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domingo, 14 de junio de 2026

V de verano


El verano es una puerta, un túnel del tiempo, un stargate vertiginoso que conecta con cada uno de los veranos anteriores. Sus galerías secretas, llenas de pasadizos efímeros —esquivos o encontradizos— conducen a la infancia, ese espacio único donde todo se origina y donde todo se acaba encontrando. 

Junio recupera viajes familiares en automóviles inconcebibles, playas revisitadas cada temporada, manos diminutas que juegan en la arena como la primera vez, anzuelos y sombrillas, cuerpos semidesnudos que despiertan el deseo adolescente, velas que se alejan, faros que iluminan el horizonte, patios con olor a dompedro y jazmín, café con hielo en abundancia, caminatas calurosas bajo los pinos, gruesos clásicos inolvidables y montones de tebeos que prometen aventuras sin fin y, quizá, algún amor. Tintín y la novela del XIX son muy propicios para iniciarse en el culto estival.  


El verano traza una línea de límites difusos, pero apreciables. Se define a sí mismo. Su manual de instrucciones, si queremos disfrutarlo como merece, está escrito en los atardeceres, en el sonido de las chicharras de agosto, en las persianas bajadas  durante la siesta, en las pozas frías de los ríos de interior, en el repeluz del primer baño en el mar, que encoge el cuerpo y ensancha el ánimo.


Un trueno cierra la puerta. El olor a lluvia abre un nuevo ciclo y nos recuerda que todo regresa y que, guardados en el cofre del tesoro de nuestra memoria, están todos los veranos intactos, tal y como los vivimos o los hemos inventado.

sábado, 19 de junio de 2021

Ese tiempo


Ha llegado ese tiempo que tanto nos gusta. El tiempo de dejarse ir página a página bajo la sombra cambiante de un árbol; de visitar otros mundos y otras vidas desde la indolencia de las sábanas; de subir a los faros más altos mientras a nuestros pies, declinante la tarde, se han ido acumulando el agua y la arena; de hablar en voz baja en el patio, entre dompedros y geranios, e intentar descubrir por fin los secretos más hondos de la existencia. Estrellas y grillos. Pisadas en la grava. Olor lejano a tierra mojada. 

El verano se mide con el reloj de arena pausado de la infancia. Fuera móviles y artilugios digitales. Papel, tinta y tiempo son los ingredientes de la felicidad. En cada palabra de cada libro, en cada sombra proyectada por las hojas de un árbol hay un tictac. Ese es el verdadero reloj del mundo. No hay prisa. No hay obligación. Abres y cierras el libro movido por pensamientos y recuerdos que no controlas. Infinitos resortes de la memoria que dan profundidad a la lectura y la hacen tuya. La vida se suspende. Todo puede esperar. Unas páginas más hasta atravesar la Ciénaga de los Muertos, hasta que aparezca el gran cachalote o se divise Puerto Lápice. La playa de Barcino y el abismo de Helm no quedan tan lejos si los visitas en agosto. 

Tiempo de buscarte en las páginas de un libro que parece escrito para ti, para que lo leas justo esta tarde, totalmente tuya, en la placidez del jardín o del cuarto. Pequeñas recompensas de la vida. Islotes de felicidad que ofrecen a módico precio la curación inmediata de muchos males del espíritu. Siestas de verano cargadas de café, hielo, aventura y algo de melancolía; de amores frustrados y de regresos a casa. 

Todos los veranos son un único verano. Todos los libros componen un solo libro inagotable. Semanas de luz, ecos y reencuentros: David Balfour, Galadriel, Natasha y Pierre, Mina, Shanti Andía, el Pequod y el Nautilus, las Highlands, los hombres-libro, Marte. 

Todos juntos nos llevan a ese verano único y primero que no terminará nunca: el verano de la infancia. Ese tiempo que a ti y a mí tanto nos gusta. En él calentamos el alma para sobrellevar mejor los fríos del invierno.

domingo, 25 de noviembre de 2018

sábado, 14 de octubre de 2017

Impresión de otoño


Los pájaros se alejan, geométricos e imprevisibles, de sus sombras. Bajo los árboles, junto al Palacio de Justicia, sigo su vuelo incierto. Van y vienen. Se mezclan entre sí, convertidos ya, sombras y pájaros, en un imposible. Mediodía solitario. A mi lado pasa, cabeza baja y andar ligero, como de entre semana, una muchacha. Tirantes. Leve vestido veraniego. Pelo recogido. Zapatos bajos. Imágenes de una historia que no fue. Carnalidad de los recuerdos. Fulgor instantáneo de lo acabado. Vuelo improbable. La ciudad, casi vacía, se convierte en un decorado de la memoria, que la amuebla impredecible y antojadiza. Una viñeta de cómic con el horizonte levemente inclinado y el esbozo infantil de alguna nube, simples pellizcos de tinta en un cielo de colores desvaídos.

