sábado, 26 de mayo de 2012

El plus de la infancia


Quizá ahí esté el secreto. Vivir sin ensayo previo, sin miedo a ir más lejos. Abrir puertas sin pensar que las dejamos abiertas a nuestra espalda. Caminar sin recuerdos que nos digan qué hicimos mal. La viñeta es del gran Liniers, cuyo Macanudo, medio poético, medio surrealista, siempre personal y experimental, te recomiendo. Para mí cada nuevo libro es un disfrute. El dibujo y la composición son una delicia y detrás hay mucha vida. En España lo publica Reservoir Books y ya han aparecido siete volúmenes. Si te gustaron Mafalda y Calvin y Hobbes, te puede interesar.

viernes, 25 de mayo de 2012

Alegrías infantiles


Pegasos, lindos pegasos,
caballitos de madera.

Yo conocí, siendo niño,
la alegría de dar vueltas
sobre un corcel colorado,
en una noche de fiesta.

En el aire polvoriento
chispeaban las candelas,
y la noche azul ardía
toda sembrada de estrellas.

¡Alegrías infantiles
que cuestan una moneda
de cobre, lindos pegasos,
caballitos de madera!

Antonio Machado | Soledades, galerías y otros poemas, 1907

La imagen pertenece a la película Los olvidados, dirigida por Luis Buñuel en 1950.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Tazas


Las tazas recogen cada mañana los besos que no dimos la noche anterior.

martes, 22 de mayo de 2012

La receta de Séneca


La vida feliz es, por tanto, la que está conforme con su naturaleza, lo cual no puede suceder más que si, primero, el alma está sana y en constante posesión de su salud; en segundo lugar, si es enérgica y ardiente, magnánima y paciente, adaptable a las circunstancias, cuidadosa sin angustia de su cuerpo y de lo que le pertenece, atenta a las demás cosas que sirven para la vida, sin admirarse de ninguna; si usa de los dones de la fortuna, sin ser esclava de ellos. Comprendes, aunque no lo añadiera, que de ello nace una constante tranquilidad y libertad, una vez alejadas las cosas que nos irritan o nos aterran; pues en lugar de los placeres y de esos goces mezquinos y frágiles, dañosos aún en el mismo desorden, nos viene una gran alegría inquebrantable y constante, y al mismo tiempo la paz y la armonía del alma, y la magnanimidad con la dulzura, pues toda ferocidad procede de debilidad.

Séneca | De vita beata, hacia 58 d.C.



Receta de compleja elaboración e ingredientes difíciles de encontrar. Su preparación requiere una disciplina y un sacrificio excesivos. ¿O no? Seguro que en el plato queda bien, pero me parece a mí que es poco práctica. Donde se pongan un buen chuletón de buey, generador de goces frágiles y dañosos, o la intranquilidad que produce un beso húmedo en la nuca... De todos modos, me quedo con los ingredientes, por si acaso hubiera que hacer régimen. Me inquieta el final: "Toda ferocidad procede de debilidad". Quizá sea cierto y convendría tenerlo en cuenta. Las fotografías son de Kim Winderman. Adivina qué mar hubiera preferido Séneca. Por cierto, ¿cuál prefieres tú? No hay que darle vueltas, los dos son el mismo mar.

