viernes, 21 de enero de 2011

El arte de mentir


Hace unas semanas leí en Babelia un reportaje sobre los escritores y sus bibliotecas. En él varios autores reflexionaban sobre su relación con los libros una vez leídos. Sus respuestas, además de interesantes, eran muy variadas y con todas ellas, de un modo u otro, te podías identificar. Estaba el apego casi patológico de algunos por sus lecturas ya pasadas, la necesidad de desprenderse de lo viejo para dejar paso a lo nuevo (o para caminar ligeros por la vida), los terribles problemas con las mudanzas, las pesadillas recurrentes con el fuego o el agua, las manías clasificatorias o su simple amontonamiento, muy estético por cierto. Y pensé que, al fin y al cabo, no deja de ser un problema doméstico que nos afecta a muchos lectores, sobre todo a los que ya tenemos cierta edad y hemos llegado un poco tarde a la era del eBook. Si quieres reírte un rato, te aconsejo que veas el vídeo que enlazo abajo.

Me gustan los montones de libros. Para mí el espacio ideal de trabajo tiene ventana, mesa amplia, ordenador, taza de café, gato y muchos estantes llenos de libros y cómics. Es mi reino no abolido. Un refugio frente a las inclemencias del mar y los vientos. Un camarote tranquilo en mitad del tifón. Los libros leídos forman parte de nuestra vida. Hemos pasado tanto tiempo con ellos como con la más cariñosa de nuestras amantes. También a mí me gustaría aligerar mi vida ("Siempre he pensado que mi vida debería pesar menos de 32 kilos, que es el equipaje que me traje de Perú a España", dice Santiago Roncaglio), pero nos cuesta desprendernos de lo que nos da tantos momentos de placer ("Somos muy felices juntos y seguimos creciendo. En la salud y en la enfermedad y hasta que la muerte nos separe", explica Rodrigo Fresán).



¡Qué hermosos los espacios abarrotados de libros! Las bibliotecas municipales de nuestra infancia, el desván del abuelo, la casa de los Baroja, las librerías de viejo del Madrid antiguo, las viejas librerías de pueblo, los escaparates y puestos de libros en las ciudades inglesas, la biblioteca del Hospital Real en Granada...

Todo esto me ha recordado la medida acotación con que abre Valle la escena segunda de Luces de bohemia, cuando Max y Don Latino llegan a la librería de Zaratustra:

La cueva de Zaratustra en el Pretil de los Consejos. Rimeros de libros hacen escombro y cubren las paredes. Empapelan los cuatro vidrios de una puerta cuatro cromos espeluznantes de un novelón por entregas. En la cueva hacen tertulia el gato, el loro, el can y el librero. Zaratustra, abichado y giboso -la cara de tocino rancio y la bufanda de verde serpiente-, promueve, con su caracterización de fantoche, una aguda y dolorosa disonancia muy emotiva y moderna. Encogido en el roto pelote de una silla enana, con los pies entrapados y cepones en la tarima del brasero, guarda la tienda. Un ratón saca el hocico intrigante por un agujero.

Ramón del Valle-Inclán | Luces de bohemia, 1920



Nos rodean, duermen junto a nosotros, soñamos con ellos, nos citamos para después en el café o en la cama, acariciamos su cuerpo, reconocemos su olor, estamos deseando que nuestra relación avance y, al tiempo, tememos que todo acabe. ¡Qué corto se nos hace el último encuentro, la lectura de las páginas finales de ese libro que nos ha embobado durante semanas! Es como un frenesí, febril y vertiginoso. Como el encuentro de dos amantes ("Yo tengo escondida en mi casa, por su gusto y por el mío, a la Poesía. Y nuestra relación es la de los apasionados", decía Juan Ramón Jiménez). Vamos, que solo nos falta ponerles piso.

El problema es que nos mienten, nos engañan. Les dedicamos nuestro tiempo y nuestra vista, sufrimos con las bajezas y traiciones de sus personajes y nos sentimos más grandes con sus heroísmos, descendemos al infierno o al fondo del mar por ellos, nos olvidamos de dónde estamos, combatimos contra descomunales ejércitos de ovejas o estudiamos medicina en una oscura facultad de otro tiempo, nos enamoramos de la soñadora esposa infiel o nos inquietamos con la aparición de la mancha negra, buscamos qué somos o nos reímos hasta hacer temblar los barrotes de la cama. Y todo eso sabiendo que son mentira podrida, ficción. Esa es la magia de la lectura. "La literatura es el arte de mentir bien la verdad", decía Juan Carlos Onetti.



