jueves 16 de febrero de 2012

Ensueños de tiempos pasados


La voz de Billie Holiday, cargada de tiempo, llena la habitación en esta fría tarde de febrero. Se mezclan los recuerdos. Los suyos, los míos, los de Duke Ellington, los de nadie. Los de aquella otra tarde de febrero, los que no tienen tiempo, los que hemos inventado para comprender mejor la vida. Y en algún lugar del cuarto, mientras escuchas, la tristeza se vuelve paz interior. Y los recuerdos, como las piezas de un puzzle, se colocan en su sitio y te reconfortan.

In my solitude
You haunt me
With reveries
Of days gone by.

In my solitude
You taunt me
With memories
That never die.

I sit in my chair
And filled with despair.
There's no one could be so sad,
With gloom everywhere.
I sit and I stare.
I know that I'll soon go mad.

In my solitude
I'm prayin.
Dear Lord above,
Send back my love.

Que en castellano podría ser algo parecido a esto:

En mi soledad,
me persigues
con ensueños
de tiempos pasados.

En mi soledad,
te burlas de mí
con recuerdos
que nunca mueren.

Sentado en la silla,
desesperado,
nadie podría estar más triste.
La oscuridad lo inunda todo.
Me siento y miro.
Sé que pronto perderé la razón.

En mi soledad,
estoy rezando.
Oh, Dios de los cielos,
devuélveme mi amor.



martes 7 de febrero de 2012

Nocturno


Ojos cerrados
Palabras submarinas
Se oye el tiempo

Fotografía | Emese Benko

domingo 5 de febrero de 2012

El Gento coge la Vespa


Literatura y fútbol no parecen haberse llevado muy bien. Podemos encontrar honrosas excepciones, quizá más habituales en los últimos años, pero la literatura española ha tenido desde siempre cierta tendencia elitista hacia una aparente profundidad mal entendida. Esta tendencia la ha llevado a despreciar por ligero todo lo que pudiera parecer divertido: la aventura, la ciencia ficción, la comedia, lo fantástico, lo detectivesco, el puro humor. En el mejor de los casos lo ha convertido en subliteratura. La gravedad en sí ha sido un valor. Y, claro, ahí el fútbol no ha tenido mucha cabida. Además, se lo ha asociado con ciertos ecos de Nodo franquista. Ya se sabe, eso de Zarra, Marcelino, la pérfida Albión y el pan y circo. El intelectual no podía mancharse la manos con el césped de los estadios. En cierto modo, ha pasado también con el cine. No se han puesto en cuestión las películas de Bergman, pero sí las de John Ford. Tanto unas como otras son magníficas y han resistido sin problemas el paso de los años, pero, mientras que las primeras están construidas a partir de silencios, miradas, primeros planos de rostros perdidos y densos diálogos (muy de cineclub universitario), en las segundas encontramos canciones irlandesas, arenas rojizas de Monument Valley, cintas amarillas del Séptimo de Caballería y la figura derrotada de John Wayne que se recorta en el contraluz de una puerta. Tanto unas como otras apelan a lo más profundo del corazón humano. Y, ambas por igual, consiguen emocionarnos.


Hablábamos de excepciones. Me vienen a la memoria algunos poemas vanguardistas de Alberti (como la famosa oda que dedica a Platko, portero húngaro del Barcelona de los años 20) o las crónicas de Manuel Vázquez Montalbán. Por suerte, parece que en los últimos años está tendencia está cambiando. Ahora es habitual oír en la radio o leer en la prensa a poetas como Luis García Montero o a escritores como Juan Cruz, Javier Marías, Enrique Vila Matas o Juan Marsé, que defienden con entusiasmo los colores de su equipo. Me da a mí que ese recelo por el fútbol es algo muy español y no tanto sudamericano, donde el tema siempre se ha visto con más pasión. Ahí están algunos cuentos de Mario Benedetti. Otro uruguayo es autor del mejor libro que he leído sobre fútbol. Me refiero a Eduardo Galeano y a El fútbol a sol y sombra. Magnífico es también el libro de Alfredo Relaño 366 historias del fútbol mundial que deberías saber, publicado recientemente. Historias que nos hablan de la vida, llena de esfuerzos baldíos, de hazañas imposibles, de errores y tragedias, de pasión. La prensa deportiva española siempre ha estado llena de grandes firmas: Julio César Iglesias, el propio Relaño, Juanma Trueba, Santi Segurola, John Carling o Enrique Ortego, por citar sólo a algunos. Con sus palabras afiladas nos han hecho revivir cada lunes lo que habíamos disfrutado (o sufrido) el domingo.


