martes, 29 de abril de 2014
Monstruos
Pasó la tarde entre derrumbe de tabiques y amortiguados gritos de operarios, que, ahora lo veía claro, habían alterado el delicado equilibrio de la estancia. Los vecinos empiezan otra obra, se dijo. Nos esperan tiempos tormentosos. Y, como aquel que emprende una causa perdida, se dirigió hacia el giradiscos y quitó, con rabia apenas contenida, el vinilo. Había intentado, sin éxito, envolverse en la atmósfera de otras tardes. Rachmaninov debería haberlo conducirlo una vez más a la isla de los muertos. Ahora era inútil. El golpe seco del martillo había sido más poderoso que sus Bowers & Wilkins. La tarde estaba arruinada.
Con pasos calculados por la costumbre, casi a oscuras, se dirigió hacia el dormitorio. Su mujer leía en la cama. Vivimos rodeados de monstruos, le dijo, mientras colocaba con rigor milimétrico su querido Beowulf encima de la mesita de noche, junto a otras lecturas que formaban parte de los ritos cotidianos. No lo sabes tú bien, le contestó la mujer, que sostenía entre las manos una rara edición de Frankenstein, comprada, quizás, a algún librero de viejo en un tiempo lejano en que ambos habían viajado.
Apagaron la luz y, como todas las noches, sus ronquidos llenaron de lenguas extrañas las sombras de la habitación. Tras las cortinas, algo difuso, que alguna vez les perteneció, reptaba sigiloso por el suelo.
Etiquetas:
Otras vidas
sábado, 8 de marzo de 2014
For the Good Times
Tarde de marzo, casi de primavera. La voz profunda de Johnny Cash llena la habitación. Ecos oscuros y emocionados que nos hablan de pérdida, de tristeza y separación definitiva. Y, al mismo tiempo, de agradecimiento por el tiempo vivido en común. Una canción de Kris Kristofferson grabada por el hombre de negro poco después de morir June Carter, otra de las voces inconfundibles de la Country Music. Pero no es momento de pararse a contemplar los puentes que se derrumban, sino de disfrutar del camino y de dejarnos llevar por esta hermosa voz oscura y cavernosa. El recuerdo del amor como terapia contra el olvido.
Don't look so sad, I know it's over,
But life goes on and this old world will keep on turning.
Let's just be glad we had some time to spend together,
There's no need to watch the bridges that we're burning.
Lay your head upon my pillow,
Hold your warm and tender body close to mine,
Hear the whisper of the raindrops blowing soft against the window
And make believe you love me one more time for the good times.
I'll get along, you'll find another
And I'll be here if you should find you ever need me.
Don't say a word about tomorrow or forever.
There'll be time enough for sadness when you leave me.
Lay your head upon my pillow,
Hold your warm and tender body close to mine,
Hear the whisper of the raindrops blowing soft against the window
And make believe you love me one more time for the good times.
Lo que viene a decir, más o menos, así:
No estés tan triste, ya sé que todo ha acabado,
pero la vida sigue y el mundo continuará dando vueltas.
Alegrémonos por el tiempo que disfrutamos juntos,
no hay necesidad de mirar los puentes que estamos quemando.
Reposa tu cabeza en mi almohada,
aprieta tu cuerpo cálido y dulce junto al mío,
oye el susurro suave de la lluvia que sopla contra la ventana
y hazme creer que me quieres una vez más, por los buenos tiempos.
Yo me apañaré, tú encontrarás a otro
y estaré aquí si alguna vez crees que me necesitas.
No digas nada sobre el mañana o el para siempre.
Ya habrá tiempo de sobra para la tristeza cuando me dejes.
Reposa tu cabeza en mi almohada,
aprieta tu cuerpo cálido y dulce junto al mío,
oye el susurro suave de la lluvia que sopla contra la ventana
y hazme creer que me quieres una vez más, por los buenos tiempos.
Etiquetas:
Canciones
miércoles, 12 de febrero de 2014
Le amalaba el noema
Hoy se cumplen treinta años de la desaparición de Julio Cortázar. El 12 de febrero de 1984 moría en París este argentino inclasificable nacido en Bruselas. No quiero dejar pasar la ocasión de rendirle aquí un mínimo homenaje a quien tanto me hizo disfrutar de la lectura. Él sí es toda una literatura, aunque siempre se definiera a sí mismo como un escritor aficionado. Desde el estante más alto, Rayuela me invita a la relectura: la Maga y París me esperan.
