sábado, 16 de octubre de 2010

Soñé capitanes y ataúdes


Oh ser un capitán de quince años
viejo lobo marino las velas desplegadas
las sirenas de los puertos y el hollín y el silencio en las barcazas
las pipas humeantes de los armadores pintados al óleo
las huelgas de los cargadores las grúas paradas ante el
               cielo de zinc
los tiroteos nocturnos en la dársena fogonazos un cuerpo
               en las aguas con sordo estampido
el humo en los cafetines
Dick Tracy los cristales empañados la música zíngara
los relatos de pulpos serpientes y ballenas
de oro enterrado y de filibusteros
Un mascarón de proa el viejo dios Neptuno
Una dama en las Antillas ríe y agita el abanico de nácar
                bajo los cocoteros

Pere Gimferrer | Extraña fruta y otros poemas | 1969


  

Briznas, muñecos sin cabeza, yo me llamo, yo me llamo toda la noche. Y en mi sueño un carromato de circo lleno de corsarios muertos en sus ataúdes. Un momento antes, con bellísimos atavíos y parches negros en el ojo, los capitanes saltaban de un bergantín a otro como olas, hermosos como soles.

De manera que soñé capitanes y ataúdes de colores deliciosos y ahora tengo miedo a causa de todas las cosas que guardo, no un cofre de piratas, no un tesoro bien enterrado, sino cuantas cosas en movimiento, cuantas pequeñas figuras azules y doradas gesticulan y danzan (pero decir no dicen), y luego está el espacio negro -déjate caer, déjate caer- umbral de la más alta inocencia o tal vez tan sólo de la locura.

Alejandra Pizarnik | Extracción de la piedra de la locura | 1968

 


Las cuatro primeras ilustraciones son de Hugo Pratt, el creador de Corto Maltés. A su primer álbum, La balada del mar salado (1967), aparecido en los mismos años que los textos de Gimferrer y Pizarnik, pertenecen las tres en blanco y negro. Las dos últimas, mucho más recientes, pertenecen al álbum Rey Rosa (2009), de David B., que adapta un relato de Pierre Mac Orlan.

sábado, 9 de octubre de 2010

Hasta que llegaste tú

 Granada

Cada ciudad tiene su música, como tiene su luz o su aroma. Hay ciudades que huelen a tiempo antiguo, a humedad mantenida con los años, a secretos olvidados. Otras huelen a leña y a interior cálido, a historia de amor aún sin terminar. No conozco ciudad más luminosa que Almería, ni con un nublado más sugerente que Santiago. Las tardes de Salamanca dan un inmejorable tono dorado a las fotos. En las plazas de Cádiz se conserva la luz primera que vino del mar. La de Madrid es fría; la de Lisboa, muy cálida.

Con la música ocurre igual. No sé si te has parado a pensarlo, pero cada ciudad tiene sus sonidos, su música que nos permite recordarla en la distancia. Es una música azarosa, nacida de un instante, de una feliz casualidad que queda grabada en nuestra memoria y en la de nadie más: una canción oída en un café, en el momento del amor, de la amistad o de la lectura. Oída paseando por sus calles o nacida del interior de alguna casa, cuyo inquilino ha compartido contigo, sin saberlo, un momento único. Es verdad que hay ciudades silenciosas, que quizá aún no te han ofrecido su canción, pero son tantos los viajeros que tendrás que esperar un poco más. A mí me ocurrió nada más entrar en Canterbury.


Canterbury

Fue como un regalo de bienvenida. Acabábamos de llegar a la ciudad y estábamos nerviosos porque, de algún modo, la ciudad ya formaba parte de nuestros mitos antes de haber pisado sus calles: Chaucer, lo medieval, el Príncipe Negro, la catedral. Pensando en esas cosas estábamos, delante del arco de entrada, cuando nos llegaron unos acordes que identificamos al instante. Nos acercamos y un par de músicos callejeros tocaban delicadamente Till There Was You. La escuchamos en silencio. ¿Te acuerdas? Nunca esa canción me sonó tan bien como entonces. Juraría que aquel músico cantaba mejor que el propio Paul. Desde entonces para mí la ciudad medieval de Canterbury no suena a música medieval, sino a balada de los Beatles. Y ahora, en esta tarde de sábado otoñal, con el castillo casi oculto tras la niebla, escucho esa canción y pienso que queda aquí, en mi cuarto a oscuras, algo de aquel día lejano en Canterbury.

