martes, 27 de diciembre de 2011

La casa donde nací


La casa donde nací ya no existe. La derribaron hace años. De sus paredes de temple y sus ventanas de cristales antiguos no quedan más que algunos recuerdos que la memoria, siempre caprichosa, ha conservado para devolverme, de tarde en tarde, a ese tiempo ya perdido. Hoy me he acordado de ella y he repasado cada una de sus habitaciones. Allí fui feliz. Con mis padres, con mi abuela, con mi hermano. 

Los recuerdos de las casas que habitamos son poderosos. Son las huellas de nuestra vida allí. Actos cotidianos, íntimos, intrascendentes. De vez en cuando nos sorprendemos pulsando un interruptor de la luz que no existe, y, tras tantear inútilmente en la pared, nos damos cuenta de que hemos pulsado el de aquella otra casa que ya casi habíamos olvidado. Y entonces se abre todo un portal de recuerdos. ¿No te ha ocurrido esto alguna vez? Las casas guardan nuestros secretos, nuestros deseos, nuestras risas, nuestras lecturas, nuestros besos. ¿Podríamos llevar la cuenta de las casas en que hemos vivido? Sí, sin duda.  Es un placer recordarlas. Allí están nuestros cafés de media tarde, los sonidos siempre incómodos del despertador, las películas disfrutadas en común, nuestros sillones favoritos de lectura. Han sido un lugar fijo desde el que entender el mundo. Los tiempos se confunden como en un laberinto o una espiral. Podemos hacer listas interminables de recuerdos. Aquellas baldosas que tanto se movían (y tenían su encanto), la única chimenea de leña que hemos disfrutado, el largo pasillo hacia ningún sitio, la cochera imposible, los techos altos y las bombillas que alumbraban como velas, el tabique a medio hacer, el olor a viento antiguo del patio de luces, la jarapa y el rincón de los juguetes (con sus interminables coches para aparcar), la terracilla de la cocina, la pila de tebeos Marvel al lado de la cama, el barreño de las tortugas, la alacena de mi abuela, aquellas almohadas con las que jugábamos como si fueran personajes (aún recuerdo sus nombres), la calidez de la sábanas aquel invierno, la caricia de tus besos al despertar los domingos. ¿Recuerdas? Siempre ha habido un refugio, una covancha, un reino propio. 
   
Pero, de todas las casas, la más poderosa es la de nuestra primera infancia, esa de la que apenas tenemos fotografías. Casas llenas de sombras, niebla y felicidad. Yo nací literalmente en aquella casa, no en el hospital, como ya era frecuente entonces. Ahora me parece algo muy antiguo, pero a mi madre le debió de parecer de lo más normal. Siempre cuenta que me pusieron a llorar, tras los azotes pertinentes, en el poyo de la cocina. Muchas veces he reconstruido mentalmente la estructura de aquella casa y he intentado recordar qué había en cada pared. Allí están (ya ruinas) mis recuerdos más antiguos. Una modesta casa de alquiler para trabajadores de una fábrica de cemento. Un paraíso con jardín y huerto para un niño. Las fotografías son muy escasas y apenas dejan entrever un escalón, el marco de una ventana, el sillón de mimbre de la entrada o la sombra de aquel árbol tan inmenso. Está bien que sea así. Recuerdos con cuentagotas. Hace poco mi hermano consiguió viejas fotografías que guardaba mi tía y que no recordábamos haber visto nunca. ¡Qué sorpresa más agradable! ¡Qué raro ver imágenes tuyas de niño! Creemos que siempre fuimos como aparentan las poquitas fotos nuestras que se conservan y, de pronto, aparecen nuevas y nos vemos muy distintos a como nos imaginábamos. ¿Te ha pasado alguna vez? El caso es que, tras el impacto inicial al fijarme en las personas, observé los fondos. Allí estaba la casa, que me ofrecía nuevas pistas para avivar recuerdos. El patio. La mecedora de mi abuela, los arriates en que sembraba mi padre, los geranios de mi madre, los botes de colonia Nenuco de mi hermano recién nacido. Aún somos niños (aunque vayamos cumpliendo ya demasiados años).           

La casa donde viví de niño ya no existe. ¿Qué habrá sido de sus fantasmas? ¿Se perdieron entre sus ruinas o son los mismos que ahora me acompañan?





La fotografía que abre la entrada la hizo Jan Lauschmann en 1929. Las otras dos están hechas por mi tío en el patio de la casa donde nací. Ese bebé serio, pero feliz, dueño todavía del mundo, dicen que era yo. El patio ya no existe.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Mirarnos el alma


Los días pasan rápido. Entre tareas que nos ocupan, vamos arrancando hojas del calendario casi sin darnos cuenta. Un compañero del trabajo, ya jubilado, me hablaba hace poco de su vida actual. Me levanto temprano, me decía, y, cuando me ato los cordones de los zapatos, me acuerdo de que hace nada, hace un momento, ayer, estaba haciendo lo mismo, repitiendo ese gesto cotidiano. Lo contaba sin dramatismo, pues vive una vida tranquila y ha sabido rodearse de aficiones que lo llenan. Simplemente constataba una realidad que lo acompañó siempre y no lo ha abandonado. La vida adulta comienza con el descubrimiento del tiempo. No hay que darle más vueltas.  

Finales de noviembre. El otoño, que en el Sur apenas ha existido, toca a su fin. Se acerca la Navidad con todos sus rituales, tan gratos la mayoría, dispuestos siempre a devolvernos, bien filtrados por el tiempo, nuestros recuerdos más lejanos. Los atardeceres invitan al recogimiento del cuarto. La ventana se llena de un rojo tan suave que nos obliga a cerrar el libro. La música, violín y piano, acompaña. El tiempo se detiene.     

Hace unas semanas releí con tranquilidad gustosa Platero y yo. Y descubrí un libro distinto al que yo recordaba. Al margen de la anécdota, más o menos tierna, del burrito "pequeño, peludo y suave", que nos lleva tan atrás en el tiempo, me encontré con un libro lleno de sensaciones, ordenado cronológicamente según el paso de los días: de primavera a primavera. Y entre ellas, claro está,  el otoño, al que Juan Ramón Jiménez dedica momentos memorables de gran calidad lírica. En el libro se suceden galerías de tipos humanos en una línea de regeneracionismo krausista que recuerda un poco a Solana, a veces muy descarnadas: niños medio desnudos y hambrientos, brutales costumbres arcaicas, crueldad hacia los animales. Por allí desfilan tipos como Lipiani, Darbón, el tío de las vistas, Pinito, Granadilla, las Colillas, los húngaros, el niño tonto, la tísica, los gitanos, Sarito, Frasco Vélez y tantos otros que pueblan y humanizan el libro. Imágenes de un Moguer recordado que desaparece.