En la avenida, junto a los muros viejos del palacio, todo emprende su vuelo definitivo hacia la copas más altas, perdido ya el referente de las sombras. Los últimos destellos, oscuros, errantes, guían mis pasos y mis palabras.

jueves, 29 de octubre de 2015

Halloween antes de Halloween


Por entonces ya existía Halloween, pero nosotros no lo sabíamos. No íbamos disfrazados por las calles, ni pedíamos golosinas con el consabido «truco o trato», ni llenábamos las casas de calabazas de colores. En realidad, muy pocos habían visto en su vida una calabaza, excepto a Ruperta, la del Un, dos, tres, pero esa no cuenta. Nuestro mundo tenía otras costumbres y otras texturas. Alguien dirá ahora que era un mundo en blanco y negro, y quizá lleve algo de razón, sobre todo si pensamos en las miradas infantiles de las fotografías y en nuestros programas favoritos de la televisión de entonces. Pero yo estuve allí y os puedo asegurar que el cielo era muy azul y los atardeceres de finales de agosto, increíblemente rojos.

Ahí empezaba todo. Tras un verano infinito de piscinas y amistad, días de ocio impagable, llegaba, casi a traición, el otoño, con sus tardes oscuras, sus mangas largas, la vuelta a clase y las mesas camillas. Cómo no recordar el momento, casi solemne, en que nuestra madre ponía las faldillas de la mesa y parecía decir: «queda oficialmente inaugurado el otoño». Y toda la familia se arremolinaba alrededor del brasero y de la sayuela (senagüillas la llamaban algunos) como en un rito de tránsito. La vida se recogía bajo sábanas. Empezaba el tiempo de las botas de goma, los impermeables reversibles y los paraguas, siempre inútiles y siempre rotos. Con ritmo de lápices afilados, tablas de multiplicar y mapas calcados en una fría ventana, se acercaba nuestro Halloween…


Es de noche. Sopla el viento y retumban los cristales. Como siempre, se ha ido la luz y aún queda olor a velas en la habitación. Refugiado en su cama, el niño imagina. Sus ojos temen las sombras, que parecen moverse libres cerca de la ventana. Cruje una madera. Silencio. Imagina que se abre la puerta del armario. Silencio. Imagina que unas manos, salidas del cabecero de la cama, lo atrapan sin remedio. Oye, demasiado lejana, la respiración de sus padres, que duermen plácidos. Él, ojos de gato, no puede dormir. Está seguro de que las cortinas se han movido. Mientras sondea la oscuridad, recuerda historias que le ha contado su abuela sobre el Día de Todos los Santos y sobre la Noche de Difuntos. Resuena en su memoria la voz de un tal Tenorio (o algo así), un programa de televisión que ha reunido a sus padres. Él no ha entendido nada, aunque había algo que daba miedo: el choque de las espadas, la manera tan rara de hablar, la música, un cementerio. Sigue lloviendo. La luz tambaleante de una mariposa, que navega sobre su plato de aceite, llena el cuarto de fantasmas. Todo parece quieto.


El día trae sonidos de domingo. La voz de su padre y el olor de las batatas cocidas, espolvoreadas con azúcar y canela, acaban de despertarlo. Parece que ha sobrevivido y el mundo sigue allí. La noche y sus espectros han quedado atrás. Con un poco de suerte, pasarán luego por la confitería y comprarán huesos de santo (nunca los ha probado, pero el nombre promete) y buñuelos de viento. Menudo mostrador tienen en esta época. Podría uno quedarse horas mirándolo. Por la tarde, vendrá su abuelo, que le ha prometido hacerle un farol con un melón zocato y una vela. «Como el que llevó a clase mi amigo Ramón», le había pedido él. Aún no lo sabe, pero, cuando llegue la noche y encienda el farol, las sombras volverán.