There was love all around
But I never heard it singing
No I never heard it at all
Till there was you
Till there was you.


Había amor alrededor,
pero nunca lo oí cantar.
No, nunca lo oí
hasta que llegaste tú,
hasta que llegaste tú.




Y, pensando en la música y las ciudades, los sentimientos y el tiempo, me ha venido a la memoria este poema de Luis García Montero:

Yo sé
que el tierno amor escoge sus ciudades
y cada pasión toma un domicilio,
un modo diferente de andar por los pasillos
o de apagar las luces.

Y sé
que hay un portal dormido en cada labio,
un ascensor sin números,
una escalera llena de pequeños paréntesis.

Sé que cada ilusión
tiene formas distintas
de inventar corazones o pronunciar los nombres
al coger el teléfono.
Sé que cada esperanza
busca siempre un camino
para tapar su sombra desnuda con las sábanas
cuando va a despertarse.

Y sé
que hay una fecha, un día, detrás de cada calle,
un rencor deseable,
un arrepentimiento, a medias, en el cuerpo.

Yo sé
que el amor tiene letras diferentes
para escribir: me voy, para decir:
regreso de improviso. Cada tiempo de dudas
necesita un paisaje.

Luis García Montero | Diario cómplice | 1987


Madrid


¿A qué suena tu ciudad? ¿Te ha regalado ya alguna canción?

jueves, 23 de septiembre de 2010

Las suelas perfumadas

William Davis | Hale, Lancashire

Escribo esta entrada movido por dos sentimientos contrarios. Por una parte, el placer de pasear estos días por mi ciudad y comprobar que los árboles están más hermosos que nunca. Por otra, la indignación al leer un artículo aparecido en un diario nacional con motivo de la muerte de José Antonio Labordeta. Allí, alguien cuyo nombre no voy a recordar ahora (para mí era un desconocido y así seguirá) dice, entre otras cosas, lo siguiente:

Todo este gusto por lo rural y por el contacto con la naturaleza no lleva a nada bueno. Reblandece los espíritus y nos vuelve coñazos y cursis. Además de profundamente insinceros. Hay demasiados bosques, demasiados caminos, demasiadas rutas. En la mayor parte del territorio español falta asfalto, casinos, cines, bares que cierren tarde con pianistas imposibles. Faltan coctelerías, grandes restaurantes, carreteras como Dios manda, túneles para no tener que dar tantas vueltas. Todos esos inquietantes paisajes por los que Labordeta caminaba remiten al atraso, a lo ancestral, al tercermundismo de donde venimos. Hay que llevar la civilización a todos los rincones de la geografía de los países avanzados. Es barata y de cobardes la retórica de los pajarillos que cantan por la mañana. Hay que ponerse a trabajar, abolir el campo y crear más y más ciudades. Como una higiene. Como el gran pacto de usar desodorante.

Estupefacto por sus palabras, intento buscar algún atisbo de ironía que me permita leer lo que no leo, alguna clave oculta que me descubra que no lo estoy entendiendo bien, pero no la encuentro. Y no soy el único, si nos fijamos en el revuelo de comentarios que ha levantado. Se ve que somos muchos los cursis que tenemos el espíritu reblandecido. Pienso que su autor, además de buscar la polémica para hacerse un nombre, cree lo que dice (al menos una parte). Y eso me parece terrible, pues es un reflejo de lo que ha sido para los españoles el sentimiento de la naturaleza. No enlazo el texto original completo, porque me niego a promocionar desde aquí a semejante tipo, que parece que acaba de leer el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento y ha trasladado su ideario a la España del siglo XXI.


