La dulzura de este atardecer veraniego, ya en otoño, me ha traído este poema de Rimbaud, que comparto contigo como recuerdo de todas esas tardes de plácida libertad que nos ha regalado el verano que acaba. No hay que preocuparse. El otoño, con sus sábanas cálidas y su tiempo reposado, toca ya el cristal de nuestra ventana.
Sensation
Par les soirs bleus d'été, j'irai dans les sentiers,
Picoté par les blés, fouler l'herbe menue:
Rêveur, j'en sentirai la fraîcheur à mes pieds.
Je laisserai le vent baigner ma tête nue.
Je ne parlerai pas, je ne penserai rien:
Mais l'amour infini me montera dans l'âme,
Et j'irai loin, bien loin, comme un bohémien,
Par la Nature, -heureux comme avec une femme.
Arthur Rimbaud | 1870
Que en la traducción de Javier del Prado (Cátedra, Letras Universales), dice así:
Iré, cuando la tarde cante, azul, en verano,
herido por el trigo, a pisar la pradera;
soñador, sentiré su frescor en mis plantas
y dejaré que el viento me bañe la cabeza.
Sin hablar, sin pensar, iré por los senderos:
pero el amor sin límites me crecerá en el alma.
Me iré lejos, dichoso, como con una chica,
por los campos, tan lejos como el gitano vaga.
Los paisajes son del pintor impresionista noruego Frits Thaulow (1847-1906).
Seguramente Alphaville (Jean-Luc Godard, 1965) no es una película perfecta. Algunos pensarán que ni siquiera es una buena película, pero no cabe duda de que contiene escenas fascinantes, de esas que, una vez vistas, recuerdas para siempre. Imágenes llenas de extraña poesía en un mundo frío y deshumanizado. Habitaciones de hotel, calles vacías, pasillos interminables, escaleras angustiosas, primeros planos de un interrogatorio casi existencial. La presencia de Anna Karina, actriz a la que estoy completamente rendido, y el rostro duro, pero muy humano, de Eddie Constantine hacen que la película cobre otra dimensión. Todo gira en torno a ellos dos, a sus palabras, a sus silencios, a sus miradas interrogantes. Es ahí donde está su riqueza y no en el desarrollo argumental. La película se mueve entre el cine negro clásico de detective y el de ciencia ficción. En algunos aspectos anticipa planteamientos de 2001: Una odisea del espacio (la comparación entre Alpha 60 y Hal 9000 es inevitable) o Blade Runner o Matrix. En otros, parece cercana a Fahrenheit 451 o al mundo de 1984 de George Orwell.
En un mundo futuro, un detective llamado Lemmy Caution (Eddie Constantine), que se hace pasar por periodista, llega desde los países exteriores a Alphaville (París) en busca del profesor Von Braun, apodado Nosferatu, un científico exiliado que ha desarrollado un potente ordenador, Alpha 60, que controla completamente las vidas y las mentes de sus habitantes. De ellas se han eliminado los sentimientos, lo irracional e incluso algunas palabras, que van desapareciendo poco a poco de los diccionarios, a los que confunden con Biblias. Palabras como por qué o amor. Viven una vida robotizada, vacía. Son el número que llevan tatuado en la nuca. Poesía, filosofía, distopía. Reflexión sobre el poder de la palabra asociada a los sentimientos que evoca. Hay escenas, como decía, dignas de recordar, visualmente asombrosas, como las ejecuciones en la piscina, los interrogatorios a Lemmy y sus brillantes respuestas o las largas conversaciones por los pasillos del hotel con las atractivas señoritas que buscan satisfacer los deseos del cliente. Es en este contexto donde se produce el encuentro entre Lemmy y Natasha (Anna Karina), la hija del profesor Von Braun, que no nació en Alphaville, pero se ha asimilado a su forma despersonalizada de vida. Algo cambia en ella. Natasha empieza a recordar palabras, a descubrir sentimientos.
Hay una escena fascinante. Lemmy y Natasha están en la habitación del hotel. Ella le manifiesta su deseo de irse con él a los países exteriores y su miedo. Hablan sobre el amor. Y Natasha, que tiene en sus manos un libro de Paul Éluard, Capital de la douleur, recita estos hermosos versos como si fueran un monólogo interior:
Tu voz, tus ojos,
tus manos, tus labios.
Nuestro silencio, nuestras palabras.
La luz que se va,
la luz que retorna.
Una sola sonrisa para nosotros dos.
Por necesidad de aprender,
vi la noche crear el día
sin que nosotros cambiemos de apariencia.