Y junto a ellas encontramos finas reflexiones sobre el paso de los días. Descripciones llenas de una tristeza indefinida, de una melancolía que acaba saliendo por todas partes, sobre todo en los momentos de mayor exaltación de la belleza. La conciencia de algo que cambia, que se acaba o ya se fue. Aparece el Juan Ramón modernista, de profunda raíz simbolista, alma solitaria que busca atrapar la belleza en los detalles: un paisaje, el vuelo de una mariposa, el reflejo del amanecer en unas gotas de rocío, el diálogo con un gorrión en una mañana de domingo o las hojas de un árbol del corral contempladas a través de la vidriera de colores de su casa de infancia. La naturaleza ocupa el primer plano. El tono del conjunto es otoñal, elegíaco.

En el capítulo XCII, titulado Viñeta, me encontré este pasaje que inmediatamente me recordó un poema de Fray Luis que ya trajimos aquí en la entrada El otoño y los estudios nobles, y que hoy quiero compartir contigo:

La estación convida a mirarnos el alma, Platero. Ahora tendremos otro amigo: el libro nuevo, escogido y noble. Y el campo todo se nos mostrará abierto, ante el libro abierto, propicio en su desnudez al infinito y sostenido pensamiento solitario.

Mira, Platero, ese árbol que, verde y susurrante, cobijó, no hace un mes aún, nuestra siesta. Solo, pequeño y seco, se recorta, con un pájaro negro entre las hojas que le quedan, sobre la triste vehemencia amarilla del rápido poniente.

Otoño. Tiempo de libros abiertos. Tiempo de recuperar pequeños placeres que detengan el instante. Tiempo de mirarnos el alma. Al fin y al cabo, como decía C. S. Lewis:

You don´t have a soul. You are a soul. You have a body.



Los paisajes que acompañan esta entrada son, por este orden, del pintor expresionista alemán Emil Nolde, del francés Camille Pissarro y del inglés John Everett Millais.

domingo, 16 de octubre de 2011

Verdades sencillas


Hay verdades tan sencillas que solemos olvidarlas.

El dinero no desaparece: sólo cambia de manos. La banca siempre gana, aunque pueda parecer lo contrario. Nunca podremos gastar más de lo que tenemos. Si eso ocurre, alguien nos engañó. Detrás de los mercados siempre hay personas que los mueven. Grecia nos dio a Homero, a Platón y a Sófocles. Les debemos mucho: su deuda con Europa está saldada. Cada cual es lo que es, no lo que tiene, ni lo que quieren que tenga. Las cosas pueden ser sencillas, aunque a algunos les guste la oscuridad. Mientras escribo (mientras lees), muchos mueren de hambre. Los países pobres nunca tendrán crisis de países ricos. La salud, la educación y la dignidad son innegociables. Ninguna crisis es nueva: siempre vienen de muy atrás y no las vimos llegar. Todo cambia, nada permanece igual a sí mismo: la muerte tampoco. El hombre debe ser dueño de su destino. La Tierra puede producir para todos. Los libros tiene mucho que contarnos. Detrás de cada palabra hay un alma que ha sentido lo mismo que nosotros. Las utopías siempre serán posibles porque los hombres siempre buscaremos la felicidad. La maleza ha cubierto los caminos, pero debajo de las hojas hay senderos que nos conducirán a un mundo más justo. Huele a hierba.

Llevo algunos días acordándome de los versos desgarrados con que García Lorca acaba su Grito hacia Roma. Unos versos nacidos al calor de otra crisis, la de 1929, vivida en Nueva York en primera persona. Han pasado ya algunos años, pero sus palabras nos suenan aún cercanas:

Mientras tanto, mientras tanto, ¡ay!, mientras tanto,
los negros que sacan las escupideras,
las muchachas que tiemblan bajo el terror pálido de los directores,
las mujeres ahogadas en aceites minerales,
la muchedumbre de martillo, de violín o de nube
ha de gritar aunque le estrellen los sesos en el muro,
ha de gritar frente a las cúpulas,
ha de gritar loca de fuego,
ha de gritar loca de nieve,
ha de gritar con la cabeza llena de excremento,
ha de gritar como todas las noches juntas,
ha de gritar con voz tan desgarrada
hasta que las ciudades tiemblen como niñas
y rompan las prisiones del aceite y la música,
porque queremos el pan nuestro de cada día,
flor de aliso y perenne ternura desgranada,
porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra
que da sus frutos para todos.

Federico García Lorca | Poeta en Nueva York | 1929




La viñeta de El Roto, siempre tan lúcido, apareció publicada en el diario El País del 11 de octubre. Desconozco quién es el autor de la otra ilustración, que es también toda una declaración de principios, al igual que estas palabras de Cervantes:
Cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura ni utopía. Sino justicia.

martes, 27 de septiembre de 2011

Caminaré por los senderos


La dulzura de este atardecer veraniego, ya en otoño, me ha traído este poema de Rimbaud, que comparto contigo como recuerdo de todas esas tardes de plácida libertad que nos ha regalado el verano que acaba. No hay que preocuparse. El otoño, con sus sábanas cálidas y su tiempo reposado, toca ya el cristal de nuestra ventana. 

Sensation

Par les soirs bleus d'été, j'irai dans les sentiers,
Picoté par les blés, fouler l'herbe menue:
Rêveur, j'en sentirai la fraîcheur à mes pieds.
Je laisserai le vent baigner ma tête nue.

Je ne parlerai pas, je ne penserai rien:
Mais l'amour infini me montera dans l'âme,
Et j'irai loin, bien loin, comme un bohémien,
Par la Nature, -heureux comme avec une femme.

Arthur Rimbaud | 1870

Que en la traducción de Javier del Prado (Cátedra, Letras Universales), dice así:

Iré, cuando la tarde cante, azul, en verano,
herido por el trigo, a pisar la pradera;
soñador, sentiré su frescor en mis plantas
y dejaré que el viento me bañe la cabeza.

Sin hablar, sin pensar, iré por los senderos:
pero el amor sin límites me crecerá en el alma.
Me iré lejos, dichoso, como con una chica,
por los campos, tan lejos como el gitano vaga.