Así explica Galeano el origen de su pasión:

Como todos los uruguayos, quise ser jugador de fútbol. Yo jugaba muy bien, era una maravilla, pero sólo de noche, mientras dormía: durante el día era el peor pata de palo que se ha visto en los campitos de mi país. Como hincha también dejaba mucho que desear. Juan Alberto Scchiaffino y Julio César Abbadie jugaban en Peñarol, el cuadro enemigo. Como buen hincha de Nacional, yo hacía todo lo posible por odiarlos. Pero el Pepe Schiaffino, con sus pases magistrales, armaba el juego de su equipo como si estuviera viendo la cancha desde lo más alto de la torre del estadio y el Pardo Abbadie deslizaba la pelota sobre la línea blanca de la orilla y corría con botas de siete leguas, hamacándose sin rozar la pelota ni tocar a los rivales: yo no tenía más remedio que admirarlos, y hasta me daban ganas de aplaudirlos.

Hace unos meses leí La camisa, un drama social escrito por Lauro Olmo en 1960. La obra refleja con extrema dureza la situación social de marginación de una familia que vive en una chabola y lucha inútilmente por salir. No hay trabajo. La emigración a Alemania de Lola se impone como única solución posible. Allí encontré el siguiente pasaje:

LOLO.- ¿Fuiste al Bernabéu el domingo? Chico, ¡hicieron un gol el "Di" y el Gento...! Se estaba acabando el partido y el marcador a cero. De pronto el Gento echa un vistazo a la presidencia y ve que don Santi le hace una seña con un pañuelo blanco. Así, oye. (Saca un pañuelo no muy blanco e imita la seña.)
LUIS.- ¿No dices que con un pañuelo blanco?
LOLO.- ¡Escucha o pito el final del encuentro! Como te decía: señita de don Santi. El Gento la guipa, agarra el balón, coge la Vespa y se embala por el verde. Sortea a cinco o seis desgraciaos del equipo víctima y, ya cerca de los palos, se saca la bandeja de plata y le sirve el esférico al "Di". Lo demás te lo imaginas, ¿no?
LUIS.- ¡De maravilla, macho!
LOLO.- Mientras tanto, el portero, como las vacas suizas: llenándose las ubres de verde.
LUIS.- ¡Es mucho "Di" el "Di"! Yo lo haría concejal.


El fútbol y su retórica, también en tiempos de miseria. Y sus hazañas y remontadas imposibles. Es de los pocos deportes en que nunca tienes la seguridad de ganar. No siempre gana el mejor, ni el que más lo merece, ni el que más ocasiones crea, ni el que más tiene la pelota, ni el de mayor presupuesto. El equipo pequeño le puede ganar al grande. David contra Goliat. Todo depende de la magia del gol. Dice Galeano:

Por suerte, todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, un descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.

El fútbol, decía Valdano, es un estado de ánimo. Al igual que la literatura o el cine, mueve pasiones, toca el corazón, te aleja de la realidad para mostrártela de otro modo. No puede ser malo algo que te hace disfrutar y sufrir intensamente durante noventa minutos y, una vez acabado, permite horas interminables de charla con los amigos. La fábrica de los sueños de la que habló Di Stéfano.


