jueves, 11 de julio de 2013
Por allí resoplan
Seguimos con referencias literarias en los cómics. Ellos también leen. Aquí Calvin se transforma en capitán Ahab nada más meterse, obligado por su madre, en la bañera. Si hay algo que nos entusiasma a los lectores de la tira es la imaginación con la que nuestro pequeño amigo aborda algunos de los aspectos más ingratos de su realidad cotidiana. La escuela se convierte en un inmenso vacío interestelar surcado por el capitán Spiff, y la señorita Carcoma en un monstruoso alienígena. La comida deja de ser verdura aburrida y a la hora de dormir, demasiado temprano, siempre hay monstruos bajo la cama. Si la realidad es ingrata, nada mejor que crear otra, aunque, a veces, el intento salga caro.
Aquí tienes la tira completa, una de las primeras páginas dominicales de la serie.
Y, ya puestos, otra referencia literaria. En este caso, Caperucita Roja. Alguien me contó una vez que cambiaba los finales de algunos cuentos infantiles porque le parecían muy crueles para los niños (sic). Ni Calvin ni Hobbes estarían de acuerdo.
Y algunos ejemplos más de la imaginación de Calvin (y de Watterson).
Todas estas tiras pertenecen al libro Calvin y Hobbes para principiantes, de Bill Watterson, editado por Ediciones B. Para mí es la mejor tira de prensa jamás dibujada. Releerlo en verano es una auténtica delicia.
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viernes, 14 de junio de 2013
Fuera del mundo
Fuera del mundo
Cuanto nosotros somos y tenemos
forma un curso que va a su desenlace:
la pérdida total.
No es un fracaso.
Es el término justo de una Historia,
Historia sabiamente organizada.
Si naces, morirás. ¿De qué te quejas?
Sean los dioses, ellos, inmortales.
Naturalmente que, por fin, decline y me consuma.
Haya muerte serena entre los míos.
Algún día ─¿tal vez penosamente?─
me dormiré tranquilo, sosegado.
No me despertaré por la mañana
ni por la tarde. ¿Nunca?
¿Monstruo sin cuerpo yo?
Se cumpla el orden.
No te entristezca el muerto solitario.
En esa soledad no está, no existe.
Nadie en los cementerios.
¡Qué solas se quedan las tumbas!
Jorge Guillén | Final, 1981
Cada vez me gusta más la poesía de Jorge Guillén. Reconozco que tardé en descubrirla, pues siempre me había parecido un poeta demasiado abstracto e incómodo de leer. Ahora, en cambio, cada vez que me acerco a uno de sus textos, me entusiasma su aparente sencillez formal: la precisión de sus palabras, que enuncian con contundencia verdades conocidas (y olvidadas), como ocurre en este poema. Poesía meditativa. Tono clásico. Guillén habla de la muerte sin dramatismo, aceptándola como un elemento más, inevitable, del orden natural. Cargada de dramatismos y sombras fantasmagóricas estaba, en cambio, la muerte en Bécquer ("¡Dios mío, qué solos / se quedan los muertos!"), al que Guillén rinde homenaje en el último verso llevándole, poéticamente, la contraria.
Este sentido de aceptación de la muerte lo encontramos tambíén en Juan Ramón, para quien la muerte se convierte, en su búsqueda de la totalidad, en algo necesario: la mitad de sombra que completará esa mitad de luz que es la vida. Nos lo explica en este otro poema, lleno de profundo lirismo:
Cénit
Yo no seré yo, muerte,
hasta que tú te unas con mi vida
y me completes así todo;
hasta que mi mitad de luz se cierre
con mi mitad de sombra,
—y sea yo equilibrio eterno
en la mente del mundo:
unas veces, mi medio yo, radiante;
otras, mi otro medio yo, en olvido.—
Yo no seré yo, muerte,
hasta que tú, en tu turno, vistas
de huesos pálidos mi alma
Juan Ramón Jiménez | Belleza, 1923
Y, por supuesto, en Jorge Manrique, que acaba su conocida elegía con la aceptación cristiana de la muerte por parte del caballero, rodeado de sus familiares:
"Non tengamos tiempo ya
en esta vida mezquina
por tal modo,
que mi voluntad está
conforme con la divina
para todo;
e consiento en mi morir
con voluntad plazentera,
clara e pura,
que querer hombre vivir
cuando Dios quiere que muera,
es locura." [...]