Los paisajes son del pintor impresionista noruego Frits Thaulow (1847-1906).

sábado, 10 de septiembre de 2011

Una caricia nos guía


Seguramente Alphaville (Jean-Luc Godard, 1965) no es una película perfecta. Algunos pensarán que ni siquiera es una buena película, pero no cabe duda de que contiene escenas fascinantes, de esas que, una vez vistas, recuerdas para siempre. Imágenes llenas de extraña poesía en un mundo frío y deshumanizado. Habitaciones de hotel, calles vacías, pasillos interminables, escaleras angustiosas, primeros planos de un interrogatorio casi existencial. La presencia de Anna Karina, actriz a la que estoy completamente rendido, y el rostro duro, pero muy humano, de Eddie Constantine hacen que la película cobre otra dimensión. Todo gira en torno a ellos dos, a sus palabras, a sus silencios, a sus miradas interrogantes. Es ahí donde está su riqueza y no en el desarrollo argumental. La película se mueve entre el cine negro clásico de detective y el de ciencia ficción. En algunos aspectos anticipa planteamientos de 2001: Una odisea del espacio (la comparación entre Alpha 60 y Hal 9000 es inevitable) o Blade Runner o Matrix. En otros, parece cercana a Fahrenheit 451 o al mundo de 1984 de George Orwell. 

En un mundo futuro, un detective llamado Lemmy Caution (Eddie Constantine), que se hace pasar por periodista, llega desde los países exteriores a Alphaville (París) en busca del profesor Von Braun, apodado Nosferatu, un científico exiliado que ha desarrollado un potente ordenador, Alpha 60, que controla completamente las vidas y las mentes de sus habitantes. De ellas se han eliminado los sentimientos, lo irracional e incluso algunas palabras, que van desapareciendo poco a poco de los diccionarios, a los que confunden con Biblias. Palabras como por qué o amor. Viven una vida robotizada, vacía. Son el número que llevan tatuado en la nuca. Poesía, filosofía, distopía. Reflexión sobre el poder de la palabra asociada a los sentimientos que evoca. Hay escenas, como decía, dignas de recordar, visualmente asombrosas, como las ejecuciones en la piscina, los interrogatorios a Lemmy y sus brillantes respuestas o  las largas conversaciones por los pasillos del hotel con las atractivas señoritas que buscan satisfacer los deseos del cliente. Es en este contexto donde se produce el encuentro entre Lemmy y Natasha (Anna Karina), la hija del profesor Von Braun, que no nació en Alphaville, pero se ha asimilado a su forma despersonalizada de vida. Algo cambia en ella. Natasha empieza a recordar palabras, a descubrir sentimientos.

           


Hay una escena fascinante. Lemmy y Natasha están en la habitación del hotel. Ella le manifiesta su deseo de irse con él a los países exteriores y su miedo. Hablan sobre el amor. Y Natasha, que tiene en sus manos un libro de Paul Éluard, Capital de la douleur, recita estos hermosos versos como si fueran un monólogo interior:
Tu voz, tus ojos,
tus manos, tus labios.
Nuestro silencio, nuestras palabras.
La luz que se va,
la luz que retorna.
Una sola sonrisa para nosotros dos.
Por necesidad de aprender,
vi la noche crear el día
sin que nosotros cambiemos de apariencia.
O muy queridos de todos,
o muy queridos de uno solo,
el silencio de tu boca prometía ser feliz.
Fuera, fuera, decía el odio.
Más cerca, más cerca, decía el amor.
Una caricia nos guía desde nuestra infancia.
Cada vez veo más la forma humana
como un diálogo de amantes.
El corazón no tiene más que una boca.
Todo por casualidad.
Todas las palabras sin pensamiento.
El sentimiento a la deriva.
Hombres vagan por la ciudad.
Una mirada, una palabra.
El hecho de que te amo.
Todas las cosas se mueven.
Debemos avanzar para vivir.
Dirígete directamente hacia los que amas.
Yo fui hacia ti,
continuamente hacia la luz.
Si tú sonríes, es para invadirme mejor.
Los rayos de tus brazos perforan la niebla.




miércoles, 7 de septiembre de 2011

Las sombras del amor


Leo en Romeo y Julieta:
¡Qué dulce debe ser el amor poseído, cuando sólo las sombras del amor son tan ricas en gozo!
Y más adelante:
El amor es un humo que sale del vaho de los suspiros; al disiparse, un fuego que chispea en los ojos de los amantes; al ser sofocado, un mar nutrido por sus lágrimas.
Y allí mismo dice Fray Lorenzo:
Dentro de la tierna corteza de esta débil flor tienen residencia un veneno y una potencia médica; pues, al olerla, anima con cada parte a cada parte; y, al ser probada, mata todos los sentidos en el corazón. Dos reyes así enfrentados acampan en el hombre, como en las hierbas, la gracia y la ruda voluntad; y, cuando predomina lo peor, muy pronto el gusano de la muerte devora esa planta.

Y me he acordado de las palabras con que Fernando de Rojas justifica las virtudes literarias del Auto I de La Celestina, de autor desconocido, supuestamente encontrado por él. Virtudes tales que lo llevaron a aprovechar intensamente quince días de vacaciones para completarlo:
Y, como mirase su primor, su sotil artificio, su fuerte y claro metal, su modo y manera de labor, su estilo elegante, jamás en nuestra castellana lengua visto ni oído, leílo tres o cuatro veces; y tantas cuantas más lo leía, tanta más necesidad me ponía de releerlo y tanto más me agradaba, y en su proceso nuevas sentencias sentía. Vi no sólo ser dulce en su principal historia o ficción toda junta, pero de algunas sus particularidades salían deleitables fontecicas de filosofía, de otros agradables donaires...



Eso mismo se podría decir de Shakespeare. En los últimos meses he leído algunas de sus obras que no conocía: Los dos hidalgos de Verona, Tito Andrónico, El rey Juan, La comedia de las equivocaciones, El rey Ricardo II, Trabajos de amor perdidos, La doma de la furia y Romeo y Julieta. Me han parecido desiguales, algunas muy flojas, quizá por primerizas, siempre intraducibles debido a esa obsesión suya por el lenguaje y los juegos de palabras, lo que te deja cierta sensación de desconsuelo. El lenguaje es el gran protagonista del teatro de Shakespeare, pero en qué obra literaria de calidad no lo es. En ninguna de ellas he encontrado la grandeza de Macbeth, Hamlet o El rey Lear, excepto en Romeo y Julieta, que, paradoja, sólo tiene en su contra el ser tan conocida, lo que a veces provoca la falsa idea de que no merece la pena leerla. En todas ellas he encontrado poesía y esas "deleitables fontecicas de filosofía" de las que hablaba Rojas. Sentencias que nos hablan de lo más profundo de las personas, de nuestras grandezas y de nuestros pesares. 