domingo, 31 de mayo de 2015

Atardecer de mayo

Camille Pissarro | Le petit pont, Pontoise, 1875

Atardecer de mayo. En algún lugar del bosque se entreabren las puertas doradas del verano. 

jueves, 2 de abril de 2015

Changes


Somos reacios a reconocer los cambios. Creemos vivir en un presente sólido, decorado con pequeños gestos cotidianos que marcan nuestro territorio, nuestra manera de estar en el mundo. Cada día la misma emisora a la misma hora, el mismo despertar, los mismos saludos a las mismas personas, nuestras mismas señales de afecto. Algunos lo llaman rutina. Desde ella construimos lo que creemos ser y desde ella recordamos. Pero el presente no existe, ni el pasado: lo reinventamos a cada instante. Nuestra memoria es un ir y venir permanente para construir y dar sentido a lo que no lo tiene, pues nunca existió de ese modo. La infancia es el espacio que hemos creado para imaginarnos en otro tiempo en que no éramos aún nosotros. Vivimos en el cambio y somos el cambio. Y, sin embargo, cuánto nos cuesta cambiar.

domingo, 18 de enero de 2015

Invierno


El invierno dibuja con dedos de escarcha en los grandes ventanales de la memoria.

viernes, 17 de octubre de 2014

Otoño


En las hogueras del otoño arden los sueños perdidos del verano.

martes, 1 de julio de 2014

G de gato



El verano es este gato que se tumba a la sombra, bajo la parra, adormecido por el zumbido de las cigarras y los gritos lejanos de los niños, que se deja llevar por el sol mortecino y fluye con la tarde hacia ese lugar en que todo es cálido y está bien hecho. No falta nada. El tiempo se detiene en los dorados de la tapia, agitada de dompedros. Olores estivales. En un arriate corre el agua hasta desaparecer en lo verde. Le pesan los ojos y, recogido en sí mismo, se hunde en sus recuerdos. Una mosca revolotea pesada. Sobre la mesa, un libro y un vaso aún mojado. Al lado, dos sillas vacías. Más allá, un triciclo volcado. Aquí está todo, piensa. Este es el momento preciso, para qué ir más allá. Quietud. Un niño baja los escalones de dos en dos. Se acerca y le repasa el lomo, que responde eléctrico con un gesto ancestral. El gato se despereza, se acicala, se pasea entre sus piernas y le cabecea meloso los tobillos. El niño ríe. Y el verano, al caer la tarde, se hace en ese instante tan eterno que parece que nunca fuera a acabar.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Lo que transcurre aprisa



Vivimos de modo trepidante.
Mas debéis tomar el paso del tiempo
como cosa sin importancia
entre lo que para siempre permanece.
     Lo que transcurre aprisa
pronto ha de pasar,
tan sólo lo que queda
nos inicia.
     No pongáis, oh muchachos, vuestro arrojo
en la velocidad,
ni en el empeño de volar.
     Las cosas son morosas:
oscuridad y claridad,
la flor y el libro.

Rainer Maria Rilke
Traducción de Carlos Barral

lunes, 25 de febrero de 2013

Medir el tiempo por veranos


Sólo hay tiempo para percibir por un instante la melancolía del refugio de Bobby y pensar en la extrema tristeza que impregna todos los lugares de veraneo, sean cabañas o casitas en el bosque o la costa, en Penobscot Bay o el Cabo de su niñez, en Michigan ahora, que no es únicamente la melancolía de cuando la infancia ha pasado y el lugar ya no existe, ni la tristeza genérica de colocar tablones para proteger las ventanas, sino una tristeza en plena estación, en los soleados días de las excursiones lo mismo que en los días nublados pasados en la tumbona, del silencio de agosto, la marcha de los pájaros, las varas de oro, el adiós en cada saludo. La triste vanidad de medir el tiempo por veranos, anulando el invierno y el resto de las cosas.

