Acertijos en la oscuridad", el mejor capítulo para mí de El hobbit. Tolkien nos presenta a un ser solitario que habita una caverna. Sus ojos brillan en la oscuridad y se alimenta de los peces que le proporciona el lago subterráneo, aunque no desprecia otras carnes. No sospechamos aún, ni por asomo, lo importante que será su papel en el historia del Anillo. En otros tiempos fue un hobbit llamado Sméagol que acabó matando a Déagol, su primo, para arrebatarle el Anillo que éste había encontrado. Lo que prometía ser una tranquila jornada de pesca en el Anduin acabó en tragedia. Ahora, otro encuentro, otro azar, le cambiará de nuevo la vida. A la soledad de la caverna llega Bilbo. En sus manos lleva una espada, una hoja nacida en Gondolin. Y en su bolsillo, el Anillo que Gollum ha perdido, aunque él aún no lo sabe. Gollum, solitario, alejado de los suyos, transformado en otro, conserva una curiosidad insaciable y comienza así entre ambos un brillante juego de adivinanzas en lo más profundo de la oscuridad de la tierra. Él, como el Pobre Tom, también habla de sí mismo en tercera persona. La choza y la caverna. Locura, aislamiento, soledad. Y rabia, mucha rabia, cuando intuye que lo que Bilbo tiene en el bolsillo, la respuesta a la última adivinanza, es el Anillo. Le han arrebatado su tesoro, lo que ha hecho de él lo que ahora es:
¡Mi regalo de cumpleaños! ¡Maldito! ¿Cómo lo perdimos, preciosso mío? Sí, eso es. ¡Maldito sea! Cuando vinimos por aquí la última vez, cuando estrujamos a aquel asqueroso jovencito chillón. Eso es. ¡Maldito sea! Se nos cayó, ¡después de tantos siglos y siglos! No está, ¡gollum!
Frente a la amenaza de las sombras y otras oscuridades (ya sabéis a cuáles me refiero, que basta mirar la lista de los libros más vendidos), hay que reivindicar las lecturas de largo recorrido. Las que no son como pañuelos que usamos y tiramos. Las que nos llevan sin miedo de un tiempo a otro y hacen que nos dé un vuelco el corazón. Quizá sea verdad que nunca se ha leído tanto como ahora, pero ¿qué quedará? La buena literatura requiere tiempo, pausa, primor. Es un eco que viene de lejos, pero siempre es un eco único. En mitad de un libro, un lejano canto de sirenas nos llama sin remedio y nos hace recordar y abrir otro libro. Se despliegan nuevos acertijos en la oscuridad del cuarto.

Volviendo a Shakespeare, hago mías las palabras de Kent, pues, como él, ya vamos teniendo cierta edad: 
LEAR: ¿Cuántos años tienes?
KENT: No tan joven, señor, como para amar a una mujer porque canta, ni tan viejo como para enloquecer por ella por nada: llevo a la espalda cuarenta y ocho años.
No está mal esto como criterio literario.

martes, 4 de septiembre de 2012

Lectura compartida


Estamos en 1914. En Granada. Federico García Lorca acompaña a Isabel, su hermana menor, que lee. Quizá se está iniciando en ese arte mágico que tantas satisfacciones le dará. Quizá sólo mira las ilustraciones o le señala algo a su hermano. Ambos parecen ajenos al fotógrafo. Él tiene, aunque no lo parezca, unos dieciséis años. Ella no llega a cinco. Raya en medio. Mobiliario andaluz de casa bien. Dedos que sujetan con delicadeza a la hermana. Balcón con luz de entretiempo, casi verano. Pulcritud de la composición. Intimidad familiar. 

Años después, Isabel se dedicará a la enseñanza. Durante toda su vida. Formó parte de esas primeras generaciones de mujeres que accedieron a la universidad en un mundo que estaba cambiando, aunque, por desgracia, el cambio se vio fatalmente truncado. Dolor. Exilio. En septiembre de 1939 sale con su familia hacia Estados Unidos. Federico no va con ellos. Su padre morirá en Nueva York, ciudad lorquiana. Geometría y angustia.