El final de Romeo y Julieta, de todos conocido, es intenso. La tumba de Julieta, hermosa en su juventud intacta, cuyas mejillas van recuperando poco a poco el color para encontrar sólo frío y desolación a su alrededor. El olor del panteón de los Capuleto. Las antorchas a medio apagar. Las sombras. Las reflexiones macabras sobre el amor y la muerte, que tanto le gustan a Shakespeare. La poción, el veneno y el puñal. Los esposos que no han podido disfrutar su amor y el pretendiente que lanza flores sobre el cuerpo de la joven. El beso de Julieta en los labios aún calientes de Romeo, buscando encontrar lo que queda de su amor y algo de veneno que le quite una vida que ya no tiene. Una obra redonda.

Y me he acordado también de la impresionante Ophelia de John Everett Millais, otro canto a la belleza en la muerte, que comparto ahora contigo.
Y créeme, amor, tú también a mis ojos: la seca tristeza bebe nuestra sangre.

martes, 6 de septiembre de 2011

Veinte sombras


Leo en El rey Ricardo II de Shakespeare:
La sustancia de todo pesar tiene veinte sombras que se asemejan al pesar mismo, pero que no son él.

lunes, 29 de agosto de 2011

Paraísos


Ocupan espacio, acumulan polvo y a esta alturas de la vida ya sabemos que no nos aseguran un tiempo infinito para leerlos. Pero no llegaron todos ayer. No son unos invitados incómodos a los que conviene largar lo antes posible porque están dejándonos vacío el frigorífico. Llegaron poco a poco, con el ritmo pausado de los años. Los recomendó un amigo, un periódico o uno de los que ya habían llegado (cuidado, que se llaman los unos a los otros). O quizá los invitamos nosotros mismos, enamorados de unas líneas o una portada. Un flechazo fulminante en una mañana de verano, tras el café tranquilo y conversado. Nunca podremos olvidar al primero que llegó: un tebeo. Repasamos sus páginas mil veces. Esas colecciones de Flash Gordon, El Príncipe Valiente, El Hombre Enmascarado, Tintín, Spiderman y Los 4 Fantásticos, releídas cada verano como si fueran nuevas, depositadas cada noche al lado de la cama. Y la revista Strong, compartida gozosamente con mi hermano. Cada uno de ellos tiene su historia, aunque algunas las hayamos olvidado. Éste lo conservo de mi abuela. Los de Bruguera los compraba en la papelería de la vuelta de casa. Éstos los leí con aquella novia tan guapa y que sabía tanto inglés. Éste lleva un prólogo de un profesor mío y unas palabras de su puño y letra. Ésta edición de Moby Dick la comentaba por las tardes con mi amigo Ángel, que también estaba a bordo del Pequod (qué buenas jornadas de pesca y charla pasamos). Éste es de mi época de estudiante en Granada, leído con flexo en una oscura habitación interior. Ah, y las Joyas literarias juveniles, donde leí a Verne y Salgari por primera vez. ¿Te acuerdas del Manual de los jóvenes castores que nos llevábamos todos los años a la playa? Y aquí están los de poesía, leidos y releídos, disfrutados palabra a palabra.

Nos han rodeado como invasores amistosos. Han tomado nuestra casa, como en el cuento de Cortázar, y no temen la competencia de otros intrusos más modernos. Juegan con ventaja. No los he leído todos. Pero los tengo al alcance de la mano. Me permiten, sin salir de la habitación, pasar de un mundo a otro, de Cernuda a Shakespeare, de Comala a África, de los Mares del Sur a Marte o El Toboso, de tu cuello  a mis recuerdos, de aquellos labios a estas palabras. ¿Queda espacio para alguno más? ¡Quién sabe! Quizá puedan apretarse un poco. Algún día nos iremos juntos. Éstas de abajo son para mí imágenes de paraísos soñados.






 

domingo, 21 de agosto de 2011

La nuez de los secretos

 
Fue entonces cuando decidieron encerrar sus secretos en aquel mundo minúsculo, la cáscara de una nuez partida con exactitud natural en dos mitades. Cada uno escribiría sus deseos de futuro, aquello que no se atrevía a decir en voz alta ni en esas horas de la noche que se prestan a las confidencias. Los tres habían coincidido en el pasillo, en la ceremonia ritual del té y la amistad, la de la pausa en el estudio, y uno de ellos, no importa quién, lo propuso. Había dos condiciones. El azar elegiría al encargado de guardarla para siempre y nunca la podrían abrir, ni aunque todos se pusieran de acuerdo.

Con mano temblorosa, trazaron sobre el papel caminos inciertos, se mintieron a sí mismos y desearon imposibles. Pero ya se sabe que los deseos son ambiciosos y más cuando pretendes encerrarlos en una nuez y dejarlos dormir el sueño de los faraones. Así que, con sus notas ya a buen recaudo, sellaron las dos mitades con unas gotas de pegamento Imedio y las convirtieron en un recinto inexpugnable a los sinsabores del día a día.     

En uno de esos días de limpieza que aligeran las casas y remueven el polvo de la memoria, la encontró. Habían pasado muchos años. La nuez de los secretos estaba allí, delante de él, en aquella caja de zapatos llena de objetos inservibles. Fue instantáneo. El recuerdo de aquella tarde lejana lo invadió. La cogió con cuidado, por miedo a que pudiera abrirse el arca de la memoria que había conservado intactos sus deseos. Y recordó con la nuez apretada en su mano. Sintió la tentación natural de abrirla, no tanto por descubrir el secreto de los otros, sino por recordar el suyo propio, que había olvidado. ¿Qué escribió él? ¿Qué deseó en aquel juego infantil?  Imposible recordarlo. Los sueños también se olvidan. Sintió miedo y cierta tristeza imprecisa. Pensó que hacía mucho que no veía a aquellos amigos y se preguntó si ellos recordarían lo que habían escrito, si se acordarían de la nuez y de aquella tarde. El tiempo es muy poderoso, se dijo, mientras pasaba los dedos y comprobaba que el pegamento de la infancia también lo es.

