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viernes, 12 de agosto de 2022

Aunque es de noche


Hace unos meses leí en El huerto de Emerson (Luis Landero, 2021) unas palabras de Proust que me tuvieron un buen rato pensando y me gustaron tanto que tuve que anotarlas en mi cuadernillo secreto de citas. Cuenta Landero que hablaba Proust de «la oscuridad que está en nosotros». 

El propio Landero, en el magnífico libro antes citado, lectura imprescindible para cualquier amante de la literatura y la vida, nos decía:
Cuando uno no sabe qué escribir, cuando la imaginación flaquea, cuando el alma se apaga y se embrutecen los sentidos, y cuando aun así uno siente la necesidad de escribir, siempre queda la posibilidad de abandonarse a los recuerdos. En nuestro pasado está todo lo que necesitamos para encender el fuego de la inspiración. Hasta la fantasía tiene su casa en la memoria. No escribas lo que sientes, escribe lo que recuerdas y dirás la verdad, como decía no recuerdo quién.
Los recuerdos, la oscuridad, la memoria.

Al hilo de todo esto, he recordado un poema compuesto por San Juan de la Cruz hacia 1578, un poema que parece menor comparado con los tres grandes, pero que tiene una profundidad sorprendente a poco que se lea con cuidado. Si alguien sabe de oscuridad interior y de iluminación es él. El simbolismo es tan sugerente que podemos aplicarlo a muchos aspectos de la realidad, por ejemplo a lo literario, al enigma de la creación literaria. El poema, que reproduzco completo pese a su extensión (no me atrevería a acortarlo), nos confiesa:
Que bien sé yo la fonte que mana y corre,
aunque es de noche.

Aquella eterna fonte está escondida,
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.

Su origen no lo sé, pues no le tiene,
más sé que todo origen della viene,
aunque es de noche.

Sé que no puede ser cosa tan bella,
y que cielos y tierra beben della,
aunque es de noche.

Bien sé que suelo en ella no se halla,
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.

Su claridad nunca es oscurecida,
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche.

Sé ser tan caudalosos sus corrientes,
que infiernos, cielos riegan y las gentes,
aunque es de noche.

El corriente que nace de esta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente,
aunque es de noche.

El corriente que de estas dos procede
sé que ninguna de ellas le precede,
aunque es de noche.

Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.

Aquí se está llamando a las criaturas,
y de esta agua se hartan, aunque a escuras,
porque es de noche.

Aquesta viva fuente que deseo,
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche.
Este largo exordio es para recordarme a mí mismo que La melancolía de los ríos, que inició su curso hace ya muchos años siendo una fontanilla de agua clara, seguirá fluyendo. Nunca ha estado seca. Un río melancólico, reflexivo, de curso lento. Sus aguas reposadas se alimentan de recuerdos, lecturas y palabras. A veces, en sus orillas se acumulan las ovas y al verano le gusta remansar su luz entre las piedras y llegar al fondo. Otras, su escaso caudal se acelera brioso y el arroyuelo se regocija entre los guijarros y, con algo de suerte, una trucha se aposta en lo más puro del agua y espera la presa. Todo es espera. Siempre. Nuestra lucha es contra el tiempo. Por eso, estas palabras encadenadas y repensadas ayudan a sacar «la oscuridad que está en nosotros». Que la luz estival ilumine los cantos rodados del fondo y, del fango removido por la escritura, emerja lo que fuimos. Aunque sea de noche.

jueves, 21 de mayo de 2020

Las condiciones del pájaro solitario


He de reconocer que siempre he sentido atracción por eso que ahora se llama metapoesía. Me gusta que un poeta explique cómo entiende su trabajo, su «poética». Las hay magníficas. Recuerdo ahora mismo algunas de Jaime Gil de Biedma, Vicente Aleixandre, José Ángel Valente, Ángel González, Luis Cernuda, Luis Alberto de Cuenca, Roberto Juarroz o Alejandra Pizarnik. La lista sería interminable.

