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domingo, 19 de enero de 2014

Viaje a los sueños polares


Ahora que han llegado los fríos, una canción para huir de la rutina y buscar refugio en un mundo de ilusiones infinitas y sentimientos eternos. Dulzura a ritmo de ukelele. Frío polar que calienta el alma. Canta Cristina Quesada.

Cuando pesen demasiado la rutina,
el trabajo y la vida en la ciudad,
nos iremos en un viaje infinito,
con esa tonta sensación de libertad,
hacia el fondo de ese mundo
del que me has hablado tanto,
paraíso de glaciares y de bosques polares,
donde miedos y temores se convierten en paisajes
de infinitos abedules, de hermosura incomparable.
Dibujamos sobre un mapa imaginario
autopistas de gran velocidad.
Nos invade una ilusión desconocida
y nuestra única intención es avanzar
hacia el fondo de ese mundo,
del que me has hablado tanto,
paraíso de glaciares y de bosques polares,
donde miedos y temores se convierten en paisajes
de infinitos abedules, de hermosura incomparable,
donde siempre te querré.








miércoles, 27 de marzo de 2013

Deseo de Miércoles Santo


Volver al niño que leía tebeos sin parar mientras su tigre de peluche le hacía los deberes de Semana Santa. Gracias, Calvin (y Hobbes). Y Watterson.

sábado, 19 de mayo de 2012

De un sueño


Tenía la nuca más hermosa que yo haya visto. Quizá te lo haya contado antes, pero hay dos lugares en las mujeres, aparte de los obvios, que me pierden. Uno de ellos es la nuca, el otro lo dejo a tu imaginación. Siempre me ha gustado la belleza frágil que parece pedir una caricia. Cuando llegué, ella estaba sola. Leía. Es posible que sus ojos estuvieran en la gran estepa rusa o en alguna vieja mansión rural inglesa o que miraran a través de los cristales del Nautilus la oscuridad del fondo marino. Debía de ser esto último, pues cuando me miró, tuve la impresión de que venía de un lugar lejano. Sus pupilas habían guardado el último atisbo de luz del océano y ahora lo reflejaban junto al blanco de la taza de café. De pronto me dijo: ¿Crees en la felicidad?  Era hermosa, como una sirena salida del sueño eterno de un adolescente. ¡Qué fácil tenía la respuesta! ¿Creía en la felicidad? Era verano y ella llevaba un vestido ligero que dejaba intuir sus pechos. Sus rodillas desnudas se rozaban con las mías. Sobre la mesa había un libro y dos tazas de café. Creo en ella al noventa y nueve por ciento, contesté, creyéndome ingenioso. Entonces es que no crees, me insistió. Bueno, le dije, eso es como la existencia de Dios, nadie puede demostrar que existe, pero tampoco que no existe. Ya, la felicidad es una cuestión de fe, respondíó ella. Sus dedos hacían tintinear la cucharilla dentro de la taza ya vacía. Nos miramos. Seguro que algún espejo reflejaba nuestra imagen y quizá desde la calle, enmarcados por el gran ventanal, pensaran en nosotros como en dos enamorados. Sus labios tenían el sabor del café y un deje de misterio marino que nunca supe concretar. Quizá la felicidad estaba en ese uno por ciento que nos faltó. O quizá ese uno por ciento sea este recuerdo que, como un sueño, me ha venido de repente. Como el aroma del café o el olor a estrella de mar de su pelo.

           