Sí, nos dejamos encandilar por historias que son mentira, mentiras muy bien tramadas. Al lector, como explicaba tan bien José-Carlos Mainer en La escritura desatada, un espléndido libro sobre el mundo de las novelas, le gusta caer en el engaño. Hace con el autor una especie de pacto de silencio, se hacen cómplices: tú me cuentas una historia inventada como si fuera verdad y yo suspendo durante un tiempo (el de la lectura) mi recelo, mi descreimiento. Me dejo engañar con todas las consecuencias. Convierto la mentira en verdad auténtica.

Hablamos, a fin de cuentas, de esa sensación tan conocida, de levantarse de la butaca donde hemos leído, o de apagar la luz de la mesilla tras un largo periodo de lectura, y sentir que el mundo que nos rodea -los muebles familiares, la alfombra a nuestros pies, el pasillo que podemos recorrer para ir al baño- o la penumbra del dormitorio son menos reales que los héroes o los ambientes que se han quedado en el libro. Allí, donde un papel cualquiera señala el lugar de nuestra lectura, tenemos la certeza de que ese espacio inexistente entre dos páginas es un lugar tan real como nosotros mismos.

José-Carlos Mainer | La escritura desatada, 2000

Pero acaso la mejor formulación sea este lúcido poema de Ángel González, que contiene el secreto de la lectura:

La verdad de la mentira

Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas,
y una voz cariñosa le susurró al oído:
¿Por qué lloras, si todo,
en ese libro es de mentira?
Y él respondió:
                        - Lo sé;
pero lo que yo siento es de verdad.

Ángel González | Nada grave, 2008

Al final, resultará que Keats tenía razón y la única verdad es la Belleza.




Babelia | La huella de los libros
Vídeo | La experiencia Book
Fotografías |  Book Lovers Never Go to Bed Alone

sábado, 1 de enero de 2011

Propósito


¡No corras, ve despacio,
que adonde tienes que ir es a ti solo!

¡Ve despacio, no corras,
que el niño de tu yo, reciennacido
eterno,
no te puede seguir!

Juan Ramón Jiménez | Eternidades | 1918

jueves, 30 de diciembre de 2010

Traducciones


Ayer sustituí mi vieja edición de Anna Karénina (Juventud, 1977) por la nueva traducción de Víctor Gallego (Alba, 2010). La vi tan tentadora en el estante de la librería, ocupando tanto espacio ella solita, que no me pude resistir a sus encantos y sucumbí. Debe de ser cosa de los años que uno va cumpliendo, pero cada vez me gustan más los volúmenes de tipografía generosa, buen papel y cuidada encuadernación. Los libros de bolsillo están muy bien para los viajes o la playa, pero una buena edición sigue siendo una buena edición. Y de eso Alba sabe mucho, que por algo le han dado el Premio Nacional a la mejor labor editorial de 2010.

Pues bien, cuando llegué a casa satisfecho con mi compra, me dispuse a comparar la primera página de ambas ediciones. Mi sorpresa fue mayúscula. La novela que yo había tenido hasta ese momento por Anna Karénina parecía otra. El propio título y la transcripción del nombre del autor en portada son bastantes significativos. Ya sé que era otra época (y otro público) y que la traducción de la Editorial Juventud (firmada por José Fernández) se hizo probablemente sobre un texto francés y no sobre el original ruso, pero las palabras que me llegan de ambas son dos mundos muy distintos. Y mira que no tengo nada en contra de Editorial Juventud, que me ha proporcionado uno de los mayores placeres de mi vida como lector con la publicación de Las aventuras de Tintín.

Dejo aquí como ejemplo el comienzo de la novela, uno de los más deliciosos que conozco. Lo pongo en las dos versiones, con sus respectivas portadas.

Alba

Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su modo.

Todo estaba patas arriba en casa de los Oblonski. Enterada de que su marido tenía una relación con la antigua institutriz francesa de sus hijos, le había anunciado que no podía seguir viviendo con él bajo el mismo techo. Esa situación, que se prolongaba ya por tres días, era dolorosa no sólo para el matrimonio, sino también para los demás miembros de la familia y la servidumbre. Tanto unos como otros se daban cuenta de que no tenía sentido que siguieran viviendo juntos, que los huéspedes ocasionales de cualquier pensión tenían más cosas en común que cuantos habitaban esa casa.