De todas ellas, hay una por la que siento especial predilección. Es de San Juan de la Cruz, uno de mis poetas favoritos de todos los tiempos. Un poeta inagotable. Y no me llegó directamente, sino a través de otro poeta al que también admiro: José Ángel Valente. En un magnífico artículo titulado «Las condiciones del pájaro solitario» (La piedra y el centro, 1982), Valente, tras reflexionar sobre la auténtica naturaleza de la palabra poética, señala:
Soledad o libertad esencial de la obra, cuya definición mejor acaso fuese predicar de ella las cinco condiciones del pájaro solitario, según las declaró Juan de la Cruz, que deberían los niños aprender de memoria —cantando— en las escuelas: «La primera, que se va a lo más alto; la segunda, que no sufre compañía, aunque sea de su naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado color; la quinta, que canta suavemente».
De su Cántico espiritual son estos versos memorables:
En soledad vivía,
y en soledad ha puesto ya su nido,
y en soledad la guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido.
Mejor no se puede decir.

jueves, 10 de noviembre de 2016

No son nube ni flor los que enamoran


Un manso río, una vereda estrecha,
un campo solitario y un pinar,
y el viejo puente rústico y sencillo
completando tan grata soledad. 
¿Qué es soledad? Para llenar el mundo
basta a veces un solo pensamiento.
Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras
el puente, el río y el pinar desiertos. 
No son nube ni flor los que enamoran;
eres tú, corazón, triste o dichoso,
ya del dolor y del placer el árbitro,
quien seca el mar y hace habitable el polo. 
Rosalía de Castro | En las orillas del Sar, 1884

Releo estos días con auténtico placer En las orillas del Sar de Rosalía de Castro y cada poema es un descubrimiento. Algunos han envejecido peor que otros y se les nota cierta retórica de época que acaba alejándolos de nosotros, pero en casi todos hay un mundo tan personal, tan íntimo, que uno sucumbe a su encanto a poco que le dedique algo de atención. Otros poseen una modernidad asombrosa, simbolista, desolada. Un viaje al mundo interior de Rosalía, a su «alma desolada y huérfana» para la que «no hay estación risueña ni propicia». No me cabe ninguna duda de que aquí está el germen de Machado y de Juan Ramón, más incluso que en Bécquer. Angustia interior («soledad de corazón sombrío» dice Machado), paisajes reales que se convierten en paisajes del alma, asonancias, pensamientos que vuelan inquietos sin poder detenerse nunca.

O la constatación, como en el poema que abre esta entrada, de que es en el interior insondable del poeta donde residen la belleza y el dolor. Aún quedan algunos años para que Juan Ramón, en un poema memorable de Piedra y cielo, despojado ya de referentes reales, casi abstracto, esencializado, se dirija a la belleza en estos términos:

¡No está en ti, belleza innúmera,
que con tu fin me tientas, infinita,
a un sinfín de deleites! 
¡Estás en mí, que te penetro
hasta el fondo, anhelando, cada istante,
traspasar los nadires más ocultos! 
¡Estás en mí, que tengo
en mi pecho la aurora
y en mi espalda el poniente
—quemándome, trasparentándome
en una sola llama—; estás en mí, que te entro
en tu cuerpo mi alma
insaciable y eterna.
Juan Ramón Jiménez | Piedra y cielo, 1918

lunes, 29 de febrero de 2016

Elvira, triste amante abandonada

John Everett Millais | Portrait of a Girl, 1857


Leído hoy, El estudiante de Salamanca (1840), de José de Espronceda, quizá resulte algo desigual y acuse, por momentos, los excesos verbales propios de la época. Su estructura es difusa y, sin duda, le sobran palabras y estrofas, pero tiene momentos brillantes. Muchos. Momentos en que los versos fluyen naturales y construyen una imaginería gótica cuya musicalidad pide la lectura en voz alta. Pasos nocturnos, cuchilladas a la luz de un capilla, locura de amor, realidad y ensueño, melancolía, donjuanismo satánico, boda macabra, danza fúnebre, ronda de espectros, visión del propio entierro, damas misteriosas cuyos pasos debemos (y queremos) seguir.

En la segunda parte, para mi gusto la mejor, Espronceda nos presenta la tristeza y el desengaño de Elvira, burlada por don Félix de Montemar. La joven recuerda el amor y la felicidad que se fue, y, como defensa frente a la realidad, acaba perdiendo la cordura e imagina que es feliz junto a don Félix y que su amor no acabó en engaño.

¡Una mujer! ¿Es acaso
blanca silfa solitaria
que entre el rayo de la luna
tal vez misteriosa vaga?

Blanco es su vestido, ondea
suelto el cabello a la espalda.
Hoja tras hoja las flores
que lleva en su mano, arranca.

