jueves, 29 de octubre de 2015

Halloween antes de Halloween


Por entonces ya existía Halloween, pero nosotros no lo sabíamos. No íbamos disfrazados por las calles, ni pedíamos golosinas con el consabido «truco o trato», ni llenábamos las casas de calabazas de colores. En realidad, muy pocos habían visto en su vida una calabaza, excepto a Ruperta, la del Un, dos, tres, pero esa no cuenta. Nuestro mundo tenía otras costumbres y otras texturas. Alguien dirá ahora que era un mundo en blanco y negro, y quizá lleve algo de razón, sobre todo si pensamos en las miradas infantiles de las fotografías y en nuestros programas favoritos de la televisión de entonces. Pero yo estuve allí y os puedo asegurar que el cielo era muy azul y los atardeceres de finales de agosto, increíblemente rojos.

Ahí empezaba todo. Tras un verano infinito de piscinas y amistad, días de ocio impagable, llegaba, casi a traición, el otoño, con sus tardes oscuras, sus mangas largas, la vuelta a clase y las mesas camillas. Cómo no recordar el momento, casi solemne, en que nuestra madre ponía las faldillas de la mesa y parecía decir: «queda oficialmente inaugurado el otoño». Y toda la familia se arremolinaba alrededor del brasero y de la sayuela (senagüillas la llamaban algunos) como en un rito de tránsito. La vida se recogía bajo sábanas. Empezaba el tiempo de las botas de goma, los impermeables reversibles y los paraguas, siempre inútiles y siempre rotos. Con ritmo de lápices afilados, tablas de multiplicar y mapas calcados en una fría ventana, se acercaba nuestro Halloween…


Es de noche. Sopla el viento y retumban los cristales. Como siempre, se ha ido la luz y aún queda olor a velas en la habitación. Refugiado en su cama, el niño imagina. Sus ojos temen las sombras, que parecen moverse libres cerca de la ventana. Cruje una madera. Silencio. Imagina que se abre la puerta del armario. Silencio. Imagina que unas manos, salidas del cabecero de la cama, lo atrapan sin remedio. Oye, demasiado lejana, la respiración de sus padres, que duermen plácidos. Él, ojos de gato, no puede dormir. Está seguro de que las cortinas se han movido. Mientras sondea la oscuridad, recuerda historias que le ha contado su abuela sobre el Día de Todos los Santos y sobre la Noche de Difuntos. Resuena en su memoria la voz de un tal Tenorio (o algo así), un programa de televisión que ha reunido a sus padres. Él no ha entendido nada, aunque había algo que daba miedo: el choque de las espadas, la manera tan rara de hablar, la música, un cementerio. Sigue lloviendo. La luz tambaleante de una mariposa, que navega sobre su plato de aceite, llena el cuarto de fantasmas. Todo parece quieto.


El día trae sonidos de domingo. La voz de su padre y el olor de las batatas cocidas, espolvoreadas con azúcar y canela, acaban de despertarlo. Parece que ha sobrevivido y el mundo sigue allí. La noche y sus espectros han quedado atrás. Con un poco de suerte, pasarán luego por la confitería y comprarán huesos de santo (nunca los ha probado, pero el nombre promete) y buñuelos de viento. Menudo mostrador tienen en esta época. Podría uno quedarse horas mirándolo. Por la tarde, vendrá su abuelo, que le ha prometido hacerle un farol con un melón zocato y una vela. «Como el que llevó a clase mi amigo Ramón», le había pedido él. Aún no lo sabe, pero, cuando llegue la noche y encienda el farol, las sombras volverán.


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