jueves, 1 de abril de 2010

Dos ánimos gemelos


Hace algunos años, una calurosa mañana de agosto, me encontré visitando, por uno de esos maravillosos azares que deparan los viajes, la casa de Keats en Roma. He de reconocer que no tenía ni idea de su existencia. Si acaso, la referencia olvidada de alguna guía de viajes. De hecho, a esa hora yo debería haber estado cumpliendo con mi obligada visita a los Museos Vaticanos, pero, a veces, los viajes nos ofrecen regalos inesperados y éste fue uno de ellos. El caso es que estaba paseando, libre de horarios, por la Piazza di Spagna. No tenía remordimientos por lo que me había perdido. Siempre me gustó más la Roma pagana que la vaticana.




Pasear por la Piazza di Spagna una mañana de sábado, sin nada que hacer, es ya todo un lujo. Me gusta que muchos edificios de Roma tengan cierto aspecto decadente, cierto deterioro que acentúa su encanto. Y no es encanto lo que le falta a esta plaza. Me acuerdo ahora mismo de la escena de Vacaciones en Roma en que Gregory Peck contempla cómo una celestial Audrey Hepburn disfruta con auténtico placer, suyo y de los espectadores, de un gelato junto a la gran escalinata.




Pues allí, en una esquina de la plaza, junto a la gran escalinata, está la Keats-Shelley House ('Discover Rome's Hidden Secret'). Todo lo que fuera es bullicio se vuelve tranquilidad en su interior en penumbra. Aquella mañana no había casi nadie. Podías detenerte sin prisas a observar los estantes de libros, los detalles de los objetos personales allí reunidos, las pinturas y dibujos, los manuscritos. Podías observar, desde la ventana de persianas venecianas, una perspectiva, inédita para ti, de la gran escalinata, quizá tal y como la observó el propio Keats. Y podías contener al aliento al entrar en su dormitorio y colocarte junto a la cama en que murió el 23 de febrero de 1821, enfermo de tuberculosis. Allí estaban las máscaras mortuorias que le hicieron en su momento y algunos dibujos, más bien sombras, de sus noches de agonía.






John Keats había llegado a Roma un año antes invitado por su amigo Percy Bysshe Shelley. Huía de la tuberculosis, que había hecho estragos en su familia. Lo acompañaba otro amigo, el pintor Joseph Severn. Podemos imaginarlos buscando el cálido sol de las calles romanas, alivio para el cuerpo y el espíritu. Incluso paseando a caballo por la Vía Flaminia, tal y como le había aconsejado para levantarle el ánimo su médico, que también vivía allí, en la Piazza di Spagna. Lejos había quedado su amor, Fanny Brawne, a la que había conocido unos años antes. La enfermedad los separó definitivamente.




Su vida no había sido fácil. Nos dejó unos pocos poemas, entre los que destacan la Oda a un ruiseñor, la Oda a una urna griega, la Oda a la melancolía y Endymion. Para muchos, pese a su corta vida y a su escaso reconocimiento en un primer momento, es el poeta romántico inglés por excelencia. Y no sólo por su producción literaria, sino por su clara conciencia teórica sobre lo que debe ser la poesía, que no dejó escrita en prólogos o manifiestos, sino que diseminó, como quien no le da importancia, en cartas a sus amigos.

Como explica José María Valverde en el prólogo a su antología Poetas románticos ingleses, "en contra de la egolatría y la sinceridad, dice que lo decisivo en el poeta no es presentar un mensaje personal, filosófico o moral, ni una individualidad interesante y genial, ni una especial habilidad de lenguaje, sino tener 'capacidad negativa', o sea, ser capaz de olvidarse de sí mismo y sumergirse en las situaciones y en las cosas para hacerlas poemas". El poeta se borra a sí mismo, como antes Shakespeare:

El poeta lo es todo y no es nada; no tiene carácter; disfruta de la luz y de la sombra. Lo que choca al virtuoso filósofo, deleita al camaleónico poeta.

Un poeta es la cosa más impoética que existe, porque no tiene identidad: está continuamente sustituyendo y rellenando algún cuerpo.

Pero incluso ahora quizá no esté hablando desde mí mismo, sino desde algún personaje en cuya alma vivo ahora.




El soneto que hoy quiero compartir contigo, un texto de juventud de Keats (si es que todos no lo son en un poeta que murió con veinticinco años)  no está entre sus poemas más conocidos. En él se mezclan el tema de la soledad, la búsqueda de consuelo en la naturaleza y el deseo de compartirla con un espíritu gemelo:

O Solitude! if I must with thee dwell,
Let it not be among the jumbled heap
Of murky buildings; climb with me the steep,-
Nature’s observatory - whence the dell,
Its flowery slopes, its river’s crystal swell,
May seem a span; let me thy vigils keep
’Mongst boughs pavillion’d, where the deer’s swift leap
Startles the wild bee from the fox-glove bell.
But though I’ll gladly trace these scenes with thee,
Yet the sweet converse of an innocent mind,
Whose words are images of thoughts refin’d,
Is my soul’s pleasure; and it sure must be
Almost the highest bliss of human-kind,
When to thy haunts two kindred spirits flee.