Es su paso incierto y tardo,
inquietas son sus miradas,
mágico ensueño parece
que halaga engañoso el alma.

Ora, vedla, mira al cielo,
ora suspira, y se para:
Una lágrima sus ojos
brotan acaso y abrasa

su mejilla; es una ola
del mar que en fiera borrasca
el viento de las pasiones
ha alborotado en su alma.

Tal vez se sienta, tal vez
azorada se levanta;
el jardín recorre ansiosa,
tal vez a escuchar se para.

Es el susurro del viento,
es el murmullo del agua,
no es su voz, no es el sonido
melancólico del arpa.

Son ilusiones que fueron:
Recuerdos ¡ay! que te engañan,
sombras del bien que pasó...
Ya te olvidó el que tú amas.

Esa noche y esa luna
las mismas son que miraran
indiferentes tu dicha,
cual ora ven tu desgracia.

¡Ah! llora sí, ¡pobre Elvira!
¡Triste amante abandonada!
Esas hojas de esas flores
que distraída tú arrancas,

¿sabes adónde, infeliz,
el viento las arrebata?
Donde fueron tus amores,
tu ilusión y tu esperanza;

deshojadas y marchitas,
¡pobres flores de tu alma!

Blanca nube de la aurora,
teñida de ópalo y grana,
naciente luz te colora,
refulgente precursora
de la cándida mañana.

Mas ¡ay! que se disipó
tu pureza virginal,
tu encanto el aire llevó
cual la aventura ideal
que el amor te prometió.

Hojas del árbol caídas
juguetes del viento son:
Las ilusiones perdidas
¡ay! son hojas desprendidas
del árbol del corazón.

John Everett Millais | A Beauty


Y vedla cuidadosa escoger flores,
y las lleva mezcladas en la falda,
y, corona nupcial de sus amores,
se entretiene en tejer una guirnalda.

Y en medio de su dulce desvarío
triste recuerdo el alma le importuna
y al margen va del argentado río,
y allí las flores echa de una en una;

y las sigue su vista en la corriente,
una tras otras rápidas pasar,
y confusos sus ojos y su mente
se siente con sus lágrimas ahogar:

Y de amor canta, y en su tierna queja
entona melancólica canción,
canción que el alma desgarrada deja,
lamento ¡ay! que llaga el corazón.

¿Qué me valen tu calma y tu terneza,
tranquila noche, solitaria luna,
si no calmáis del hado la crudeza,
ni me dais esperanza de fortuna?

¿Qué me valen la gracia y la belleza,
y amar como jamás amó ninguna,
si la pasión que el alma me devora,
la desconoce aquel que me enamora.

Lágrimas interrumpen su lamento,
inclinan sobre el pecho su semblante,
y de ella en derredor susurra el viento
sus últimas palabras, sollozante.

Belleza triste, ecos prebecquerianos. Ese rayo de luna que Manrique anhela, pero se le escapa cada noche. Solitario, loco. Esos besos que, cuando el amor se desvanece, el amante se pregunta dónde fueron. Elvira, en su locura de amor, lanzando flores al río y entonando su canción despechada (en endecasílabos que suenan a Garcilaso) es una nueva Ophelia. Y toda esta belleza melancólica nos lleva sin remedio a modernistas y simbolistas, herederos naturales del universo romántico: «Hay un oro dulce y triste / en la malva de la tarde / que da realeza a la bella / suntuosidad de los parques», nos dice Juan Ramón.

Y no queda muy lejos tampoco ese gusto por la belleza imposible, cargada de tristeza, que frecuentaron los pintores prerrafaelitas. Imagino a Elvira como a una de estas mujeres de mirada perdida y pensamiento lejano. El sueño de los ideales fracasados. La distancia insalvable que separa la realidad y la ensoñación. «La belleza es la verdad, la verdad es belleza», dijo otro romántico.


Thomas Francis Dicksee | Juliet


John William Waterhouse | Gone but Not Forgotten, 1873


Edward Burne-Jones | Flamma Vestalis, 1896


Frank Bernard Dicksee | Portrait of Dora


Simeon Solomon | Head of a Girl


Thomas Francis Dicksee | Distant Thoughts, 1886


John William Waterhouse | Ophelia, 1905


John William Waterhouse | The Soul of the Rose, 1908


John William Waterhouse | Psyque Entering Cupid's Garden, 1905


viernes, 25 de septiembre de 2015

El hecho de estar vivo exige algo


Arte poética

                                     A Vicente Aleixandre

La nostalgia del sol en los terrados,
en el muro color paloma de cemento
—sin embargo tan vívido— y el frío
repentino que casi sobrecoge.