Tunnel and Gates | Fotografía de Kerik Kouklis

Pues bien, a algunos, cursis, insinceros y reblandecidos, nos gusta la naturaleza. Nos gusta mucho pasear junto a los ríos, meter las manos en sus aguas frías, pisar la tierra de las veredas, fotografiar la flora de los caminos, tocar los troncos de los árboles, recordar las caminatas que hemos hecho e ilusionarnos con las que haremos. Y no pensamos que la oposición entre ciudad y campo se pueda establecer en términos de civilización o barbarie. Nos gustan los cines y los pueblos perdidos, las librerías y los guijarros. No hay demasiados bosques, ni demasiados caminos, ni demasiadas rutas. Hay que reivindicar otra manera de ver el campo, no abolirlo. Falta cultura de la naturaleza y sobra cultura del botellón. Ahí están los libros de Miguel Delibes, nada sospechoso de maniqueísmo.


William Davis | A Field of Green Corn


Leandro Fernández de Moratín (un autor al que debo una entrada desde que leí Apuntaciones sueltas de Inglaterra), y de quien dijo Galdós que "su vida era tan interesante como sus obras", fue un tipo refinado, culto y esencialmente urbano. En el libro citado, como buen ilustrado que es, se fija en las ciudades, en la arquitectura de sus construcciones, en la modernidad de sus espacios, pero nunca le faltan palabras para describir la flora de los caminos, los árboles. Durante uno de sus viajes por Europa, en los últimos años del siglo XVIII, visita la fuente de la Valclusa, un paisaje animado por la presencia literaria de Petrarca y su amada Laura, y nos deja el siguiente texto:

He ido a ver la fuente de la Valclusa, que ha hecho tan famosa en el mundo el amante de Laura. Un valle delicioso, rodeado en semicírculo por una cadena de montes; un risco muy alto, desnudo, hórrido, con una caverna en la parte inferior, de donde nace el Sorga, torrente de aguas que se precipita entre peñascos enormes, que las lluvias y los vientos han desprendido de aquellas cumbres. Ya navegable a corta distancia de su nacimiento, tuerce su curso por unas pequeñas vegas, en donde la verdura eterna que las cubre, la fragancia y frescura de plantas y flores, el canto de las aves, el viento que espira suavemente entre las hojas de los árboles, la tremenda soledad del bosque, y el rumor incesante de las aguas, que asorda el valle y retumba en la concavidad del monte, todo inspira una melancolía deliciosa, que se siente y no se puede explicar.

El paisaje despierta sentimientos: de tremenda soledad, de melancolía deliciosa, de belleza. La naturaleza nos habla de nosotros, leemos en ella nuestros sentimientos. Se convierte en paisaje interior que podemos compartir. Somos el  paisaje, decían los del 98.


Caspar David Friedrich | Der Watzmann | 1825

Muchos años antes, en el siglo XVI, un fraile agustino escribe con resonancias de Horacio y Garcilaso:

Del monte en la ladera
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa
de ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego, sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo,
y con diversas flores va esparciendo.

El aire el huerto orea,
y ofrece mil olores al sentido,
los árboles menea
con un manso ruido,
que del oro y del cetro pone olvido.

Quien nos transmite con tanta sencillez y sensualidad la paz que siente en el campo no es otro que Fray Luis de León. En esta famosa Oda a la vida retirada, nos describe La Flecha, una finca real que tenían los agustinos en las afueras de Salamanca. Muchas veces lavaría el poeta sus manos en esa fontana y se olvidaría por un instante de sus problemas mientras disfrutaba con esos mil olores del huerto o con el manso ruido de sus árboles.


