jueves, 30 de mayo de 2013
Vida mil estrellas
Propósito de finales de mayo. Ahora que se acercan las noches de verano, parar el tiempo y salir a la terraza a contemplar las estrellas. ¿Cuánto ha pasado? Sentir el vértigo, el pánico astral, que sentían el Mochuelo y el Moñigo. Descubrir esa perfección pitagórica de la que habla con tanta elegancia Fray Luis. Acordarte de aquel niño contador de estrellas y comprobar que, como Dámaso Alonso, ya estás algo cansado y, aunque lo intentas, no puedes seguir su ritmo, no puedes alcanzarlo.
Hay placeres tan sencillos y plenos que casi olvidamos su existencia. Escuchar música a oscuras, caminar junto al río, tocar la corteza de un árbol o repasar las páginas de uno de estos macanudos de Liniers, donde cada tira es un hallazgo. Excelente dibujo y mejor universo. Aunque a mí me gustaría ser el gato Fellini, reconozco que Enriqueta sigue tan lúcida como siempre. Yo, como ella, también quiero una de esas vidas mil estrellas.
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viernes, 19 de abril de 2013
Aire del océano
De mi infancia recuerdo libros y ningún juguete. Los había sin duda, pero se han perdido. Soldaditos, trenes, animales, casas: los juegos son miniaturas del mundo, útiles para que un niño pueda sentirse un gigante. Ayudan a crecer soportando la inferioridad.
Jugaba poco, prefería leer. Dentro de los libros no era posible imaginarse mayor. Las historias eran inmensas; y mi lectura, pequeña en comparación. Muchas cosas ni siquiera las entendía. Los libros me corroboraban mi talla minúscula. Pero algo dentro de mí se agrandaba. El médico decía que era el hígado, que entonces se curaba con aceite de hígado de bacalao.
A mí, por el contrario, me parecía que lo que aumentaba era la capacidad de llenarse de mis pulmones. La lectura de Stevenson me ha henchido de aire del océano. La poesía napolitana me soltaba la lengua. London me enseñó la nieve. Las historias de las matanzas de la guerra hacían que la vena de mi frente retumbara.
Erri De Luca | El crimen del soldado, 2012
En la fotografía que abre la entrada, Robert Louis Stevenson mira el mar desde la proa de la goleta Equator. Abajo, la goleta Casco, en la que el autor de La isla del tesoro viajó hacia los mares del Sur. 1888-1889. Samoa. Suave oleaje. El aire del océano llena los pulmones. La prosa de Erri De Luca me ha llevado hasta allí y me ha provocado unas ganas tremendas de volver a Stevenson. Libros que llevan a libros. Mundos que se comunican en el fulgor de unas líneas.
miércoles, 27 de marzo de 2013
Deseo de Miércoles Santo
Volver al niño que leía tebeos sin parar mientras su tigre de peluche le hacía los deberes de Semana Santa. Gracias, Calvin (y Hobbes). Y Watterson.
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domingo, 24 de marzo de 2013
Burning Lights
Contraté a un asesino a sueldo (Aki Kaurismäki, 1990) se desarrolla en Londres. Henri Boulanger (Jean-Pierre Léaud) es un oscuro empleado que acaba de perder su trabajo en la oficina de una depuradora de aguas. No tiene nada más. Vive solo, en un piso cochambroso con vistas a una pared de ladrillos. Apenas habla. Sus habilidades sociales no son muchas. Deprimido, falto de expectativas, sin nada más que hacer en la vida, decide suicidarse, pero su valor no es mayor que sus ilusiones, así que, tras varios intentos fallidos, toma la decisión de contratar a unos matones para que hagan el trabajo sucio. Decide convertirse en asesino de sí mismo. En algún momento próximo alguien vendrá y acabará con su vida. Mientras espera, conoce a Margaret (Margi Clarke), una florista por la que se siente atraído al instante. El problema ahora será localizar a los matones que contrató y hacerles ver que ha cambiado de opinión, pues el Honolulu Bar, donde contactó con ellos, ya no existe. En su lugar sólo hay escombros.