La dulzura, el calor de los labios a solas
en medio de la calle familiar
igual que un gran salón, donde acudieran
multitudes lejanas como seres queridos.

Y sobre todo el vértigo del tiempo,
el gran boquete abriéndose hacia dentro del alma
mientras arriba sobrenadan promesas
que desmayan, lo mismo que si espumas.

Es sin duda el momento de pensar
que el hecho de estar vivo exige algo,
acaso heroicidades —o basta, simplemente,
alguna humilde cosa común

cuya corteza de materia terrestre
tratar entre los dedos, con un poco de fe?
Palabras, por ejemplo.
Palabras de familia gastadas tibiamente.

Jaime Gil de Biedma | Compañeros de viaje, 1959

domingo, 18 de mayo de 2014

Fragmentos rotos



De ti no quedan más
que estos fragmentos rotos.
Que alguien los recoja con amor, te deseo,
los coja junto a sí y no los deje
totalmente morir en esta noche
de voraces sombras, donde tú ya indefenso
todavía palpitas.
                                     (Proyecto de epitafio)

José Ángel Valente | Fragmentos de un libro futuro, 2000

jueves, 30 de enero de 2014

Corredores de sombra



La memoria nos abre luminosos
corredores de sombra.

Bajamos lentos por su lenta luz
hasta la entrada de la noche.

El rayo de tiniebla.

Descendí hasta su centro,
puse mi planta en un lugar en donde
penetrar no se puede
si se quiere el retorno.

Se oye tan solo una infinita escucha.

Bajé desde mí mismo
hasta tu centro, dios, hasta tu rostro
que nadie puede ver y sólo
en esta cegadora, en esta oscura
explosión de luz se manifiesta.

José Ángel Valente | Fragmentos de un libro futuro, 2000

jueves, 28 de noviembre de 2013

Lo que transcurre aprisa



Vivimos de modo trepidante.
Mas debéis tomar el paso del tiempo
como cosa sin importancia
entre lo que para siempre permanece.
     Lo que transcurre aprisa
pronto ha de pasar,
tan sólo lo que queda
nos inicia.
     No pongáis, oh muchachos, vuestro arrojo
en la velocidad,
ni en el empeño de volar.
     Las cosas son morosas:
oscuridad y claridad,
la flor y el libro.

Rainer Maria Rilke
Traducción de Carlos Barral

miércoles, 16 de octubre de 2013

La vejez de la nostalgia


Aquellas horas dedicadas a disfrutar del brillo de un futuro imaginado, dejándose llevar en corrientes de promesa por un amor o una pasión tan fuertes que uno se sentía transformado para siempre y convencido de que incluso la partícula más pequeña del mundo circundante estaba cargada con un propósito de grandeza imposible; ah, sí, y uno levantaba la vista para ver los árboles y estremecerse con el río del follaje pálido y dorado desatado por el viento cayendo en cascadas, y con el cantar alto y melódico de innumerables aves; esos momentos, tantos y tan lejanos, todavía regresan, aunque brevemente, como luciérnagas en el calor perfumado de una noche de verano.

Mark Strand | Casi invisible, 2012

El texto pertenece al último (y magnífico) libro de poemas de Mark Strand: Almost Invisible, que ha sido publicado recientemente en España por Visor. La traducción es de Julio Trujillo. Muy recomendable. La fotografía que encabeza la entrada se titula Hat belonging to painter Andrew Wyeth on top of bed at home, Maine y fue realizada por Alfred Eisenstaedt en 1965.

viernes, 19 de julio de 2013

El fantasma interior


No es necesario ser una habitación
para estar embrujada,
no es necesario ser una casa.
El cerebro tiene pasillos más grandes
que los pasillos reales.

Es mucho más seguro encontrarse a medianoche
con un fantasma exterior
que toparse con ese gélido huésped,
el fantasma interior.

Más seguro correr por una abadía
perseguida por las sepulturas
que, sin luna, encontrarse a una misma
en un lugar solitario.

Nosotros tras nosotros mismos escondidos,
lo que nos produce más horror.
Sería menos terrible
un asesino en nuestra habitación.

