miércoles, 31 de marzo de 2010

martes, 16 de marzo de 2010

La Poza del Inglés


Quizá, donde los tres amigos encontraban un entretenimiento más intenso y completo era en el río, del otro lado de la tasca de Quino, el Manco. Se abría, allí, un prado extenso, con una gran encina en el centro y, al fondo, una escarpada muralla de roca viva que les independizaba del resto del valle. Enfrente de la muralla se hallaba la Poza del Inglés y, unos metros más abajo, el río se deslizaba entre rocas y guijos de poco tamaño, a escasa profundidad. En esta zona pescaban cangrejos a mano, levantando con cuidado las piedras y apresando fuertemente a los animalitos por la parte más ancha del caparazón, mientras éstos retorcían y abrían y cerraban patosamente sus pinzas en un postrer intento de evasión tesonero e inútil.


En las tardes calurosas de verano, los tres amigos se bañaban en la Poza del Inglés. Constituía un placer inigualable sentir la piel en contacto directo con las aguas, refrescándose. Los tres nadaban a estilo perruno, salpicando y removiendo las aguas de tal manera que, mientras duraba la inmersión, no se barruntaba, en cien metros río abajo y otros tanto río arriba, la más insignificante señal de vida. 



Señalaba a la derecha de la Poza, tres metros más allá de donde desaguaba El Chorro. En el pueblo llamaban tontos a la culebras de agua. Ignoraban el motivo, pero ellos no husmeaban jamás en las razones que inspiraban el vocabulario del valle. Lo aceptaban, simplemente, y sabían por ello que aquella culebra que ganaba la orilla a coletazos espasmódicos era un tonto de agua. El tonto llevaba un pececito atravesado en la boca. Los tres se pusieron en pie y apilaron unas piedras.






Textos | Miguel Delibes, El camino (1950)
Sobre Miguel Delibes | CVC. Miguel Delibes

martes, 2 de marzo de 2010

Donde habite el olvido

 William Holman Hunt, The Haunted Manor

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

Luis Cernuda | La realidad y el deseo


John Everett Millais, Waiting


Sobre Luis Cernuda | CVC. Donde habita el recuerdo
Pintura | William Holman Hunt | John Everet Millais

domingo, 28 de febrero de 2010

Las hadas silenciosas de la vida


En aquellos años, los del vinilo, te encantaba encadenar canciones en tu viejo equipo de música. Te tumbabas en la cama, transformada durante el día en sofá, y dejabas pasar las horas jugando a ese tiovivo de sentimientos que te ofrecían tus discos. No eran muchos, pero eso no limitaba en nada la variedad de amores y desamores que podías experimentar en estéreo: ahora me pongo una triste, como la vida misma; ahora, una en colores, como la misma vida. Un juego de sentimientos convertido en un rito formado de pequeños gestos: el orden riguroso en las carpetas de los LP, el cuidado con que sacas los discos de sus bolsas, la visita de algún amigo, un té aromatizado con canela, los descubrimientos musicales de tu hermano, el momento especial en que pones esa canción.


Hoy te propongo un ejercicio parecido: vamos a encadenar canciones. Imagina que te has levantado un poco tristón, quizá desanimado, y buscas la medicina a tus males entre viejos vinilos. Entonces, como por arte de magia, empieza a sonar esto:

Aquellas pequeñas cosas

Uno se cree
que las mató
el tiempo y la ausencia.
Pero su tren
vendió boleto
de ida y vuelta.

Son aquellas pequeñas cosas,
que nos dejó un tiempo de rosas
en un rincón,
en un papel
o en un cajón.

Como un ladrón
te acechan detrás
de la puerta.
Te tienen tan
a su merced
como hojas muertas

que el viento arrastra allá o aquí,
que te sonríen tristes y
nos hacen que
lloremos cuando
nadie nos ve.

Tu cuarto se llena con esa voz cálida que tanto te ha acompañado y que ahora te recuerda, una vez más, que el pasado no se fue del todo, sino que está ahí, escondido en pequeñas cosas que vuelven, como la misma canción que escuchas, que también te tiene siempre a su merced.


Mientras guardas cuidadosamente el disco en su carpeta, te has acordado de esa jovencita rubia, tan guapa, que, llena de inocencia, cantaba con palabras luminosas la alegría de vivir, como un arco iris de felicidad, que te convence ahora de que eso de mirar atrás está muy bien de vez en cuando, pero que  tampoco hay que pasarse, que queda mucho por andar:



El baúl de los recuerdos

Qué poco significan las palabras
si cuando sopla el viento se las lleva tras él.
Y quedan solamente los recuerdos,
promesas que volaron y no pueden volver.

