miércoles, 7 de septiembre de 2011

Las sombras del amor


Leo en Romeo y Julieta:
¡Qué dulce debe ser el amor poseído, cuando sólo las sombras del amor son tan ricas en gozo!
Y más adelante:
El amor es un humo que sale del vaho de los suspiros; al disiparse, un fuego que chispea en los ojos de los amantes; al ser sofocado, un mar nutrido por sus lágrimas.
Y allí mismo dice Fray Lorenzo:
Dentro de la tierna corteza de esta débil flor tienen residencia un veneno y una potencia médica; pues, al olerla, anima con cada parte a cada parte; y, al ser probada, mata todos los sentidos en el corazón. Dos reyes así enfrentados acampan en el hombre, como en las hierbas, la gracia y la ruda voluntad; y, cuando predomina lo peor, muy pronto el gusano de la muerte devora esa planta.

Y me he acordado de las palabras con que Fernando de Rojas justifica las virtudes literarias del Auto I de La Celestina, de autor desconocido, supuestamente encontrado por él. Virtudes tales que lo llevaron a aprovechar intensamente quince días de vacaciones para completarlo:
Y, como mirase su primor, su sotil artificio, su fuerte y claro metal, su modo y manera de labor, su estilo elegante, jamás en nuestra castellana lengua visto ni oído, leílo tres o cuatro veces; y tantas cuantas más lo leía, tanta más necesidad me ponía de releerlo y tanto más me agradaba, y en su proceso nuevas sentencias sentía. Vi no sólo ser dulce en su principal historia o ficción toda junta, pero de algunas sus particularidades salían deleitables fontecicas de filosofía, de otros agradables donaires...



Eso mismo se podría decir de Shakespeare. En los últimos meses he leído algunas de sus obras que no conocía: Los dos hidalgos de Verona, Tito Andrónico, El rey Juan, La comedia de las equivocaciones, El rey Ricardo II, Trabajos de amor perdidos, La doma de la furia y Romeo y Julieta. Me han parecido desiguales, algunas muy flojas, quizá por primerizas, siempre intraducibles debido a esa obsesión suya por el lenguaje y los juegos de palabras, lo que te deja cierta sensación de desconsuelo. El lenguaje es el gran protagonista del teatro de Shakespeare, pero en qué obra literaria de calidad no lo es. En ninguna de ellas he encontrado la grandeza de Macbeth, Hamlet o El rey Lear, excepto en Romeo y Julieta, que, paradoja, sólo tiene en su contra el ser tan conocida, lo que a veces provoca la falsa idea de que no merece la pena leerla. En todas ellas he encontrado poesía y esas "deleitables fontecicas de filosofía" de las que hablaba Rojas. Sentencias que nos hablan de lo más profundo de las personas, de nuestras grandezas y de nuestros pesares. 

El final de Romeo y Julieta, de todos conocido, es intenso. La tumba de Julieta, hermosa en su juventud intacta, cuyas mejillas van recuperando poco a poco el color para encontrar sólo frío y desolación a su alrededor. El olor del panteón de los Capuleto. Las antorchas a medio apagar. Las sombras. Las reflexiones macabras sobre el amor y la muerte, que tanto le gustan a Shakespeare. La poción, el veneno y el puñal. Los esposos que no han podido disfrutar su amor y el pretendiente que lanza flores sobre el cuerpo de la joven. El beso de Julieta en los labios aún calientes de Romeo, buscando encontrar lo que queda de su amor y algo de veneno que le quite una vida que ya no tiene. Una obra redonda.

Y me he acordado también de la impresionante Ophelia de John Everett Millais, otro canto a la belleza en la muerte, que comparto ahora contigo.
Y créeme, amor, tú también a mis ojos: la seca tristeza bebe nuestra sangre.

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