El Londres que encontramos en la película no es nada turístico. Eso, por supuesto, lo hace más atractivo. Interiores cochambrosos, hoteles venidos a menos, paisaje de chimeneas, solares derruidos de extrarradio, calles solitarias en que resuenan los pasos, bares de medio pelo con clientela escasa, patios interiores que dan a cementerios, oficinas en las que se acumulan los papeles y el polvo, establecimientos que guardan en su deterioro la memoria de tiempos mejores.
Rojos y verdes intensos en paredes desconchadas, reflejo de las vidas de sus personajes. Hieráticos, solitarios, callados, enfermos, desfavorecidos, miradas perdidas. Intuimos sentimientos fuertes, pero no los manifiestan. Están detrás. Miran y callan. Desconocemos su pasado. Historias contadas sin apenas diálogos, que se reducen a unas cuantas palabras sueltas dichas en el momento adecuado. Cine casi mudo que vuelve a sus orígenes: contar sólo con imágenes nuestras vidas.
La presencia de Jean-Pierre Léaud (no en su mejor papel), de mirada desorbitada, nos remite inevitablemente al Antoine Doinel que siempre fue y nos hace pensar en esta película como una secuela final de la serie que François Truffaut dedicó al personaje. La estética es muy diferente, pero el personaje tiene algunos puntos comunes. Entre ellos, su escaso sentido de la realidad y su origen francés (en la película deja bien claro que no quiere volver a su país). Es como si pudiéramos ver qué ocurrió con él algunos años después. Me ha sorprendido muy gratamente la actriz que lo acompaña, Margi Clarke, cuyo aspecto recuerda intencionadamente al personaje de Kim Novak en Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958), lo que le da un aire misterioso que sobrevuela toda la película. Desconocemos su historia. Sólo es una presencia y un sentimiento intuido.
Y, al igual que en El Havre (2011) o en Leningrad Cowboys Go America (1989), y, supongo, en toda su cinematografía, la música tiene mucha importancia. Kaurismäki incorpora a sus películas una banda sonora muy cuidada. En todos los interiores, casas o bares, siempre suenan canciones. En esta ocasión, Billie Holliday, Little Willie John, Carlos Gardel y Joe Strummer, entre otros. Canciones como "Body and Soul" o "Cuesta abajo" son en sí mismas una declaración de intenciones. O como este "Burning Lights", que quiero ahora compartir contigo.
Tras comprar unas gafas de sol (se las vende el propio Kaurismäki), el protagonista entra en un pub y suena esta hermosa canción de Joe Strummer, que nos habla de sueños de infancia que han ido creciendo con nosotros, de largos caminos recorridos y de señales que sólo tú puedes descifrar. Una guitarra eléctrica, algo de percusión y un escenario elemental. Música en estado puro para un cine en estado puro. Como un rayo de sol que entra por la ventana en un día gris.
Some dreams are made for children
But most grow old with us
And when the air can hope to hold on
And to the ground from dust to rust.
Burning lights in the desert
Such a sign only you would know
Your running tyres, they're out of pressure
Such a sign only you would know
And I've been a long haul driver
Moving things but the cops don't know
Now I can see the writing
You are the last of the buffalo
Burning lights in the desert
Such a sign only you would know
Your running tyres, they're out of pressure
Such a sign only you would know.
Now I've been to California
And I've been to New South Wales
Sometimes I, I pull over
When I realise I've left no trace
Burning lights in the desert
Such a sign only you would know
Your running tyres, they're out of pressure
Such a sign only you would know.
No he visto muchas películas de Kaurismäki (ésta no es la mejor), pero he de reconocer que este director finlandés me tiene atrapado. Un cine personal, visualmente poderoso y que llega al corazón.
viernes, 1 de marzo de 2013
Divinas palabras
El 24 de marzo de 1933 lee Valle-Inclán el texto completo de Divinas palabras a la compañía de Margarita Xirgu en el Teatro Español. Según explica Luis Iglesias Feijoo en la introducción a su edición crítica de la obra, los testimonios periodísticos del acto destacan "la viveza y ductibilidad con que Valle entonaba los diferentes papeles" y cita a Rivas Cherif, amigo personal del autor: "Quien no haya oído leer a Valle-Inclán sus propias obras no es fácil que entienda toda la significación que don Ramón atribuye a las palabras, consideradas como elementos sonoros". Algunos años después el mismo Rivas Cherif escribe: "La voz de don Ramón transmitía una emoción tan característica, que solamente la luz escénica podía reflejar con un misterio parejo el de su acento personal". De aquella lectura de Divinas palabras nos ha quedado la impresionante fotografía de abajo. Su voz cavernosa y modulada ya tuvimos ocasión de oírla por aquí leyendo un fragmento de su Sonata de otoño.
