viernes, 12 de noviembre de 2010

Coger más pronto las estrellas


Muchos de los cuentos que tanto nos gustaban de niños sucedían dentro de un pozo. ¿Te acuerdas? El pozo y el desván eran escenarios privilegiados de lo fantástico. Un mundo mineral hecho de humedad, huesos y seres de vida incierta difíciles de catalogar, pero capaces de arrastrarte al fondo con un suspiro. No sé si sería por sus dotes de improvisación o por la mala memoria de mi abuela, pero cada siesta el cuento era el mismo y distinto. Un dedal que se caía, una niña que bajaba a recogerlo, una puerta oculta en el fondo y la entrada a un mundo imaginado de amores, tesoros, traiciones, puñales y palacios. El momento estelar era, por descontado, el descenso al pozo. Ese que tanto temías, pero te atraía sin remedio. ¿Recuerdas el cosquilleo en el estómago cuando te atrevías a retirar las maderas viejas para descubrir si tenía fondo? Al final del relato, mi abuela solía aprovechar para contar historias sobre el pozo que había tenido en el patio de su casa, historias de objetos perdidos y recuperados, de frutas puestas a refrescar en verano o de animadas charlas nocturnas con olor a dompedros. Era un mundo cotidiano que debe de resultar casi fantástico a los niños actuales.




Los pozos me han seguido fascinando como lector. En realidad, también como visitante temeroso, pues, si puedo asomarme a uno, seguro que lo hago y seguro que me invade el mismo cosquilleo de siempre. Las dos fotografías que abren esta entrada las tomé hace unos años en la casa de Lope de Vega, en pleno centro de Madrid. Aunque el pozo está reconstruido, me aseguraron que el primitivo estaba en ese lugar del patio y que parte de su estructura es la original. Fascinante poder mirar dentro. No me resistí, aunque no encontré lo que esperaba.

Los pozos de los libros son quizá menos vertiginosos, pero igual de atractivos. Pozos de los deseos, llenos de monedas oxidadas. Pozos orientales de Bagdad, que custodian un tesoro junto al brocal. Pozos habitados por fantasmas infantiles, maldiciones u oscuros crímenes políticos de la Guerra Civil.




Nos podemos asomar a los pozos de Gustavo Martín Garzo, que en libros como La princesa manca recrea magníficamente el tono de esos cuentos de los que hablábamos y los llena de sugerencias. O a los pozos de Lorca, a quien imaginamos oculto tras el de su casa en Valderrubio para espiar a las hijas de su vecina y sacar ideas para La casa de Bernarda Alba, ese drama de mujeres ambientado en un pueblo de pozos, un sofocante pueblo sin río, en el que no corre el agua. O sentir el vértigo que siente el poeta granadino cuando, estando en Nueva York, le viene a la memoria el recuerdo de una Niña ahogada en un pozo:

Tranquila en mi recuerdo, astro, círculo, meta,
lloras por las orillas de un ojo de caballo.
... que no desemboca.

Pero nadie en lo oscuro podrá darte distancias,
sin afilado límite, porvenir de diamante.
... que no desemboca.

Mientras la gente busca silencios de almohada
tú lates para siempre definida en tu anillo.
... que no desemboca.

Eterna en los finales que aceptan
combate de raíces y soledad prevista.
... que no desemboca.

¡Ya vienen por las rampas! ¡Levántate del agua!
¡Cada punto de luz te dará una cadena!
... que no desemboca.

Pero el pozo te alarga manecitas de musgo,
insospechada ondina de su casta ignorancia.
... que no desemboca.

No, que no desemboca. Agua fija en un punto,
respirando con todos sus violines sin cuerdas
en la escala de las heridas y de los edificios deshabitados.

¡Agua que no desemboca!

Federico García Lorca | Poeta en Nueva York | 1929-1930




O a este relato breve de Luis Mateo Díez que leí hace poco y me encantó:

Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años.
Fue una de esas tragedias familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa.
Veinte años después mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse.

En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en el interior.
"Éste es un mundo como otro cualquiera", decía el mensaje.

Grandes minicuentos fantásticos | 2004




Pero de todos los pozos literarios a los que me he asomado, mi preferido, es este, sobre todo por la confesión final de su autor:

El pozo

¡El pozo!... Platero, ¡qué palabra tan honda, tan verdinegra, tan fresca, tan sonora! Parece que es la palabra la que taladra, girando, la tierra oscura, hasta llegar al agua fría.

Mira; la higuera adorna y desbarata el brocal. Dentro, al alcance de la mano, ha abierto, entre los ladrillos con verdín, una flor azul de olor penetrante. Una golondrina tiene, más abajo, el nido. Luego, tras un pórtico de sombra yerta, hay un palacio de esmeralda, y un lago, que, al arrojarle una piedra a su quietud, se enfada y gruñe. Y el cielo, al fin.

(La noche entra, y la luna se inflama allá en el fondo, adornada de volubles estrellas. ¡Silencio! Por los caminos se ha ido la vida a lo lejos. Por el pozo se escapa el alma a lo hondo. Se ve por él como el otro lado del crepúsculo. Y parece que va a salir de su boca el gigante de la noche, dueño de todos los secretos del mundo. ¡Oh laberinto quieto y mágico, parque umbrío y fragante, magnético salón encantado!)

-Platero, si algún día me echo a este pozo, no será por matarme, créelo, sino por coger más pronto las estrellas.

Platero rebuzna, sediento y anhelante. Del pozo sale, asustada, revuelta y silenciosa, una golondrina.

Juan Ramón Jiménez | Platero y yo | 1917



Si pudiera, me pediría para mi casa un pozo (o una chimenea).


Audio | Capítulo LII de Platero y yo

7 comentarios:

  1. O ambas cosas :)

    Mi abuela siempre decía que para lo único que no hay que ser pobre es para pedir.


    Que bonita entrada :) Un saludo

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  2. Me ha encantado este post, comparto tu fascinación por los pozos.
    A propósito, ya he leío a Mc Evan, "en las nubes", y he pasado un buen rato, me he convertido un ratito yo también en gato..., gracias por acercármelo.
    Un saludo
    Felisa

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  3. Es el misterio, la fascinación de lo desconocido...tal vez el recuerdo del túnel del tiempo por donde-dicen-todos pasaremos.
    Y es vida en tanto en cuanto el agua lo es.

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  4. Cuando yo tenía pocos años vi una película, creo que sobre San Isidro Labrador, imagino que de Cifesa, española de los años cuarenta, en la que se representaba el milagro de la salvación de un niño que había caído en un pozo. La verdad es que quedé muy impresionado con mis cuatro ó cinco años.

    Saludos.

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  5. Preciosa entrada!! A mí también me fascinan los pozos; no puedo evitar pasar por uno y no mirar dentro, aunque con cierto reparo, la verdad. Me dan algo de miedo y al mismo tiempo me atraen... masoquista que es una!!
    Un beso,

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  6. El pozo es un infinito acotado.
    Interesante.
    Salu2.

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  7. Es la primera vez que le visito, y me encantó la entrada.
    Pozo negro,
    de agua clara,
    espejo donde la luna
    en las noches se engalana....
    Con su permiso, me tome el atrevimiento de escribir esto mientras leía.
    Recuerdo un viejo pozo en Sevilla y mis abuelos se acercan
    Un saludo.

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