O muy queridos de todos,
o muy queridos de uno solo,
el silencio de tu boca prometía ser feliz.
Fuera, fuera, decía el odio.
Más cerca, más cerca, decía el amor.
Una caricia nos guía desde nuestra infancia.
Cada vez veo más la forma humana
como un diálogo de amantes.
El corazón no tiene más que una boca.
Todo por casualidad.
Todas las palabras sin pensamiento.
El sentimiento a la deriva.
Hombres vagan por la ciudad.
Una mirada, una palabra.
El hecho de que te amo.
Todas las cosas se mueven.
Debemos avanzar para vivir.
Dirígete directamente hacia los que amas.
Yo fui hacia ti,
continuamente hacia la luz.
Si tú sonríes, es para invadirme mejor.
Los rayos de tus brazos perforan la niebla.
¡Qué dulce debe ser el amor poseído, cuando sólo las sombras del amor son tan ricas en gozo!
Y más adelante:
El amor es un humo que sale del vaho de los suspiros; al disiparse, un fuego que chispea en los ojos de los amantes; al ser sofocado, un mar nutrido por sus lágrimas.
Y allí mismo dice Fray Lorenzo:
Dentro de la tierna corteza de esta débil flor tienen residencia un veneno y una potencia médica; pues, al olerla, anima con cada parte a cada parte; y, al ser probada, mata todos los sentidos en el corazón. Dos reyes así enfrentados acampan en el hombre, como en las hierbas, la gracia y la ruda voluntad; y, cuando predomina lo peor, muy pronto el gusano de la muerte devora esa planta.
Y me he acordado de las palabras con que Fernando de Rojas justifica las virtudes literarias del Auto I de La Celestina, de autor desconocido, supuestamente encontrado por él. Virtudes tales que lo llevaron a aprovechar intensamente quince días de vacaciones para completarlo:
Y, como mirase su primor, su sotil artificio, su fuerte y claro metal, su modo y manera de labor, su estilo elegante, jamás en nuestra castellana lengua visto ni oído, leílo tres o cuatro veces; y tantas cuantas más lo leía, tanta más necesidad me ponía de releerlo y tanto más me agradaba, y en su proceso nuevas sentencias sentía. Vi no sólo ser dulce en su principal historia o ficción toda junta, pero de algunas sus particularidades salían deleitables fontecicas de filosofía, de otros agradables donaires...
Eso mismo se podría decir de Shakespeare. En los últimos meses he leído algunas de sus obras que no conocía: Los dos hidalgos de Verona, Tito Andrónico, El rey Juan, La comedia de las equivocaciones, El rey Ricardo II, Trabajos de amor perdidos, La doma de la furia y Romeo y Julieta. Me han parecido desiguales, algunas muy flojas, quizá por primerizas, siempre intraducibles debido a esa obsesión suya por el lenguaje y los juegos de palabras, lo que te deja cierta sensación de desconsuelo. El lenguaje es el gran protagonista del teatro de Shakespeare, pero en qué obra literaria de calidad no lo es. En ninguna de ellas he encontrado la grandeza de Macbeth, Hamlet o El rey Lear, excepto en Romeo y Julieta, que, paradoja, sólo tiene en su contra el ser tan conocida, lo que a veces provoca la falsa idea de que no merece la pena leerla. En todas ellas he encontrado poesía y esas "deleitables fontecicas de filosofía" de las que hablaba Rojas. Sentencias que nos hablan de lo más profundo de las personas, de nuestras grandezas y de nuestros pesares.
El final de Romeo y Julieta, de todos conocido, es intenso. La tumba de Julieta, hermosa en su juventud intacta, cuyas mejillas van recuperando poco a poco el color para encontrar sólo frío y desolación a su alrededor. El olor del panteón de los Capuleto. Las antorchas a medio apagar. Las sombras. Las reflexiones macabras sobre el amor y la muerte, que tanto le gustan a Shakespeare. La poción, el veneno y el puñal. Los esposos que no han podido disfrutar su amor y el pretendiente que lanza flores sobre el cuerpo de la joven. El beso de Julieta en los labios aún calientes de Romeo, buscando encontrar lo que queda de su amor y algo de veneno que le quite una vida que ya no tiene. Una obra redonda.
Y me he acordado también de la impresionante Ophelia de John Everett Millais, otro canto a la belleza en la muerte, que comparto ahora contigo.
Y créeme, amor, tú también a mis ojos: la seca tristeza bebe nuestra sangre.
