miércoles, 15 de agosto de 2012

Fantasma de fantasma


La memoria del fantasma es un pozo. En algún lugar oscuro del fondo está todo lo que amó. Dentro no hay tiempo. Algún extraño mecanismo lo lleva a confundir, una y otra vez, la salida. Condenado a vivir en un presente sin memoria, el espectro busca la felicidad en lo cercano: puerta, fuego, muslos, visillos. Ser fantasma de fantasma. No saber qué recuerdos olvidaste. No tener ya paredes, ni cabellos al viento, ni mejillas sonrosadas que desear. Ser una sombra que sólo busca su oscuridad interior.

La imagen pertenece a la película Faust, rodada por F. W. Murnau en 1926.
La mirada perdida que nos produce el escalofrío es la de la actriz Camilla Horn.

domingo, 12 de agosto de 2012

D de dolce far niente


El placer de no hacer nada. Vacaciones. Dejar atrás quimeras y empresas imposibles. Estar tumbado casi todo el día en la cama o en el suelo, como cuando éramos niños y no habíamos inventado las preocupaciones, rodeados de una pila interminable de libros y tebeos. Fuera ordenador. Fuera horarios. Fuera tengo que. Levantarse lo justo. Quizá para hacer té helado o poner algo de música. Suelen ser muy agradecidas las visitas al frigorífico, a ser posible con pies descalzos. Combatir el calor con armas elementales y mucho aire acondicionado. Si tienes que salir a la calle, puro fuego, que sea porque te has quedado sin libros o para meter los pies en algún río. O en el mar. Placer inigualable de leer una novela de aventuras con los pies llenos de arena y, en el fragor del abordaje o la tempestad, mirar hacia el azul y ver que está en calma. Y, cuando por fin, al caer la tarde, cierres las páginas, satisfecho, meter la panza en el agua y dejarte acariciar por las olas.

Y, a la noche, elegir una de esas viejas películas vistas muchas veces y ocultar en la oscuridad alguna lagrimilla. Qué placer tan refinado el de llorar de verdad por algo que es mentira. Dolce far niente. Una vieja aspiración casi nunca conseguida.

jueves, 9 de agosto de 2012

Este lado del espejo


El misterio está de este lado del espejo.
Del otro lado todo existe.
Desde allí, por ejemplo, sale a veces una mano
que trae una lámpara encendida
para alumbrar lo que nosotros creemos que es el día.

El misterio no está ni siquiera en la superficie
que separa ambos lados del espejo,
ya que esa superficie no existe,
como no existe ninguna superficie:
sólo es una ilusión que nosotros inventamos
al mirar al revés.

El misterio está en mirar desde afuera
y no desde adentro del espejo,
desde afuera
y no desde adentro de las cosas.

Roberto Juarroz | Séptima poesía vertical, 1982

lunes, 30 de julio de 2012

Palabras que esperan


Somos el borrador de un texto
que nunca será pasado a limpio.

Con palabras tachadas,
repetidas,
mal escritas
y hasta con faltas de ortografía.

Con palabras que esperan,
como todas las palabras esperan,
pero aquí abandonadas,
doblemente abandonadas
entre márgenes desprolijos y yertos.

Bastaría, sin embargo, que este tosco borrador
fuera leído una sola vez en voz alta,
para que ya no esperásemos más
ningún texto definitivo.

Roberto Juarroz | Novena poesía vertical, 1986

sábado, 28 de julio de 2012

Mientras duermes


Mientras duermes
tu mano me transmite imprevistamente una caricia.
¿Qué zona tuya la ha creado,
qué autónoma región del amor,
qué parte reservada del encuentro?

Mientras duermes
te conozco de nuevo.
Y quisiera irme contigo
al lugar donde nació esa caricia.

Roberto Juarroz | Octava poesía vertical, 1984

miércoles, 25 de julio de 2012

C de café


Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, huele a café en el cuarto. Una vez oí, quizá en alguna película, que, si querías vender la casa, debías procurar que oliera a café. Muevo la cucharilla y su tintineo me lleva a otros cafés. Somos las cafeteras que hemos tenido. El café, con sus tazas y sus costumbres, forma parte desde siempre de nuestras mitologías más cotidianas.

Me acostumbré al sabor del café bebiendo los posos que mi padre dejaba en su taza. Restos de sobremesas de domingo, en que el tiempo se detiene y se tarda en recoger los platos. Luego llegaron los cafés de estudiante nocturno en piso compartido, una puerta abierta a la charla y la amistad. Conversaciones que iban a durar el tiempo de un café y se alargaban hasta el amanecer. Pasillos convertidos en salas de estar. Magia del instante.