domingo, 14 de agosto de 2011

Caparazones vacíos


Leo en El rey Juan de Shakespeare:
No hay fundamento sólido construido sobre la sangre, ni vida asegurada construida sobre la muerte de otros.
Y en Antígona de Sófocles:
Es que a los humanos no hay planta alguna que les brote tan pujante como la plata, falaz moneda: ésta arrasa incluso ciudades, ésta hace saltar de su casa a los hombres, ésta enseña y enajena las mentes honradas de los mortales para que se subleven y vengan a caer en una conducta deshonrosa, y les enseñó a los hombres a que estén dispuestos a hacer cualquier cosa sin escrúpulo alguno, y a que adquieran experiencia de todo tipo de inquietudes. 
Y allí mismo, más adelante:
Por eso, no hagas uso en tu fuero interno de una sola manera de ver las cosas, pensando concretamente que lo acertado es lo que tú afirmas y ninguna otra cosa más, pues todo aquél que tiene para sí que sólo él es quien tiene razón o que sólo él tiene una lengua o un alma que no tiene nadie más, los que así piensan, si se les quita el caparazón aparecen vacíos. Al contrario, no constituye desdoro alguno para un varón por sabio que sea, aprender infinidad de cosas y procurar no pasarse de intransigente.
Y pienso en lo poco que hemos mejorado con el tiempo y en cómo las palabras de los clásicos nos pueden resultar más cercanas, a veces, que las de algunos de nuestros contemporáneos.

domingo, 7 de agosto de 2011

El poder de las palabras

 
Nuestras palabras son poderososas. Mucho más de lo que pensamos. Una palabra puede abrirnos un agujero en el corazón o una puerta hacia la felicidad. Somos palabras. Dichas en su momento o a destiempo. Nuestro pensamiento, nuestros sentimientos, están hechos de esa materia volátil y generosa, que se deja moldear con facilidad en cualquier momento. Mientras tomamos un café, cuando leemos en la playa, en una comida familiar o antes de besar a esa chica que  nos vuelve locos. Se unen y producen chispas, igual que los labios. Alguien, creo que Lorca, dijo que la poesía no es otra cosa que unir palabras que antes no se habían unido, palabras que no hubiéramos imaginado escribir juntas. Y entonces surge una emoción, una sugerencia, un mundo que llevábamos dentro sin saberlo. La inspiración, si es que existe, debe ser eso. Las palabras duelen o besan. Debemos aprender el difícil arte de dominarlas para no herir a aquellos que amamos o para apartar sutilmente a aquellos que buscan dañarlos. Forman una corriente que arrastra limos de siglos, aunque son siempre nuevas. Nacen en el momento de decirlas y al morir dejan una onda que se expande lenta hasta llegar al centro más profundo. Y entonces estallan. O nos salvan.

Y nunca son inocentes. Celaya, quizá utópico, hablaba de ellas como de un arma cargada de futuro. No sé si de futuro, pero, desde luego, están cargadas de pasado, de Historia, de ideología, de sentidos ocultos, de uso familiar. Gil de Biedma usaba "palabras de familia gastadas tibiamente". Y recuerdo cómo Ángel González reflexionaba en una conferencia, a la que asistí hace ya mucho, sobre el poder de la poesía para transformar la realidad. Quizá no de modo inmediato, como una ley o una guerra, pero sí en tanto que nos hace pensar la vida. Somos otros después de leer un buen poema. Mejores o peores. El Arcipreste de Hita equiparaba su libro a un instrumento musical: sonaría bien o mal según cómo se tocara. Y José Ángel Valente, en un ensayo profundo titulado Las palabras de la tribu, explicaba que tras la voz de cada poeta están ocultas las de todos los anteriores a él. La tradición. Ése también es el poder de las palabras.

A veces nos arrastran y nos hacen decir cosas que no sabíamos que pensábamos. O las arrastramos nosotros y las utilizamos para manejar a nuestro antojo. Las palabras de nuestros padres, que no entendimos en su momento y ahora ya es tarde. O las de nuestros hijos, tan poderosas como la  sangre joven que llevan en su interior, deseando dejar sus miedos y comerse el mundo. Escribimos para que nos entiendan. Leemos para conocer la vida. Amamos con palabras heredadas. Buscamos consuelo en las palabras hondas de un poema o en la felicidad inmediata de una canción o en la caricia de unos sonidos susurrados en el oído en una siesta de amor veraniega.

jueves, 4 de agosto de 2011

El olvido


En la otra orilla de la noche
el amor es posible

-llévame-

llévame entre las dulces sustancias
que mueren cada día en tu memoria.

Alejandra Pizarnik | Los trabajos y las noches | 1965

sábado, 9 de julio de 2011

Sé tú mi límite


Tu cuerpo puede
llenar mi vida,
como puede tu risa
volar el muro opaco
de la tristeza.

Una sola palabra tuya quiebra
la ciega soledad en mil pedazos.

Si tú acercas tu boca inagotable
hasta la mía, bebo
sin cesar la raíz de mi propia existencia.

Pero tú ignoras cuánto
la cercanía de tu cuerpo
me hace vivir o cuánto
su distancia me aleja de mí mismo,
me reduce a la sombra.

Tú estás, ligera y encendida,
como una antorcha ardiente
en la mitad del mundo.

No te alejes jamás.
                              Los hondos movimientos
de tu naturaleza son
mi sola ley.
                  Retenme.
Sé tú mi límite.
Y yo la imagen
de mí, feliz, que tú me has dado.

José Ángel Valente | La memoria y los signos | 1966

miércoles, 6 de julio de 2011

Una sombra blanca


Yo recordaba vagamente el Palacio de Brandeso, donde había estado de niño con mi madre, y su antiguo jardín, y su laberinto que me asustaba y me atraía. Al cabo de los años, volvía llamado por aquella niña con quien había jugado tantas veces en el viejo jardín sin flores. El sol poniente dejaba un reflejo dorado entre el verde sombrío, casi negro, de los árboles venerables. Los cedros y los cipreses, que contaban la edad del Palacio. El jardín tenía una puerta de arco, y labrados en piedra, sobre la cornisa, cuatro escudos con las armas de cuatro linajes diferentes. ¡Los linajes del fundador, noble por todos sus abuelos! A la vista del Palacio, nuestras mulas fatigadas, trotaron alegremente hasta detenerse en la puerta llamando con el casco. Un aldeano vestido de estameña que esperaba en el umbral, vino presuroso a tenerme el estribo. Salté a tierra, entregándole las riendas de mi mula. Con el alma cubierta de recuerdos, penetré bajo la oscura avenida de castaños cubierta de hojas secas. En el fondo distinguí el Palacio con todas las ventanas cerradas y los cristales iluminados por el sol. De pronto vi una sombra blanca pasar por detrás de las vidrieras, la vi detenerse y llevarse las dos manos a la frente. Después la ventana del centro se abría con lentitud y la sombra blanca me saludaba agitando sus brazos de fantasma. Fue un momento no más. Las ramas de los castaños se cruzaban y dejé de verla. Cuando salí de la avenida alcé los ojos nuevamente hacia el Palacio. Estaban cerradas todas las ventanas: ¡Aquella del centro también! Con el corazón palpitante penetré en el gran zaguán oscuro y silencioso. Mis pasos resonaron sobre las anchas losas.