Ocupan espacio, acumulan polvo y a esta alturas de la vida ya sabemos que no nos aseguran un tiempo infinito para leerlos. Pero no llegaron todos ayer. No son unos invitados incómodos a los que conviene largar lo antes posible porque están dejándonos vacío el frigorífico. Llegaron poco a poco, con el ritmo pausado de los años. Los recomendó un amigo, un periódico o uno de los que ya habían llegado (cuidado, que se llaman los unos a los otros). O quizá los invitamos nosotros mismos, enamorados de unas líneas o una portada. Un flechazo fulminante en una mañana de verano, tras el café tranquilo y conversado. Nunca podremos olvidar al primero que llegó: un tebeo. Repasamos sus páginas mil veces. Esas colecciones de Flash Gordon, El Príncipe Valiente, El Hombre Enmascarado, Tintín, Spiderman y Los 4 Fantásticos, releídas cada verano como si fueran nuevas, depositadas cada noche al lado de la cama. Y la revista Strong, compartida gozosamente con mi hermano. Cada uno de ellos tiene su historia, aunque algunas las hayamos olvidado. Este lo conservo de mi abuela. Los de Bruguera los compraba en la papelería de la vuelta de casa. Estos los leí con aquella novia tan guapa y que sabía tanto inglés. Este lleva un prólogo de un profesor mío y unas palabras de su puño y letra. Esta edición de Moby Dick la comentaba por las tardes con mi amigo Ángel, que también estaba a bordo del «Pequod» (qué buenas jornadas de pesca y charla pasamos). Este es de mi época de estudiante en Granada, leído con flexo en una oscura habitación interior. Ah, y las Joyas literarias juveniles, donde leí a Verne y Salgari por primera vez. ¿Te acuerdas del Manual de los jóvenes castores que nos llevábamos todos los años a la playa? Y aquí están los de poesía, leidos y releídos, disfrutados palabra a palabra.
Nos han rodeado como invasores amistosos. Han tomado nuestra casa, como en el cuento de Cortázar, y no temen la competencia de otros intrusos más modernos. Juegan con ventaja. No los he leído todos. Pero los tengo al alcance de la mano. Me permiten, sin salir de la habitación, pasar de un mundo a otro, de Cernuda a Shakespeare, de Comala a África, de los Mares del Sur a Marte o El Toboso, de tu cuello a mis recuerdos, de aquellos labios a estas palabras. ¿Queda espacio para alguno más? ¡Quién sabe! Quizá puedan apretarse un poco. Algún día nos iremos juntos. Éstas de abajo son para mí imágenes de paraísos soñados.
Fue entonces cuando decidieron encerrar sus secretos en aquel mundo minúsculo, la cáscara de una nuez partida con exactitud natural en dos mitades. Cada uno escribiría sus deseos de futuro, aquello que no se atrevía a decir en voz alta ni en esas horas de la noche que se prestan a las confidencias. Los tres habían coincidido en el pasillo, en la ceremonia ritual del té y la amistad, la de la pausa en el estudio, y uno de ellos, no importa quién, lo propuso. Había dos condiciones. El azar elegiría al encargado de guardarla para siempre y nunca la podrían abrir, ni aunque todos se pusieran de acuerdo.
Con mano temblorosa, trazaron sobre el papel caminos inciertos, se mintieron a sí mismos y desearon imposibles. Pero ya se sabe que los deseos son ambiciosos y más cuando pretendes encerrarlos en una nuez y dejarlos dormir el sueño de los faraones. Así que, con sus notas ya a buen recaudo, sellaron las dos mitades con unas gotas de pegamento Imedio y las convirtieron en un recinto inexpugnable a los sinsabores del día a día.
En uno de esos días de limpieza que aligeran las casas y remueven el polvo de la memoria, la encontró. Habían pasado muchos años. La nuez de los secretos estaba allí, delante de él, en aquella caja de zapatos llena de objetos inservibles. Fue instantáneo. El recuerdo de aquella tarde lejana lo invadió. La cogió con cuidado, por miedo a que pudiera abrirse el arca de la memoria que había conservado intactos sus deseos. Y recordó con la nuez apretada en su mano. Sintió la tentación natural de abrirla, no tanto por descubrir el secreto de los otros, sino por recordar el suyo propio, que había olvidado. ¿Qué escribió él? ¿Qué deseó en aquel juego infantil? Imposible recordarlo. Los sueños también se olvidan. Sintió miedo y cierta tristeza imprecisa. Pensó que hacía mucho que no veía a aquellos amigos y se preguntó si ellos recordarían lo que habían escrito, si se acordarían de la nuez y de aquella tarde. El tiempo es muy poderoso, se dijo, mientras pasaba los dedos y comprobaba que el pegamento de la infancia también lo es.