domingo, 20 de mayo de 2012

sábado, 19 de mayo de 2012

De un sueño


Tenía la nuca más hermosa que yo haya visto. Quizá te lo haya contado antes, pero hay dos lugares en las mujeres, aparte de los obvios, que me pierden. Uno de ellos es la nuca, el otro lo dejo a tu imaginación. Siempre me ha gustado la belleza frágil que parece pedir una caricia. Cuando llegué, ella estaba sola. Leía. Es posible que sus ojos estuvieran en la gran estepa rusa o en alguna vieja mansión rural inglesa o que miraran a través de los cristales del Nautilus la oscuridad del fondo marino. Debía de ser esto último, pues cuando me miró, tuve la impresión de que venía de un lugar lejano. Sus pupilas habían guardado el último atisbo de luz del océano y ahora lo reflejaban junto al blanco de la taza de café. De pronto me dijo: ¿Crees en la felicidad?  Era hermosa, como una sirena salida del sueño eterno de un adolescente. ¡Qué fácil tenía la respuesta! ¿Creía en la felicidad? Era verano y ella llevaba un vestido ligero que dejaba intuir sus pechos. Sus rodillas desnudas se rozaban con las mías. Sobre la mesa había un libro y dos tazas de café. Creo en ella al noventa y nueve por ciento, contesté, creyéndome ingenioso. Entonces es que no crees, me insistió. Bueno, le dije, eso es como la existencia de Dios, nadie puede demostrar que existe, pero tampoco que no existe. Ya, la felicidad es una cuestión de fe, respondíó ella. Sus dedos hacían tintinear la cucharilla dentro de la taza ya vacía. Nos miramos. Seguro que algún espejo reflejaba nuestra imagen y quizá desde la calle, enmarcados por el gran ventanal, pensaran en nosotros como en dos enamorados. Sus labios tenían el sabor del café y un deje de misterio marino que nunca supe concretar. Quizá la felicidad estaba en ese uno por ciento que nos faltó. O quizá ese uno por ciento sea este recuerdo que, como un sueño, me ha venido de repente. Como el aroma del café o el olor a estrella de mar de su pelo.

              

martes, 15 de mayo de 2012

Vaciar el alma de ternura


Inventario de lugares propicios al amor

Son pocos.
La primavera está muy prestigiada, pero
es mejor el verano.
Y también esas grietas que el otoño
forma al interceder con los domingos
en algunas ciudades
ya de por sí amarillas como plátanos.
El invierno elimina muchos sitios:
quicios de puertas orientadas al norte,
orillas de los ríos,
bancos públicos.
Los contrafuertes exteriores
de las viejas iglesias
dejan a veces huecos
utilizables aunque caiga nieve.
Pero desengañémonos: las bajas
temperaturas y los vientos húmedos
lo dificultan todo.
Las ordenanzas, además, proscriben
la caricia (con exenciones
para determinadas zonas epidérmicas
-sin interés alguno-
en niños, perros y otros animales)
y el «no tocar, peligro de ignominia»
puede leerse en miles de miradas.
¿A dónde huir, entonces?
Por todas partes ojos bizcos,
córneas torturadas,
implacables pupilas,
retinas reticentes,
vigilan, desconfían, amenazan.
Queda quizá el recurso de andar solo,
de vaciar el alma de ternura
y llenarla de hastío e indiferencia,
en este tiempo hostil, propicio al odio.

Ángel González | Tratado de urbanismo, 1967


La fotografía que ilustra el poema se titula Les amoureux du Quai du Louvre, y fue tomada por Frank Horvat en París, ciudad bastante propicia al amor, en 1955.

lunes, 14 de mayo de 2012

Hasta que lo perdió de vista

Edmund Blair Leighton - God Speed!, 1900

E assí passaron toda aquella noche. Y otro día de mañana la dueña se levantó muy triste e llorando fuelo a dezir a su hermana cómo Canamor se quería ir. E la dueña señora del castillo, desque lo oyó, pesóle mucho y fue luego a estar con Canamor. Y pidióle por merçed que no quisiesse irse y que quisiesse aver aquella posada por suya, y que quantos servicios ella pudiesse hazerle en toda su vida no le pudiesse abastar el bien que por él les avía venido. E por muchos ruegos que le fizieron no le pudieron detener allí más. E fuesse a despedir del cavallero señor del castillo y pidió a su escudero sus armas  y armóse y subió en su cavallo. Y la dueña con quien folgava estávale mirando e llorava de sus ojos. E desque se despidió de todos, salió por la puerta del castillo. Y subióse luego la dueña su enamorada en una torre por mirar por dó iva y nunca hizo sino llorar fasta que le perdió de vista.

Libro del rey Canamor, 1509

Edmund Blair Leighton - Stitching the Standard, 1911


miércoles, 9 de mayo de 2012

Los jardines de un pobre


Los libros están llenos de personajes que leen. Me gusta seguir sus rastros.