William Mulready | Blackheath Park

Antonio Muñoz Molina, escritor al que tanto admiro por sus novelas y  sus artículos, escribe en "Luto por los árboles" (recopilado en el libro La huerta del Edén, 1996):

Crecido en el secano, en una tierra donde los olivos, en vez de agruparse en bosques, dibujan más bien una cuadrícula de horizontalidad y aridez, yo siento una devoción a la vez práctica y sentimental hacia los árboles, y por algunos de ellos tengo una nostalgia tan tocada de melancolía como la que mantiene vivo el recuerdo de las personas queridas que perdí. Añoro un álamo viejo que había en la huerta de mi padre, y que fue partido por un rayo hace veinticinco años. Echo de menos los álamos que daban sombra a la plaza de mi infancia, cortados sin piedad para dar paso a los coches, y los olmos que se alineaban en la perspectiva de la última calle de Úbeda y confundían sus copas con los de la carretera de Baeza, olmos ya tan fantasmas en ese paisaje como el fantasma caminador y solitario de Antonio Machado. Hay como una saña española y pueblerina contra el árbol, una vocación ciega por el hacha y la sierra mecánica: en muchas calles de mi ciudad había antes grandes moreras a las que se subían los niños más ágiles y más audaces en busca del alimento sabroso de sus hojas para los gusanos de seda. No queda nada de aquellas moreras, ni de los álamos de las plazas ni de los paseos.

Queman los árboles, los talan, los sacrifican por nada, para ensanchar una carretera, para dejar bien despejada la anchura de un aparcamiento. En un país arboricida, asolado por el instinto del desierto, por el alquitrán y la antipatía pedante de las plazas duras, el bosque de La Alhambra, como el Retiro o el Jardín Botánico, ofrecen una forma atenuada de asilo político, de refugio, contra la solanera violenta del dogmatismo nacional. Uno quiere vivir a la sombra ancha y hospitalaria de los árboles igual que a la de las figuras humanas que más admira.


Pío Baroja pasea por El Retiro | 1950


 Jardín Botánico | Madrid


Suscribo completamente sus palabras y creo que son el mejor antídoto para las que abrieron esta entrada. Todos tenemos árboles que forman parte de nuestra educación emocional. Basta con pararse un poco y recordarlos. Los que vemos (casi sin verlos) todos los días camino del trabajo, aquellas moreras de la vieja fábrica, los de la casa de mi infancia, los de Tolkien, Machado y Juan Ramón, los de las riberas del Guadalquivir, los que elegían nuestros padres en las excursiones de los domingos para echar su siesta, los tejos de Quesada, los árboles de la colina Palatina y del Gianicolo en Roma, los ficus centenarios de Cádiz, los pinos de Cazorla y El Puerto. Los olivos.


Ficus centenario | Cádiz


Colina del Palatino | Roma

Pero si hay un pueblo que ha sabido captar la esencia de la naturaleza, llena de matices, es el japonés.  Cuando pienso en Japón, casi nunca se me vienen a la cabeza Tokyo y sus multitudes que cruzan como almas en pena los pasos de cebra, sino ese mundo de bosques, neblinas, tradiciones, senderos y espiritualidad que conforman una manera de ver el mundo que me resulta muy atractiva.


Pilgrim on a Forest Road | Fotografía de Okinawa Soba


Este delicado haiku de Masaoka Shiki parece invitarnos al paseo:

Las suelas perfumadas
Por la hierba del camino
Ah, qué bien huelen.

Fotografía de Annette Pehrsson

lunes, 13 de septiembre de 2010

Criaturas del tiempo


Sabes que la vida no tiene
los colores de una película
de Miyazaki, ni la falsa
transparencia del agua de un acuario.
Que tus ilusiones ya no comen
en pizzería los sábados
ni los domingos van al río.

Pero a la antigua inocencia
aún le gusta disfrazarse de inocencia.
Y los días acumulan periódicos
atrasados y sin leer y
en las mazmorras de la noche
puedes encontrar, si buscas,
restos olvidados de un amigo
o tierra removida por manos
que se perdieron.

Cuando te acunas
en los sueños de tu viejo sillón,
despiertan esas criaturas del tiempo
que, avivadas por el sol de la tarde,
casi siempre, aún, te confortan el alma.