Aunque se estrenó finalmente en 1933 (el 16 de noviembre a las 10:30 de la noche), la obra se había escrito muchos años antes y había aparecido publicada por entregas en el diario madrileño El Sol durante los meses de junio y julio de 1919. Es bien conocida la relación de amor-odio hacia el teatro que mantuvo Valle-Inclán a lo largo de su vida. Amor hacia el teatro como género, odio (o rechazo) hacia la mayor parte del teatro realista de la España de su tiempo. Conocía muy bien los entresijos de las tablas desde todas las vertientes. Estuvo casado con la actriz Josefina Blanco y él mismo fue actor y director ocasional. Pero hacia 1933 se había ido desengañando del teatro comercial y había asumido que su teatro era diferente y necesitaba un público y unos actores diferentes. De ahí sus reticencias al estreno, pese al nuevo clima cultural propiciado por la República. Se cuidaron todos los detalles (la escenografía corrió a cargo de Alfonso Rodríguez-Castelao) y la obra tuvo buena acogida por parte de la crítica, pero poca respuesta del público. Según podemos leer en la web Margarita Xirgu, "el segundo día de su representación el poeta Luis Cernuda asistió a la función con tan solo seis espectadores más".
Divinas palabras, subtitulada Tragicomedia de aldea, se desarrolla en diversos escenarios de esa Galicia ancestral y mítica que tanto gustó a Valle: viejas iglesias de aldea, pórticos románicos, quintanas con cipreses y sepulturas, robledos y caminos, caseríos con hórreos y alminares, la feria de Viana del Prior, garitas de carabineros, interiores rurales, tabernas, cielos rasos llenos de luceros y más caminos. En estos ambientes se desarrolla el leve hilo narrativo, cargado de fuerza dramática. Todo gira en torno a los Gailos y a un enano deforme. Pedro Gailo, sacristán de San Clemente, anejo de Viana del Prior, está casado con Mari-Gaila. Ambos tienen una hija, Simoniña. Juana la Reina, hermana del sacristán, vive de pasear por los caminos a su hijo deforme, un enano hidrocéfalo llamado Laureaniño (todos lo llaman el Idiota), al que arrastra en un carretón para conseguir limosnas. El problema sobreviene cuando muere Juana, la madre, y la familia se disputa el uso del Idiota, visto como una bendición por la fuente de ingresos que supone. Por una parte está Mari-Gaila, la cuñada; por otra, Marica del Reino, hermana de la difunta. Mari-Gaila, mujer impetuosa, de un fuerte erotismo primigenio, escapa con su amante, Séptimo Miau, expresidiario, y se lleva con ella hasta la feria de Viana al enano. La tragedia comienza cuando un grupo emborracha al Idiota y muere.
En este mundo de personajes elementales, movidos, como le gusta a Valle, por la avaricia, la lujuria, la superstición, la honra, la muerte y la religión, destaca la presencia de Mari-Gaila. La escena de sexo con Séptimo Miau en la garita de los guardias ("El farandul muerde la boca de la mujer, que se recoge suspirando, fallecida y feliz. El claro de luna los destaca sobre la puerta de la garita abandonada"); la conjura nocturna del Trasgo cabrío entre risas y viento en los maizales ("¡Esta noche bien me retorciste los cuernos!", le dice mientras danzan las brujas); o su frenesí, tapándose el sexo, mientras baila desnuda entre viejos y mozos ("Mari-Gaila se arranca el justillo, y con la carne temblorosa, sale de entre las sueltas enaguas. De un hombro le corre un hilo de sangre. Rítmica y antigua, adusta y resuelta, levanta su blanca desnudez ante el río cubierto de oros"), son de una modernidad absoluta.