Assí, con tal entender,
todos sentidos humanos
conservados,
cercado de su mujer
y de sus hijos e hermanos
e criados,
dio el alma a quien gela dio
(el cual la ponga en el cielo
en su gloria),
que aunque la vida perdió,
dexónos harto consuelo
su memoria.
Jorge Manrique | Coplas a la muerte de su padre, siglo XV
Sencillez formal, profundidad de pensamiento. Aceptación de la muerte en virtud del inevitable orden natural o de la búsqueda de la plenitud (forma suprema de la Belleza) o de una idea cristiana de la vida. Poesía, aparentemente abstracta, que nos habla sin apenas retórica de verdades desnudas.
El hermoso río con puente de piedra que abre la entrada fue pintado por el impresionista noruego Frits Thaulow (1847-1906).
miércoles, 12 de junio de 2013
Desde una sola ventana
Porque, después de todo, a la vida se la observa mejor desde una sola ventana.
F. Scott Fitzgerald | El gran Gatsby, 1925
jueves, 6 de junio de 2013
Sobre el poder de la música
El poder del arte de la música llegó a ser tan evidente a través de los estudios de los antiguos filósofos, que los pitagóricos acostumbraban a liberarse de los problemas de cada día con ciertas melodías que les producían una gran paz y, del mismo modo, al levantarse, disipaban la pereza producida por el sueño con otras melodías diferentes, porque sabían que toda la estructura del alma y del cuerpo están unidas por la armonía musical.
Boecio | De institutione musica, siglo VI
Repasando un viejo libro de música, me topé el otro día con esta cita de Boecio y al instante pensé en compartirla aquí contigo. No conozco arte más inmediato para transmitir (y conservar) emociones que la música. Quizá sólo la poesía se le puede acercar, aunque de un modo muy diferente. Una canción que nos gusta conforma un mundo propio que hemos ido llenado con cada escucha, siempre diferente, según el momento y la compañía. ¿No te ocurre a ti también que asocias una canción, como una lectura, con un lugar concreto o una ciudad? Escuchar música es emprender un viaje hacia nuestro pasado: visitar viejos amigos y comprobar que su casa sigue tan acogedora, que nada ha cambiado, aunque los días nos hayan convertido en otros y los hayamos tenido un poco abandonados, perdidos en las preocupaciones del día a día. Las canciones nos llevan a tiempos recordados y a tiempos imaginados.
En estos días de vértigo, las noticias aparecen y se esfuman movidas por la mano oculta que llaman actualidad. Siguiendo la vieja costumbre de nuestros padres, ahora que ya vamos teniendo su edad, encendemos la radio nada más abrir los ojos y la actualidad nos ahoga con sus cifras y sus pactos imposibles y sus intereses mezquinos. Apenas podemos tenernos aún en pie y ya nos saludan con un buen puñetazo en la boca del estómago, tan atinado que ni siquiera el aroma del café que nos espera en la cocina es capaz de colocarlo de nuevo en su lugar. Quizá el transistor no sea tan buen invento.
Por eso, no estaría mal seguir el viejo consejo de Boecio y los pitagóricos. Saludar el día con algo de música no puede ser malo. Ya habrá tiempo de que la actualidad se apodere de nosotros. Es implacable. Pero, mientras tanto, podemos, durante unos minutos, ser dueños de nuestro tiempo, aunque sepamos que el intento es sólo una quimera que acabará con la canción. Disipar la pereza del sueño al levantarse, dice Boecio. Suena bien.
