lunes, 30 de julio de 2012

Palabras que esperan


Somos el borrador de un texto
que nunca será pasado a limpio.

Con palabras tachadas,
repetidas,
mal escritas
y hasta con faltas de ortografía.

Con palabras que esperan,
como todas las palabras esperan,
pero aquí abandonadas,
doblemente abandonadas
entre márgenes desprolijos y yertos.

Bastaría, sin embargo, que este tosco borrador
fuera leído una sola vez en voz alta,
para que ya no esperásemos más
ningún texto definitivo.

Roberto Juarroz | Novena poesía vertical, 1986

sábado, 28 de julio de 2012

Mientras duermes


Mientras duermes
tu mano me transmite imprevistamente una caricia.
¿Qué zona tuya la ha creado,
qué autónoma región del amor,
qué parte reservada del encuentro?

Mientras duermes
te conozco de nuevo.
Y quisiera irme contigo
al lugar donde nació esa caricia.

Roberto Juarroz | Octava poesía vertical, 1984

miércoles, 25 de julio de 2012

C de café


Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, huele a café en el cuarto. Una vez oí, quizá en alguna película, que, si querías vender la casa, debías procurar que oliera a café. Muevo la cucharilla y su tintineo me lleva a otros cafés. Somos las cafeteras que hemos tenido. El café, con sus tazas y sus costumbres, forma parte desde siempre de nuestras mitologías más cotidianas.

Me acostumbré al sabor del café bebiendo los posos que mi padre dejaba en su taza. Restos de sobremesas de domingo, en que el tiempo se detiene y se tarda en recoger los platos. Luego llegaron los cafés de estudiante nocturno en piso compartido, una puerta abierta a la charla y la amistad. Conversaciones que iban a durar el tiempo de un café y se alargaban hasta el amanecer. Pasillos convertidos en salas de estar. Magia del instante.

Durante mucho tiempo creí que el inicio del verano venía marcado por el café con hielo y el Tour de Francia. Era todo un rito que procuraba no romper. Si iba a viajar, lo dejaba para más tarde. Eran los tiempos de Delgado, Lejarreta, Pino y Arroyo. Por entonces, vivía encima de una panadería y cada mañana me despertaba el olor dulzón de la bollería, que llegó a hacerse insoportable. Pero llegaba la hora del tour y era sagrada. Inmenso placer el de disfrutar de un café helado mientras te preguntabas dónde atacaría Perico. El ruido de un viejo ventilador, más que su efectividad, aliviaba en lo posible el rigor del verano en el Sur.

Cafés viajeros. Cafeterías convertidas en centros de peregrinación a cualquier hora y en cualquier lugar. Inmensa variedad de tazas y presentaciones. Café a la americana de los ingleses, de esos que te dejan la lengua escaldada durante un buen rato. Café sosegado de las viejas cafeterías de Lisboa, donde el tiempo tiene otro ritmo. Cafés apresurados de bar de carretera, que sientan como un puñetazo en el estómago (la expresión es de un amigo). Cafés en las plazas de Cádiz, llenas de color y luz antigua. Café en casa, en tu taza favorita, mientras comienza la película que pensáis ver esa noche. Cafés compartidos todos los veranos con ese amigo que ya no nos llama. Cafés italianos, los mejores, disfrutados en el Trastevere o en la terraza de los Museos Capitolinos. Vayas donde vayas, siempre quedará un italiano donde tomar un café decente. Mesas de mármol que, en medio de una calor infernal, conservan el frío del invierno. Sonido de tazas y cucharillas. Me aficioné a hacer fotografías de tazas de café y, siempre que puedo, sobre todo si el lugar lo merece, lo que sucede muy a menudo, procuro traerme el recuerdo. Magia de la imagen y del aroma. ¿Te apetece un café?


  

jueves, 19 de julio de 2012

Espacios vacíos


La riqueza engalana espacios que luego deja vacíos. Tiene demasiadas posesiones que habitar.