Para mí el fútbol siempre irá asociado a aquellas tardes de domingo en que mi hermano y yo acompañábamos a mi padre al viejo estadio de La Victoria, y a aquel niño, ya lejano, que pegaba con mucho cuidado, cada mes de septiembre, los cromos blancos de su equipo.

lunes 16 de enero de 2012

Caballeros de la sombra


Me gusta la noche. El salón, tras el ajetreo del día, queda silencioso y, entonces, sentado en este sillón que perteneció a mi abuela, me siento dueño de un pequeño reino propio cuyo disfrute me gusta alargar hasta lo imposible. Los objetos parecen otros y han perdido su aspecto cotidiano. Los sonidos, aunque tengan el mismo origen, han modificado su tono. Suenan las cañerías, crujen las telas y las maderas, se oyen lejanos los pasos de algún vecino que llega tarde o los gemidos del amor que no sabe de horas. La noche tiene sus encantos, tan difíciles de explicar a aquellos a quienes les gusta acostarse temprano. Madrugar o trasnochar. Ser gallo o ave nocturna. Pero todos los encantos siempre tienen su peligro. La noche, algunas veces, se convierte en un abismo. En eso no es distinta del mar, del amor o de la vida misma.   

Nadie lo explicó mejor que los románticos. Me vienen a la memoria esos octosílabos tan espléndidos con que Espronceda da comienzo a El estudiante de Salamanca, unos versos que siempre obligan a seguir leyendo más:

Era más de media noche,
antiguas historias cuentan,
cuando en sueño y en silencio
lóbrego envuelta la tierra,
los vivos muertos parecen,
los muertos la tumba dejan.
Era la hora en que acaso
temerosas voces suenan
informes, en que se escuchan
tácitas pisadas huecas,
y pavorosas fantasmas
entre las densas tinieblas
vagan, y aúllan los perros
amedrentados al verlas.

O esos matices con los que Bécquer describe los sonidos de la noche y el miedo que producen en el ánimo de Beatriz, la protagonista de El monte de las ánimas, que espera el regreso imposible de Alonso, al que ha enviado a realizar un empresa de amor que no tiene regreso:

Y cerrando los ojos intentó dormir, pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.

Cuántas veces hemos sentido un escalofrío en la nuca al leer de noche historias de terror. A mí me pasó leyendo en la cocina de mi madre el Drácula de Bram Stoker. Tenía el alma vampirizada por el libro, pero mis ojos miraban con recelo, de vez en cuando, a mi espalda. Algunos libros son más intensos leídos de madrugada.

Pues la otra noche estaba yo en esa hora, la de las "tácitas pisadas huecas" de Espronceda, la de las brujas, que nos decían de niños, aunque me temo que a mi edad la hora de las brujas ya no son las doce, sino algo más tarde. Había comenzado a leer tranquilamente en mi sillón favorito La primera parte de Enrique IV, de William Shakespeare, y me acordaba de algunas escenas de la película Campanadas a medianoche (1965), de Orson Welles. Falstaff fanfarronea con Enrique, futuro heredero de la corona y le da consejos para cuando sea rey. Ambos llevan una vida de ocio, alcohol, robos y conductas desatadas, aunque Enrique está convencido de poder dejarla en cuanto le llegue su momento y, entonces, lucirá "como brillante metal en terreno oscuro". Falstaff le dice: 

Pardiez, entonces, dulce pichoncito, cuando seas rey, no dejes que a los que somos caballeros personales de la noche, se nos llame ladrones de la belleza del día: seamos monteros de Diana, caballeros de la sombra, favoritos de la luna, y que los hombres digan que somos hombres de buen gobierno, al dejarnos gobernar, igual que el mar, por nuestra casta y noble señora, la luna, bajo cuyo rostro robamos

Caballeros de la sombra, guardabosques de Diana, favoritos de la luna. La noche siempre será un reino difícil de conquistar. La derrota al amanecer está asegurada, pero la batalla habrá merecido la pena.