Ahora, en este largo atardecer de junio, con cielo azul y castillo de fondo, terminado ya el trabajo, me apetece volver a escuchar tranquilamente esta vieja canción de Gram Parsons y Emmylou Harris, que nos habla de asuntos tan intemporales como esos amores imposibles que sabemos deben acabar. Deseos que arderán por última vez. Dejemos por esta noche que el fuego nos consuma y ya recogeremos mañana las cenizas.
We know it's wrong to let this fire burn between us
We've got to stop this wild desire in you and in me
So, we'll let the flame burn once again until the thrill is gone
Then we'll sweep out the ashes in the morning.
We're two people caught up in the flame that has to die out soon
I didn't mean to start this fire and neither did you
So, tonight when you hold me tight we'll let the fire burn on
And we'll sweep out the ashes in the morning.
Each time when we meet we both agree that it's for the last time
But out of your arms, I'm out of my mindSo, we'll taste the thrill of stolen love tonight until the dawning
And we'll sweep out the ashes in the morning.
We're two people caught up in the flame that has to die out soon
I didn't mean to start this fire and neither did you
So, tonight when you hold me tight we'll let the fire burn on
And we'll sweep out the ashes in the morning.
Yes, we'll taste the thrill of stolen love tonight until the dawning
And we'll sweep out the ashes
We'll sweep out the ashes
We'll sweep out the ashes in the morning.
Ya veremos qué nos cuenta mañana el transistor. Si es que lo dejamos, claro.
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jueves, 30 de mayo de 2013
Vida mil estrellas
Propósito de finales de mayo. Ahora que se acercan las noches de verano, parar el tiempo y salir a la terraza a contemplar las estrellas. ¿Cuánto ha pasado? Sentir el vértigo, el pánico astral, que sentían el Mochuelo y el Moñigo. Descubrir esa perfección pitagórica de la que habla con tanta elegancia Fray Luis. Acordarte de aquel niño contador de estrellas y comprobar que, como Dámaso Alonso, ya estás algo cansado y, aunque lo intentas, no puedes seguir su ritmo, no puedes alcanzarlo.
Hay placeres tan sencillos y plenos que casi olvidamos su existencia. Escuchar música a oscuras, caminar junto al río, tocar la corteza de un árbol o repasar las páginas de uno de estos macanudos de Liniers, donde cada tira es un hallazgo. Excelente dibujo y mejor universo. Aunque a mí me gustaría ser el gato Fellini, reconozco que Enriqueta sigue tan lúcida como siempre. Yo, como ella, también quiero una de esas vidas mil estrellas.
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viernes, 19 de abril de 2013
Aire del océano
De mi infancia recuerdo libros y ningún juguete. Los había sin duda, pero se han perdido. Soldaditos, trenes, animales, casas: los juegos son miniaturas del mundo, útiles para que un niño pueda sentirse un gigante. Ayudan a crecer soportando la inferioridad.
Jugaba poco, prefería leer. Dentro de los libros no era posible imaginarse mayor. Las historias eran inmensas; y mi lectura, pequeña en comparación. Muchas cosas ni siquiera las entendía. Los libros me corroboraban mi talla minúscula. Pero algo dentro de mí se agrandaba. El médico decía que era el hígado, que entonces se curaba con aceite de hígado de bacalao.
A mí, por el contrario, me parecía que lo que aumentaba era la capacidad de llenarse de mis pulmones. La lectura de Stevenson me ha henchido de aire del océano. La poesía napolitana me soltaba la lengua. London me enseñó la nieve. Las historias de las matanzas de la guerra hacían que la vena de mi frente retumbara.
Erri De Luca | El crimen del soldado, 2012
En la fotografía que abre la entrada, Robert Louis Stevenson mira el mar desde la proa de la goleta Equator. Abajo, la goleta Casco, en la que el autor de La isla del tesoro viajó hacia los mares del Sur. 1888-1889. Samoa. Suave oleaje. El aire del océano llena los pulmones. La prosa de Erri De Luca me ha llevado hasta allí y me ha provocado unas ganas tremendas de volver a Stevenson. Libros que llevan a libros. Mundos que se comunican en el fulgor de unas líneas.
miércoles, 27 de marzo de 2013
Deseo de Miércoles Santo
Volver al niño que leía tebeos sin parar mientras su tigre de peluche le hacía los deberes de Semana Santa. Gracias, Calvin (y Hobbes). Y Watterson.