Fotografías | mags | iliveinoctober

sábado, 11 de septiembre de 2010

La cueva de la sirena


Siempre me han fascinado las imágenes. Fotografías antiguas, cómics, fotogramas de cine, carteles, sellos, cromos, paisajes, cuadros y todo tipo de ilustraciones ejercen sobre mí un poder de atracción al que no me suelo resistir. De alguna manera, siempre me ha gustado coleccionarlas (yo más bien diría acapararlas) y ponerlas en orden. Con el acceso a Internet (que es de hace dos días y medio como quien dice, aunque nos parece haberlo tenido desde siempre) las fuentes se multiplicaron y al disfrute de las imágenes contribuyó el desarrollo de los monitores (con sus colores brillantes y nítidos) y de las cámaras digitales (con su facilidad para generar en un instante imágenes potencialmente sugerentes). Ninguna generación ha tenido tan fácil acceso a la información y a la imagen como la actual. Uno se puede pasar una tarde entera hipnotizado viendo imágenes, una detrás de otra. Al menos, a mí me pasa. Basta con darse una vuelta por sitios como Flickr o similares.



Pues bien, a lo que vamos, hace poco descubrí Tumblr, una mezcla de Blogger y Twitter, que me pareció una herramienta perfecta para lo que siempre me había gustado. Y, claro, no me pude resistir. Y descubrí todo un mundo. Una red social de amantes de las imágenes de todo tipo. Algunos tumblr son una auténtica maravilla sobre temas muy concretos (épocas, estilos, actrices) y lo mejor del caso es que puedes (como en Twitter) enlazar sus imágenes e incorporarlas a tu tumblr (rebloguearlas).

Esta entrada es una invitación a que visites La cueva de la sirena, un espacio paralelo y complementario a La melancolía de los ríos, pero hecho exclusivamente con imágenes. Quizá sea muy especializado o quizá sea demasiado general, no estoy seguro, pero lo estoy iniciando con una sola idea: reunir imágenes que me gustan mucho, que, por un motivo u otro (la estética o el contenido), me resultan fascinantes, hermosas, y que, ordenadas, me gustaría compartir contigo. Ojalá disfrutes con ellas tanto como yo. Dejo el enlace en la columna de la derecha.


Ésta es la entradilla que he hecho con la intención de que sugiera algo de lo que será su contenido:

Belleza. Decadentismo. Blanco y negro. Sirenas. Memoria. Puertas cerradas. Libros abiertos. Cómic. Gótico. Fin de Siglo. Cine mudo. Pioneros. El mar. Melancolía. Lirismo. Ruinas. Actrices. Miradas. Paraísos perdidos. Erotismo. Deseo. Descubrimientos. Prerrafaelitas. Viñetas. Carteles. Ríos. Escritores. Infancia. Veranos. Olvidos. Aventura. Simbolismo. Terror. Lo pasado. Jardines lejanos. Otras luces. Belleza sin tiempo.





La cueva de la sirena | Entrada

Foto 1 | Portrait of a Woman | c. 1900 | Vía Shorpy
Foto 2 | Modelo desconocida | Vía Valentino Vamp
Foto 3 | Lynn Fontanne | 1922
Foto 4 | Ingrid Bergman en Stromboli, de Roberto Rossellini | 1950
Foto 5 | Goleta Casco, en la que R. L. Stevenson viajó a los Mares del Sur

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Polos de limón



Quizá sea un 8 de septiembre. Probablemente, domingo. Tu padre no ha vuelto aún de la jornada de pesca y tus hermanas, impacientes, nerviosas, corretean por la casa y contribuyen, sin saberlo, a esa sana algarabía infantil que tienen todas las mañanas de domingo. Es un domingo cualquiera de finales de verano, aún con calor, pero con un anuncio de cambio en el atardecer de los árboles. Sentada en el sofá, tranquila, haces planes con tu madre. El cole se acerca y quieres tenerlo todo bien preparado, especialmente la nueva cartera. Ella parece oírte atenta, pero piensa en el retraso de su marido, en la moto, en las niñas. Entonces, te asomas al balcón y lo ves llegar a lo lejos. Trae, como siempre, un aire de felicidad. Un instante de silencio. Tus hermanas acuden también al balcón y él os saluda con la mano. Todas corréis escaleras abajo.