Vive siempre con ilusión
si cada día tiene diferente color.
Porque todo llega a su fin
después de un dia triste nace otro feliz

Buscando en el baúl de los recuerdos
cualquier tiempo pasado nos parece mejor.
Volver la vista atrás es bueno a veces.
Mirar hacia delante es vivir sin temor.

Los recuerdos son el pasado,
cuando queda tanto por andar...

Buscando en el baúl de los recuerdos
cualquier tiempo pasado nos parece mejor.
Volver la vista atrás es bueno a veces.
Mirar hacia adelante es vivir sin temor

Si cada día tiene diferente color.
Después de un día triste nace otro mejor.

Buscando en el baúl de los recuerdos
cualquier tiempo pasado nos parece mejor.
Volver la vista atrás es bueno a veces.
Mirar hacia delante es vivir sin temor.

Si cada día tiene diferente color.
Después de un día triste nace otro mejor.

Vive siempre con ilusión
si cada día tiene diferente color.
Porque todo llega a su fin
después de un día triste nace otro feliz.
Vive siempre con ilusión
si cada día tiene diferente color.

No conozco arte con más poder de evocación que la música: una canción te abre las puertas de otro tiempo, incluso aunque no lo hayas vivido. Por cierto, qué hermoso título tiene la canción: El baúl de los recuerdos. Y qué bien la canta Karina.


Mucho antes, Jorge Manrique nos había advertido, con un tono y una intención muy distintos, de los peligros de la mirada nostálgica al pasado:

cuán presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiere tiempo passado
fue mejor.

La poesía tampoco se queda atrás en su capacidad para sugerir, para decir más de lo que dice. Mientras limpias el próximo vinilo, que tiene un poco de 'pizcoteo' de tan usado, te acuerdas de un poema de Antonio Machado que te encanta. No es de los más conocidos de Soledades, galerías y otros poemas, pero sí de los más sugerentes:

Y nada importa ya que el vino de oro
rebose de tu copa cristalina,
o el agrio zumo enturbie el puro vaso...

Tú sabes las secretas galerías
del alma, los caminos de los sueños,
y la tarde tranquila
donde van a morir... Allí te aguardan
las hadas silenciosas de la vida,
y hacia un jardín de eterna primavera
te llevarán un día.

Las secretas galerías del alma. Los caminos de los sueños. Las hadas silenciosas de la vida que nos llevarán algún día a un jardín de eterna primavera. No importa lo bueno o lo malo del pasado porque hemos descubierto el secreto de la vida (o de la muerte).


Ahora ya sabes con qué vas a acabar. Los caminos de los sueños te han conducido a todo un clásico de aquellos días tuyos del vinilo, puesto una y mil veces bajo la aguja, una canción que nunca te cansarás de oír:

The Long and Winding Road

The long and winding road
That leads to your door
Will never disappear
I´ve seen that road before
It always leads me here
Lead me to your door

The wild and windy night
That the rain washed away
Has left a pool of tears
Crying for the day
Why leave me standing here
Let me know the way

Many times I´ve been alone
and many times I´ve cried
Any way you´ll never know
The many ways I´ve tried

But still they lead me back
To the long winding road
You left me standing here
A long long time ago
Don´t leave me waiting here
Lead me to your door

But still they lead me back
To the long winding road
You left me standing here
A long long time ago
Don´t leave me waiting here
Lead me to your door.

Que en español viene a decir, poco más o menos, esto:

El largo y tortuoso camino
que conduce a tu puerta
nunca desaparecerá.
Ya he visto ese camino antes:
siempre me trae aquí,
me conduce a tu puerta.

La noche de viento y tormenta
que la lluvia se llevó
ha dejado un charco de lágrimas
llorando por el día.
¿Por qué me dejas plantado aquí?
Muéstrame el camino.

Muchas veces he estado solo
y muchas veces he llorado.
De cualquier forma tú nunca sabrás
la cantidad de caminos que he intentado tomar.

Pero, a pesar de todo, ellos me devuelven
al largo y tortuoso camino.
Tú me dejaste plantado aquí
hace mucho, mucho tiempo.
No me dejes aquí esperando,
llévame a tu puerta.