Editorial Juventud

Todas las familias dichosas se parecen entre sí, del mismo modo que todas las desgraciadas tienen rasgos peculiares comunes.

En casa de los Oblonski reina un completo trastorno. Al enterarse la esposa de que el marido sostenía relaciones amorosas con una francesa que había sido institutriz de sus hijos, le había manifestado que no podía seguir viviendo con él bajo el mismo techo. Hacía ya tres días que se había originado esta situación, la cual gravitaba cruel y despiadadamente no sólo sobre el matrimonio, sino también sobre los demás miembros de la familia e incluso sobre la servidumbre. Deudos y criados se daban clara cuenta de que su vida en común ya no tenía justificación y se decían que las personas que se encuentran por casualidad en un hotel estaban más unidas que ellos.

Sin ser este un caso extremo, me ha llevado a pensar en cuántos libros habremos leído en traducciones mediocres (Dickens, Verne, Austen, Shakespeare, Balzac) que, en realidad, son otros. Recuerdo las traducciones imposibles de Baudelaire y Rimbaud que nos regaló la editorial Libros Río Nuevo. Menos mal que eran bilingües y, a poco que supieras algo, te podía valer el texto en español como simple referencia para recrearte en el original. No me obsesiona ni mucho menos la cuestión, pues si la obra es buena siempre llega al lector. Pero a estas alturas me gusta que los libros estén cuidados. Y eso empieza por el texto. Traducir es muy difícil. Debes mezclar conceptos tan difusos como fidelidad, precisión, estilo o naturalidad. Una buena traducción tiene mucho mérito y me parece que es un trabajo poco reconocido.

Durante mucho tiempo pensé que la traducción que Pedro Salinas hizo de los primeros volúmenes de En busca del tiempo perdido, publicada por Alianza Editorial, era poco menos que canónica. Ahora que han aparecido tres traducciones completas más y que leo tantos comentario negativos sobre la de Salinas, me planteo una posible relectura ordenada (lleva rondándome en la cabeza unos meses) y me pregunto qué edición voy a leer. ¿Ocurrirá igual con el Ulises de mis veintitantos años y su entonces considerada magnífica traducción de José María Valverde? Supongo que cada época tiene sus lectores y sus traductores. Y yo, desde luego, no soy el mismo lector de aquella época.



Hace unos días vi una película que me encantó: Copia certificada (Abbas Kiorastami, 2010). Tuve la suerte de poderla ver en versión original subtitulada. En los diálogos se mezclaban inglés, italiano y francés, dependiendo de la situación o del estado de ánimo del personaje. Pensé en cuántos matices se perderían en la versión doblada.

Qué lástima no saber más inglés. O italiano. O ruso. O japonés.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Detrás de los espejos


¿Y quién te ha dicho que necesito entrar? Yo estoy siempre dentro, mirándoos crecer día por día desde detrás de los espejos.

Alejandro Casona | La dama del alba, 1944

domingo, 26 de diciembre de 2010

Fotogramas de cinexin


El tiempo tras la comida se remansa. Nadie se levanta de la mesa hasta que no acaba el último. Los mayores hablan, pero tu pensamiento está ya en el montón de piezas de Tente que prometen toda una tarde de diversión. Te gusta seguir las instrucciones de montaje, ver cómo las piezas encajan con exactitud matemática. Huele a anís y, si todos callaran de pronto, cosa que no van a hacer, se oiría el crujir de celofán de los mantecados. Aburrido, te colocas un envoltorio amarillo delante de los ojos. Ahora son de limón, ahora de chocolate. Piden tu opinión sobre algo y asientes. El contacto cálido de las manos de tu padre. Hoy ha vuelto antes del trabajo y quizá juguéis todos esta noche con el cajetón de Juegos Reunidos. Los Reyes Magos se han portado bien. Ahora, mientras repasas viejos recuerdos de otras navidades, te das cuenta de que su mejor regalo fue recargar para siempre tu memoria, crear un espacio desde el que es posible reinventar el pasado. Mitologías infantiles de la Navidad, sin escuela, sin tiempo, difusas, sin fotografías que delimiten sus contornos. Botas mojadas de escarcha. Olor a brasero y a mesa camilla familiar. La zapatilla justiciera de tu madre (seguida siempre de su risa). Orejas heladas. Tu hermano que duerme en la cuna hecho un bendito. La Tortuga D'Artagnan y el león Kimba. Tebeos y más tebeos. Recuerdos que ahora vuelven como fotogramas quebradizos de un cinexin que nadie ha vuelto a proyectar.


viernes, 24 de diciembre de 2010

De Ulises, sirenas y cantos solitarios

 Herbert James Draper | Ulysses and The Sirens | 1909


Leo a Augusto Monterroso:

La Sirena inconforme

Usó todas sus voces, todos sus registros; en cierta forma se extralimitó; quedó afónica quién sabe por cuánto tiempo.