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domingo, 24 de marzo de 2013
Burning Lights
Contraté a un asesino a sueldo (Aki Kaurismäki, 1990) se desarrolla en Londres. Henri Boulanger (Jean-Pierre Léaud) es un oscuro empleado que acaba de perder su trabajo en la oficina de una depuradora de aguas. No tiene nada más. Vive solo, en un piso cochambroso con vistas a una pared de ladrillos. Apenas habla. Sus habilidades sociales no son muchas. Deprimido, falto de expectativas, sin nada más que hacer en la vida, decide suicidarse, pero su valor no es mayor que sus ilusiones, así que, tras varios intentos fallidos, toma la decisión de contratar a unos matones para que hagan el trabajo sucio. Decide convertirse en asesino de sí mismo. En algún momento próximo alguien vendrá y acabará con su vida. Mientras espera, conoce a Margaret (Margi Clarke), una florista por la que se siente atraído al instante. El problema ahora será localizar a los matones que contrató y hacerles ver que ha cambiado de opinión, pues el Honolulu Bar, donde contactó con ellos, ya no existe. En su lugar sólo hay escombros.
El Londres que encontramos en la película no es nada turístico. Eso, por supuesto, lo hace más atractivo. Interiores cochambrosos, hoteles venidos a menos, paisaje de chimeneas, solares derruidos de extrarradio, calles solitarias en que resuenan los pasos, bares de medio pelo con clientela escasa, patios interiores que dan a cementerios, oficinas en las que se acumulan los papeles y el polvo, establecimientos que guardan en su deterioro la memoria de tiempos mejores.
Rojos y verdes intensos en paredes desconchadas, reflejo de las vidas de sus personajes. Hieráticos, solitarios, callados, enfermos, desfavorecidos, miradas perdidas. Intuimos sentimientos fuertes, pero no los manifiestan. Están detrás. Miran y callan. Desconocemos su pasado. Historias contadas sin apenas diálogos, que se reducen a unas cuantas palabras sueltas dichas en el momento adecuado. Cine casi mudo que vuelve a sus orígenes: contar sólo con imágenes nuestras vidas.
La presencia de Jean-Pierre Léaud (no en su mejor papel), de mirada desorbitada, nos remite inevitablemente al Antoine Doinel que siempre fue y nos hace pensar en esta película como una secuela final de la serie que François Truffaut dedicó al personaje. La estética es muy diferente, pero el personaje tiene algunos puntos comunes. Entre ellos, su escaso sentido de la realidad y su origen francés (en la película deja bien claro que no quiere volver a su país). Es como si pudiéramos ver qué ocurrió con él algunos años después. Me ha sorprendido muy gratamente la actriz que lo acompaña, Margi Clarke, cuyo aspecto recuerda intencionadamente al personaje de Kim Novak en Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958), lo que le da un aire misterioso que sobrevuela toda la película. Desconocemos su historia. Sólo es una presencia y un sentimiento intuido.
Y, al igual que en El Havre (2011) o en Leningrad Cowboys Go America (1989), y, supongo, en toda su cinematografía, la música tiene mucha importancia. Kaurismäki incorpora a sus películas una banda sonora muy cuidada. En todos los interiores, casas o bares, siempre suenan canciones. En esta ocasión, Billie Holliday, Little Willie John, Carlos Gardel y Joe Strummer, entre otros. Canciones como "Body and Soul" o "Cuesta abajo" son en sí mismas una declaración de intenciones. O como este "Burning Lights", que quiero ahora compartir contigo.