La fotografía que abre la entrada es de Aglayan-agac. La que la cierra es un fragmento de un poema de Charles Bukowski, que viene a decir, más o menos: "Debemos llevar / nuestra propia luz / a la / oscuridad".

martes 27 de diciembre de 2011

La casa donde nací


La casa donde nací ya no existe. La derribaron hace años. De sus paredes de temple y sus ventanas de cristales antiguos no quedan más que algunos recuerdos que la memoria, siempre caprichosa, ha conservado para devolverme, de tarde en tarde, a ese tiempo ya perdido. Hoy me he acordado de ella y he repasado cada una de sus habitaciones. Allí fui feliz. Con mis padres, con mi abuela, con mi hermano. 

Los recuerdos de las casas que habitamos son poderosos. Son las huellas de nuestra vida allí. Actos cotidianos, íntimos, intrascendentes. De vez en cuando nos sorprendemos pulsando un interruptor de la luz que no existe, y, tras tantear inútilmente en la pared, nos damos cuenta de que hemos pulsado el de aquella otra casa que ya casi habíamos olvidado. Y entonces se abre todo un portal de recuerdos. ¿No te ha ocurrido esto alguna vez? Las casas guardan nuestros secretos, nuestros deseos, nuestras risas, nuestras lecturas, nuestros besos. ¿Podríamos llevar la cuenta de las casas en que hemos vivido? Sí, sin duda.  Es un placer recordarlas. Allí están nuestros cafés de media tarde, los sonidos siempre incómodos del despertador, las películas disfrutadas en común, nuestros sillones favoritos de lectura. Han sido un lugar fijo desde el que entender el mundo. Los tiempos se confunden como en un laberinto o una espiral. Podemos hacer listas interminables de recuerdos. Aquellas baldosas que tanto se movían (y tenían su encanto), la única chimenea de leña que hemos disfrutado, el largo pasillo hacia ningún sitio, la cochera imposible, los techos altos y las bombillas que alumbraban como velas, el tabique a medio hacer, el olor a viento antiguo del patio de luces, la jarapa y el rincón de los juguetes (con sus interminables coches para aparcar), la terracilla de la cocina, la pila de tebeos Marvel al lado de la cama, el barreño de las tortugas, la alacena de mi abuela, aquellas almohadas con las que jugábamos como si fueran personajes (aún recuerdo sus nombres), la calidez de la sábanas aquel invierno, la caricia de tus besos al despertar los domingos. ¿Recuerdas? Siempre ha habido un refugio, una covancha, un reino propio. 
   
Pero, de todas las casas, la más poderosa es la de nuestra primera infancia, esa de la que apenas tenemos fotografías. Casas llenas de sombras, niebla y felicidad. Yo nací literalmente en aquella casa, no en el hospital, como ya era frecuente entonces. Ahora me parece algo muy antiguo, pero a mi madre le debió de parecer de lo más normal. Siempre cuenta que me pusieron a llorar, tras los azotes pertinentes, en el poyo de la cocina. Muchas veces he reconstruido mentalmente la estructura de aquella casa y he intentado recordar qué había en cada pared. Allí están (ya ruinas) mis recuerdos más antiguos. Una modesta casa de alquiler para trabajadores de una fábrica de cemento. Un paraíso con jardín y huerto para un niño. Las fotografías son muy escasas y apenas dejan entrever un escalón, el marco de una ventana, el sillón de mimbre de la entrada o la sombra de aquel árbol tan inmenso. Está bien que sea así. Recuerdos con cuentagotas. Hace poco mi hermano consiguió viejas fotografías que guardaba mi tía y que no recordábamos haber visto nunca. ¡Qué sorpresa más agradable! ¡Qué raro ver imágenes tuyas de niño! Creemos que siempre fuimos como aparentan las poquitas fotos nuestras que se conservan y, de pronto, aparecen nuevas y nos vemos muy distintos a como nos imaginábamos. ¿Te ha pasado alguna vez? El caso es que, tras el impacto inicial al fijarme en las personas, observé los fondos. Allí estaba la casa, que me ofrecía nuevas pistas para avivar recuerdos. El patio. La mecedora de mi abuela, los arriates en que sembraba mi padre, los geranios de mi madre, los botes de colonia Nenuco de mi hermano recién nacido. Aún somos niños (aunque vayamos cumpliendo ya demasiados años).           