Pero, a pesar de todo, me devuelven
al largo y tortuoso camino.
Tú me dejaste plantado aquí
hace mucho, mucho tiempo.
No me dejes aquí esperando,
llévame a tu puerta.


Los largos y tortuosos caminos que conducen a tu puerta. Los mismos que Juan Ramón Jiménez está seguro de poder sortear para llegar hasta el amor:

Los caminos de la tarde
se hacen uno, con la noche.
Por él he de ir a ti,
amor que tanto te escondes.
     
Por él he de ir a ti,
como la luz de los montes,
como la brisa del mar,
como el olor de las flores.


Y los mismos que, varios siglos antes, en el XVI, San Juan de la Cruz nos presenta en su Cántico espiritual. La amada se queja de su soledad (adolezco, peno y muero) y de la crueldad del amado que la ha dejado herida de amor y ha huido. Pero ella está dispuesta a buscarlo, pese a lo difícil del camino:

Buscando mis amores
iré por esos montes y riberas
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.


Música y poesía. Por cierto, estos dos poemas los musicó y cantó magistralmente Amancio Prada.

Ahora las canciones las encadeno en el PC y, aunque no es lo mismo, hace su apaño.  Eso sí, me encanta que otros lo hagan por mí y para eso está Radio 3.  Abajo te dejo pistas de algunos de mis programas favoritos. Puedes escucharlos en vivo o descargarlos en el podcast de Radio Nacional de España.


Flor de pasión | Voces con swim | Melodías pizarras
Radio Nacional de España | Podcast
Joan Manuel Serrat | Aquellas pequeñas cosas| audio | vídeo
Karina | El baúl de los recuerdos | audio | vídeo
The Beatles | The Long and Winding Road | audio | vídeo
Pintura | A Field of Green Corn, de William Davis
Pintura | Spring | Windflowers,  de John William Waterhouse

domingo, 14 de febrero de 2010

Fábula del tiempo


Las ruinas ejercen sobre nosotros una atracción singular. Bien lo supieron ver los románticos, que levantaron en torno a ellas una compleja simbología moral que todavía hoy perdura. Lo ruinoso, lo decadente, lo que fue y ya no es, conforman toda una estética de culto por lo viejo que se suele asociar a lo misterioso. Existieron civilizaciones esplendorosas que sólo conocemos por sus ruinas. Y nuestros ojos se han acostumbrado a que sea así. ¿Cómo sería la Venus de Milo completa? ¿Y la Dama de Elche en colores? ¿Podemos imaginar unas pirámides lisas y geométricamente perfectas? ¿Cómo le quedaría la nariz a la Esfinge? ¿Nos gustarían más el Coliseo y el Foro si estuvieran recién construidos?



El poeta, anticuario y arqueólogo sevillano del siglo XVII Rodrigo Caro vio así los estragos del tiempo en su Canción a las ruinas de Itálica:

Este despedazado anfiteatro,
impio honor de los dioses, cuya afrenta
renueva el amarillo jaramago,
ya reducido a trágico teatro,
¡oh fábula del tiempo!, representa
cuánta fue su grandeza y es su estrago.

Y bastantes años antes, en el siglo XV, Jorge Manrique se preguntaba, en unos versos cargados de nostalgia y vida, por la corte de Juan II, con sus bailes, sus lujos palaciegos, sus músicas y sus amores que imaginaban eternos:

¿Qué se hizieron las damas,
sus tocados e vestidos,
sus olores?
¿Qué se hizieron las llamas
de los fuegos encendidos
d'amadores?
¿Qué se hizo aquel trovar,
las músicas acordadas
que tañían?
¿Qué se hizo aquel dançar,
aquellas ropas chapadas
que traían?


La ciudad que habitaron nuestros padres no es ya nuestra ciudad, aunque está en ella. Si alzamos la vista mientras paseamos, podemos encontrar restos de lo que fue. Las ciudades están siempre en transición, se transforman con el ritmo de las generaciones y guardan, quizá como advertencia para sus futuros habitantes, símbolos de lo que fueron. Los hay en cada esquina: edificios que fueron singulares, antiguos carteles publicitarios de productos que ya no existen, rejas que cierran algún misterioso balcón, una tienda antigua de eso que entonces se llamaba ultramarinos, puertas astilladas, bisagras y remaches. Me gusta que las ciudades tengan memoria y los conserven, aunque me temo que el mejor de sus destinos sean los hermosos libros de fotografías en blanco y negro.