Durante mucho tiempo creí que el inicio del verano venía marcado por el café con hielo y el Tour de Francia. Era todo un rito que procuraba no romper. Si iba a viajar, lo dejaba para más tarde. Eran los tiempos de Delgado, Lejarreta, Pino y Arroyo. Por entonces, vivía encima de una panadería y cada mañana me despertaba el olor dulzón de la bollería, que llegó a hacerse insoportable. Pero llegaba la hora del tour y era sagrada. Inmenso placer el de disfrutar de un café helado mientras te preguntabas dónde atacaría Perico. El ruido de un viejo ventilador, más que su efectividad, aliviaba en lo posible el rigor del verano en el Sur.

Cafés viajeros. Cafeterías convertidas en centros de peregrinación a cualquier hora y en cualquier lugar. Inmensa variedad de tazas y presentaciones. Café a la americana de los ingleses, de esos que te dejan la lengua escaldada durante un buen rato. Café sosegado de las viejas cafeterías de Lisboa, donde el tiempo tiene otro ritmo. Cafés apresurados de bar de carretera, que sientan como un puñetazo en el estómago (la expresión es de un amigo). Cafés en las plazas de Cádiz, llenas de color y luz antigua. Café en casa, en tu taza favorita, mientras comienza la película que pensáis ver esa noche. Cafés compartidos todos los veranos con ese amigo que ya no nos llama. Cafés italianos, los mejores, disfrutados en el Trastevere o en la terraza de los Museos Capitolinos. Vayas donde vayas, siempre quedará un italiano donde tomar un café decente. Mesas de mármol que, en medio de una calor infernal, conservan el frío del invierno. Sonido de tazas y cucharillas. Me aficioné a hacer fotografías de tazas de café y, siempre que puedo, sobre todo si el lugar lo merece, lo que sucede muy a menudo, procuro traerme el recuerdo. Magia de la imagen y del aroma. ¿Te apetece un café?


jueves, 19 de julio de 2012

Espacios vacíos


La riqueza engalana espacios que luego deja vacíos. Tiene demasiadas posesiones que habitar.

Erri De Luca | Los peces no cierran los ojos, 2011

viernes, 13 de julio de 2012

B de bicicleta


De todos los regalos que ofrece el verano, que son muchos, uno de los más disfrutables es, sin duda, la bicicleta. Pocas sensaciones hay tan únicas como la de pedalear, que tiene algo de antiguo y casi mágico, con sus tiempos de aprendizaje y la felicidad sencilla del viento en la cara una vez logrado. Vencer un miedo y marcar en la memoria el día en que puedes decir: ya sé nadar o montar en bicicleta y esto es para toda la vida. Equilibrios elementales que vencen miedos atávicos.

Verano y bicicletas, velocidad para un tiempo sin horarios. Los niños de mi generación conseguíamos la bicicleta en invierno, pero la disfrutábamos durante el verano, con sus interminables cuestas abajo que compensaban siempre el esfuerzo. Triciclos compartidos, a veces con carga adicional en la barra trasera, moviéndose a una velocidad endiablada, empujados por diminutos pies infatigables, siempre en persecución de algo, sin meta a la que llegar, con enorme propensión a volcar en las curvas. Heridas en las rodillas, quemaduras en los codos. Alcohol, mercromina (de la roja) y gasas deshilachadas que se encarnaban en la sangre reseca. Bicicletas de rueda maciza y piñón fijo, agotadoras cuesta arriba y cuesta abajo, frenadas a base de suelas de zapato, que quizá por eso duraban tan poco. Bicicletas disfrutadas en compañía o en solitario, excursiones a pueblos cercanos, retos de kilómetros, paradas para beber bajo la sombra de los árboles, visitas a alguna chica, sudor refrescado en las más apetecibles piscinas. 

Me acabo de acordar de la anécdota que contó Miguel Delibes en Mi querida bicicleta, un libro delicioso incluido luego en Mi vida al aire libre. Era el día en que aprendió a montar. Mientras daba vueltas por el jardín, su padre, como todos los veranos, leía El Quijote. Hasta él, que a duras penas lograba mantener el equilibrio, llegaban las risotadas de la lectura. Los consejos de su padre habían sido elementales: no mires a la rueda, no corras, que no consiste en correr. Todo iba bien. Hasta que surgió la pregunta: ¿y cómo me bajo yo de aquí? La respuesta del padre fue clara: "Has de hacerlo tú solo. Si no, no aprenderás nunca. Cuando sientas hambre subes a comer." Y lo dejó solo en el jardín con su miedo y su circuito interminable. Bastantes horas después, ya por la tarde, tras varios intentos abortados y mucho pensárselo, decidió aterrizar contra un seto. El padre luego le dijo: "Anda, di a tu madre que te dé algo de comer. Te lo has ganado." Así eran los padres de antes.          

domingo, 8 de julio de 2012

A de arena


Las playas conservan recuerdos que hemos olvidado. La marea borró las huellas de niño que creímos eternas y la primera ola de cada verano nos las devuelve intactas. Sensaciones repetidas al ritmo de las olas y los días. Los pies en la arena abren una brecha en el tiempo. Pisamos sobre nuestro pasado y el agua que nos golpea los tobillos nos recuerda que ya estuvimos allí y éramos los mismos, aunque éramos otros.