Las otras pronto se dieron cuenta de que era poco lo que podían hacer, de que el aburridor y astuto Ulises había empleado una vez más su ingenio, y con cierto alivio se resignaron a dejarlo pasar.

Ésta no; ésta luchó hasta el fin, incluso después de que aquel hombre tan amado y deseado desapareció definitivamente.

Pero el tiempo es terco y pasa y todo vuelve.

Al regreso del héroe, cuando sus compañeras, aleccionadas por la experiencia, ni siquiera tratan de repetir sus vanas insinuaciones, sumisa, con la voz apagada, y persuadida de la inutilidad de su intento, sigue cantando.

Por su parte, más seguro de sí mismo, como quien había viajado tanto, esta vez Ulises se detuvo, desembarcó, le estrechó la mano, escuchó el canto solitario durante un tiempo según él más o menos discreto, y cuando lo consideró oportuno la poseyó ingeniosamente; poco después, de acuerdo con su costumbre, huyó.

De esta unión nació el fabuloso Hygrós, o sea “el Húmedo” en nuestro seco español, posteriormente proclamado patrón de las vírgenes solitarias, las pálidas prostitutas que las compañías navieras contratan para entretener a los pasajeros tímidos que en las noches deambulan por las cubiertas de sus vastos trasatlánticos, los pobres, los ricos, y otras causas perdidas.

Augusto Monterroso | La oveja negra y demás fábulas | 1969


Arthur Rackham | The Rhine Maidens | 1910


Y me pregunto cuántas sirenas llenaron las noches con sus desatados cantos melancólicos y, al fin, regresaron solitarias a sus cuevas. Y cuántos Ulises, ensordecidos por el oleaje, las buscaron y apenas pudieron oír leves quejidos, esmaltados de espumas, que se alejaban sin remedio de su barco. Y, de pura desesperación, se amarraron desolados al palo del navío.


 Edvard Munch | Lady from The Sea | 1896

Audio | 7mares
Otras sirenas | La cueva de la sirena

viernes, 26 de noviembre de 2010

Palabras que se encuentran



Estos poemas

Estos poemas los desencadenaste tú,
como se desencadena el viento,
sin saber hacia dónde ni por qué.
Son dones del azar o del destino,
que a veces
la soledad arremolina o barre;
nada más que palabras que se encuentran,
que se atraen y se juntan
irremediablemente,
y hacen un ruido melodioso o triste,
lo mismo que dos cuerpos que se aman.

Ángel González | Otoños y otras luces | 2001

viernes, 12 de noviembre de 2010

Coger más pronto las estrellas


Muchos de los cuentos que tanto nos gustaban de niños sucedían dentro de un pozo. ¿Te acuerdas? El pozo y el desván eran escenarios privilegiados de lo fantástico. Un mundo mineral hecho de humedad, huesos y seres de vida incierta difíciles de catalogar, pero capaces de arrastrarte al fondo con un suspiro. No sé si sería por sus dotes de improvisación o por la mala memoria de mi abuela, pero cada siesta el cuento era el mismo y distinto. Un dedal que se caía, una niña que bajaba a recogerlo, una puerta oculta en el fondo y la entrada a un mundo imaginado de amores, tesoros, traiciones, puñales y palacios. El momento estelar era, por descontado, el descenso al pozo. Ese que tanto temías, pero te atraía sin remedio. ¿Recuerdas el cosquilleo en el estómago cuando te atrevías a retirar las maderas viejas para descubrir si tenía fondo? Al final del relato, mi abuela solía aprovechar para contar historias sobre el pozo que había tenido en el patio de su casa, historias de objetos perdidos y recuperados, de frutas puestas a refrescar en verano o de animadas charlas nocturnas con olor a dompedros. Era un mundo cotidiano que debe de resultar casi fantástico a los niños actuales.