Austin Wright | Tres noches, 1993

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Teorías del otoño


Me gusta esta ilustración de Grant Snider. En su blog, Incident Comics, se pueden encontrar auténticas maravillas, muchas de ellas relacionadas con la lectura y los libros. Por ejemplo, sobre libros abandonados en la calle: Stray Books. O sobre lecturas de verano:  Required Summer Reading. Ingenio, humor, sensibilidad y un dibujo tan sencillo como atractivo. Merece la pena dedicarle un rato.

martes, 18 de septiembre de 2012

Se imponen los dorados


Tardes de septiembre. Sentimientos de verano en sol de otoño. Pronto recogeremos la vida bajo sábanas. Lecturas de interior. Tacto de mesa camilla. Inexorable matemática planetaria. Se imponen los dorados y el té caliente. Noches prematuras. Tiempo de paraguas y gabardinas. Demasiados chaparrones de los que protegerse.

viernes, 31 de agosto de 2012

Leer en el jardín


Leer en el jardín regado, muy de mañana o al atardecer. Debajo de un árbol. Verano. Pasar las páginas del libro mientras la mirada juega con los colores y la memoria regresa al olor de la tierra mojada. Humedad de jardines lejanos. Y, luego, cuando pasen los días y las hojas y llegue el frío, recordar en los libros del invierno ese aroma fresco del jardín, que, seguro, no tardará en volver.


Ilja Yefimovitsch Repin: Tolstoy Resting in the Forest, 1891

Joseph Farquharson: Summertime

Peder Severin Krøyer:  Marie in the Garden, 1895

Theodore Robinson: The Lane

Berthe Morisot: Reading

Johannes Evert Akkeringa: Three Generations of Reading in the Garden

Robert James Gordon: Woman Reading

Sergei Arsenevich Vinogradov: Summer Dreams

Carl Spitzweg: In the Garden, 1938

Honoré Daumier: A Man Reading in the Garden, c 1866

Mamontov Mihail Anatolevich: In the Garden, 1910

Henri Lebasque: Reading in the Garden, 1886

Berthe Morisot: The Lesson in the Garden

Berthe Morisot:  Hollyhocks, 1884

Alphonse D'Heye

Robert Archibalt Graafland:  A Girl Reading in a Hammock

Emanuel Phillips Fox: A Love Story, 1903

Adrien Moreau: In the Park

Karl Raupp: An Elegant Lady Reading under a Tree

Ivan Kramskoy: Reading, 1863

Charles Edward Perugini: Girl Reading

Norbert Goeneutte: Portrait of Anna Goeneutte Wearing a Beret

Ulisse Caputo

Gari Melchers: Woman Reading by a Window

James Tissot: Reading a Story

Anthonore Christensen: Flowers in a Forest Floor


El jardín que abre la entrada fue pintado por Sir John Lavery en 1883 y se titula A Grey Summer's Day.

La mayoría de estas sugerentes imágenes de lectura las he encontrado en diversos Tumblr, especialmente en A Man with a Past. Si te interesa el tema de la lectura y su reflejo en el arte y la fotografía, puedes encontrar imágenes variadas en mi Tumblr: La cueva de la sirena. Están agrupadas bajo las etiquetas leer, mujeres que leen y libros.

"Si tienes una biblioteca con jardín, lo tienes todo", dice la conocida sentencia de Séneca. Habrá que aprovechar lo que queda de verano.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Mirarnos el alma


Los días pasan rápido. Entre tareas que nos ocupan, vamos arrancando hojas del calendario casi sin darnos cuenta. Un compañero del trabajo, ya jubilado, me hablaba hace poco de su vida actual. Me levanto temprano, me decía, y, cuando me ato los cordones de los zapatos, me acuerdo de que hace nada, hace un momento, ayer, estaba haciendo lo mismo, repitiendo ese gesto cotidiano. Lo contaba sin dramatismo, pues vive una vida tranquila y ha sabido rodearse de aficiones que lo llenan. Simplemente constataba una realidad que lo acompañó siempre y no lo ha abandonado. La vida adulta comienza con el descubrimiento del tiempo. No hay que darle más vueltas.  

Finales de noviembre. El otoño, que en el Sur apenas ha existido, toca a su fin. Se acerca la Navidad con todos sus rituales, tan gratos la mayoría, dispuestos siempre a devolvernos, bien filtrados por el tiempo, nuestros recuerdos más lejanos. Los atardeceres invitan al recogimiento del cuarto. La ventana se llena de un rojo tan suave que nos obliga a cerrar el libro. La música, violín y piano, acompaña. El tiempo se detiene.     