Hace unos meses tomé la fotografía de abajo en el viejo Estadio de la Victoria, ya demolido. Fue el escenario de algunas de las ilusiones (y desilusiones) dominicales de mi padre, que disfrutó con su equipo en Primera División. La foto de arriba siempre la conservó como un tesoro. También fue el escenario de muchos domingos de mi infancia. Fueron tiempos menos míticos, pero todavía resuenan de vez en cuando en mis oídos nombres de jugadores de la época, asociados a su imagen en las caricaturas de Vica: Monterde, Machado, Zubitur, los hermanos Huertas, Morera, Lacalle. Tiempos de irse pronto al estadio para no quedarte sin la Hoja Deportiva. En la foto aún se ven los restos del marcador simultáneo y de una de las porterías. ¡Cuántas gargantas gritaron al unísono en aquellas tardes!


Las ciudades cambian como nosotros cambiamos. Creemos que lo más sólido, las calles y las plazas, siempre ha estado ahí y ahí seguirá, pero no es así. Nuestros abuelos, de niños, jugaron en plazas que ya no existen y los hijos de nuestros nietos se besarán en otras que ahora no podemos ni imaginar. Me he acordado muchas veces de un anuncio que veía de niño a la entrada del pueblo. Anunciaba algo que para mí era todo un misterio: Nitrato de Chile. Nunca lo entendí, pero era el símbolo más claro de que estaba de vuelta en casa tras un largo viaje. Luego he sabido que eran muchos los pueblos que tenían anuncios como ése.


¿Cuántos años separan los números de teléfono de este cartel gaditano de los de nuestros móviles actuales? Quizá no tantos como creemos, aunque sus tiempos sean tan distintos.


El tiempo que todo lo arrasa, según dicen. Quizá también muchos sentimientos. En el siglo XV Manrique se preguntaba por el destino de los fuegos encendidos de amadores. En 1960 Carole King y Gerry Goffin compusieron Will You Still Love Me Tomorrow?, una de esas canciones que te hacen sentir nostalgia de un tiempo que no has vivido.


El amante se pregunta, temeroso, por la duración del amor: ¿será un tesoro duradero o el placer de un instante? ¿Me amarás todavía mañana? Abajo te dejo la letra y la versión en directo de The Shirelles, uno de los mejores grupos de chicas de la época.

Tonight you're mine completely
You give your love so sweetly
Tonight the light of love is in your eyes
But will you love me tomorrow?

Is this a lasting treasure
Or just a moment's pleasure?
Can I believe the magic of your sighs?
Will you still love me tomorrow?

Tonight with words unspoken
You say that I'm the only one,
But will my heart be broken
When the night meets the morning sun?

I'd like to know that your love
Is love I can be sure of
So tell me now and I won't ask again.
Will you still love me tomorrow?




En español podría quedar, más o menos, así:

Esta noche eres totalmente mía.
Das tu amor tan dulcemente...
Esta noche el amor ilumina tus ojos,
pero, ¿me querrás igual mañana?

¿Es esto un tesoro duradero
o sólo el placer de un instante?
¿Puedo fiarme de la magia de tus suspiros?
¿Me querrás todavía mañana?

Esta noche, con palabras calladas,
me dices que soy el único,
pero ¿me destrozarás el corazón
cuando la noche encuentre la luz del amanecer?

Me gustaría creer que tu amor
es un amor en el que confiar.
Así que dímelo ahora y no preguntaré más:
¿me querrás todavía mañana?


Vídeo | Will You Still Love Me Tomorrow? (The Shirelles)
Pintura | The Chapel, de John William Inchbold

miércoles, 10 de febrero de 2010

Explicar la vida


Leo en Revista de Libros un interesante artículo titulado ¿Para qué sirve la literatura? y, ante esta pregunta sin respuesta o con demasiadas respuestas posibles, me viene a la memoria de inmediato El juego de hacer versos, un poema de Jaime Gil de Biedma que me apetece compartir hoy contigo.

Dice así:
El juego de hacer versos
-que no es un juego- es algo
parecido en principio
al placer solitario.

Con la primera muda,
en los años nostálgicos
de nuestra adolescencia,
a escribir empezamos.