lunes, 29 de agosto de 2011

Paraísos


Ocupan espacio, acumulan polvo y a esta alturas de la vida ya sabemos que no nos aseguran un tiempo infinito para leerlos. Pero no llegaron todos ayer. No son unos invitados incómodos a los que conviene largar lo antes posible porque están dejándonos vacío el frigorífico. Llegaron poco a poco, con el ritmo pausado de los años. Los recomendó un amigo, un periódico o uno de los que ya habían llegado (cuidado, que se llaman los unos a los otros). O quizá los invitamos nosotros mismos, enamorados de unas líneas o una portada. Un flechazo fulminante en una mañana de verano, tras el café tranquilo y conversado. Nunca podremos olvidar al primero que llegó: un tebeo. Repasamos sus páginas mil veces. Esas colecciones de Flash Gordon, El Príncipe Valiente, El Hombre Enmascarado, Tintín, Spiderman y Los 4 Fantásticos, releídas cada verano como si fueran nuevas, depositadas cada noche al lado de la cama. Y la revista Strong, compartida gozosamente con mi hermano. Cada uno de ellos tiene su historia, aunque algunas las hayamos olvidado. Este lo conservo de mi abuela. Los de Bruguera los compraba en la papelería de la vuelta de casa. Estos los leí con aquella novia tan guapa y que sabía tanto inglés. Este lleva un prólogo de un profesor mío y unas palabras de su puño y letra. Esta edición de Moby Dick la comentaba por las tardes con mi amigo Ángel, que también estaba a bordo del «Pequod» (qué buenas jornadas de pesca y charla pasamos). Este es de mi época de estudiante en Granada, leído con flexo en una oscura habitación interior. Ah, y las Joyas literarias juveniles, donde leí a Verne y Salgari por primera vez. ¿Te acuerdas del Manual de los jóvenes castores que nos llevábamos todos los años a la playa? Y aquí están los de poesía, leidos y releídos, disfrutados palabra a palabra.

Nos han rodeado como invasores amistosos. Han tomado nuestra casa, como en el cuento de Cortázar, y no temen la competencia de otros intrusos más modernos. Juegan con ventaja. No los he leído todos. Pero los tengo al alcance de la mano. Me permiten, sin salir de la habitación, pasar de un mundo a otro, de Cernuda a Shakespeare, de Comala a África, de los Mares del Sur a Marte o El Toboso, de tu cuello  a mis recuerdos, de aquellos labios a estas palabras. ¿Queda espacio para alguno más? ¡Quién sabe! Quizá puedan apretarse un poco. Algún día nos iremos juntos. Éstas de abajo son para mí imágenes de paraísos soñados.






 

viernes, 6 de mayo de 2011

Desayuno


Me gustas cuando dices tonterías,
cuando metes la pata, cuando mientes,
cuando te vas de compras con tu madre
y llego tarde al cine por tu culpa.
Me gustas más cuando es mi cumpleaños
y me cubres de besos y de tartas,
o cuando eres feliz y se te nota,
o cuando eres genial con una frase
que lo resume todo, o cuando ríes
(tu risa es una ducha en el infierno),
o cuando me perdonas un olvido.
Pero aún me gustas más, tanto que casi
no puedo resistir lo que me gustas,
cuando, llena de vida, te despiertas
y lo primero que haces es decirme:
«Tengo un hambre feroz esta mañana.
Voy a empezar contigo el desayuno».

Luis Alberto de Cuenca | El hacha y la rosa | 1993




Cybill Shepherd en The Last Picture Show | Peter Bogdanovich | 1971

sábado, 16 de octubre de 2010

Soñé capitanes y ataúdes


Oh ser un capitán de quince años
viejo lobo marino las velas desplegadas
las sirenas de los puertos y el hollín y el silencio en las barcazas
las pipas humeantes de los armadores pintados al óleo
las huelgas de los cargadores las grúas paradas ante el
               cielo de zinc
los tiroteos nocturnos en la dársena fogonazos un cuerpo
               en las aguas con sordo estampido
el humo en los cafetines
Dick Tracy los cristales empañados la música zíngara
los relatos de pulpos serpientes y ballenas
de oro enterrado y de filibusteros
Un mascarón de proa el viejo dios Neptuno
Una dama en las Antillas ríe y agita el abanico de nácar
                bajo los cocoteros

Pere Gimferrer | Extraña fruta y otros poemas | 1969


  

Briznas, muñecos sin cabeza, yo me llamo, yo me llamo toda la noche. Y en mi sueño un carromato de circo lleno de corsarios muertos en sus ataúdes. Un momento antes, con bellísimos atavíos y parches negros en el ojo, los capitanes saltaban de un bergantín a otro como olas, hermosos como soles.