No hay fundamento sólido construido sobre la sangre, ni vida asegurada construida sobre la muerte de otros.
Y en Antígona de Sófocles:
Es que a los humanos no hay planta alguna que les brote tan pujante como la plata, falaz moneda: ésta arrasa incluso ciudades, ésta hace saltar de su casa a los hombres, ésta enseña y enajena las mentes honradas de los mortales para que se subleven y vengan a caer en una conducta deshonrosa, y les enseñó a los hombres a que estén dispuestos a hacer cualquier cosa sin escrúpulo alguno, y a que adquieran experiencia de todo tipo de inquietudes.
Y allí mismo, más adelante:
Por eso, no hagas uso en tu fuero interno de una sola manera de ver las cosas, pensando concretamente que lo acertado es lo que tú afirmas y ninguna otra cosa más, pues todo aquél que tiene para sí que sólo él es quien tiene razón o que sólo él tiene una lengua o un alma que no tiene nadie más, los que así piensan, si se les quita el caparazón aparecen vacíos. Al contrario, no constituye desdoro alguno para un varón por sabio que sea, aprender infinidad de cosas y procurar no pasarse de intransigente.
Y pienso en lo poco que hemos mejorado con el tiempo y en cómo las palabras de los clásicos nos pueden resultar más cercanas, a veces, que las de algunos de nuestros contemporáneos.
Nuestras palabras son poderososas. Mucho más de lo que pensamos. Una palabra puede abrirnos un agujero en el corazón o una puerta hacia la felicidad. Somos palabras. Dichas en su momento o a destiempo. Nuestro pensamiento, nuestros sentimientos, están hechos de esa materia volátil y generosa, que se deja moldear con facilidad en cualquier momento. Mientras tomamos un café, cuando leemos en la playa, en una comida familiar o antes de besar a esa chica que nos vuelve locos. Se unen y producen chispas, igual que los labios. Alguien, creo que Lorca, dijo que la poesía no es otra cosa que unir palabras que antes no se habían unido, palabras que no hubiéramos imaginado escribir juntas. Y entonces surge una emoción, una sugerencia, un mundo que llevábamos dentro sin saberlo. La inspiración, si es que existe, debe ser eso. Las palabras duelen o besan. Debemos aprender el difícil arte de dominarlas para no herir a aquellos que amamos o para apartar sutilmente a aquellos que buscan dañarlos. Forman una corriente que arrastra limos de siglos, aunque son siempre nuevas. Nacen en el momento de decirlas y al morir dejan una onda que se expande lenta hasta llegar al centro más profundo. Y entonces estallan. O nos salvan.
Y nunca son inocentes. Celaya, quizá utópico, hablaba de ellas como de un arma cargada de futuro. No sé si de futuro, pero, desde luego, están cargadas de pasado, de Historia, de ideología, de sentidos ocultos, de uso familiar. Gil de Biedma usaba "palabras de familia gastadas tibiamente". Y recuerdo cómo Ángel González reflexionaba en una conferencia, a la que asistí hace ya mucho, sobre el poder de la poesía para transformar la realidad. Quizá no de modo inmediato, como una ley o una guerra, pero sí en tanto que nos hace pensar la vida. Somos otros después de leer un buen poema. Mejores o peores. El Arcipreste de Hita equiparaba su libro a un instrumento musical: sonaría bien o mal según cómo se tocara. Y José Ángel Valente, en un ensayo profundo titulado Las palabras de la tribu, explicaba que tras la voz de cada poeta están ocultas las de todos los anteriores a él. La tradición. Ése también es el poder de las palabras.
A veces nos arrastran y nos hacen decir cosas que no sabíamos que pensábamos. O las arrastramos nosotros y las utilizamos para manejar a nuestro antojo. Las palabras de nuestros padres, que no entendimos en su momento y ahora ya es tarde. O las de nuestros hijos, tan poderosas como la sangre joven que llevan en su interior, deseando dejar sus miedos y comerse el mundo. Escribimos para que nos entiendan. Leemos para conocer la vida. Amamos con palabras heredadas. Buscamos consuelo en las palabras hondas de un poema o en la felicidad inmediata de una canción o en la caricia de unos sonidos susurrados en el oído en una siesta de amor veraniega.