Ramón María del Valle-Inclán | Sonata de otoño | 1902




¿Te has preguntado alguna vez cómo sonaría la voz real de Valle-Inclán? ¿Con qué entonación leería sus propios textos? ¿Tendría la dicción de alguien dedicado al teatro? ¿Sería tan gallego en su acento como en sus escritos? Pues no te quedes con ganas. Sal de dudas. Abajo te enlazo una grabación hecha por Tomás Navarro Tomás en 1931. La primera vez que la escuché fue en un CD doble editado por el Archivo de la Palabra, donde, bajo el título genérico de Voces de la Edad de Plata, se agrupaban las voces originales de personalidades tan destacadas como Pío Baroja, Jacinto Benavente, Miguel de Unamuno, Azorín, José Ortega y Gasset, Fernando de los Ríos, Armando Palacio Valdés, Juan Ramón Jiménez, Menéndez Pidal, Ramón y Cajal, Alcalá Zamora, los hermanos Quintero o la mismísima Margarita Xirgu, entre otros muchos. Una delicia. Qué pena que sean tan poco conocidas estas grabaciones (u otras similares). Aunque, bien pensado, me alegro de que, con lo poco cuidadosos que somos los españoles con nuestro pasado, se hayan conservado al menos éstas. Podría ser peor.

El fragmento concreto que lee Valle se corresponde casi con el comienzo de la Sonata de otoño, auténtica obra maestra de la prosa modernista española. Un prodigio de musicalidad y gusto por la estética decadentista. En concreto, es el momento en que, llamado por Concha, regresa, tras muchos años, al Palacio de Brandeso. La lectura es un poco más extensa que el texto que yo he reproducido arriba. Además, se acompaña de un poema de Claves líricas. Su voz es espectral. Juzga por ti mismo. Basta con pulsar play en la web a la que lleva el enlace. Ya me dirás.

Audio | Llegada del Marqués de Bradomín al Palacio de Brandeso | Voz: Valle-Inclán | 1931

martes, 5 de julio de 2011

Ausencia


Rumor del agua
Sendero junto al río
Labios húmedos


Fotografía | Annette Pehrsson

lunes, 4 de julio de 2011

Los fantasmas y yo


Siempre estuve acosado por el temor a los fantasmas, hasta que distraídamente pasé de una habitación a otra sin utilizar los medios comunes.

René Avilés Fabila

jueves, 30 de junio de 2011

La infancia


La infancia en mi memoria es un derroche,
una inmensa fortuna en el desierto,
una flor en las manos de un cosaco,
un tiempo en que creí no tener nada
y sin saberlo tuve lo más grande:
esa firme creencia en que los años
pondrían a mis pies el mundo entero.
La infancia se parece a esos regalos
que a los niños les hacen para luego,
diciendo que los guarden, que algún dia
aprenderán sin duda a utilizarlos.
La infancia es un regalo que disgusta
porque uno no sabe de qué sirve,
y, cuando al fin lo entiende, ya lo ha roto.

Vicente Gallego | La plata de los días | 1996

miércoles, 29 de junio de 2011

Cuando el niño era niño


Cuando el niño era niño
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera río,
que el río fuera torrente,
y este charco el mar.

Cuando el niño era niño,
no sabía que era niño,
todo le parecía animado
y todas las almas eran una.

Cuando el niño era niño,
no tenía opinión sobre nada,
no tenía ningún hábito.
A menudo se sentaba en cuclillas,
de pronto echaba a correr,
tenía un remolino en el pelo
y nunca posaba para tomarle una foto.


Cuando el niño era niño,
era el tiempo de estas preguntas:
¿Por qué yo soy yo y no soy tú?
¿Por qué estoy aquí y por qué no allí?
¿Cuándo empezó el tiempo y dónde acaba el espacio?
¿Es la vida bajo el sol tan sólo un sueño?
¿Es lo que veo y oigo y huelo,
sólo una ilusión de un mundo antes del mundo?
Vistas las acciones del Mal y de la gente,
¿existe realmente la maldad?
¿Cómo es posible que yo, que soy quien soy,
no haya sido antes de existir
y que algún día yo, que soy quien soy,
deje ya de ser quien soy?


Cuando el niño era niño,
le costaba tragar espinacas, guisantes, arroz con leche
y coliflor cocida,
y ahora come de todo, y no sólo por necesidad.

Cuando el niño era niño,
alguna vez despertó en una cama extraña,
y ahora lo hace una y otra vez.
Muchas personas, entonces, le parecían hermosas
y ahora solo unas pocas, y con suerte.

Había visualizado una imagen nítida del Paraíso
y ahora, como mucho, la intuye.
No podía pensar la Nada
y hoy se estremece ante ella.


Cuando el niño era niño,
jugaba con entusiasmo,
y ahora tiene la misma excitación que entonces,
pero sólo cuando afecta a su trabajo.

Cuando el niño era niño,
le bastaba con comerse una manzana.... y pan,
y aún hoy es así.

Cuando el niño era niño,
las moras le llenaban la mano como sólo las moras lo hacen,
y aún hoy es así.
Las nueces verdes le ponían áspera la lengua,
y aún hoy es así.
Tenía, en cada cumbre,
el anhelo de un monte aún mas alto,
y en cada ciudad,
el anhelo de una ciudad mayor,
y aún hoy es así.
Alcanzaba las cerezas de las ramas altas,
con un ímpetu que todavía hoy tiene.
Era tímido ante los extraños,
y aún hoy lo sigue siendo.
Esperaba la primera nevada,
y aún hoy la sigue esperando.

Cuando el niño era niño,
tiró un bastón, cual lanza, contra un árbol
y aún sigue allí vibrando.

Peter Handke





Con este poema de Peter Handke se abre la película Cielo sobre Berlín (Wim Wenders, 1987). Me gusta tanto que no he necesitado muchos motivos para traerlo aquí, pero se me ocurren dos. En primer lugar, que es uno de los poemas que mejor reflejan una determinada manera de entender la infancia y su pervivencia (o no) en los adultos. Y lo hace desde dentro. Lástima que la traducción pierda tanto. Las imágenes iniciales de la película, con esa mano que escribe el texto al tiempo que la voz nos lleva del recitado a la canción casi sin que nos demos cuenta, me parecen todo un logro. El poema, por cierto, se titula Lied Vom Kiedsein (Song of Childhood, Canción de la infancia).  