Ahora estáis en la calle. El parque está luminoso de globos y bicicletas alquiladas. Al pasar junto a las palomas, te gusta oír el sonido de los cañamones que crujen bajo tus zapatos blancos, los mismos de la comunión, pero que ahora te parecen otros, como de persona mayor. Mientras tus hermanas juegan en los toboganes, tú saboreas ese delicioso polo de limón que acaban de comprarte. Es el que más te gusta, el que siempre te pides. Es casi todo hielo, pero está tan rico y tan frío y su sabor dura tanto y deja la lengua tan amarillita que... Mientras te acercas a la cámara, lo sujetas con cuidado. Debes procurar no mancharte el vestido que llevarás mañana al cole. Has logrado convencer a tu madre. Tus coletas huelen a limón y en tu mirada hay un reflejo como de ficha de parchís.




Han pasado algunos años. Esta tarde llevas una falda blanca y una blusa amarilla. Tus zapatos ya no son de niña, pero lo parecen. Es también verano, aunque no domingo. Detrás de nosotros, los críos juegan en los toboganes. Me sonríes. Nos besamos. Estamos en el mismo parque y algo nos lleva a repetir aquella foto antigua, a jugar con el tiempo. Compramos dos polos de limón y, felices como niños, componemos la escena. Buscamos los detalles y las diferencias. Ahora, sujetas dos polos mientras yo hago la foto. Tus labios saben a limón y en tu mirada hay un intenso reflejo de vida por delante.

Mientras escribo, con las dos fotos sobre la mesa, beso ese beso, como en el poema de Salinas. Beso dos recuerdos. Te beso en mi recuerdo.

Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más.
El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada
ya, para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.

Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no
-¿adónde se me ha escapado?-.
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.

Pedro Salinas | La voz a ti debida | 1933

sábado, 4 de septiembre de 2010

Un miedo luminoso


Tiempo

Yo no sé de la infancia
más que un miedo luminoso
y una mano que me arrastra
a mi otra orilla.

Mi infancia y su perfume
a pájaro acariciado.

Alejandra Pizarnik | Las aventuras perdidas | 1958 


Pintura | Arthur Hughes, Home from the Sea | 1863

lunes, 30 de agosto de 2010

Sombras de mariposa


Te levantas de madrugada desvelado por el calor y los extraños ritmos del verano. No necesitas encender las luces: todo está donde lo dejaste. Los objetos, hasta hace unas horas tan familiares, tienen ahora un aire descolorido, antiguo, como si los hubieras incorporado a la realidad desde tu propio sueño. Silencio. Algún coche lejano. Te acomodas en el sillón y tus ojos se hacen a la oscuridad. Te sorprendes al comprobar que el salón está lleno de difusos reflejos verdosos. Todas las habitaciones de la casa lo están. No hay aparato que no tenga su propio reloj luminoso. Puedes ir de un cuarto a otro, y moverte con soltura, guiado sólo por esos pequeños faros digitales. No sabías que hubiera tantos.

Y recuerdas cuando, siendo niño, hace ya tanto tiempo, te quedabas a dormir en casa de tus abuelos. No te gustaba la oscuridad excesiva y tu abuela, que lo sabía, sacaba de alguna de sus covanchas una mariposa. Llenaba una taza o un plato con aceite (y quizás agua) y la colocaba con cuidado para que no volcara. Una vez encendida, la habitación se transformaba. Todo parecía quieto, pero extraños soplos que no percibías hacían que la mariposa navegara suave sobre el aceite y se dibujaban delicados fantasmas sobre las paredes. Tú temías que despertaran no sé qué espíritus, quizá el de tu bisabuela, muerta no hacía mucho, cuya cama estabas ocupando. El efecto era contraproducente. Necesitabas un punto de luz para dormir, pero esa luz, tan fascinante, te quitaba el sueño. Y, así, acosado por los fantasmas y aplastado por una pila de mantas de las de antes, muy pesadas, acababas acurrucado y llegaba la del alba.