Los pozos me han seguido fascinando como lector. En realidad, también como visitante temeroso, pues, si puedo asomarme a uno, seguro que lo hago y seguro que me invade el mismo cosquilleo de siempre. Las dos fotografías que abren esta entrada las tomé hace unos años en la casa de Lope de Vega, en pleno centro de Madrid. Aunque el pozo está reconstruido, me aseguraron que el primitivo estaba en ese lugar del patio y que parte de su estructura es la original. Fascinante poder mirar dentro. No me resistí, aunque no encontré lo que esperaba.

Los pozos de los libros son quizá menos vertiginosos, pero igual de atractivos. Pozos de los deseos, llenos de monedas oxidadas. Pozos orientales de Bagdad, que custodian un tesoro junto al brocal. Pozos habitados por fantasmas infantiles, maldiciones u oscuros crímenes políticos de la Guerra Civil.




Nos podemos asomar a los pozos de Gustavo Martín Garzo, que en libros como La princesa manca recrea magníficamente el tono de esos cuentos de los que hablábamos y los llena de sugerencias. O a los pozos de Lorca, a quien imaginamos oculto tras el de su casa en Valderrubio para espiar a las hijas de su vecina y sacar ideas para La casa de Bernarda Alba, ese drama de mujeres ambientado en un pueblo de pozos, un sofocante pueblo sin río, en el que no corre el agua. O sentir el vértigo que siente el poeta granadino cuando, estando en Nueva York, le viene a la memoria el recuerdo de una Niña ahogada en un pozo:

Tranquila en mi recuerdo, astro, círculo, meta,
lloras por las orillas de un ojo de caballo.
... que no desemboca.

Pero nadie en lo oscuro podrá darte distancias,
sin afilado límite, porvenir de diamante.
... que no desemboca.

Mientras la gente busca silencios de almohada
tú lates para siempre definida en tu anillo.
... que no desemboca.

Eterna en los finales que aceptan
combate de raíces y soledad prevista.
... que no desemboca.

¡Ya vienen por las rampas! ¡Levántate del agua!
¡Cada punto de luz te dará una cadena!
... que no desemboca.

Pero el pozo te alarga manecitas de musgo,
insospechada ondina de su casta ignorancia.
... que no desemboca.

No, que no desemboca. Agua fija en un punto,
respirando con todos sus violines sin cuerdas
en la escala de las heridas y de los edificios deshabitados.

¡Agua que no desemboca!

Federico García Lorca | Poeta en Nueva York | 1929-1930




O a este relato breve de Luis Mateo Díez que leí hace poco y me encantó:

Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años.
Fue una de esas tragedias familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa.
Veinte años después mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse.

En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en el interior.
"Éste es un mundo como otro cualquiera", decía el mensaje.

Grandes minicuentos fantásticos | 2004




Pero de todos los pozos literarios a los que me he asomado, mi preferido, es este, sobre todo por la confesión final de su autor:

El pozo

¡El pozo!... Platero, ¡qué palabra tan honda, tan verdinegra, tan fresca, tan sonora! Parece que es la palabra la que taladra, girando, la tierra oscura, hasta llegar al agua fría.

Mira; la higuera adorna y desbarata el brocal. Dentro, al alcance de la mano, ha abierto, entre los ladrillos con verdín, una flor azul de olor penetrante. Una golondrina tiene, más abajo, el nido. Luego, tras un pórtico de sombra yerta, hay un palacio de esmeralda, y un lago, que, al arrojarle una piedra a su quietud, se enfada y gruñe. Y el cielo, al fin.

(La noche entra, y la luna se inflama allá en el fondo, adornada de volubles estrellas. ¡Silencio! Por los caminos se ha ido la vida a lo lejos. Por el pozo se escapa el alma a lo hondo. Se ve por él como el otro lado del crepúsculo. Y parece que va a salir de su boca el gigante de la noche, dueño de todos los secretos del mundo. ¡Oh laberinto quieto y mágico, parque umbrío y fragante, magnético salón encantado!)

-Platero, si algún día me echo a este pozo, no será por matarme, créelo, sino por coger más pronto las estrellas.

Platero rebuzna, sediento y anhelante. Del pozo sale, asustada, revuelta y silenciosa, una golondrina.

Juan Ramón Jiménez | Platero y yo | 1917



Si pudiera, me pediría para mi casa un pozo (o una chimenea).