Erri De Luca | Los peces no cierran los ojos, 2011

viernes, 13 de julio de 2012

B de bicicleta


De todos los regalos que ofrece el verano, que son muchos, uno de los más disfrutables es, sin duda, la bicicleta. Pocas sensaciones hay tan únicas como la de pedalear, que tiene algo de antiguo y casi mágico, con sus tiempos de aprendizaje y la felicidad sencilla del viento en la cara una vez logrado. Vencer un miedo y marcar en la memoria el día en que puedes decir: ya sé nadar o montar en bicicleta y esto es para toda la vida. Equilibrios elementales que vencen miedos atávicos.

Verano y bicicletas, velocidad para un tiempo sin horarios. Los niños de mi generación conseguíamos la bicicleta en invierno, pero la disfrutábamos durante el verano, con sus interminables cuestas abajo que compensaban siempre el esfuerzo. Triciclos compartidos, a veces con carga adicional en la barra trasera, moviéndose a una velocidad endiablada, empujados por diminutos pies infatigables, siempre en persecución de algo, sin meta a la que llegar, con enorme propensión a volcar en las curvas. Heridas en las rodillas, quemaduras en los codos. Alcohol, mercromina (de la roja) y gasas deshilachadas que se encarnaban en la sangre reseca. Bicicletas de rueda maciza y piñón fijo, agotadoras cuesta arriba y cuesta abajo, frenadas a base de suelas de zapato, que quizá por eso duraban tan poco. Bicicletas disfrutadas en compañía o en solitario, excursiones a pueblos cercanos, retos de kilómetros, paradas para beber bajo la sombra de los árboles, visitas a alguna chica, sudor refrescado en las más apetecibles piscinas. 

Me acabo de acordar de la anécdota que contó Miguel Delibes en Mi querida bicicleta, un libro delicioso incluido luego en Mi vida al aire libre. Era el día en que aprendió a montar. Mientras daba vueltas por el jardín, su padre, como todos los veranos, leía El Quijote. Hasta él, que a duras penas lograba mantener el equilibrio, llegaban las risotadas de la lectura. Los consejos de su padre habían sido elementales: no mires a la rueda, no corras, que no consiste en correr. Todo iba bien. Hasta que surgió la pregunta: ¿y cómo me bajo yo de aquí? La respuesta del padre fue clara: "Has de hacerlo tú solo. Si no, no aprenderás nunca. Cuando sientas hambre subes a comer." Y lo dejó solo en el jardín con su miedo y su circuito interminable. Bastantes horas después, ya por la tarde, tras varios intentos abortados y mucho pensárselo, decidió aterrizar contra un seto. El padre luego le dijo: "Anda, di a tu madre que te dé algo de comer. Te lo has ganado." Así eran los padres de antes.          

domingo, 8 de julio de 2012

A de arena


Las playas conservan recuerdos que hemos olvidado. La marea borró las huellas de niño que creímos eternas y la primera ola de cada verano nos las devuelve intactas. Sensaciones repetidas al ritmo de las olas y los días. Los pies en la arena abren una brecha en el tiempo. Pisamos sobre nuestro pasado y el agua que nos golpea los tobillos nos recuerda que ya estuvimos allí y éramos los mismos, aunque éramos otros.

Los pies de aquel niño solitario se hunden en la arena, se le queman las plantas y, cuando corre, se pincha con las conchas que ha traído el mar, pero lo agradece. Sigue con su hermano caminos abiertos por huellas desconocidas que quizá los lleven lejos, hasta las rocas. Buscan coquinas. Se tiran contra las olas. Hablan de sus tebeos y sus cosas. La arena caliente en los pies les recuerda dónde están, pues, por momentos, se han ido a lugares mucho más lejanos. Arena entre los dedos, en las páginas de un libro, en el placer salado de los besos, descubierto años después. Dibujos hechos en la playa, marcas que nos orientan en atardeceres como este, en que el mar está lejos y la arena se escapa entre los dedos. A de arena y de memoria y de felicidad.   

El óleo que acompaña esta entrada se titula Día de verano en Skagen y fue pintado por Peder Severin Kroyer en 1884.