La casa donde viví de niño ya no existe. ¿Qué habrá sido de sus fantasmas? ¿Se perdieron entre sus ruinas o son los mismos que ahora me acompañan?





La fotografía que abre la entrada la hizo Jan Lauschmann en 1929. Las otras dos están hechas por mi tío en el patio de la casa donde nací. Ese bebe serio, pero feliz, dueño todavía del mundo, dicen que era yo. El patio ya no existe.

miércoles 30 de noviembre de 2011

Mirarnos el alma


Los días pasan rápido. Entre tareas que nos ocupan, vamos arrancando hojas del calendario casi sin darnos cuenta. Un compañero del trabajo, ya jubilado, me hablaba hace poco de su vida actual. Me levanto temprano, me decía, y, cuando me ato los cordones de los zapatos, me acuerdo de que hace nada, hace un momento, ayer, estaba haciendo lo mismo, repitiendo ese gesto cotidiano. Lo contaba sin dramatismo, pues vive una vida tranquila y ha sabido rodearse de aficiones que lo llenan. Simplemente constataba una realidad que lo acompañó siempre y no lo ha abandonado. La vida adulta comienza con el descubrimiento del tiempo. No hay que darle más vueltas.  

Finales de noviembre. El otoño, que en el Sur apenas ha existido, toca a su fin. Se acerca la Navidad con todos sus rituales, tan gratos la mayoría, dispuestos siempre a devolvernos, bien filtrados por el tiempo, nuestros recuerdos más lejanos. Los atardeceres invitan al recogimiento del cuarto. La ventana se llena de un rojo tan suave que nos obliga a cerrar el libro. La música, violín y piano, acompaña. El tiempo se detiene.     

Hace unas semanas releí con tranquilidad gustosa Platero y yo. Y descubrí un libro distinto al que yo recordaba. Al margen de la anécdota, más o menos tierna, del burrito "pequeño, peludo y suave", que nos lleva tan atrás en el tiempo, me encontré con un libro lleno de sensaciones, ordenado cronológicamente según el paso de los días: de primavera a primavera. Y entre ellas, claro está,  el otoño, al que Juan Ramón Jiménez dedica momentos memorables de gran calidad lírica. En el libro se suceden galerías de tipos humanos en una línea de regeneracionismo krausista que recuerda un poco a Solana, a veces muy descarnadas: niños medio desnudos y hambrientos, brutales costumbres arcaicas, crueldad hacia los animales. Por allí desfilan tipos como Lipiani, Darbón, el tío de las vistas, Pinito, Granadilla, las Colillas, los húngaros, el niño tonto, la tísica, los gitanos, Sarito, Frasco Vélez y tantos otros que pueblan y humanizan el libro. Imágenes de un Moguer recordado que desaparece.




Y junto a ellas encontramos finas reflexiones sobre el paso de los días. Descripciones llenas de una tristeza indefinida, de una melancolía que acaba saliendo por todas partes, sobre todo en los momentos de mayor exaltación de la belleza. La conciencia de algo que cambia, que se acaba o ya se fue. Aparece el Juan Ramón modernista, de profunda raíz simbolista, alma solitaria que busca atrapar la belleza en los detalles: un paisaje, el vuelo de una mariposa, el reflejo del amanecer en unas gotas de rocío, el diálogo con un gorrión en una mañana de domingo o las hojas de un árbol del corral contempladas a través de la vidriera de colores de su casa de infancia. La naturaleza ocupa el primer plano. El tono del conjunto es otoñal, elegíaco.