Los pies de aquel niño solitario se hunden en la arena, se le queman las plantas y, cuando corre, se pincha con las conchas que ha traído el mar, pero lo agradece. Sigue con su hermano caminos abiertos por huellas desconocidas que quizá los lleven lejos, hasta las rocas. Buscan coquinas. Se tiran contra las olas. Hablan de sus tebeos y sus cosas. La arena caliente en los pies les recuerda dónde están, pues, por momentos, se han ido a lugares mucho más lejanos. Arena entre los dedos, en las páginas de un libro, en el placer salado de los besos, descubierto años después. Dibujos hechos en la playa, marcas que nos orientan en atardeceres como este, en que el mar está lejos y la arena se escapa entre los dedos. A de arena y de memoria y de felicidad.   

El óleo que acompaña esta entrada se titula Día de verano en Skagen y fue pintado por Peder Severin Kroyer en 1884.

jueves, 7 de junio de 2012

El verano del cohete


Avanzaron por una avenida embaldosada. Ahora todos hablaban en voz baja, pues era como entrar en una vasta biblioteca al aire libre o en un mausoleo habitado por el viento y sobre el que brillaban las estrellas. El capitán habló sin levantar la voz. Se preguntó a dónde habían ido los marcianos, qué habían sido y quiénes eran sus reyes, y cómo habían muerto. Se preguntó en voz alta cómo habían construido esta ciudad para que soportara el peso de los siglos, y si alguna vez habrían visitado la Tierra. ¿Serían ellos los antepasados de los hombres que habían aparecido en la Tierra diez mil años atrás? ¿Y habrían amado y odiado con amores y odios similares a los terrestres, y habrían cometido las mismas tonterías cuando hicieron tonterías?
     Nadie se movía. La luz de las lunas retenía y paralizaba a los hombres. Las olas del viento golpeaban lentamente alrededor.
     –Lord Byron –dijo Jeff Spender.
     El capitán se volvió y lo miró.
     –¿Lord qué?
     –Lord Byron, un poeta del siglo diecinueve. Hace mucho tiempo escribió un poema que parece inspirado por esta ciudad y por cómo los marcianos tienen que sentirse si aún son capaces de sentir. Pudo haberlo escrito el último poeta marciano.
     Los expedicionarios continuaban inmóviles, de pie sobre sus sombras.
     –¿Qué dice el poema, Spender? –preguntó el capitán.
     Spender cambió de posición, extendió la mano como recordando, entornó los ojos un momento, y en seguida se puso a recitar con voz lenta y apagada, y los hombres escucharon todo lo que decía:

So we'll go no more a-roving
So late into the night,
Though the heart be still as loving,
And the moon be still as bright.

     La ciudad inmóvil era alta y gris. Los rostros de los hombres estaban vueltos hacia la luz.

For the sword outweards its sheath,
And the soul wears out the breast,
And the heart must pause to breathe,
And love itself must rest.

Though the night was made for loving,
And the day return too soon,
Yet well go no more a-roving
By the light of the moon.

     Los terrestres estaban de pie, en silencio, en el centro de la ciudad. Era una noche clara. No se oía ningún sonido, excepto el viento. Debajo de ellos se extendía una plaza enlosada que imitaba las formas de animales y seres antiguos. Los hombres contemplaron los dibujos.

Ray Bradbury | Crónicas marcianas, 1950


El poema de Byron dice: "Así que nunca más pasearemos / tan tarde de noche, / aunque el corazón siga enamorado, / y aunque siga brillando la luna. / Pues la espada gasta la vaina, / y el alma gasta el pecho, / y el corazón tiene que pararse a tomar aliento, / y el amor mismo ha de descansar. / Aunque la noche fue hecha para amar, / y el día vuelve demasiado pronto, / nunca más pasearemos / a la luz de la luna."




Mi pequeño homenaje a Ray Bradbury, autor de dos de los libros más hermosos que he leído: Fahrenheit 451 y Crónicas marcianas. Literatura con mayúsculas, sin etiquetas. Gracias. Por haber alimentado mi gusto antiguo por esos otros mundos. Por habernos recordado para siempre la temperatura a la que arden los libros (y nuestro corazón cuando los defiende). Por habernos hablado, desde tan lejos, con ese tono lírico y desolado que nos gusta, de nuestra pequeñas vidas terrestres, llenas de miserias y grandezas. Porque espero que, si algún día colonizamos Marte, alguien se acuerde de ti. Te sigo leyendo. Y me aprendo de memoria el comienzo de tu libro, por si acaso...