El prudente coge un revólver
y empuja la puerta,
sin percatarse de un espectro superior
que está más cerca

Emily Dickinson | El viento comenzó a mecer la hierba

La traducción, de Enrique Goicolea, pertenece a la reciente antología poética publicada bajo el título El viento comenzó a mecer la hierba (Nórdica, 2012). Como se trata de una edición bilingüe, dejo abajo el texto original, por aquello de las traducciones. Sirva como un ejemplo más de lo complejo que es traducir cualquier texto literario, especialmente un poema.



One not need to be a Chamber ─ to be haunted ─
One need not to be a House ─
The Brain has Corridors ─ surpassing ─
Material Place ─

Far safer, of a Midnight Meeting
External Ghost,
Than an interior Confronting ─
That Cooler Host.

Far safer, through an Abbey gallop,
The Stones a'chase ─
Than Unarmed, one's a'self encounter ─
In lonesome Place ─

Ourself behind ourself, concealed ─
Should startle most ─
Assassin hid in our Apartment
Be Horror 's least.

The Body ─ borrows a Revolver ─
He bolts the Door ─
O'erlooking a superior spectre ─
Or More ─

viernes, 14 de junio de 2013

Fuera del mundo


Fuera del mundo

Cuanto nosotros somos y tenemos
forma un curso que va a su desenlace:
la pérdida total.
                         No es un fracaso.
Es el término justo de una Historia,
Historia sabiamente organizada.
Si naces, morirás. ¿De qué te quejas?
Sean los dioses, ellos, inmortales.

Naturalmente que, por fin, decline y me consuma.
Haya muerte serena entre los míos.
Algún día ─¿tal vez penosamente?─
me dormiré tranquilo, sosegado.
No me despertaré por la mañana
ni por la tarde. ¿Nunca?
¿Monstruo sin cuerpo yo?
                                          Se cumpla el orden.
No te entristezca el muerto solitario.
En esa soledad no está, no existe.
Nadie en los cementerios.
¡Qué solas se quedan las tumbas!

Jorge Guillén | Final, 1981

Cada vez me gusta más la poesía de Jorge Guillén. Reconozco que tardé en descubrirla, pues siempre me había parecido un poeta demasiado abstracto e incómodo de leer. Ahora, en cambio, cada vez que me acerco a uno de sus textos, me entusiasma su aparente sencillez formal: la precisión de sus palabras, que enuncian con contundencia verdades conocidas (y olvidadas), como ocurre en este poema. Poesía meditativa. Tono clásico. Guillén habla de la muerte sin dramatismo, aceptándola como un elemento más, inevitable, del orden natural. Cargada de dramatismos y sombras fantasmagóricas estaba, en cambio, la muerte en Bécquer ("¡Dios mío, qué solos / se quedan los muertos!"), al que Guillén rinde homenaje en el último verso llevándole, poéticamente, la contraria.    

Este sentido de aceptación de la muerte lo encontramos tambíén en Juan Ramón, para quien la muerte se convierte, en su búsqueda de la totalidad, en algo necesario: la mitad de sombra que completará esa mitad de luz que es la vida. Nos lo explica en este otro poema, lleno de profundo lirismo:

Cénit

Yo no seré yo, muerte,
hasta que tú te unas con mi vida
y me completes así todo;
hasta que mi mitad de luz se cierre
con mi mitad de sombra,
—y sea yo equilibrio eterno
en la mente del mundo:
unas veces, mi medio yo, radiante;
otras, mi otro medio yo, en olvido.—

Yo no seré yo, muerte,
hasta que tú, en tu turno, vistas
de huesos pálidos mi alma

Juan Ramón Jiménez | Belleza, 1923

Y, por supuesto, en Jorge Manrique, que acaba su conocida elegía con la aceptación cristiana de la muerte por parte del caballero, rodeado de sus familiares:

"Non tengamos tiempo ya
en esta vida mezquina
por tal modo,
que mi voluntad está
conforme con la divina
para todo;
e consiento en mi morir
con voluntad plazentera,
clara e pura,
que querer hombre vivir
cuando Dios quiere que muera,
es locura."  [...]

Assí, con tal entender,
todos sentidos humanos
conservados,
cercado de su mujer
y de sus hijos e hermanos
e criados,
dio el alma a quien gela dio
(el cual la ponga en el cielo
en su gloria),
que aunque la vida perdió,
dexónos harto consuelo
su memoria.