Y son nuestros poemas
del todo imaginarios
-demasiado inexpertos
ni siquiera plagiamos-

porque la Poesía
es un ángel abstracto
y, como todos ellos,
predispuesto a halagarnos.

El arte es otra cosa
distinta. El resultado
de mucha vocación
y un poco de trabajo.

Aprender a pensar
en renglones contados
-y no en los sentimientos
con que nos exaltábamos-,

tratar con el idioma
como si fuera mágico
es un buen ejercicio
que llega a emborracharnos.

Luego está el instrumento
en su punto afinado:
la mejor poesía
es el Verbo hecho tango.

Y los poemas son
un modo que adoptamos
para que nos entiendan
y que nos entendamos.

Lo que importa explicar
es la vida, los rasgos
de su filantropía,
las noches de sus sábados.

La manera que tiene
sobre todo en verano
de ser un paraíso.
Aunque, de cuando en cuando,

si alguna de esas noches
que las carga el diablo
uno piensa en la historia
de estos últimos años,

si piensa en esta vida
que nos hace pedazos
de madera podrida,
perdida en un naufragio,

la conciencia le pesa
-por estar intentando
persuadirse en secreto
de que aún es honrado.

El juego de hacer versos,
que no es un juego, es algo
que acaba pareciéndose
al vicio solitario.

La poesía (la novela, el cómic, la música, el cine) como manera de explicar la vida, de entendernos y de que nos entiendan. No conozco definición más sencilla y más ambiciosa de lo literario, de la lectura y la escritura. Para eso sirve la literatura. Por eso, entre otros muchas cosas, a algunos nos gusta tanto leer. ¿No te parece?



Ilustraciones | Adrian Tomine

sábado, 2 de enero de 2010

Los caracoles del jardín


Es de noche. Aunque el día ha sido apacible, ahora el viento golpea con fuerza los cristales del cuarto, que parece que se vayan a romper. Estás tan enfadado que no tienes miedo. Tu mirada está fija en las calcomanías de colores que decoran la alacena y no quieres que se desvíe de allí. Al lado, tu abuela respira dormida, ajena al viento y a la oscuridad de la noche. Piensas en el crucifijo que cuelga del cabecero metálico de su cama. Tintinea cada vez que se mueve. Ahora está quieto. Como lo estarán las gotas de mercurio que unías y separabas hace unas horas en la caja de tornillos del lavadero. Su interior siempre está en movimiento. Algo cruje fuera. Imaginas un mundo de vida nocturna en el jardín, esa que siempre surge de la nada cuando tu padre lo riega al atardecer. A veces eres tú quien lo riega con tus pequeños dedos que aprietan el extremo de la manguera para que el agua llegue más lejos. Todo el mundo sabe que, si llegas más lejos, saldrán más caracoles. Eres tan pequeño. El agua está fría. Silencio. Se oye lejano el sonido del televisor. Tus padres ven esa película de un gorila gigante que no te han dejado ver a ti  por no sé qué de los dos rombos. La rabia te impide apartar los ojos de la alacena. No piensas dormir. Aunque el viento golpee con fuerza en la ventana y lleguen hasta tu cama, muy apagados, los alaridos del monstruo, tú no te piensas dormir. Quizá no vayas a dormir ya nunca más. Los ojos te pesan. En algún lugar del patio los caracoles con los que jugaste se habrán recogido ya en su concha.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Celestina, el vino y la tristeza del corazón



Reviso estos días La Celestina y  me encuentro con este curioso pasaje que no recordaba y que no me resisto a compartir contigo. Y menos ahora que ha llegado el frío. Pertenece al Auto IX, al momento en que Pármeno y Sempronio, criados de Calisto, están comiendo en casa de Celestina. Los acompañan Areúsa y Elicia, amantes de los criados y pupilas de la vieja alcahueta. El ambiente es festivo y lujurioso, aunque no faltan las rencillas entre ellos y, en el fondo de sus corazones, ya duermen agazapadas la codicia y la traición. Es entonces cuando Celestina, que se siente sola y vieja en medio de las caricias de los jóvenes, emprende este elogio sin desperdicio de las propiedades del vino.