En La niña de plata, deliciosa comedia de Lope, quizá algo irregular en su tramo final, encontré hace poco uno de esos rastros. La acción se desarrolla en Sevilla, donde vive Dorotea, una joven doncella "discreta y virtuosa, que lo menos que tiene es ser hermosa", enamorada de don Juan. La llegada a la ciudad del infante don Enrique, que se prenda al instante de ella e intenta conseguirla por cualquier medio, va a provocar el enredo. Se suceden celos, equívocos, confusión de identidades y casas, desconfianzas, cortejos nocturnos entre sombras y enamorados fantoches que cambian de amor como de espada. No falta ni el moro astrólogo, de nombre Zulema, que predice el futuro del Infante. Pero por encima de todos destaca Dorotea, inteligente, ingeniosa, dueña de sus sentimientos y de su capacidad de decisión, frustrada en algunas ocasiones. Personajes femeninos fuertes como los de La dama boba o La viuda valenciana, obras con las que guarda cierta similitud en algunos aspectos.

No faltan tampoco los delicados versos de amor de Lope:

Que no hay remedio en mis daños,
fuera de unos bellos ojos,
fuera de unos blancos brazos.

O este hermoso soneto que envía Dorotea en una carta a don Juan, reprochándole la inconsistencia de su amor y afirmando el suyo propio, libre de cualquier titubeo:

Ingrato dueño mío, aunque pretendas
matarme con rigores y desdenes,
y sin oír las partes me condenes,
quiero que mi verdad y amor entiendas.

Mas no es razón que sin razón me ofendas;
y pues en otros gustos te entretienes,
y de mi honor mayores prendas tienes,
triunfa también desas humildes prendas.

Cesen, por vida mía, los enojos,
que príncipes conmigo son quimera,
sueño del gusto, engaño de los ojos.

Y cuando como piensas los rindiera,
¿qué pierdes en tenellos por despojos,
pues a tus pies con ellos me pusiera?

Pero el rastro al que me refería antes es otro. Estamos al final del acto I. El infante don Enrique intenta acercarse a Dorotea y para ello se acerca con intención a su hermano Félix, que, sorprendido ante ciertas alabanzas, que cree nacidas de la confusión, contesta con humildad: 

Pienso que hay otro Félix en Sevilla;
que yo, señor, ni sé ni tengo gusto
de caballos ni potros; que muriendo
mis padres, y harto pobres por fianzas,
dejaron una hija casi en pelo
en el pesebre humilde de mi casa,
que con necesidad y honor se cría
debajo del amparo de su tía.
Otro debe de ser del nombre mío
el que tiene ese potro y que conoce
de caballos, señor; que yo sólo tengo
esto que os digo y veinte o treinta libros,
a que soy en extremo aficionado;
que un pobre en ellos halla sus jardines,
sus casas, sus caballos y sus galas.

Libros. Jardines, casas, caballos y galas del pobre. Jardines que cultivó Lope con esmero, como el huerto que todavía hoy en pleno centro de Madrid es el alma de su casa, convertida en museo. Seguro que fueron más de veinte o treinta los libros a los que fue "en extremo aficionado". Lecturas y escrituras desatadas. Pasear bajo los naranjos, entre hiedras, junto al pozo, es recuperar por un instante el latido de una mañana de 1600 y algo. "Mi casilla, mi quietud, mi güertecillo y mi estudio". Fueron las palabras con que describió Lope el lugar donde vivió los veinticinco últimos años de su vida.   

domingo, 6 de mayo de 2012

He oído a las sirenas


Me pondré pantalones blancos de franela, y pasearé por la playa.
He oído a las sirenas cantándose unas a otras.
No creo que me canten a mí.
Las he visto cabalgar en las olas mar adentro
peinando el blanco pelo de las olas echando atrás
cuando el viento sopla el agua hasta ponerla blanca y negra.

Nos hemos demorado en las cámaras del mar
junto a ondinas enguirnaldadas de algas, en rojo y pardo,
hasta que nos despierten voces humanas y nos ahoguemos.

T. S. Eliot | La canción de amor de Alfred J. Prufrock, 1917
Traducción de José María Valverde

jueves, 3 de mayo de 2012

La lectura desatada


El placer de empezar y acabar un libro. Leer como en la adolescencia, todo el día, de un tirón, con todo desaparecido alrededor. Pasar las páginas sabiendo que hay un trozo de vida a la que no vas a volver, que en cada línea has perdido algo. Mentiras que te llevan a verdades. Soledad acompañada. Ventanas, caminos, penumbras. Cerrar la puerta, al fin, con resolución, como el último beso de una pasión que sabíamos que no duraría para siempre. Lecturas desatadas. Olvidamos los detalles y nos queda la añoranza, como dijo Emma.

Ilustración de Liniers.