William Bell Scott, The Gloaming

Que en la traducción de José María Valverde dice así:

¡Oh Soledad! si tengo que residir contigo,
no sea entre el montón confuso de edificios
destartalados: trepa conmigo por lo abrupto,
hacia el observatorio de la Naturaleza,

donde el arroyo en flores, con su cristal crecido,
es sólo un trecho: déjame observar tus vigilias
bajo un dosel de ramas, donde el ciervo, brincando,
espanta a la silvestre abeja en su campánula.

Pero aunque en paz contigo seguiré estas escenas,
la conversación dulce de una mente inocente
cuyas palabras sean imágenes de ideas

refinadas, complace a mi alma: y debe ser
la más alta ventura de la humanidad cuando
huyen a tu refugio dos ánimos gemelos.

John Everett Millais, Landscape, Hampstead

Leyendo este poema de Keats me viene a la memoria una rima de Bécquer y pienso en lo diferentes que son el Romanticismo inglés y el español. En España apenas si hemos tenido sentimiento de la Naturaleza, que es tan reciente como la Generación del 98. Nuestro Romanticismo carece de autores como Coleridge o Wordsworth. Para nosotros la naturaleza ha sido simplemente 'el campo', entendido casi siempre en el peor de los sentidos e identificado con el concepto de 'atraso'.


John Everett Millais, The Waterfall

En esta rima de Bécquer, que trata también sobre el tema de los espíritus afines (aquí las almas de los amantes), el tono meditativo de Keats se vuelve vehemente. Y la Naturaleza, antes cercana (ciervos, abejas, ramas, flores, un arroyo, campánulas), es ahora majestuosa y simbólica (lenguas de fuego, olas que mueren juntas, jirones de vapor). Una parece fruto de un paseo campestre, la otra de un delirio provocado por la fiebre.

Dos rojas lenguas de fuego
que a un mismo tronco enlazadas
se aproximan, y al besarse
forman una sola llama.

Dos notas que del laúd
a un tiempo la mano arranca,
y en el espacio se encuentran
y armoniosas se abrazan.

Dos olas que vienen juntas
a morir sobre una playa
y que al romper se coronan
con un penacho de plata.

Dos jirones de vapor
que del lago se levantan,
y al juntarse allí en el cielo
forman una nube blanca.

Dos ideas que al par brotan,
dos besos que a un tiempo estallan,
dos ecos que se confunden,
eso son nuestras dos almas.


John Everett Millais, The Mouth of Wild Water

John Keats está enterrado en Roma, en el cementerio protestante. No tuve tiempo de visitar su tumba, pero espero hacerlo algún día. En su lápida podemos leer, según su deseo, el siguiente epitafio:

This Grave contains all that was mortal, of a Young English Poet, who on his Death Bed, in the Bitterness of his heart, at the Malicious Power of his enemies, desired these words to be Engraven on his Tomb Stone: Here lies One Whose Name was writ in Water.

Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua.





La belleza es la verdad, la verdad es belleza, esto es todo lo que necesitas saber.

'Beauty is truth, truth beauty', that all
Ye know on earth, and all ye need to know.

Todas los retratos de John Keats de esta entrada son de su amigo Joseph Severn, excepto el primero, el más conocido, que es una pintura de William Hilton. Joseph Severn viajó con Keats a Roma, vivió en esa misma casa, lo vio morir (suyo es el dibujo de Keats en su lecho de muerte) y está enterrado junto a él ('Aquí yace Joseph Severn, amigo de John Keats'). El manuscrito bajo la imagen de Fanny Brawne es de la  última carta que le escribió Keats antes de morir.

Las fotografías de la Piazza di Spagna son propias, excepto la que va en blanco y negro. Por desgracia, no pude asistir al rodaje de Vacaciones en Roma, que ya me hubiera gustado. El resto de las fotografías las he tomado de las webs citadas abajo. Las dos son muy recomendables y están llenas de información, fotografías y enlaces. Me da envidia comprobar lo bien que cuidan a sus clásicos en el mundo anglosajón. No encuentro el equivalente español.


Casa de John Keats en Roma | The Keats-Shelley House in Rome
Vídeo | The Keats-Shelley House: Channel on YouTube 
Vídeo | Keats-Shelley Memorial House (Citeyes)
Sobre Keats | John-Keats.com | The Life and Works of John Keats
Pintura | John Everett Millais | William Bell Scott | William Hilton

9 comentarios:

  1. Enhorabuena por la excelente entrada, tanto por el texto como por las imágenes y, por supuesto, las palabras del poeta. Como tú ya mencionas, hay mucha diferencia entre el Romanticismo español y el inglés, mucho más profundo éste, más excelso, con más grandeza, mal que le pueda pesar a algunos.