En el capítulo XCII, titulado Viñeta, me encontré este pasaje que inmediatamente me recordó un poema de Fray Luis que ya trajimos aquí en la entrada El otoño y los estudios nobles, y que hoy quiero compartir contigo:

La estación convida a mirarnos el alma, Platero. Ahora tendremos otro amigo: el libro nuevo, escogido y noble. Y el campo todo se nos mostrará abierto, ante el libro abierto, propicio en su desnudez al infinito y sostenido pensamiento solitario.

Mira, Platero, ese árbol que, verde y susurrante, cobijó, no hace un mes aún, nuestra siesta. Solo, pequeño y seco, se recorta, con un pájaro negro entre las hojas que le quedan, sobre la triste vehemencia amarilla del rápido poniente.

Otoño. Tiempo de libros abiertos. Tiempo de recuperar pequeños placeres que detengan el instante. Tiempo de mirarnos el alma. Al fin y al cabo, como decía C. S. Lewis:

You don´t have a soul. You are a soul. You have a body.



Los paisajes que acompañan esta entrada son, por este orden, del pintor expresionista alemán Emil Nolde, del francés Camille Pissarro y del inglés John Everett Millais.

domingo 16 de octubre de 2011

Verdades sencillas


Hay verdades tan sencillas que solemos olvidarlas.

El dinero no desaparece: sólo cambia de manos. La banca siempre gana, aunque pueda parecer lo contrario. Nunca podremos gastar más de lo que tenemos. Si eso ocurre, alguien nos engañó. Detrás de los mercados siempre hay personas que los mueven. Grecia nos dio a Homero, a Platón y a Sófocles. Les debemos mucho: su deuda con Europa está saldada. Cada cual es lo que es, no lo que tiene, ni lo que quieren que tenga. Las cosas pueden ser sencillas, aunque a algunos les guste la oscuridad. Mientras escribo (mientras lees), muchos mueren de hambre. Los países pobres nunca tendrán crisis de países ricos. La salud, la educación y la dignidad son innegociables. Ninguna crisis es nueva: siempre vienen de muy atrás y no las vimos llegar. Todo cambia, nada permanece igual a sí mismo: la muerte tampoco. El hombre debe ser dueño de su destino. La Tierra puede producir para todos. Los libros tiene mucho que contarnos. Detrás de cada palabra hay un alma que ha sentido lo mismo que nosotros. Las utopías siempre serán posibles porque los hombres siempre buscaremos la felicidad. La maleza ha cubierto los caminos, pero debajo de las hojas hay senderos que nos conducirán a un mundo más justo. Huele a hierba.

Llevo algunos días acordándome de los versos desgarrados con que García Lorca acaba su Grito hacia Roma. Unos versos nacidos al calor de otra crisis, la de 1929, vivida en Nueva York en primera persona. Han pasado ya algunos años, pero sus palabras nos suenan aún cercanas:

Mientras tanto, mientras tanto, ¡ay!, mientras tanto,
los negros que sacan las escupideras,
las muchachas que tiemblan bajo el terror pálido de los directores,
las mujeres ahogadas en aceites minerales,
la muchedumbre de martillo, de violín o de nube
ha de gritar aunque le estrellen los sesos en el muro,
ha de gritar frente a las cúpulas,
ha de gritar loca de fuego,
ha de gritar loca de nieve,
ha de gritar con la cabeza llena de excremento,
ha de gritar como todas las noches juntas,
ha de gritar con voz tan desgarrada
hasta que las ciudades tiemblen como niñas
y rompan las prisiones del aceite y la música,
porque queremos el pan nuestro de cada día,
flor de aliso y perenne ternura desgranada,
porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra
que da sus frutos para todos.

Federico García Lorca | Poeta en Nueva York | 1929




La viñeta de El Roto, siempre tan lúcido, apareció publicada en el diario El País del 11 de octubre. Desconozco quién es el autor de la otra ilustración, que es también toda una declaración de principios, al igual que estas palabras de Cervantes:
Cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura ni utopía. Sino justicia.