Audio | Capítulo LII de Platero y yo

sábado, 6 de noviembre de 2010

Soledades compartidas


Hay momentos que nos invitan a la soledad del cuarto, a la lectura tranquila, a los placeres reposados de la tinta y el papel, mientras fuera se oyen apagados los sonidos del atardecer otoñal, lleno de dulzura. Rodeado de libros y aplazadas otras ocupaciones, te dejas llevar por ellos y se enlazan unos con otros como movidos por algún arte mágico, al igual que le ocurre a esas canciones que despiertan en tu recuerdo, tras mucho tiempo dormidas, y sientes la irresistible tentación de escuchar y todo es aplazable menos su escucha inmediata. Y una canción te lleva a otra, al igual que unas páginas abren otras o unas palabras encierran el eco lejano de algo leído hace mucho en un lugar muy distante. Las voces y los ecos de los que nos hablaba Antonio Machado.

Eso me ha ocurrido esta tarde de viernes. Me ha venido a la memoria un poema de Luis Cernuda que hace tiempo que no leía: Soliloquio del farero. He cogido el libro y se han despertado los ecos. A modo de monólogo dramático, un farero reflexiona sobre su pasado y sobre cómo el niño solitario que fue se perdió de joven por culpa de menudos amores ni ciertos ni fingidos, por culpa de los viejos placeres prohibidos. Pero ahora, gracias a la soledad, se ha reencontrado:

Cómo llenarte, soledad,
Sino contigo misma.

De niño, entre las pobres guaridas de la tierra,
Quieto en ángulo oscuro,
Buscaba en ti, encendida guirnalda,
Mis auroras futuras y furtivos nocturnos,
Y en ti los vislumbraba,
Naturales y exactos, también libres y fieles,
A semejanza mía,
A semejanza tuya, eterna soledad. [...]

Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona
Que yo fui,
Que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones;
Por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos,
Limpios de otro deseo,
El sol, mi dios, la noche rumorosa,
La lluvia, intimidad de siempre,
El bosque y su alentar pagano,
El mar, el mar como su nombre hermoso;
Y sobre todos ellos,
Cuerpo oscuro y esbelto,
Te encuentro a ti, tú, soledad tan mía,
Y tú me das fuerza y debilidad
Como el ave cansada los brazos de la piedra.

El poeta como el farero. La escritura como acto de soledad compartida en muchos niveles: con el lector, con los personajes, con la tradición. Recuerdo haber leído hace mucho un artículo de José Ángel Valente en el que hablaba del espesor de la escritura poética, de cómo en la voz única de cada poeta resonaban las voces de toda la tradición anterior. Y también me he acordado de lo que el propio Valente escribió a propósito de San Juan de la Cruz en La piedra y el centro (1983):

Soledad o libertad esencial de la obra, cuya definición mejor acaso fuese predicar de ella las cinco condiciones del pájaro solitario, según las declaró Juan de la Cruz, que deberían los niños aprender de memoria -cantando- en las escuelas: "La primera, que se va a lo más alto; la segunda, que no sufre compañía, aunque sea de su naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado color; la quinta, que canta suavemente".

De otra soledad compartida, la del amor, nos habla el propio San Juan de la Cruz en uno de los poemas más intensos que conozco: el Cántico espiritual:

En soledad vivía,
y en soledad ha puesto ya su nido,
y en soledad la guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido.

San Juan de la Cruz | Cántico espiritual | Hacia 1578




Y alas como las del pájaro solitario busca Alejandra Pizarnik, que ha sabido como nadie herirnos con palabras que siempre están al borde de un abismo y nos descubren verdades que, una vez dichas, parecen verdades naturales:

Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.

Alejandra Pizarnik | Las aventuras perdidas | 1958


La soledad del amor, la soledad del poeta, la soledad del lector. No hay nada más solitario que la lectura, que llega incluso a aislarte por momentos del mundo real (sentado como estás en tu sillón favorito), pero qué fácilmente se comparte y se contagia si nos dejamos llevar un poco. Estos días he leído un precioso articulo de Muñoz Molina, titulado Para todos los gustos, en que nos invita a leer sin prejuicios y sin miedo, a disfrutar con nuestro propio criterio. Me gustan los libros que te dan ganas de leer otros libros. Me ha pasado con este texto de Muñoz Molina y me pasó con La escritura desatada (2000), un incitante ensayo de José-Carlos Mainer sobre el mundo de las novelas, un libro lleno de puertas que se abren a otras lecturas, lleno de vitaminas que fortalecen tu ánimo lector. Te hace sentir como el lector adolescente que aún cree que puede leer todos los libros del mundo. Escrituras solitarias, lecturas compartidas. Vidas compartidas.