De manera que soñé capitanes y ataúdes de colores deliciosos y ahora tengo miedo a causa de todas las cosas que guardo, no un cofre de piratas, no un tesoro bien enterrado, sino cuantas cosas en movimiento, cuantas pequeñas figuras azules y doradas gesticulan y danzan (pero decir no dicen), y luego está el espacio negro -déjate caer, déjate caer- umbral de la más alta inocencia o tal vez tan sólo de la locura.

Alejandra Pizarnik | Extracción de la piedra de la locura | 1968

 


Las cuatro primeras ilustraciones son de Hugo Pratt, el creador de Corto Maltés. A su primer álbum, La balada del mar salado (1967), aparecido en los mismos años que los textos de Gimferrer y Pizarnik, pertenecen las tres en blanco y negro. Las dos últimas, mucho más recientes, pertenecen al álbum Rey Rosa (2009), de David B., que adapta un relato de Pierre Mac Orlan.

lunes, 26 de abril de 2010

El gato lector


Hay días, especialmente los lunes, en que me gustaría ser gato desde muy temprano. No un gato sofisticado, siamés o persa, sino un simple gato romano, común y familiar. Eso sí, un gato lector, amante de los libros e ilustrado tanto en el saber humano como en el gatuno. Me quedaría en casa y contemplaría la calle desde la ventana más alta, con ojos entrecerrados por el solecito tan grato de la mañana primaveral. Sería un gato bien comido y feliz. Acariciaría meloso los tobillos de las vecinas, que cederían al tacto de mis irresistibles bigotes y me ofrecerían sus caricias y lo mejor de sus despensas. Luego, buscaría el rincón más fresco del cuarto (quizá entre montones de libros y revistas) o algún lugar discreto del tejado y me dejaría llevar por el tiempo. Invocados por mi poderoso ronroneo, los recuerdos perdidos volverían de la nada, como sacados  de un pozo, y entendería por fin todo lo que no supe comprender. La vida puede ser fácil iluminada por el brillo nocturno de mis ojos. Y así hasta que saliera la luna.


Debe haber algo ancestral en la fascinación de los humanos por los gatos. Reconozco que podría quedarme horas observándolos. También me pasa con las llamas o con las corrientes de agua. Hace algunos años tuve un gato y hay gestos suyos que recordaré siempre. Creo que mi madre también recordará toda su vida sus escaladas en el pasillo, moqueta arriba, hasta llegar al techo. Y mi hermano no habrá olvidado las esquinas mordisqueadas de sus valiosos LP. El mío era un gato musical y alpinista. ¡Qué le voy a hacer!


Pero también estaba su manera ritual de quedarse quieto oyendo el silencio, de lavarse las orejas siempre en el mismo orden, de hacerse acariciar por los quicios de las puertas levantando con elegancia el rabo, de iniciar su ronroneo (hacer la moto lo llamábamos en casa) cuando iba a dormir, de darte insistentes cabezadas cariñosas en los tobillos cuando tenía hambre, de encrespar el lomo y desperezarse hasta el límite de lo posible, de hacerse una rosca sobre tus piernas arropadas con la falda de la mesa camilla. Así estudiaba yo en invierno: con  el gato enroscado sobre mí. El mayor de los placeres gatunos. Sólo superado por sus galopadas vertiginosas hacia mi cuello cuando mi madre le abría la puerta del cuarto. Era su manera de despertarme y buscar el calor de mi garganta. Yo, arropado hasta arriba. Él, buscando un hueco por el que colarse. Enrollado en mi cuello como una bufanda viva. Un juego de complicidades para empezar la jornada. Y estaba, además, el placer de dejarse llevar otros cinco minutos sabiendo el día que te esperaba.


¡Y lo bien que duermen! Casi todo el día durmiendo a pata suelta (y nunca mejor dicho).