Hay dos aspectos de Divinas palabras que llaman especialmente la atención: el lenguaje y la variedad de escenarios. Tras ese mundo tan negro y descarnado que presenta, hay un esteta. Valle-Inclán, como es sabido, es un auténtico orfebre del lenguaje. Cada palabra está cargada de resonancias antiguas y no dice sólo lo que significa, sino mucho más. Trae ecos lejanos. Resonancias cultas, populares, arcaicas, galaicas. Las acotaciones, entendidas como un elemento literario más, están cuidadísimas y llenas de logros expresivos. Pocas veces la prosa castellana ha sido tan sintética y tan poética al mismo tiempo:
El farandul empuja suavemente a la coima, que se resiste blanda y amorosa, recostándose en el pecho del hombre. Los cohetes abren sus luces de colores y cabrillean sobre el mar. Clamoreo de campanas que toca a vísperas. En la súbita claridad de los cohetes aparecen las torres de la Colegiata. Mari-Gaila, en la puerta de la garita, se agacha y levanta un naipe caído en la arena.
Mari-Gaila deja caer el cántaro, desanuda el pañuelo que lleva a la cabeza, y frente a la hija que suspira apocada, abre los brazos en ritmos trágicos y antiguos. La fila de cabezas, con un murmullo casi religioso, está vuelta para la plañidera que bajo las sombras de la fuente aldeana resucita una antigua belleza histriónica. Detenida en lo alto del camino, abre la curva cadenciosa de los brazos, con las curvas sensuales de la voz.
El otro aspecto que comentábamos, la variedad de escenarios, nos acerca a una de las cuestiones más debatidas del teatro de Valle: su representabilidad. De alguna manera, la naturaleza aparece en la obra como un personaje más: maizales, cucos, caminos al atardecer, sotos de castaños, cielos estrellados, el viento, un sapo que canta. Es tal la variedad de escenarios que su representación realista según los usos teatrales de la época sería impensable. Valle no dejó escrita ninguna teoría teatral completa, pero sí dejó apuntes interesantísimos dispersos por aquí y allá. Algunos de ellos aparecen recogidos por Luis Iglesias Feijoo en la edición que he manejado. Don Ramón es partidario, frente a las limitaciones del momento (el "teatro de camilla casera"), de un teatro de muchos escenarios, pues es el escenario el que crea la situación y no al revés:
La técnica francesa ha echado a perder nuestro teatro. Este absurdo decadente de querer encerrar la acción dramática en tres lugares (gabinete elegantemente amueblado, patio andaluz o salón de fiestas) ha hecho de nuestro teatro, antes frágil y expresivo, un teatro cansino y desvaído. [Debe ser] como ha sido siempre: un teatro de escenarios, de numerosos escenarios. Porque se parte de un error fundamental, y es éste: el creer que la situación crea el escenario. Eso es una falacia, porque, al contrario, es el escenario el que crea la situación. Por eso, el mejor autor teatral será siempre el mejor arquitecto. Ahí está nuestro teatro clásico, teatro nacional, donde los autores no hacen más que eso: llevar la acción sin relatos a través de muchos escenarios.Eso lo lleva a entroncar directamente con Shakespeare (al que admiraba) y con el teatro de nuestro Siglo de Oro, ambos de escenarios cambiantes, ajenos a la rigidez de la unidad de lugar aristotélica. Y también con el cine. Por ahí cree que debe ir el teatro moderno:
Nuestro teatro necesita el grito y la decoración. Por eso me indigna ver adaptados a nuestros clásicos y románticos a la estética francesa: la reducción, la simplificación de escenarios. ¿Por qué le quitan a El alcalde de Zalamea los fondos magníficos en que lo imaginó Calderón? ¿Por qué le meten poco menos que en una "sala decentemente amueblada"? [...] No se puede, ni se debe eludir la diversidad de escenarios. Los clásicos y los románticos no escamotean ningún fondo. Ése es el camino del futuro teatro.
El teatro ha de conmover a los hombres o divertirles; es igual. Pero si se trata de crear un teatro dramático español, hay que esperar a que esos intérpretes, viciados por un teatro de camilla casera, se acaben. Y entonces habrá que hacer un teatro sin relatos, ni únicos decorados; que siga el ejemplo del cine actual, que, sin palabras y sin tono, únicamente valiéndose del dinamismo y la variedad de imágenes, de escenarios, ha sabido triunfar en todo el mundo.