Tras comprar unas gafas de sol (se las vende el propio Kaurismäki), el protagonista entra en un pub y suena esta hermosa canción de Joe Strummer, que nos habla de sueños de infancia que han ido creciendo con nosotros, de largos caminos recorridos y de señales que sólo tú puedes descifrar. Una guitarra eléctrica, algo de percusión y un escenario elemental. Música en estado puro para un cine en estado puro. Como un rayo de sol que entra por la ventana en un día gris.
Some dreams are made for children
But most grow old with us
And when the air can hope to hold on
And to the ground from dust to rust.
Burning lights in the desert
Such a sign only you would know
Your running tyres, they're out of pressure
Such a sign only you would know
And I've been a long haul driver
Moving things but the cops don't know
Now I can see the writing
You are the last of the buffalo
Burning lights in the desert
Such a sign only you would know
Your running tyres, they're out of pressure
Such a sign only you would know.
Now I've been to California
And I've been to New South Wales
Sometimes I, I pull over
When I realise I've left no trace
Burning lights in the desert
Such a sign only you would know
Your running tyres, they're out of pressure
Such a sign only you would know.
No he visto muchas películas de Kaurismäki (ésta no es la mejor), pero he de reconocer que este director finlandés me tiene atrapado. Un cine personal, visualmente poderoso y que llega al corazón.
viernes, 1 de marzo de 2013
Divinas palabras
El 24 de marzo de 1933 lee Valle-Inclán el texto completo de Divinas palabras a la compañía de Margarita Xirgu en el Teatro Español. Según explica Luis Iglesias Feijoo en la introducción a su edición crítica de la obra, los testimonios periodísticos del acto destacan "la viveza y ductibilidad con que Valle entonaba los diferentes papeles" y cita a Rivas Cherif, amigo personal del autor: "Quien no haya oído leer a Valle-Inclán sus propias obras no es fácil que entienda toda la significación que don Ramón atribuye a las palabras, consideradas como elementos sonoros". Algunos años después el mismo Rivas Cherif escribe: "La voz de don Ramón transmitía una emoción tan característica, que solamente la luz escénica podía reflejar con un misterio parejo el de su acento personal". De aquella lectura de Divinas palabras nos ha quedado la impresionante fotografía de abajo. Su voz cavernosa y modulada ya tuvimos ocasión de oírla por aquí leyendo un fragmento de su Sonata de otoño.
Aunque se estrenó finalmente en 1933 (el 16 de noviembre a las 10:30 de la noche), la obra se había escrito muchos años antes y había aparecido publicada por entregas en el diario madrileño El Sol durante los meses de junio y julio de 1919. Es bien conocida la relación de amor-odio hacia el teatro que mantuvo Valle-Inclán a lo largo de su vida. Amor hacia el teatro como género, odio (o rechazo) hacia la mayor parte del teatro realista de la España de su tiempo. Conocía muy bien los entresijos de las tablas desde todas las vertientes. Estuvo casado con la actriz Josefina Blanco y él mismo fue actor y director ocasional. Pero hacia 1933 se había ido desengañando del teatro comercial y había asumido que su teatro era diferente y necesitaba un público y unos actores diferentes. De ahí sus reticencias al estreno, pese al nuevo clima cultural propiciado por la República. Se cuidaron todos los detalles (la escenografía corrió a cargo de Alfonso Rodríguez-Castelao) y la obra tuvo buena acogida por parte de la crítica, pero poca respuesta del público. Según podemos leer en la web Margarita Xirgu, "el segundo día de su representación el poeta Luis Cernuda asistió a la función con tan solo seis espectadores más".