    En cuanto a la casa museo, me soprendió muy gratamente cuando la visité hace ya unos años. Contrasta la historia y la quietud que se respira, y disfruta, en su interior con el bullicio de la plaza.

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  2. Hola:

    Yo tenía intennción de visitar la casa de Keats en Londres, en el barrio de Hampstead. Pero llegué cuando ya estaba cerrada. Tuve que verla desde fuera, una pena. Había un almendro en el jardín, supuestamente donde estaba aquel en el que vio al famoso ruiseñor, pero era otro árbol en realidad.

    saludos

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  3. Yo tampoco pude visitar la casa de Hampstead. Espero hacerlo algún día no muy lejano. Es cierto que no deja de ser un divertimento fetichista y que, como tú dices, hasta el árbol es otro en realidad, pero, siempre que visito lugares así, imagino que queda algo (la tierra, la vista desde una ventana, el olor del campo) y acaba emocionándome. Me pasa cada vez que voy a la Huerta de San Vicente, la casa de Lorca en Granada, y me pasó en el patio de la Casa Museo de Lope de Vega en Madrid.

    Un saludo.

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  4. He disfrutado leyéndote. Y me han entrado ganas de visitar Roma.
    Saludos.

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  5. Totalmente de acuerdo en lo referido a la percepción de la naturaleza en la literatura española. Hasta el 98 nada y éstos no tenían el mismo concepto de aquélla que los románticos ingleses. Quizás influye el hecho de que la Meseta, los despeñaderos de nuestras sierras, los páramos y los encinares (de una indiscutible belleza) tienen poco que ver con la campiña de Surrey, con los bosquecillos amables y no digamos con los bosques centroeuropeos.

    Otra gran diferencia es la percepción de la muerte y las tumbas en la literatura española y la inglesa del XIX. ¿Por qué las narraciones de fantasmas apenas están presentes en la primera?.


    La entrada es excelente.

    Saludos.

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  6. Javier. Me alegro de que te hayan dado ganas de visitar Roma. Yo estoy deseando volver. Es una de esas ciudades a las que siempre te apetece volver y siempre recuerdas.

    Gómez de Lesaca. Sí, el tipo de paisaje influye mucho. No me imagino yo el mundo de Arturo, de Tolkien y de los románticos ingleses ambientado en la Meseta o en los campos andaluces. Ese paisaje da para otras cosas, no para eso. Ya decían los del 98 que somos nuestro paisaje, aunque ellos lo llevaran a su terreno. Tampoco 'Don Quijote' o 'La casa de Bernarda Alba' pegan mucho en Oxford, la verdad.

    Respecto a lo de las tumbas, es verdad que la literatura de fantasmas no es una tradición muy española. Juan Ramón Jiménez se asombraba en 'Poeta en Nueva York' de encontrar pequeños cementerios en mitad de la ciudad. Yo me los encontré en Inglaterra, en algunos parques, y veía literalmente cómo la gente reía y comía sobre tumbas antiguas. Aquí sería impensable. Los muertos nos dan más miedo que las propias historias de fantasmas. En cualquier caso, ahí está Bécquer.

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  7. ¡Qué lástima! Hace poco estuve en Roma y no sabía de esta casa.
    Excelente entrada, válida tanto para los que conocen a Keats como para aquellos que tenemos tan solo una vaga referencia de su obra.
    Enhorabuena.

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  8. Gracias, buscaré en Roma...(cuando vaya) esa casa, gracias por la entrada, me ha interesado y he disfrutado mucho. Un saludo.
    Felisa

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  9. Buenos días, Chimista:

    Como te decía en mi comentario de ayer, puse una entrada dedicada a John Keats en la que enlazaba esta tuya tan completísima.

    Me encanta cómo has destacado que Keats dejó escrito lo que debe ser la poesía no en prólogos o manifiestos, sino diseminada, como quien no le da importancia, en cartas a sus amigos.
    Conmueve ver las sepulturas de los dos amigos, juntas, tan lejos de su país, del que partieron a la vez.
    Estupendas todas las pinturas elegidas.
    Y la cita de José María Valverde, de Shakespeare.
    Y la preciosa Rima 33 (XXIV) de Bécquer
    En fin, todo.
    ----
    Y ya que no pudiste asistir al rodaje de Vacaciones en Roma, aunque imagino que habrás visto la película varias veces, te pongo este link de una de las escenas inolvidables:
    leyenda de la Boca de la Verdad

    Saludos

    P.D.: Miraré -con tiempo- la carta manuscrita. ¡Qué bonito: “My dearest Girl”!

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