CELESTINA: Asentaos vosotros, mis hijos, que harto lugar hay para todos, a Dios gracias; tanto nos diesen del paraíso cuanto allá vamos. Poneos en orden, cada uno cabe la suya; yo, que estoy sola, porné cabe mí este jarro y taza, que no es más mi vida que de cuanto con ello hablo. Después que me fui haciendo vieja, no sé mejor oficio a la mesa que escanciar, porque "quien la miel trata, siempre se le pega de ella". Pues de noche en invierno no hay tal escalentador de cama. Que con dos jarrillos de éstos que beba, cuando me quiero acostar, no siento frío en toda la noche. De esto aforro todos mis vestidos, cuando viene la Navidad; esto me calienta la sangre; esto me sostiene continuo en un ser; esto me hace andar siempre alegre; esto me para fresca; de esto vea yo sobrado en casa, que nunca temeré el mal año. Que un cortezón de pan ratonado me basta para tres días: esto quita la tristeza del corazón, más que el oro ni el coral; esto da esfuerzo al mozo y al viejo fuerza, pone color al descolorido, coraje al cobarde, al flojo diligencia, conforta los celebros, saca el frío del estómago, quita el hedor del anélito, hace potentes los fríos, hace sufrir los afanes de las labranzas; a los cansados segadores hace sudar toda agua mala, sana el romadizo y las muelas, sostiene sin heder en la mar, lo cual no hace el agua. Más propiedades te diría de ello, que todos tenéis cabellos. Así que no sé quién no se goce en mentarlo. No tiene sino una tacha, que lo bueno vale caro y lo malo hace daño. Así que con lo que sana el hígado enferma la bolsa. Pero todavía con mi fatiga busco lo mejor, para eso poco que bebo; una sola docena de veces a cada comida. No me pasar de allí, salvo si no soy convidada como agora.
PÁRMENO: Madre, pues tres veces dicen que es bueno y honesto todos los que escribieron.
CELESTINA: Hijos, estará corrupta la letra, por trece tres.


¿Puedes imaginar cómo sería una Navidad en 1499? ¿Y el vino bueno por el que tanto se afana Celestina? ¿Cuánto darías por probarlo? ¿Sabías que el vino conforta los celebros? ¿Trece o tres? ¿Tú que piensas? Lo del cortezón de pan ratonado me ha llegado al alma. Cuando de niños mordisqueábamos el pan, mi abuela decía que lo habíamos dejado como si lo hubieran roído los ratones. Supongo que era cierto.

En este mismo auto encontramos, en boca de Areúsa, una dura crítica a las señoras. Una crítica que anuncia los nuevos tiempos que están llegando, lejos ya de la fidelidad medieval al señor.

Ruin sea quien por ruin se tiene. Las obras hacen linaje, que al fin todos somos hijos de Adán y Eva. Procure de ser cada uno bueno por sí, y no vaya a buscar en la nobleza de sus pasados la virtud.

Que jamás me precié de llamarme de otro, sino mía. Mayormente de estas señoras que agora se usan. Gástase con ellos lo mejor del tiempo, y con una saya rota de las que ellas desechan, pagan servicio de diez años. Denostadas, maltratadas las traen, continuo sojuzgadas, que hablar delante de ellas no osan.


Las imágenes corresponden respectivamente a una recreación de Celestina hecha por el pintor Robert Henri en 1908; a una ilustración anónima medieval en que se documenta el cuidado y conservación de los vinos y a una de las primeras ediciones de La Celestina como tragicomedia.

Me quedo con el refrán que emplea Celestina: Quien la miel trata, siempre se le pega de ella. Y me voy, que creo que abajo tengo algún Rioja bien guardado y estamos en Navidad.

lunes, 16 de noviembre de 2009

El otoño y los estudios nobles


En este noviembre que no parece noviembre, me viene a la memoria la Oda al licenciado Juan de Grial, poema escrito por Fray Luis de León hacia 1571, en el que invita a su amigo, aprovechando el cambio estacional, al recogimiento y al estudio:

Recoge ya en el seno
el campo su hermosura, el cielo aoja
con luz triste el ameno
verdor, y hoja a hoja
las cimas de los árboles despoja.

Ya Febo inclina el paso
al resplandor egeo; ya del día
las horas corta escaso;
ya Éolo al mediodía,
soplando espesas nubes nos envía;

ya el ave vengadora
del Íbico navega los nublados
y con voz ronca llora,
y, el yugo al cuello atados,
los bueyes van rompiendo los sembrados.