Y en segundo lugar, porque toda la película es una maravilla, una de esas extrañas obras maestras que ha dado el cine y que justifican su existencia. Una de esas películas que nos hablan de nosotros mismos, de nuestras miserias y nuestras grandezas, del dolor y de la guerra, pero también del deseo. Y del consuelo y la capacidad de sentir. Y lo hace con imágenes vanguardistas, impactantes, desoladas, llenas de poesía, que se recuerdan para siempre. Escenas como las de la biblioteca, el metro o el circo son difíciles de olvidar. Los actores (Bruno Ganz, Otto Sander, Solveig Dommartin, Curt Bois) están espléndidos. Mención especial merece Bruno Ganz (Damiel), a quien descubrí con esta película, y cuya sonrisa, en un momento dado, llena la pantalla. Y la aparición estelar, muy entrañable, en un papel creado para él, del recientemente fallecido Peter Falk. Me muerdo la lengua para no desvelar nada de la leve trama argumental.  

La música de Jürgen Knieper (cuánto la escuché hace años en una cinta de casete gastada) no tiene desperdicio, incluida la aparición de grupos como Nick Cave and The Bad Seeds (The Carny, From Her to Eternity) o Crime and the City Solution. Lo dejo con la esperanza de dedicarle algún día la entrada que se merece y con las ganas renovadas de volver a verla.


viernes, 24 de junio de 2011

Noches del mes de junio


Junio abre y cierra puertas. Me gustan estos meses de transición que delimitan nuestras costumbres, que dividen el año en dos. Y junio, creo, lo hace mucho mejor que enero. En junio cerramos el ciclo del estudio, pues siempre será, ante todo, el mes de los exámenes.  No importa tu edad, ni tu estado de ánimo. Siempre habrá algo de lo que tengas que examinarte antes del verano: de Selectividad, de oposiciones, de autoescuela, de conciencia o de la vida. Exámenes finales, noches sin dormir que, recordadas, acaban siendo, pese a los agobios del momento, muy gratas. Noches de flexo y ventana abierta. De iniciación en los placeres del café, que ya te acompañarán para siempre. De inseguridades y certezas. De obstáculos que te parecen insuperables, pero te ofrecen, allá lejos aún, un horizonte despejado.


Junio es para mí, además, el mes de los saltajuanicos. Mi abuela, natural de Porcuna, llamaba saltajuanicos a unos pequeños insectos, negros y saltarines, que tenían la curiosa costumbre de estrellarse ruidosamente contra el flexo, mientras tú, aplicado, intentabas descifrar los secretos de la Historia o de la Aritmética. Sus saltos eran mucho más acrobáticos e interesantes que las páginas de tu libro, que acababa convirtiéndose en trampa mortal para muchos de ellos. Llegaban en abundancia una noche, atraídos por la luz, y a los pocos días desaparecían sin más. Siempre he pensado que el nombre debía de ser una falsa etimología, mezcla quizá de sanjuanicos (por aquello de la noche de San Juan, tal día como hoy) y del hecho de saltar. Si así fuera, el nombre es todo un hallazgo popular. Hace tiempo que no los veo, pero todos los años me acuerdo de ellos.      

Y cada año me acuerdo también de este poema de Jaime Gil de Biedma, dedicado a Luis Cernuda, del que he tomado el título para esta entrada:


Noches del mes de junio

Alguna vez recuerdo
ciertas noches de junio de aquel año,
casi borrosas, de mi adolescencia
era en mil novecientos me parece
cuarenta y nueve)
                            porque en ese mes
sentía siempre una inquietud, una angustia pequeña
lo mismo que el calor que empezaba,
                                                         nada más
que la especial sonoridad del aire
y una disposición vagamente afectiva.

Eran las noches incurables
                                         y la calentura.
Las altas horas de estudiante solo
y el libro intempestivo
junto al balcón abierto de par en par (la calle
recién regada desaparecía
abajo, entre el follaje iluminado)
sin un alma que llevar a la boca.

Cuántas veces me acuerdo
de vosotras, lejanas
noches del mes de junio, cuántas veces
me saltaron las lágrimas, las lágrimas
por ser más que un hombre, cuánto quise
morir
         o soñé con venderme al diablo,
que nunca me escuchó.
                                    Pero también
la vida nos sujeta porque precisamente
no es como la esperábamos.

Jaime Gil de Biedma | Compañeros de viaje | 1959


La vida nos sujeta porque no es como la esperábamos.

Y, una vez cerradas las puertas del estudio, llega el tiempo de las recompensas, de abrir de par en par las puertas de ese inmenso corralón que conecta directamente con nuestra infancia, que es el verano. Olor a cloro. Lecturas sin límite de tiempo, tumbado en la cama. Estar más allá del muro o en el corazón de África y que las cortinas de tu cuarto te rocen con placer los pies desnudos. Siestas de filatelia y tebeos Marvel, tendido en el suelo, buscando el rincón más fresco de la casa. Es uno de los placeres que perdemos los adultos, el de observar el mundo desde abajo.

Y qué agradable el campo en estos días finales de junio (sí, a pesar del calor) en que aún conserva su esplendor y falta mucho (muchísimo) para agosto. Carpas y barbos. Jardín recién regado, noches de dompedros, conversación, cerveza helada, alguna buena película y un libro siempre medio abierto.


martes, 21 de junio de 2011

Aparición


Camino de su granja, B. observó de repente un extraño fulgor, un resplandor blancuzco y violeta que surgía tras unos altos arbustos. Se hallaba en el campo, solo y envuelto en un gran silencio. Se detuvo. Una silueta femenina comenzó a perfilarse en medio del gran resplandor. Una hermosa dama de túnica azul se hizo visible. Le sonrió y saludó. Después la dama y el resplandor desaparecieron. B. prosiguió su camino. Al llegar a su casa, su aire ensimismado y pensativo hicieron que su mujer le preguntara: "¿Qué te pasa? ¿Te ha ocurrido algo?". "Nada." B. no quería complicarse la vida. Murió quince años más tarde sin decir nada a nadie. Todos los lunes primeros de mes se le había aparecido regularmente la dama en cuestión. De haber hablado hubiese creado un rito.