Jorge Manrique | Coplas a la muerte de su padre, siglo XV

Sencillez formal, profundidad de pensamiento. Aceptación de la muerte en virtud del inevitable orden natural o de la búsqueda de la plenitud (forma suprema de la Belleza) o de una idea cristiana de la vida. Poesía, aparentemente abstracta, que nos habla sin apenas retórica de verdades desnudas. 

El hermoso río con puente de piedra que abre la entrada fue pintado por el impresionista noruego Frits Thaulow (1847-1906).

lunes, 17 de diciembre de 2012

La luz vencida alegre


Adolescencia

Vinieras y te fueras dulcemente,
de otro camino
a otro camino. Verte,
y ya otra vez no verte.
Pasar por un puente a otro puente.
─El pie breve,
la luz vencida alegre─.

Muchacho que sería yo mirando
aguas abajo la corriente,
y en el espejo tu pasaje
fluir, desvanecerse.

Vicente Aleixandre | Ámbito, 1928

miércoles, 17 de octubre de 2012

Si has perdido el amor


Si has perdido tu nombre,
recobraremos la puntada de las calles más solas
para llamarte sin nombrarte.

Si has perdido tu casa,
despistaremos a los guardianes de la cárcel
hasta dejarlos con su sombra y sin sus muros.

Si has perdido el amor,
publicaremos un gran bando de palomas desnudas
para atrasar la vida y darte tiempo.

Si has perdido tus límites de hombre,
recorreremos el cruento laberinto
hasta alzar otra forma desde el fondo.

Si has perdido tus ecos o tu origen,
los buscaremos, pero hacia adelante,
en el templo final de los orígenes.

Solamente si has perdido tu pérdida,
cortaremos el hilo
para empezar de nuevo.

Roberto Juarroz | Cuarta poesía vertical, 1969

El cuadro que abre esta entrada fue pintado por Edvard Munch entre 1893 y 1894. Aunque originalmente se titulaba Love and Pain, hoy en día es más conocido por el título Vampire, debido a la interpretación errónea de un crítico, que confundió (o quiso confundir) la imagen de la joven pelirroja que consuela a su amante con la de un vampiro que chupa su sangre. Sea como fuere, el óleo tiene la fuerza expresiva de un poema de Baudelaire.

jueves, 16 de agosto de 2012

Leer en tiempo de miseria


Innúmeras son ya las vidas truncas.
Cadáveres sepultos no se sabe
dónde: no hay cementerios de vencidos.
Gente medio enterrada en sus prisiones.
Algunos huyen, otros se destierran
para no perecer de propia cólera.
Pero entre tantas muertes y catástrofes
algo subsiste sin cesar feroz,
el más feroz de todos los poderes:
vida, vida sin fin.
                           Y poco a poco,
y sin cesar, inexorablemente
se reanudan las formas cotidianas,
se inventan soluciones.
La vida es implacable.

Jorge Guillén | Y otros poemas, 1973

La fotografía que abre esta entrada fue realizada por Gerd Baatz en Berlín hacia 1944 o 1945. Nada más verla me acordé del texto de Guillén, magnífico poeta injustamente olvidado, creo, en los últimos años. Y también de alguna escena de la película The Reader. ¿Hacia dónde se dirigirá esa mujer? ¿Qué lee? ¿Qué noticias trae hoy el periódico de su acompañante? ¿Se conocen? ¿Sabrá que la están fotografiando? ¿Habrá conseguido alejar su mente de esos edificios derruidos? Leer en tiempo de miseria. Bajar la vista. Leer con ojos ensimismados que se mueven por igual entre líneas y ruinas. Y, al pasar la página, la vida, poderosa, que siempre acaba imponiéndose.

jueves, 9 de agosto de 2012

Este lado del espejo


El misterio está de este lado del espejo.
Del otro lado todo existe.
Desde allí, por ejemplo, sale a veces una mano
que trae una lámpara encendida
para alumbrar lo que nosotros creemos que es el día.

El misterio no está ni siquiera en la superficie
que separa ambos lados del espejo,
ya que esa superficie no existe,
como no existe ninguna superficie:
sólo es una ilusión que nosotros inventamos
al mirar al revés.

El misterio está en mirar desde afuera
y no desde adentro del espejo,
desde afuera
y no desde adentro de las cosas.