El tiempo nos convida
a los estudios nobles, y la fama,
Grial, a la subida
del sacro monte llama,
do no podrá subir la postrer llama;

alarga el bien guiado
paso y la cuesta vence y solo gana
la cumbre del collado
y, do más pura mana
la fuente, satisfaz tu ardiente gana;

no cures si el perdido
error admira el oro y va sediento
en pos de un bien fingido,
que no ansí vuela el viento,
cuanto es fugaz y vano aquel contento;

escribe lo que Febo
te dicta favorable, que lo antiguo
iguala y pasa el nuevo
estilo; y, caro amigo,
no esperes que podré atener contigo,

que yo, de un torbellino
traidor acometido y derrocado
del medio del camino
al hondo, el plectro amado
y del vuelo las alas he quebrado.


El tiempo nos convida a los estudios nobles. Todos los años, cuando llega el mes de octubre, me acuerdo de estos versos, que creo haber leído por primera vez, siendo adolescente, en el libro de texto de Lázaro Carreter. Siempre los he asociado con el comienzo del curso, que todos los muchachos temíamos tanto.


Llegaba octubre y con él los primeros indicios callados del cambio: los días se hacían más cortos y sus atardeceres lucían inmensamente rojos; por la noche, tenías que cerrar la ventana del dormitorio y recuperar el placer de las sábanas, olvidado durante meses; la incómoda rebeca se convertía en una prenda de vestir imprescindible; las calles comenzaban a oler a leña quemada; en la tele acababan las reposiciones y volvían, con nuevos episodios, tus series favoritas; el brasero y la sayuela, arrumbados en el trastero, se recuperaban una tarde. Por un acuerdo tácito, nadie se había atrevido a nombrar lo que se nos avecinaba. Pero, por fin, llegaban los fuegos artificiales, que marcaban casi oficialmente el comienzo del curso y ya todo era inevitable. Al día siguiente, al instituto.


Y el caso es que, pasado el susto inicial, no era tan malo. Había cierta épica en la vuelta al estudio, a los nuevos libros de texto, a las lecturas. Entonces, el tiempo, casi de modo mágico, como movido por un resorte natural invisible, cambiaba bruscamente y lo que eran atardeceres inmensos se volvían oscuras tardes de lluvia y viento. La Navidad aún quedaba lejos.

Dámaso Alonso, en 1955, en un discurso para el inicio del curso académico en la Universidad de Madrid, imaginó así a Fray Luis, que debió escribir las liras de su oda hacia el mes de noviembre:

Siempre que he leído esta Oda a Grial, me he imaginado a Fray Luis, allá por el otoño de 1571, contemplando melancólicamente los suaves colores del cielo y el desnudarse del follaje de los árboles:

Recoge ya el seno
el campo su hermosura; el cielo aoja
con luz triste el ameno
verdor, y hoja a hoja
las cimas de los árboles despoja.

La naturaleza parece, en este decrecer que anuncia el invierno, estar invitando al silencio de las bibliotecas y al gustoso trabajo del estudio. Es oda para intelectuales, que debe ser grata a los intelectuales:

El tiempo nos convida
a los estudios nobles...




Esta mañana, paseando por las calles de mi ciudad, envuelto en un extraño aire caliente, he sido consciente de la llegada del otoño, he visto las primeras hojas caídas. Y eso que en mi terraza rebrotan, desnortados, los dompedros. Esa estación de cambios que los antiguos llamaban entretiempo ya casi no existe en el Sur: aquí pasamos del verano al invierno sin darnos cuenta.

Quizás sean los años y no el cambio climático, pero, ahora que los cursos académicos ya no empiezan en octubre, sino mucho antes, casi en pleno verano, y que no tengo tan claro eso de los estudios nobles, en este noviembre que no parece noviembre, no sé ya muy bien si el tiempo nos invita al estudio, al recogimiento o a la lectura tranquila en la playa.


Los tres primeros paisajes de esta otoñal entrada son de Vincent Van Gogh.  El de las muchachas que amontonan las hojas (Autumn Leaves) fue pintado por John Everett Millais en 1856. Por último, el de la dama que está sentada en el banco (Senda boscosa en otoño) es obra de Hans Andersen Brendekilde.

Las fotografías corresponden respectivamente a Itzea, la casa de los Baroja, y al despacho de Benito Pérez Galdós. Dos espacios cargados de literatura. Si te interesan las fotografías de bibliotecas o mesas de trabajo de escritores, puedes encontrar auténticas maravillas en el foro Ábrete, libro, donde han dedicado un hilo a recopilarlas. Abajo te dejo el enlace.