El teatro de Valle-Inclán se sitúa muy por encima del que se hacía en su época. Sólo Lorca, algo más tarde, conseguirá acercarse. Dentro de la producción teatral de Valle, esta tragicomedia de aldea está a la altura de sus Comedias bárbaras o de Luces de bohemia. Una lectura muy recomendable. Imprescindible para cualquier amante del teatro.
Divinas palabras
Ramón del Valle-Inclán, 1919
Clásicos Castellanos, Espasa-Calpe, Madrid, 1991, 1ª edición, 402 pp.
Edición crítica de Luis Iglesias Feijoo
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lunes, 25 de febrero de 2013
Medir el tiempo por veranos
Sólo hay tiempo para percibir por un instante la melancolía del refugio de Bobby y pensar en la extrema tristeza que impregna todos los lugares de veraneo, sean cabañas o casitas en el bosque o la costa, en Penobscot Bay o el Cabo de su niñez, en Michigan ahora, que no es únicamente la melancolía de cuando la infancia ha pasado y el lugar ya no existe, ni la tristeza genérica de colocar tablones para proteger las ventanas, sino una tristeza en plena estación, en los soleados días de las excursiones lo mismo que en los días nublados pasados en la tumbona, del silencio de agosto, la marcha de los pájaros, las varas de oro, el adiós en cada saludo. La triste vanidad de medir el tiempo por veranos, anulando el invierno y el resto de las cosas.
Austin Wright | Tres noches, 1993
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lunes, 18 de febrero de 2013
La ley es como el agua caliente
A poco que nos acerquemos a ellos con algo de tiempo y ciertas dosis de cariño, los clásicos nunca dejarán de sorprendernos. En primer lugar, porque suelen ser mucho más cercanos de lo que pudieran indicar los siglos que han pasado desde su escritura. Y, en segundo lugar, porque son más divertidos de lo que imaginamos.
Gorgojo (Curculio) no está ni mucho menos entre las mejores comedias de Plauto. Se trata de una obra menor, tanto en extensión como en pretensiones, pero es muy divertida, está llena de vida y se lee de un tirón. El punto de partida de su argumento es muy sencillo: Fédromo está enamorado de la joven Planesia, esclava en casa del lenón Capadocio. Ella también lo quiere a él. Como no tiene dinero para rescatarla, Fédromo envía a Gorgojo, su parásito, hasta Caria con el fin de que consiga un préstamo. Mientras esperan su regreso, los encuentros de los enamorados se reducen a algunos escarceos y besos nocturnos, aprovechando la ausencia por enfermedad de Capadocio (pasa la noche encamado en el santuario de Esculapio) y la complicidad de Leena, la vieja guardiana borracha. Hasta aquí puedo contar.
En las páginas de Curculio encontramos el día a día de su tiempo: los banquetes y el hambre, los achaques de las enfermedades cuya curación se confía a los dioses y los amores que consumen cada minuto del pensamiento. El vino y las puertas cerradas que necesitamos imperiosamente abrir. Los anillos perdidos y las familias reencontradas. Esclavos y parásitos. Usureros y alcahuetes. Vidas representadas sobre un escenario que provocan, primero, la risa y, después, la reflexión. Los diálogos son vivos e ingeniosos, llenos de chistes y bromas destinadas a provocar la carcajada del espectador. Los personajes responden a los tipos propios de las comedias latinas: jóvenes enamorados, esclavos, gorrones, lenones, viejas borrachas, cocineros, usureros y soldados fanfarrones. Especial mención merece, además de Gorgojo (el parásito, el centro de toda la trama), el personaje de Palinuro (esclavo de Fédromo). Palinuro, que se toma muchas confianzas, funciona como contrapunto cómico a los temores y elevadas reflexiones amorosas de su amo Fédromo:
En realidad no puedo por menos de reprobar la conducta de mi amo. Pues bien está amar un poquito, con sensatez; amar a lo loco no está bien; pero entregarse en cuerpo y alma al amor es una verdadera locura, y esto es lo que hace mi amo.Incluso quiere saber hasta dónde ha llegado con su amada Planesia:
FÉDROMO.- Por mi parte es tan pura como si fuera mi hermana, a no ser que unos besos hayan mermado algo su pureza.Palabras que recuerdan las que dice Calisto a Melibea en pleno combate amoroso en el huerto. Ella se queja de que es excesivo con sus manos, de que le quiere quitar la camisa y daña sus vestiduras. Y él, momentos antes tan refinado por el amor cortés, le suelta ahora aquello de:
PALINURO.- No olvides que junto al humo siempre está el fuego. Y es cierto que el humo no quema, pero el fuego sí. El que quiere comerse una nuez, primero rompe la cáscara. El que quiere acostarse con su amiga, despeja el camino con besos.