En una preciosa entrevista que podemos encontrar en web de la Residencia de Estudiantes, Isabel repasa algunos aspectos de su vida relacionados con la enseñanza. Entre anécdotas jugosísimas, se muestra orgullosa de la educación cuidada que le dieron sus padres y sus profesores de universidad (por allí estaban Ortega, Sánchez Albornoz, Américo Castro, Pidal, Lapesa o Guillén, entre otros). Época mítica donde las haya. Habla de sus lecturas y de sus diversiones de entonces. De los poetas que los visitaban en Nueva York, especialmente Guillén, Salinas y Juan Ramón, al que defiende. Confiesa que ella nunca en sus clases quiso hablar de su hermano, algo que todos supieron respetar. Y, de fondo, siempre, la Institución Libre de Enseñanza, abriendo caminos. En Granada se decía, comenta Isabel, que, cuando pasaba Fernando de los Ríos, olía a azufre. Se muestra orgullosa del pensamiento de Francisco Giner: "A la mujer hay que educarla como y con el hombre, porque no van a vivir luego cada uno en un mundo distinto".

Cuando el entrevistador le pregunta si su hermano Federico le dedicaba algún tiempo, ella contesta:
Menos mal que no me hace usted la pregunta de siempre: «¿Cómo era Federico de niño?». Él era trece años mayor que yo, es decir, que le conocí con pantalón largo y ya seriecito; de cómo era de niño sé lo que me han contado. Era cariñosísimo, pero con todos. Hacíamos mucha vida de familia y no tenía una dedicación especial o total para conmigo, tampoco había ninguna razón para que la tuviera. El estreno de Mariana Pineda en Granada, en 1929, fue algo muy importante. Fue un éxito loco y, sobre todo, una satisfacción muy grande para mi padre, porque vio muy pronto el triunfo de su hijo. Él tenía mucho miedo de que eso no sucediera. Hay una anécdota muy buena con un amigo suyo, ingeniero, uno de los primeros que fusilaron en Granada. Le dijo: «¿Tiene usted miedo por el futuro de un chico que ha sido capaz de escribir el segundo acto de Mariana Pineda? Usted está loco. ¡Va a ganar mucho más dinero que usted!». Mi padre estaba muy preocupado por que Federico no se ganara bien la vida.
No sé si lo he dicho, pero la foto de arriba me encanta. Y lo único que quería era compartirla contigo.

viernes, 31 de agosto de 2012

Leer en el jardín


Leer en el jardín regado, muy de mañana o al atardecer. Debajo de un árbol. Verano. Pasar las páginas del libro mientras la mirada juega con los colores y la memoria regresa al olor de la tierra mojada. Humedad de jardines lejanos. Y, luego, cuando pasen los días y las hojas y llegue el frío, recordar en los libros del invierno ese aroma fresco del jardín, que, seguro, no tardará en volver.


Ilja Yefimovitsch Repin: Tolstoy Resting in the Forest, 1891

Joseph Farquharson: Summertime

Peder Severin Krøyer:  Marie in the Garden, 1895

Theodore Robinson: The Lane

Berthe Morisot: Reading

Johannes Evert Akkeringa: Three Generations of Reading in the Garden

Robert James Gordon: Woman Reading

Sergei Arsenevich Vinogradov: Summer Dreams

Carl Spitzweg: In the Garden, 1938

Honoré Daumier: A Man Reading in the Garden, c 1866

Mamontov Mihail Anatolevich: In the Garden, 1910

Henri Lebasque: Reading in the Garden, 1886

Berthe Morisot: The Lesson in the Garden

Berthe Morisot:  Hollyhocks, 1884

Alphonse D'Heye

Robert Archibalt Graafland:  A Girl Reading in a Hammock

Emanuel Phillips Fox: A Love Story, 1903

Adrien Moreau: In the Park

Karl Raupp: An Elegant Lady Reading under a Tree

Ivan Kramskoy: Reading, 1863

Charles Edward Perugini: Girl Reading

Norbert Goeneutte: Portrait of Anna Goeneutte Wearing a Beret

Ulisse Caputo

Gari Melchers: Woman Reading by a Window

James Tissot: Reading a Story

Anthonore Christensen: Flowers in a Forest Floor


El jardín que abre la entrada fue pintado por Sir John Lavery en 1883 y se titula A Grey Summer's Day.

La mayoría de estas sugerentes imágenes de lectura las he encontrado en diversos Tumblr, especialmente en A Man with a Past. Si te interesa el tema de la lectura y su reflejo en el arte y la fotografía, puedes encontrar imágenes variadas en mi Tumblr: La cueva de la sirena. Están agrupadas bajo las etiquetas leer, mujeres que leen y libros.