Obras de Fray Luis de León | Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
Bibliotecas de escritores | Ábrete, libro

viernes, 16 de octubre de 2009

Ellos también leen (2)


Este caballero de mirada algo triste, que fue viajero por los Mares del Sur (como Robert Louis Stevenson) y se embarcó en un mercante (como Joseph Conrad), que llegó a vivir durante un tiempo entre caníbales y fue amigo íntimo de Nathaniel Hawthorne, que pasó del éxito al olvido momentáneo y a la fama imperecedera en lo que dura una vida, es el autor de una de las novelas más famosas de todos los tiempos: Moby Dick (1851).

En ella nos dejó, junto con sus conocimientos sobre el mar y los cachalotes, algunas de sus obsesiones, encarnadas en un personaje simbólico: el capitán Ahab, a quien la lucha vengativa contra el mal acaba convirtiendo en otra cara más de ese mismo mal.


Su comienzo es ya todo un clásico en la historia de la novela, que no me resisto a reproducir. Pongo aquí la traducción clásica de José María Valverde, que llenó muchas de mis tardes de un caluroso verano, en una lectura compartida (y gozosamente comentada, con acompañamiento de cervezas) con un amigo.

Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondria me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustituto de la pistola y la bala.

Las referencias a Moby Dick impregnan todos los ámbitos de la cultura occidental, desde el cine a la narrativa o a los dibujos animados. Incluso he sabido que a alguien se le ha ocurrido la (casi obsesiva) idea de hacer una canción basada en cada uno de sus capítulos. Creo que va a tener bastante trabajo. ¿Quién no recuerda, por cierto, a Gregory Peck en la papel de capitán Ahab? John Huston realizó esta película en 1956, cien años después de que Melville escribiera su novela. Sus escenas finales me persiguieron algunas noches durante mi juventud.


Pero si traigo aquí al ballenero es por el cómic. Ya sabemos que ellos (los personajes de los cómics) también leen. Vamos a comprobar si a alguno le interesa Moby Dick.

Nuestro primer encuentro es con Fone Bone, el personaje creado por Jeff Smith para su obra Bone (1991), una deliciosa narración a medio camino entre la aventura fantástica y el humor, ganadora de nueve premios Eisner y ocho Harvey. Fone se ve obligado a abandonar junto a sus primos la ciudad en la que ha vivido desde siempre y se interna en un misterioso valle lleno de sorprendentes criaturas. En él conoce a Thorn, una joven de la que pronto se enamora. Cuando ella revisa el contenido de su mochila, encuentra cómics, revistas y una edición de Moby Dick, el libro favorito de Fone. Ya lo ha leído tres veces, pero no puede hablar de él con nadie porque no le hacen demasiado caso. Puedes seguir la escena pinchando en las imágenes de abajo. En España se pueden encontrar actualmente dos ediciones de Bone, ambas publicadas por Astiberri: una en blanco y negro (como los comic-books de la primera edición original) y otra en color.

 

A este otro personaje clásico del cómic, en este caso europeo, lo encontramos en la cama, recuperándose de una herida. Como el tiempo transcurre lento en estos casos y tiene a mano una surtida biblioteca, se entretiene leyendo Moby Dick. ¡Qué mejor sitio para leer que una cama!


Efectivamente, se trata del Teniente Blueberry, de Jean Giraud. En concreto, de la aventura Gerónimo el Apache (Geronimo l'Apache, 1999), perteneciente a la serie Mister Blueberry. Las historias de este personaje están siendo publicadas en España por Norma Editorial.

Por último, dos adaptaciones al cómic de la novela de Melville. Una, muy simplificada, la del gran maestro: Will Eisner, que no se encuentra ni mucho menos entre sus mejores trabajos, pero que conserva su característico trazo elegante. Es más un homenaje que una adaptación como tal.


La otra, una adaptación que a cualquiera que tenga ya unos años le traerá aires nostálgicos, no sólo por la obra en sí, sino por la colección a la que pertenece: Joyas Literarias Juveniles. Nunca se valorará lo suficiente lo que esta colección supuso para toda una generación de jóvenes lectores. Lectores de cómics y de libros.


Sobre Jeff Smith y Bone | Boneville | Guía del Cómic
Sobre Jean Giraud y el Teniente Blueberry | Dargaud | Tebeosfera
Sobre Will Eisner | Official Web Site
Te puede interesar | Ellos también leen (1)