    






Es curiosa la atracción que los gatos sienten por los libros, los cuadernos y todo tipo de objetos de escritura. Les gusta observarlos, subirse en ellos, hacerlos suyos. No sé si habrás intentado alguna vez leer o escribir al lado de un gato. Es imposible. Acaban subiéndose encima de tu libro o intentan pasar las páginas o rozan, con una delicadeza minimalista, el bolígrafo con el que escribes. Menos mal que al final se cansan y se acaban durmiendo, como los niños. Mi gato tenía una obsesión muy graciosa con mi vieja máquina de escribir Olivetti. Reconozco que alguna vez la saqué de su estuche nada más que para reírme de Minurri, que así se llamaba mi gato. El muy iluso quería atrapar las teclas cada vez que yo las golpeaba. Se ponía histérico: bajaba la cabeza al ras de la mesa, agachaba las orejas, dilataba las pupilas y se quedaba petrificado y, cuando yo rozaba lo más mínimo la tecla, él se lanzaba como un depredador a capturar a ese raro animal que dejaba rastros de tinta en el papel. Claro, en mi casa no había ratones y la máquina, con su lluvia rítmica de golpeteos, era un sustituto ideal para calmar sus instintos. Cuánto me reí con él.








Si los gatos y los libros se llevan tan bien, no es de extrañar que entre los escritores haya habido muchísimos amantes de los gatos. Ahora mismo me viene a la cabeza el caso de Mark Twain, a cuyos gatos podía, según se dijo en un artículo de la época, ordenar que se subieran en la silla y se durmieran y que estuvieran así hasta que él les mandase despertar. Esta foto, de 1887, es de sus gatos. El gato de la segunda fotografía se llamaba Bambino y Mark Twain lo había heredado de su hija. Como se puede ver, es un gato culto, bien rodeado de libros.



Mark Twain es famoso por su frases ocurrentes, algunas de ellas con los gatos como protagonistas:

Una de las diferencias más llamativas entre el gato y la mentira es que un gato tiene sólo nueve vidas.

Si se pudiera cruzar el hombre con el gato, resultaría una mejora para el hombre, pero un deterioro para el gato.

Se dice que Hemingway escribió Adiós a la armas rodeado de treinta y cuatro gatos. Así los vio Jorge Luis Borges en un soneto que recuerda algo a Baudelaire:

A un gato

No son más silenciosos los espejos
ni más furtiva el alba aventurera;
eres, bajo la luna, esa pantera
que nos es dado divisar de lejos.

Por obra indescifrable de un decreto
divino, te buscamos vanamente;
tuya es la soledad, tuyo el secreto.

Tu lomo condesciende a la morosa
caricia de mi mano. Has admitido,
desde esa eternidad que ya es olvido,

el amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño.



La soledad y el secreto de los gatos. Creo que el mejor intento de plasmar las sensaciones que imaginamos vive un gato lo he leído recientemente en un delicioso libro de Ian McEwan titulado En las nubes (The Daydreamer, 1994). En uno de los siete episodios conectados que forman la historia, encontramos al niño protagonista, Peter, que, mediante un mecanismo que no desvelaré, consigue meterse en la piel de un viejo y cansado gato hogareño, al tiempo que el gato se introduce en el niño. El juego de perspectivas es muy sugerente:

Nada le gustaba tanto a Peter como quitarse los zapatos y tumbarse junto al gato William frente a la chimenea de la sala en una tarde de invierno después de volver de la escuela. Le gustaba agacharse y ponerse al mismo nivel que William, colocar su cara junto a la del gato y ver qué extraordinario era, qué hermosamente no humano, con las púas de pelo negro que surgían formando un globo de la pequeña cara bajo el pelaje y los bigotes blancos con esa curva ligeramente descendente, los pelos de las cejas alzándose como antenas de radio y los pálidos ojos verdes con las hendiduras verticales, como puertas entreabiertas a un mundo en el que Peter jamás podría entrar. En cuanto se acercaba al gato, empezaba un ronroneo sordo y profundo, tan grave y fuerte que el suelo vibraba. Peter sabía que era bien recibido.

Qué delicia era caminar sobre cuatro almohadilladas patas blancas. Veía los bigotes que surgían a ambos lados de la cara y sentía la cola que se curvaba tras él. Su andar era ligero, y el pelo era igual que el más cómodo de sus viejos jerséis de lana. A medida que aumentaba el placer de ser un gato, su corazón se henchía y una hormigueante sensación procedente de lo hondo de su garganta crecía tanto que hasta podía oírla. Peter estaba ronroneando.