Hace unas semanas releí con tranquilidad gustosa Platero y yo. Y descubrí un libro distinto al que yo recordaba. Al margen de la anécdota, más o menos tierna, del burrito "pequeño, peludo y suave", que nos lleva tan atrás en el tiempo, me encontré con un libro lleno de sensaciones, ordenado cronológicamente según el paso de los días: de primavera a primavera. Y entre ellas, claro está,  el otoño, al que Juan Ramón Jiménez dedica momentos memorables de gran calidad lírica. En el libro se suceden galerías de tipos humanos en una línea de regeneracionismo krausista que recuerda un poco a Solana, a veces muy descarnadas: niños medio desnudos y hambrientos, brutales costumbres arcaicas, crueldad hacia los animales. Por allí desfilan tipos como Lipiani, Darbón, el tío de las vistas, Pinito, Granadilla, las Colillas, los húngaros, el niño tonto, la tísica, los gitanos, Sarito, Frasco Vélez y tantos otros que pueblan y humanizan el libro. Imágenes de un Moguer recordado que desaparece.




Y junto a ellas encontramos finas reflexiones sobre el paso de los días. Descripciones llenas de una tristeza indefinida, de una melancolía que acaba saliendo por todas partes, sobre todo en los momentos de mayor exaltación de la belleza. La conciencia de algo que cambia, que se acaba o ya se fue. Aparece el Juan Ramón modernista, de profunda raíz simbolista, alma solitaria que busca atrapar la belleza en los detalles: un paisaje, el vuelo de una mariposa, el reflejo del amanecer en unas gotas de rocío, el diálogo con un gorrión en una mañana de domingo o las hojas de un árbol del corral contempladas a través de la vidriera de colores de su casa de infancia. La naturaleza ocupa el primer plano. El tono del conjunto es otoñal, elegíaco.

En el capítulo XCII, titulado Viñeta, me encontré este pasaje que inmediatamente me recordó un poema de Fray Luis que ya trajimos aquí en la entrada El otoño y los estudios nobles, y que hoy quiero compartir contigo:

La estación convida a mirarnos el alma, Platero. Ahora tendremos otro amigo: el libro nuevo, escogido y noble. Y el campo todo se nos mostrará abierto, ante el libro abierto, propicio en su desnudez al infinito y sostenido pensamiento solitario.

Mira, Platero, ese árbol que, verde y susurrante, cobijó, no hace un mes aún, nuestra siesta. Solo, pequeño y seco, se recorta, con un pájaro negro entre las hojas que le quedan, sobre la triste vehemencia amarilla del rápido poniente.

Otoño. Tiempo de libros abiertos. Tiempo de recuperar pequeños placeres que detengan el instante. Tiempo de mirarnos el alma. Al fin y al cabo, como decía C. S. Lewis:

You don´t have a soul. You are a soul. You have a body.



Los paisajes que acompañan esta entrada son, por este orden, del pintor expresionista alemán Emil Nolde, del francés Camille Pissarro y del inglés John Everett Millais.

martes, 27 de septiembre de 2011

Caminaré por los senderos


La dulzura de este atardecer veraniego, ya en otoño, me ha traído este poema de Rimbaud, que comparto contigo como recuerdo de todas esas tardes de plácida libertad que nos ha regalado el verano que acaba. No hay que preocuparse. El otoño, con sus sábanas cálidas y su tiempo reposado, toca ya el cristal de nuestra ventana. 

Sensation

Par les soirs bleus d'été, j'irai dans les sentiers,
Picoté par les blés, fouler l'herbe menue:
Rêveur, j'en sentirai la fraîcheur à mes pieds.
Je laisserai le vent baigner ma tête nue.

Je ne parlerai pas, je ne penserai rien:
Mais l'amour infini me montera dans l'âme,
Et j'irai loin, bien loin, comme un bohémien,
Par la Nature, -heureux comme avec une femme.

Arthur Rimbaud | 1870

Que en la traducción de Javier del Prado (Cátedra, Letras Universales), dice así:

Iré, cuando la tarde cante, azul, en verano,
herido por el trigo, a pisar la pradera;
soñador, sentiré su frescor en mis plantas
y dejaré que el viento me bañe la cabeza.

Sin hablar, sin pensar, iré por los senderos:
pero el amor sin límites me crecerá en el alma.
Me iré lejos, dichoso, como con una chica,
por los campos, tan lejos como el gitano vaga.




Los paisajes son del pintor impresionista noruego Frits Thaulow (1847-1906).