"Si tienes una biblioteca con jardín, lo tienes todo", dice la conocida sentencia de Séneca. Habrá que aprovechar lo que queda de verano.

jueves, 16 de agosto de 2012

Leer en tiempo de miseria


Innúmeras son ya las vidas truncas.
Cadáveres sepultos no se sabe
dónde: no hay cementerios de vencidos.
Gente medio enterrada en sus prisiones.
Algunos huyen, otros se destierran
para no perecer de propia cólera.
Pero entre tantas muertes y catástrofes
algo subsiste sin cesar feroz,
el más feroz de todos los poderes:
vida, vida sin fin.
                           Y poco a poco,
y sin cesar, inexorablemente
se reanudan las formas cotidianas,
se inventan soluciones.
La vida es implacable.

Jorge Guillén | Y otros poemas, 1973

La fotografía que abre esta entrada fue realizada por Gerd Baatz en Berlín hacia 1944 o 1945. Nada más verla me acordé del texto de Guillén, magnífico poeta injustamente olvidado, creo, en los últimos años. Y también de alguna escena de la película The Reader. ¿Hacia dónde se dirigirá esa mujer? ¿Qué lee? ¿Qué noticias trae hoy el periódico de su acompañante? ¿Se conocen? ¿Sabrá que la están fotografiando? ¿Habrá conseguido alejar su mente de esos edificios derruidos? Leer en tiempo de miseria. Bajar la vista. Leer con ojos ensimismados que se mueven por igual entre líneas y ruinas. Y, al pasar la página, la vida, poderosa, que siempre acaba imponiéndose.

jueves, 3 de mayo de 2012

La lectura desatada


El placer de empezar y acabar un libro. Leer como en la adolescencia, todo el día, de un tirón, con todo desaparecido alrededor. Pasar las páginas sabiendo que hay un trozo de vida a la que no vas a volver, que en cada línea has perdido algo. Mentiras que te llevan a verdades. Soledad acompañada. Ventanas, caminos, penumbras. Cerrar la puerta, al fin, con resolución, como el último beso de una pasión que sabíamos que no duraría para siempre. Lecturas desatadas. Olvidamos los detalles y nos queda la añoranza, como dijo Emma.

Ilustración de Liniers.

jueves, 26 de abril de 2012

Vidas gatunas


Les gustan la aventura y los caminos. Una última mirada a la casa, pues quizá la vida los distraiga y no puedan regresar. Tejados, senderos, armarios, jardines. Les fascinan los secretos. Descubrir qué hay bajo una falda, al calor de hermosos tobillos.


Algunas tardes lluviosas sufren ataques de melancolía y se preguntan quiénes son. Los espejos, terribles enemigos, los llaman. Se hacen preguntas sin respuesta. Saben que están solos.



Y entonces recuerdan otros tiempos, otras casas. La memoria siempre fue buen refugio contra la melancolía. Desperezan sus recuerdos en el mejor sillón y dejan que todo fluya. El sonido de la cafetera. Unos pasos en otra habitación. El mundo está bien hecho incluso en la tristeza. 



Inspiran vidas. Manos de niños, manos de escritores. Mundos inventados desde la agudeza de su pupila y  la ternura de su lomo. Ítacas soñadas a las que siempre se busca regresar. 



Desean imposibles. La Luna nunca estará demasiado lejos. Tampoco la jaula del canario. El deseo es un juego. Si quieres participar, sigue las reglas, pero atento a la primera, que es la que no debes olvidar: no hay reglas que seguir. Oye el silencio. Inventa el instante. Déjate llevar por el vaivén de los visillos, por el fulgor del sol en el agua, por la electricidad que acumulen tus instintos.       



Son grandes lectores. Sabemos que al menos una de sus vidas la dedican íntegra a leer. Pasar páginas, subir a los más alto del estante buscando algo de Verne o de Poe o algún buen poema de amor. Rodeados de libros, vidas apiladas, vidas ajenas soñadas como propias. Magia de lo verosímil y de lo imposible. Descubrimiento y olvido del mundo. 



Viven en pequeños placeres. Acarician y desean caricias. Les gusta hacerse querer. Su lomo encrespado busca la piel. Un cuello, un muslo, unos labios. Cada movimiento es una manera antigua de elegancia. Gestos perdidos de un mundo anterior al recuerdo. Refugios contra el tiempo.




Sueñan con algún amor lejano, imaginado, nunca imposible.


Y siempre quieren salir bien en la foto.


Vidas de gato. Muy parecidas a las nuestras, ¿no?