José Manuel Alonso Ibarrola




Fotografía | Andrej Glusgold

miércoles, 8 de junio de 2011

Por qué se acaban los besos


En este suave atardecer de junio, sin encender aún las luces del cuarto, a media luz, como en el tango, haces un alto en la camino. Te sientes como el que, tras una larga caminata, llega a la ribera del río y mete con deleite en el agua sus manos cansadas y ese pequeño gesto le da la vida. Pocas cosas hay tan agradables como dejar pasar el tiempo cuando te has quedado vacío tras un largo esfuerzo. Y qué mejor terapia que un río o una canción. Los días se componen de pequeños regalos que nos hacemos, premios que nos concedemos, indulgentes y culposos, por no haber sido demasiado considerados con nosotros mismos, por habernos mirado con malos ojos. Un poco más de egoísmo ya no puede ser dañino. Y hay discos que pueden cambiar el color de una tarde. Esos discos sobre los que vuelves cada cierto tiempo y siempre te reconfortan como un abrazo. Te apetece un abrazo. Y escribes estas palabras mientras escuchas, una vez más, la sugerente voz de Natalia:

Preguntaste por qué se acaban los besos
y te dije que insistieses,
siempre quedará algún resto.

Fue mi hermano (como siempre) quien me dio a conocer Popemas (Elephant Records, 2002) y, desde entonces, estas canciones siempre me han acompañado. Hay discos que nos gustan sólo por alguna canción y otros que nos llevamos puestos enteros. Popemas es uno de estos. Uno de esos milagros en que todo es tan natural, tan sugerente, tan sencillo y tan siempre nuevo, que puedes escucharlo muchas veces sin llegar a agotarlo. Discos con los que mantienes cierta intimidad que perdura con el tiempo, en los que encuentras sentimientos que te llegan. No son muchos y cada cual tiene sus querencias. Quizá no estarían (o sí) en una de esas listas de los mejores de la historia, pero han formado parte de tu educación sentimental y les sigues siendo fiel. Cuántos de Serrat, Radio Futura, Maria del Mar Bonet, Hank Williams, Sisa, Jacques Brel, Johnny Cash, Van Morrison, Esclarecidos, The Beatles, Vainica Doble, Bob Dylan, Merle Haggard o Nosoträsh han llenado tardes como ésta. La de veces que habrás escuchado La ley del desierto, la ley del mar o Esclarecidos 2 (con esa canción inagotable que es Arponera).  




Nada

Todas mis cosas se han vuelto del revés,
guardo en las cajas momentos y un querer.
Limpio el polvo a mi vida y no encuentro,
saco brillo al silencio y no entiendo,
afeitando el olvido sin tiempo,
manoseo el recuerdo sin prisa
y se pasa la tarde y no tengo...
nada, todo.

Nosoträsh es para mí uno de esos grupos especiales y Popemas, su disco más conseguido, me parece una maravilla. Veinte canciones (más un extra) muy breves, casi fragmentarias (y, por eso, más sugerentes). que componen todo un clima de sentimientos domésticos. Canciones de olvido, de lo que se fue, de los besos recordados. Estaciones iguales, llenas de lluvia, frío de invierno, noches que cogen mal color, ceniza y medallas en el corazón. Ingenuidad y mucho amor por las palabras. Sencillez y lirismo sin pretensiones. Frescura. Lo melancólico y el humor. Y la suave voz de Natalia Quintanal. Un lugar donde se encuentran de modo mágico la canción y la poesía. No la poesía convertida en canción. Como si alguien te soplara en la nuca en un día caluroso. Un auténtico consuelo para tardes en que sientes "esa vieja angustia que hace el corazón pesado" de la que nos hablaba Antonio Machado. Un abrazo cálido bajo mantas invernales.






Tan solo por los besos

Es muy tarde, llueve tanto que,
no ves el final de la calle.
Ha nacido un río bajo mis pies.
Por él bajan barcos de colillas
que se encallan en la esquina
de una vieja alcantarilla.
Pero yo te espero,
el jersey empapado y los dedos morados.
Pero yo te espero
sólo por un beso de esos fríos mojados.
Es muy tarde, llueve tanto que...





Recuerdos que olvidé

Te recuerdo junto al mar, nubes grises y un café
y no entiendo tanto tiempo sin volver.
No se olvida sin querer y yo no quiero olvidar,
que, aunque el tiempo pase lento, ahí estás.
Algún día no sé bien, no sé cómo ni por qué,
estaré junto a las nubes, otra vez.





Doméstico

No voy a mentirte,
me sigue costando estar aquí,
me duelen los días.
Tras varios traspiés,
yo insisto en volver a riesgo de
que me trague esta vida...
Pero es esta luz de tarde muerta,
es tu mirada tras la siesta,
la lluvia en el monte, tus ojos azules o verte bailar.
La brisa del mar, el sol en mi espalda,
o pelearnos por las mantas,
no tener un duro y estar tan a gusto, dejarnos llevar.
Hacer las maletas de vez en cuando
sólo para cambiar de cuarto,
dormir en el coche si llega la noche y oírte roncar,
después, volver a arrancar.




La canción de aquel momento

Esta es la canción de aquel momento
en que soñabas con un tiempo
que nunca quiso volver.
Tantas veces fuiste un sentimiento,
un trocito de un recuerdo
y ya no sabes lo que ser.
Y si estás bien o si estás mal
lo que serás no importa ya
y si esta tarde me despierto y ya no estás.
Y si estás bien o si estás mal
lo que serás no importa ya
y si esta tarde no me quiero despertar.


Nosoträsh | Web no oficial | Rockdelux | Elephant Records

lunes, 6 de junio de 2011

Abrió una puerta


Abrió una puerta que le llevó a una puerta más pequeña; la abrió y le llevó a una puerta más pequeña, y así fue abriendo puertas hasta llegar a una puerta diminuta como una gatera por la que se metió para encontrarse con una puerta pequeña que le llevó a una puerta más grande y así siguió recorriendo un corredor infinito de puertas hasta que finalmente llegó a una pared. Al otro lado se oía una sucesión de portazos.

Juan Antonio Masoliver Ródenas


Fotografía | William Fox Talbot, The Open Door | 1844

sábado, 28 de mayo de 2011

Vendrá esta noche


Vendrá esta noche, como todas las anteriores. Trepará por la pared y se esconderá en el armario o debajo de la cama. Esperará la hora exacta, cuando relaje los músculos del cuello y entorne los párpados. Sé que voy a sentir miedo cuando escuche su respiración en la cocina o el viento frío de sus pasos acercándose por el pasillo. He intentado convencerle de que estoy débil y ya no le sirvo, mis mejillas están muy pálidas. Pero el vampiro no escucha y se ríe de mi crucifijo.

Juan Gracia Armendáriz


Fotografía | Jan Lukas, From The Cycle Labyrinth | 1960s