Señora, el que quiere comer el ave, quita primero las plumas.Los ecos de estas comedias llegan lejos. De un modo u otro, están en los pasos de Lope de Rueda y en los de Cervantes. Y en La Celestina, uno de cuyos precedentes es precisamente Leena, la vieja borracha que guarda la puerta de Planesia, a la que consiguen hacer salir regando su puerta con vino. Buen olfato. Recuérdese también el personaje de Centurio, el soldado fanfarrón al que mandan Elicia y Areúsa para que dé un buen "susto" a Calisto como venganza por las muertes de sus amados Pármeno y Sempronio, personaje que tiene ecos claros del Miles gloriosus de Plauto. Y, por supuesto, estos ecos llegan hasta los criados de muchas de las comedias de Shakespeare. Los personajes de La comedia de los errores están sacados directamente de Los Menecmos (Menaechmi), comedia en la que se basó el dramaturgo inglés.
Y, como toda comedia que se precie, Curculio también tiene su punto de sátira. El viejo Plauto, entre enredo y reencuentro, le da un buen repaso a los banqueros. Se ve que en su época eran tan poco de fiar como en la nuestra:
Es una solemne tontería decir que el dinero confiado en depósito a los banqueros está poco seguro. Yo digo que ni poco ni mucho. Y esto es algo que he podido comprobar bien hoy. No está poco seguro lo que jamás te devuelven. Está completamente perdido.Y, mientras, ellos, los pobres banqueros, se quejan de lo poco que tienen:
Todos me toman por rico. Acabo de echar unas cuentecillas para saber cuánto dinero tengo y cuánto debo. Soy rico, si no pago a mis acreedores; si les pago, el saldo es negativo. Pero, por Hércules, pensándolo bien, si me acosan demasiado, recurriré al pretor. ¿No es esto lo que hace la mayoría de los banqueros, reclamar el dinero a los demás, no devolvérselo a nadie y resolver el asunto a puñetazos, si alguien viene a reclamar en tono demasiado alto?Esto me recuerda algo. Ya se sabe: la "pobreza" de los ricos. Habría que aclarar que "recurrir al pretor" suponía declararse en quiebra, en suspensión de pagos, y no satisfacer la deuda contraída. Ahora hablaríamos de ayudas del Estado y de nacionalizaciones. Para lo de "resolver el asunto a puñetazos" se han encontrado métodos menos violentos pero más contundentes.
Ante tales abusos, Gorgojo exclama indignado:
Vosotros arruináis a los hombres con la usura, ellos con sus provocaciones y sus burdeles. El pueblo ha aprobado infinidad de leyes contra vosotros; pero ley que se aprueba, ley que vosotros os saltáis a la torera; siempre encontráis alguna escapatoria. Para vosotros la ley es como el agua caliente: enseguida se enfría.¿Podemos decir que los clásicos no son actuales?
Gorgojo (Curculio)
Plauto, hacia 193 a.C.
Letras Universales, Cátedra, Madrid, 2007, 8ª edición
Edición y traducción de José Román Bravo
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lunes, 11 de febrero de 2013
Crepúsculo
Cada crepúsculo resume,
no sabemos bien cómo,
los días que nos faltan.
Es como el adelanto de un suspiro,
una preparación para lo informe,
un contrabando de la espera.
Cada crepúsculo nos borra
un poco más de nuestro nombre.
Cada crepúsculo nos trae
un poco más de nuestra ausencia.
Hasta que cada uno aparece
como un punto de referencia
inventado por el crepúsculo.