El día transcurrió como había deseado. Durmiendo, bebiendo a lengüetazos un cuenco de leche, volviendo a dormir, comiendo un poco de comida para gatos que en realidad no era tan mala como cabía sospechar por su olor (se parecía bastante al pastel de carne sin puré). Luego, otra pequeña siesta. Antes de que se hubiera dado cuenta, fuera, el cielo se oscurecía y los niños salían de la escuela. El niño William parecía agotado después de un día de escuela y peleas de patio. El gato niño y el niño gato se tumbaron juntos frente a la chimenea del salón.


Pero el gato que a mí me hubiera gustado ser en realidad es Fellini, el amigo de Enriqueta y de Madariaga. Se trata del trío protagonista de algunas de las viñetas de Macanudo, obra del dibujante argentino Liniers. que aparece en forma de tiras en el diario La Nación desde 2002. En España están siendo publicadas en tomos recopilatorios por Reservoir Books. Allí conviven con otros muchos personajes. Se trata de una obra llena de un humor poético, medio surrealista, medio absurdo, imaginativo y sorprendente, muy variado por la cantidad de personajes, tonos y temas. El dibujo es delicioso. Sólo por ver los dibujos ya merece la pena. Le sabe sacar provecho como nadie al limitado espacio de una tira diaria. Es un descubrimiento permanente. Muy recomendable.

Aquí te dejo una buena selección de tiras protagonizadas por Fellini y Enriqueta. No olvides que puedes pinchar en ellas para ampliarlas.



















En el mundo del cómic los gatos nos salen al paso en cualquier callejón o cruce de viñetas. De los muchos caminos que podemos seguir, me quedo de momento con dos recientes, que recogen a la perfección esos tics o gestos propios de los gatos de los que hablábamos.

El primero es el dibujante estadounidense Jeff Brown, autor, entre otras obras que merecen la pena, de Gato saliendo de una bolsa y otras observaciones (Cat Getting Out of a Bag, 2007), publicado en España por La Cúpula. De él ya hemos visto arriba algunas imágenes, en concreto las del gato que intenta pasar las páginas del libro, juega con una libreta hasta quedarse dormido y se acerca a la cama de su amo. Esta última me sorprendió mucho porque es justamente lo que hacía mi gato. Aquí te dejo otras:




El segundo caso es el de Chi, la protagonista de El dulce hogar de Chi, obra de la autora nipona Konami Kanata. A diferencia de Macanudo y de la obra de Jeff Brown, orientadas a un público adulto, ésta es una obra dirigida a un público amplio, incluido el infantil. En capítulos muy breves, llenos de humor, ternura e ingenuidad, cuenta la historia de una gatita que se pierde de su madre y es encontrada por un niño, en cuya casa (un edificio en el que no permiten tener gatos) es acogida. El gato descubre el mundo de los humanos a través de una familia que descubre las costumbres de los gatos. Asombra, sobre todo, la capacidad de la autora para reflejar, con un dibujo muy sencillo y colorido, todo un mundo variadísimo de gestos que cualquier amante de estos animales sabe reconocer. En España está siendo publicado por la editorial Glénat. De momento, van seis tomos.




Hay muchos gatos que dejo en el tintero: Krazy Kat (de Herriman), el siempre malintencionado gato del ático de 13 Rue del Percebe (de Francisco Ibáñez), Mooch, el gato de Mutts (de Patrick McDonnell), El gato del rabino (de Sfarr), los gatos nazis y los ratones judíos de Maus (de Art Spiegelman), etc. Sin duda, nos visitarán más adelante.




En fin, me voy, que tengo que ronronear y dormir un rato. Aunque antes me daré un paseo tranquilo por los tejados. ¿Te apuntas?


Algunas de las fotografías de gatos leyendo (1-2-5) tienen licencia Creative Commons y pertenecen respectivamente a Bookwomanj, Zubiëh y Ohmaga. Las he encontrado en Flickr, donde las imágenes y grupos relacionados con los gatos son abundantísimos. La ilustración Books. Cats. Life is Sweet es de Edward Gorey.