Y qué mejor homenaje que dejarlo hablar: que sea el mismo Cortázar quien nos lea ese fragmento de Rayuela que tantas veces hemos recordado con regocijo. Las palabras se vuelven carne y el sinsentido, placer. La magia de la escritura que no dice otra cosa que a ella misma. Juego, humor, placer, complicidad con el lector. Escritura orgásmica en glíglico, ese lenguaje tan suyo. Y esa erre tan dificultosa y tan parisina.
Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.
O este cuento, una maravilla de construcción, ingenio y sorpresa, componentes esenciales del arte del relato en el que, según decía, había que dejar K.O. al lector desde las primeras líneas, pues no había tiempo para más. A veces, cuando estoy solo, leyendo en mi sillón favorito, y llega la noche, me viene a la memoria esta «Continuidad de los parques»:
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Dejo, por último, una pequeña galería de imágenes suyas que he ido recopilando, poco a poco, conforme las he ido encontrando, en La escritura desatada.
De Cortázar me quedo con casi todo. Con sus cuentos (mi favorito sigue siendo «Casa tomada»), con sus cronopios y sus famas, con el oso de los caños de la casa, con sus instrucciones para llorar y para subir escaleras, con su París y su gusto por el juego vanguardista inteligente y tierno y, no se me podía olvidar, con sus traducciones de Edgar Allan Poe. A mi generación le hizo un regalo impagable: leímos a Poe en una prosa muy cuidada, la de esas ediciones memorables que nos trajo, siendo casi adolescentes, El Libro de Bolsillo de Alianza Editorial. A veces, no sabías si leías a Poe o a Cortázar. O a los dos.
Etiquetas:
Ecos
jueves, 30 de enero de 2014
Corredores de sombra
La memoria nos abre luminosos
corredores de sombra.
Bajamos lentos por su lenta luz
hasta la entrada de la noche.
El rayo de tiniebla.
Descendí hasta su centro,
puse mi planta en un lugar en donde
penetrar no se puede
si se quiere el retorno.
Se oye tan solo una infinita escucha.
Bajé desde mí mismo
hasta tu centro, dios, hasta tu rostro
que nadie puede ver y sólo
en esta cegadora, en esta oscura
explosión de luz se manifiesta.
José Ángel Valente | Fragmentos de un libro futuro, 2000
domingo, 19 de enero de 2014
Viaje a los sueños polares
Ahora que han llegado los fríos, una canción para huir de la rutina y buscar refugio en un mundo de ilusiones infinitas y sentimientos eternos. Dulzura a ritmo de ukelele. Frío polar que calienta el alma. Canta Cristina Quesada.
Cuando pesen demasiado la rutina,
el trabajo y la vida en la ciudad,
nos iremos en un viaje infinito,
con esa tonta sensación de libertad,
hacia el fondo de ese mundo
del que me has hablado tanto,
paraíso de glaciares y de bosques polares,
donde miedos y temores se convierten en paisajes
de infinitos abedules, de hermosura incomparable.
Dibujamos sobre un mapa imaginario
autopistas de gran velocidad.
Nos invade una ilusión desconocida
y nuestra única intención es avanzar
hacia el fondo de ese mundo,
del que me has hablado tanto,
paraíso de glaciares y de bosques polares,
donde miedos y temores se convierten en paisajes
de infinitos abedules, de hermosura incomparable,
donde siempre te querré.
sábado, 28 de diciembre de 2013
De los límites de la memoria
La memoria es más vasta que nuestros recuerdos.
José Ángel Valente
Fotografía de Geraldo de Barros, Tatuapé, Sao Paulo, 1948.
Etiquetas:
Ecos
lunes, 23 de diciembre de 2013
Los tejados de París
Un sinfin de chimeneas se divisaba desde la ventana. Paulina las contemplaba distraídamente, y su fantasía encontraba formas extrañas en aquella inmensidad de tubos negros que se destacaban en el horizonte gris.