Roberto Juarroz | Novena poesía vertical, 1986
El paisaje que abre esta entrada es del expresionista austríaco Egon Schiele. Se titula Cuatro árboles y fue pintado en 1917. Tiene algo sereno e inquietante al mismo tiempo y me recuerda esa mezcla de dulzura y tristeza de la que siempre hablaba Juan Ramón Jiménez al describir los atardeceres. Paisajes interiorizados. Atardeceres del alma.
jueves, 7 de febrero de 2013
Veracruz
Recuerdo cuando intentaba imitar la sonrisa de Burt Lancaster después de haberle visto con Gary Cooper en Veracruz. Durante muchos días estuve practicando en el patio de atrás. Serpenteando por entre las tomateras. Riendo con todos los dientes al desnudo. Riéndome de esa risa. Alzando el labio superior para descubrir los dientes. Después de practicar esa sonrisa durante unos cuantos días intenté utilizarla ante las chicas de la escuela. Ellas no parecían ni enterarse. Forcé mi interpretación hasta que empezaron a producirse extrañas reacciones entre mis compañeros. Miraban fijamente mis dientes, y asomaba a sus ojos una expresión asustada. Ya no me acordaba de lo feos que eran mis dientes. De que uno de ellos lo tenía podrido, de color pardo y montado encima del diente roto que estaba a su lado. De hecho, había llegado a estar convencido de que era poseedor de una hilera de perfectos y perlados dientes como los de Burt Lancaster. Como no quería asustar a nadie, dejé de reír en cuanto me di cuenta de lo que pasaba. Sólo lo hacía cuando estaba solo. Poco después dejé de hacerlo incluso a solas. Volví a mi cara vacía.
25/4/81
Homestead Valley, Ca.
Sam Shepard | Crónicas de motel, 1982
¡Cuanto tiempo hace que no me acercaba a este libro! Esta tarde, no sé muy bien por qué, me he acordado de él. Inmediatamente he dejado lo que hacía y no me he resistido al impulso de buscarlo entre los estantes. Revisar algunos de sus textos me ha llevado muy lejos. A Granada en 1985. Fue un libro que leí (leímos) y releí (releímos) mucho. Para mí, acostumbrado a los clásicos y a los contemporáneos españoles, era algo totalmente nuevo. Vidas rotas, viejos automóviles, carreteras nocturnas a ningún sitio. Hank Williams y Tammy Wynette. El desierto. Un estilo seco y contundente. Era la época de París, Texas (Wim Wenders,1984). Casi de la mano llegarían los relatos de Raymond Carver y los libros de Richard Ford y Tobias Wolff. Todo el mundo hablaba del realismo sucio. Ahora mismo tengo el libro en mis manos. Mezcla de poemas, descarnados relatos breves y fotografías en un tosco, pero sugerente, blanco y negro. Papel amarillento y de baja calidad. El tacto de otro tiempo. Y la mejor portada de Anagrama que haya visto nunca. ¿Qué lector de libros electrónicos puede ofrecerte esto?
¿Cómo resistirse a relatos que comienzan así?
Perdieron la emisora navajo a unos noventa kilómetros al este de Gallup en la Highway 40. Simplemente, desapareció...
Mi papá tiene una colección de discos metida en cajas de cartón que guarda alineadas junto a la pared de su dormitorio, coleccionando polvo de Nuevo México...
Se lavó la camisa roja en el lavabo. Extendió una toalla del motel en el suelo. Extendió la camisa sobre la toalla. Mientras alisaba las mangas y las cruzaba sobre los faldones de la camisa, pensó en su propia muerte...
Cada vez que oía pasar un avión por encima de nuestras tierras, mi papá tenía la costumbre de pasarse los dedos por la cicatriz de metralla de su nuca...O este otro, tan contundente, que reproduzco íntegro:
Hay una mariposa monarca muerta en la acera de Ozona. La brisa se la lleva de acá para allá. Durante todo el día ha estado estrellándose contra mi parabrisas, dejando salpicaduras rosadas y doradas en el cristal. He visto a una de ellas que caía a plomo desde el cielo y chocaba contra el asfalto de la Highway 10 East. Debe de ser la época del año en la que tienen que morir.Volveré a leerlo alguna vez más.
miércoles, 6 de febrero de 2013
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