Roberto Juarroz | Séptima poesía vertical, 1982

lunes, 30 de julio de 2012

Palabras que esperan


Somos el borrador de un texto
que nunca será pasado a limpio.

Con palabras tachadas,
repetidas,
mal escritas
y hasta con faltas de ortografía.

Con palabras que esperan,
como todas las palabras esperan,
pero aquí abandonadas,
doblemente abandonadas
entre márgenes desprolijos y yertos.

Bastaría, sin embargo, que este tosco borrador
fuera leído una sola vez en voz alta,
para que ya no esperásemos más
ningún texto definitivo.

Roberto Juarroz | Novena poesía vertical, 1986

sábado, 28 de julio de 2012

Mientras duermes


Mientras duermes
tu mano me transmite imprevistamente una caricia.
¿Qué zona tuya la ha creado,
qué autónoma región del amor,
qué parte reservada del encuentro?

Mientras duermes
te conozco de nuevo.
Y quisiera irme contigo
al lugar donde nació esa caricia.

Roberto Juarroz | Octava poesía vertical, 1984

martes, 15 de mayo de 2012

Vaciar el alma de ternura


Inventario de lugares propicios al amor

Son pocos.
La primavera está muy prestigiada, pero
es mejor el verano.
Y también esas grietas que el otoño
forma al interceder con los domingos
en algunas ciudades
ya de por sí amarillas como plátanos.
El invierno elimina muchos sitios:
quicios de puertas orientadas al norte,
orillas de los ríos,
bancos públicos.
Los contrafuertes exteriores
de las viejas iglesias
dejan a veces huecos
utilizables aunque caiga nieve.
Pero desengañémonos: las bajas
temperaturas y los vientos húmedos
lo dificultan todo.
Las ordenanzas, además, proscriben
la caricia (con exenciones
para determinadas zonas epidérmicas
-sin interés alguno-
en niños, perros y otros animales)
y el «no tocar, peligro de ignominia»
puede leerse en miles de miradas.
¿A dónde huir, entonces?
Por todas partes ojos bizcos,
córneas torturadas,
implacables pupilas,
retinas reticentes,
vigilan, desconfían, amenazan.
Queda quizá el recurso de andar solo,
de vaciar el alma de ternura
y llenarla de hastío e indiferencia,
en este tiempo hostil, propicio al odio.

Ángel González | Tratado de urbanismo, 1967


La fotografía que ilustra el poema se titula Les amoureux du Quai du Louvre, y fue tomada por Frank Horvat en París, ciudad bastante propicia al amor, en 1955.

domingo, 6 de mayo de 2012

He oído a las sirenas


Me pondré pantalones blancos de franela, y pasearé por la playa.
He oído a las sirenas cantándose unas a otras.
No creo que me canten a mí.
Las he visto cabalgar en las olas mar adentro
peinando el blanco pelo de las olas echando atrás
cuando el viento sopla el agua hasta ponerla blanca y negra.

Nos hemos demorado en las cámaras del mar
junto a ondinas enguirnaldadas de algas, en rojo y pardo,
hasta que nos despierten voces humanas y nos ahoguemos.

T. S. Eliot | La canción de amor de Alfred J. Prufrock, 1917
Traducción de José María Valverde

lunes, 9 de abril de 2012

Tibio recuerdo de su risa


Baño de doméstica

Entonces arrojaba
piedrecillas al agua jabonosa,
veía disolverse
la violada rúbrica de espuma,
bogar las islas y juntarse, envueltas
en un olor cordial o como un tibio
recuerdo de su risa.

¿Cuántas veces pudo ocurrir
lo que parece ahora tan extraño?
Debió de ser en tardes señaladas,
a la hora del sol,
cuando sestea la disciplina.

En seguida volvía
crujiendo en su uniforme almidonado
y miraba muy seria al habitante
que aún le sonreía
del otro lado de la tela metálica.

Vaciaba el barreño
sobre la grava del jardín.
                                       Burbujas
en la velluda piel de los geranios…

Su espléndido desnudo,
al que las ramas rendían homenaje,
admitiré que sea
nada más que un recuerdo esteticista.
Pero me gustaría ser más joven
para poder imaginar
(pensando en la inminencia de otra cosa)
que era el vigor del pueblo soberano.

Carlos Barral | Diecinueve figuras de mi historia civil, 1961