Divinas palabras, subtitulada Tragicomedia de aldea, se desarrolla en diversos escenarios de esa Galicia ancestral y mítica que tanto gustó a Valle: viejas iglesias de aldea, pórticos románicos, quintanas con cipreses y sepulturas, robledos y caminos, caseríos con hórreos y alminares, la feria de Viana del Prior, garitas de carabineros, interiores rurales, tabernas, cielos rasos llenos de luceros y más caminos. En estos ambientes se desarrolla el leve hilo narrativo, cargado de fuerza dramática. Todo gira en torno a los Gailos y a un enano deforme. Pedro Gailo, sacristán de San Clemente, anejo de Viana del Prior, está casado con Mari-Gaila. Ambos tienen una hija, Simoniña. Juana la Reina, hermana del sacristán, vive de pasear por los caminos a su hijo deforme, un enano hidrocéfalo llamado Laureaniño (todos lo llaman el Idiota), al que arrastra en un carretón para conseguir limosnas. El problema sobreviene cuando muere Juana, la madre, y la familia se disputa el uso del Idiota, visto como una bendición por la fuente de ingresos que supone. Por una parte está Mari-Gaila, la cuñada; por otra, Marica del Reino, hermana de la difunta. Mari-Gaila, mujer impetuosa, de un fuerte erotismo primigenio, escapa con su amante, Séptimo Miau, expresidiario, y se lleva con ella hasta la feria de Viana al enano. La tragedia comienza cuando un grupo emborracha al Idiota y muere.
En este mundo de personajes elementales, movidos, como le gusta a Valle, por la avaricia, la lujuria, la superstición, la honra, la muerte y la religión, destaca la presencia de Mari-Gaila. La escena de sexo con Séptimo Miau en la garita de los guardias ("El farandul muerde la boca de la mujer, que se recoge suspirando, fallecida y feliz. El claro de luna los destaca sobre la puerta de la garita abandonada"); la conjura nocturna del Trasgo cabrío entre risas y viento en los maizales ("¡Esta noche bien me retorciste los cuernos!", le dice mientras danzan las brujas); o su frenesí, tapándose el sexo, mientras baila desnuda entre viejos y mozos ("Mari-Gaila se arranca el justillo, y con la carne temblorosa, sale de entre las sueltas enaguas. De un hombro le corre un hilo de sangre. Rítmica y antigua, adusta y resuelta, levanta su blanca desnudez ante el río cubierto de oros"), son de una modernidad absoluta.
Hay dos aspectos de Divinas palabras que llaman especialmente la atención: el lenguaje y la variedad de escenarios. Tras ese mundo tan negro y descarnado que presenta, hay un esteta. Valle-Inclán, como es sabido, es un auténtico orfebre del lenguaje. Cada palabra está cargada de resonancias antiguas y no dice sólo lo que significa, sino mucho más. Trae ecos lejanos. Resonancias cultas, populares, arcaicas, galaicas. Las acotaciones, entendidas como un elemento literario más, están cuidadísimas y llenas de logros expresivos. Pocas veces la prosa castellana ha sido tan sintética y tan poética al mismo tiempo:
El farandul empuja suavemente a la coima, que se resiste blanda y amorosa, recostándose en el pecho del hombre. Los cohetes abren sus luces de colores y cabrillean sobre el mar. Clamoreo de campanas que toca a vísperas. En la súbita claridad de los cohetes aparecen las torres de la Colegiata. Mari-Gaila, en la puerta de la garita, se agacha y levanta un naipe caído en la arena.
Mari-Gaila deja caer el cántaro, desanuda el pañuelo que lleva a la cabeza, y frente a la hija que suspira apocada, abre los brazos en ritmos trágicos y antiguos. La fila de cabezas, con un murmullo casi religioso, está vuelta para la plañidera que bajo las sombras de la fuente aldeana resucita una antigua belleza histriónica. Detenida en lo alto del camino, abre la curva cadenciosa de los brazos, con las curvas sensuales de la voz.