Ahora esa oscuridad ya no existe.


No he vuelto a ver esas mariposas de luz. Buscando por Internet he encontrado algunas imágenes que me han refrescado la memoria. Efectivamente, las que tenía mi abuela eran lamparillas de San Juan Bosco, que creo que se utilizaban, no por la luz, sino con la idea de encender una vela a los difuntos. ¿Las seguirán vendiendo en alguna de esas pocas tiendas antiguas que quedan en el centro de nuestras ciudades? Me hace gracia comprobar que ahora se venden como objeto de coleccionismo en eBay y similares. De nuevo, el juego del tiempo. Por desgracia, no he podido encontrar ninguna encendida, así que pongo una vela (nunca mejor dicho), cuya luz también embruja y es, definitivamente, más romántica. O no. ¿Tú qué piensas?

         

miércoles, 18 de agosto de 2010

Jugando con el tiempo


Visitando museos uno encuentra piezas realmente deliciosas. Te paras delante de estos anzuelos, por ejemplo, y te pones a imaginar. ¿Se le daría bien la jornada al anciano aquella tarde? ¿Algún padre enseñaría las artes de la pesca a su hijo con alguno de ellos? ¿Acaso eran de un pescador solitario que pensaba en sus problemas (esos que no se atrevía a contarle aún a nadie) mientras trataba de conseguir la cena para su familia? Seguramente fueron sólo herramientas, utensilios vulgares de la factoría de salazón de pescados instalada en la ensenada de Bolonia. Allí mismo, en el museo de Baelo Claudia, me topé con estas figurillas de terracota del siglo I después de Cristo. Las dos primeras  representan a gladiadores; la tercera, era el asa de una lucerna. No pude resistirme a su encanto. Cada vez me gustan más las piezas de los museos que nos hablan del día a día, de la vida cotidiana. Los objetos que han tocado muchas manos y no fueron concebidos como 'obras de arte'. Los que nos han llegado por pura casualidad y nadie pretendió que perduraran.



¿Qué manos los hicieron? ¿Para qué los usaron? ¿No serían simples juguetes? Quizá el asa perteneció a la lucerna de algún pequeño templo o llenó de luces tenebrosas el cuarto de alguna joven enferma.

Estos objetos nos permiten fantasear, poder jugar sin trabas con el tiempo. Sus propias limitaciones artísticas los hacen, en cierto modo, más atractivos. Juguemos hoy a ser herejes con la arqueología. ¿Acaso la figura 15 no guarda cierto parecido con uno de los héroes de nuestra (mi) infancia? Sí, me refiero al sheriff Tiro Loco McGraw, el personaje creado por Hanna-Barbera en 1959, que iba siempre acompañado de su amigo Pepe Trueno.



Y los gladiadores, con sus brazos toscamente articulados, ¿están tan lejos de los madelman (que lo pueden todo)?



O de los clicks de Playmobil, esos maravillosos muñecos que alegraron las navidades de muchos niños desde principios de los setenta.



O, incluso, del astronáuta de Kiev, hallado en una antigua tumba rusa, supuesta prueba de la llegada de extraterrestres a nuestro planeta.


El plástico no durará tanto, pero quizá, dentro de muchos años, alguien encuentre una de nuestras figuras y dirá: "Mira, restos de una antigua civilización perdida, la del plástico". Y sólo fueron juguetes en las manos de un niño. Ése fue su gran valor. Lo demás será arqueología. Como la arqueología de los sentimientos que hacen los investigadores del futuro en El tragaluz, la gran obra de Antonio Bueno Vallejo.

Los pasillos del tiempo, llenos de restos de otras vidas.


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