Pero tenemos que elegir. La vida nos impone, en sus límites, caminos que se separan, como en El jardín de los senderos que se bifurcan, el relato de Borges. Así lo ha visto el poeta argentino Roberto Juarroz:

Decir una palabra excluye a todas las otras,
abrir un libro cierra todos los demás,
pensar una sola cosa desequilibra el mundo,
amar a alguien es el mayor olvido.

El ejercicio puntual de una sola vida
no podrá tener sentido nunca.

Queda sólo encontrar el plural.

Roberto Juarroz | Octava poesía vertical | 1984




Y volvemos al farero solitario de Luis Cernuda, quien, gracias a su soledad, descubre a las muchedumbres, trabaja para ellas y, desde su puesto de vigia frente al mar, se siente unido al resto de los hombres:

Acodado al balcón miro insaciable el oleaje,
Oigo sus oscuras imprecaciones,
Contemplo su blancas caricias;
Y erguido desde cuna vigilante
Soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres,
Por quienes vivo, aun cuando no los vea;
Y asi, lejos de ellos,
Ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres,
Roncas y violentas como el mar, mi morada,
Puras ante la espera de una revolución ardiente
O rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo
Cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista.

Tú, verdad solitaria,
Transparente pasión, mi soledad de siempre,
Eres inmenso abrazo;
El sol, el mar,
La oscuridad, la estepa,
El hombre y su deseo,
La airada muchedumbre,
¿Qué son sino tú misma?

Por ti, mi soledad, los busqué un día;
En ti, mi soledad, los amo ahora.

Luis Cernuda | Invocaciones | 1935

Quizá, al fin, solo seamos eso: soledades compartidas. Soledades que buscan alas. Vidas que tienen que encontrar el plural. Por eso he querido compartir hoy contigo estas reflexiones solitarias.



Fotografías | mags | Annette Pehrsson | book lovers never go to bed alone
Ilustración | Adrian Tomine

sábado, 16 de octubre de 2010

Soñé capitanes y ataúdes


Oh ser un capitán de quince años
viejo lobo marino las velas desplegadas
las sirenas de los puertos y el hollín y el silencio en las barcazas
las pipas humeantes de los armadores pintados al óleo
las huelgas de los cargadores las grúas paradas ante el
               cielo de zinc
los tiroteos nocturnos en la dársena fogonazos un cuerpo
               en las aguas con sordo estampido
el humo en los cafetines
Dick Tracy los cristales empañados la música zíngara
los relatos de pulpos serpientes y ballenas
de oro enterrado y de filibusteros
Un mascarón de proa el viejo dios Neptuno
Una dama en las Antillas ríe y agita el abanico de nácar
                bajo los cocoteros

Pere Gimferrer | Extraña fruta y otros poemas | 1969


  

Briznas, muñecos sin cabeza, yo me llamo, yo me llamo toda la noche. Y en mi sueño un carromato de circo lleno de corsarios muertos en sus ataúdes. Un momento antes, con bellísimos atavíos y parches negros en el ojo, los capitanes saltaban de un bergantín a otro como olas, hermosos como soles.

De manera que soñé capitanes y ataúdes de colores deliciosos y ahora tengo miedo a causa de todas las cosas que guardo, no un cofre de piratas, no un tesoro bien enterrado, sino cuantas cosas en movimiento, cuantas pequeñas figuras azules y doradas gesticulan y danzan (pero decir no dicen), y luego está el espacio negro -déjate caer, déjate caer- umbral de la más alta inocencia o tal vez tan sólo de la locura.

Alejandra Pizarnik | Extracción de la piedra de la locura | 1968

 


Las cuatro primeras ilustraciones son de Hugo Pratt, el creador de Corto Maltés. A su primer álbum, La balada del mar salado (1967), aparecido en los mismos años que los textos de Gimferrer y Pizarnik, pertenecen las tres en blanco y negro. Las dos últimas, mucho más recientes, pertenecen al álbum Rey Rosa (2009), de David B., que adapta un relato de Pierre Mac Orlan.