Había unas con una caperuza como el sombrero cómico de un chino; otra terminaban en forma de casco adornado por una flecha de hierro que fingía una cimera; algunas, torcidas en dos ángulos rectos, parecían jorobadas; otras concluían en una especie de linterna; la mayor parte, embutidas en grandes paredones espesos, en fila, de distinta altura, recordaban los tubos de un órgano.
El confuso amontonamiento de tejados que se divisaba desde allí tomaba el aspecto de una ciudad con sus calles y sus plazas, sus iglesias y sus monumentos.
En las horas de sol se distinguían azoteas llenas de musgo, paredes negras con escalas de hierro, veletas enmohecidas sobre sus vástagos, alambres de los pararrayos que corrían entre aisladores, torrecillas musgosas y flechas indicadoras de una dirección.
Al anochecer, cuando la oscuridad comenzaba a borrar los contornos de las cosas y el humo blanco de las chimeneas salía lentamente a perderse en el ambiente gris, estos paredones negros, estos tejadillos puntiagudos, estas filas de chimeneas tomaban un ambiente fantástico: eran murallas de un castillo defendidas por caballeros, eran centinelas solitarios que avanzaban valientemente hasta los bordes de un tejado, eran figuras monstruosas y absurdas como las quimeras de una catedral.
Pío Baroja | Las tragedias grotescas, 1907
La fotografía del globo de Mr. Henri Giffard sobre los tejados de París fue tomada por René Dragon en 1878, solo algunos años antes de que Baroja visitara por primera vez, en 1899, la vieja ciudad, y muy poco después de los acontecimientos narrados en la novela, cuya acción se sitúa hacia 1870. Paulina Acuña, frágil, delicada, pálida, de labios descoloridos, deja su bordado un instante para mirar los tejados desde la terraza de su cuarto piso de la Cour de Rohan. Allí se dispara su imaginación. Su vida solitaria, monótona y gris, se llena de geranios, arboledas y estanques misteriosos. Las callejuelas lóbregas son senderos que conducen hacia una jardín lejano. A su lado, un gato blanco, iluminado por la luz de un quinqué, es durante horas su única compañía.
domingo, 8 de diciembre de 2013
Café literario
Como en La melancolía de los ríos somos amantes del buen café y los buenos libros, el otro día, cuando encontré por azar esta ilustración, cuyo autor desconozco, me puse a observarla con detenimiento y curiosidad. Me pareció ingeniosa la idea de sintetizar con humor todo un universo literario en una simple taza de café: una isla, sangre, un reloj, la cucaracha, el infierno. La verdad es que el café y los libros mezclan muy bien.
Esta tarde de diciembre yo tomo café Baroja. Estoy en París, en el París antiguo anterior a la expansión de los bulevares. El Segundo Imperio tiene los días contados. Las tabernas están llenas de conspiradores: anarquistas, revolucionarios, legitimistas, españoles exiliados, bohemios sin futuro y sin obra. El café Baroja es negro, cargado, intenso. Se sirve en taza pequeña y con poca azúcar. Su sabor es algo antiguo, pero muy personal. Cada sorbo evoca multitud de vidas y ambientes que se entrecruzan en la vieja ciudad, ahora en pleno proceso de renovación. Secretos escondidos en un cajón, porteras de edificios oscuros y poco recomendables, callejuelas con nombres llenos de historia. Y tejados, muchos tejados. El café Baroja no es un café sofisticado, pero nunca defrauda. Es tan adictivo que siempre acabas repitiendo. Te lo pide el cuerpo.
Y tú... ¿qué café tomas hoy?
jueves, 28 de noviembre de 2013
Lo que transcurre aprisa
Vivimos de modo trepidante.
Mas debéis tomar el paso del tiempo
como cosa sin importancia
entre lo que para siempre permanece.
Lo que transcurre aprisa
pronto ha de pasar,
tan sólo lo que queda
nos inicia.
No pongáis, oh muchachos, vuestro arrojo
en la velocidad,
ni en el empeño de volar.
Las cosas son morosas:
oscuridad y claridad,
la flor y el libro.
Rainer Maria Rilke
Traducción de Carlos Barral
Etiquetas:
Ecos,
El paso de los días,
Poesía
Suscribirse a:
Entradas (Atom)