El otro aspecto que comentábamos, la variedad de escenarios, nos acerca a una de las cuestiones más debatidas del teatro de Valle: su representabilidad. De alguna manera, la naturaleza aparece en la obra como un personaje más: maizales, cucos, caminos al atardecer, sotos de castaños, cielos estrellados, el viento, un sapo que canta. Es tal la variedad de escenarios que su representación realista según los usos teatrales de la época sería impensable. Valle no dejó escrita ninguna teoría teatral completa, pero sí dejó apuntes interesantísimos dispersos por aquí y allá. Algunos de ellos aparecen recogidos por Luis Iglesias Feijoo en la edición que he manejado. Don Ramón es partidario, frente a las limitaciones del momento (el "teatro de camilla casera"), de un teatro de muchos escenarios, pues es el escenario el que crea la situación y no al revés:
La técnica francesa ha echado a perder nuestro teatro. Este absurdo decadente de querer encerrar la acción dramática en tres lugares (gabinete elegantemente amueblado, patio andaluz o salón de fiestas) ha hecho de nuestro teatro, antes frágil y expresivo, un teatro cansino y desvaído. [Debe ser] como ha sido siempre: un teatro de escenarios, de numerosos escenarios. Porque se parte de un error fundamental, y es éste: el creer que la situación crea el escenario. Eso es una falacia, porque, al contrario, es el escenario el que crea la situación. Por eso, el mejor autor teatral será siempre el mejor arquitecto. Ahí está nuestro teatro clásico, teatro nacional, donde los autores no hacen más que eso: llevar la acción sin relatos a través de muchos escenarios.Eso lo lleva a entroncar directamente con Shakespeare (al que admiraba) y con el teatro de nuestro Siglo de Oro, ambos de escenarios cambiantes, ajenos a la rigidez de la unidad de lugar aristotélica. Y también con el cine. Por ahí cree que debe ir el teatro moderno:
Nuestro teatro necesita el grito y la decoración. Por eso me indigna ver adaptados a nuestros clásicos y románticos a la estética francesa: la reducción, la simplificación de escenarios. ¿Por qué le quitan a El alcalde de Zalamea los fondos magníficos en que lo imaginó Calderón? ¿Por qué le meten poco menos que en una "sala decentemente amueblada"? [...] No se puede, ni se debe eludir la diversidad de escenarios. Los clásicos y los románticos no escamotean ningún fondo. Ése es el camino del futuro teatro.
El teatro ha de conmover a los hombres o divertirles; es igual. Pero si se trata de crear un teatro dramático español, hay que esperar a que esos intérpretes, viciados por un teatro de camilla casera, se acaben. Y entonces habrá que hacer un teatro sin relatos, ni únicos decorados; que siga el ejemplo del cine actual, que, sin palabras y sin tono, únicamente valiéndose del dinamismo y la variedad de imágenes, de escenarios, ha sabido triunfar en todo el mundo.
El teatro de Valle-Inclán se sitúa muy por encima del que se hacía en su época. Sólo Lorca, algo más tarde, conseguirá acercarse. Dentro de la producción teatral de Valle, esta tragicomedia de aldea está a la altura de sus Comedias bárbaras o de Luces de bohemia. Una lectura muy recomendable. Imprescindible para cualquier amante del teatro.
Divinas palabras
Ramón del Valle-Inclán, 1919
Clásicos Castellanos, Espasa-Calpe, Madrid, 1991, 1ª edición, 402 pp.
Edición crítica de Luis Iglesias Feijoo
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lunes, 25 de febrero de 2013
Medir el tiempo por veranos
Sólo hay tiempo para percibir por un instante la melancolía del refugio de Bobby y pensar en la extrema tristeza que impregna todos los lugares de veraneo, sean cabañas o casitas en el bosque o la costa, en Penobscot Bay o el Cabo de su niñez, en Michigan ahora, que no es únicamente la melancolía de cuando la infancia ha pasado y el lugar ya no existe, ni la tristeza genérica de colocar tablones para proteger las ventanas, sino una tristeza en plena estación, en los soleados días de las excursiones lo mismo que en los días nublados pasados en la tumbona, del silencio de agosto, la marcha de los pájaros, las varas de oro, el adiós en cada saludo. La triste vanidad de medir el tiempo por veranos, anulando el invierno y el resto de las cosas.
Austin Wright | Tres noches, 1993
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